Sangre del norte (La estirpe del halcón 2) CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

El infierno se desató sobre la explanada en cuestión de segundos.

Aquellos desconocidos sabían manejar un arma, pero carecían de la técnica de un guerrero al servicio de un noble. No habían recibido la instrucción adecuada, aunque eran escoceses.

Eso era lo único que Caelen tenía seguro cuando comprobó que pretendían arrinconarlos para aniquilarlos.

Se zafó de uno de ellos a base de pericia y rapidez, sin que la sobrecogedora imagen de Freydis manejando la espada se le fuera de la cabeza.

Aquella muchacha seguía luchando con una ferocidad que no encajaba con la imagen que él empezaba a hacerse de ella.

Sin embargo, sus contrincantes enseguida comprendieron que era la cabecilla del grupo.

—Y todo buen guerrero sabe que, si acaba con el líder, el resto está prácticamente vencido —murmuró, apoyándose contra el tronco de un árbol tras el cual se escondía Sigrún—. ¿Estás bien?

—Sí, por el momento. Pero si no conseguimos huir hasta el río que está un poco más abajo, acabarán con nosotros. Son demasiados. —La curandera lo aferró por la manga de su camisa y señaló hacia el lado contrario—. ¡La bolsa!

—¿Qué bolsa?

Pero la vieja ya había vuelto a esconderse, para protegerse del ataque de uno de los guerreros que él repelió, aunque no con el suficiente ímpetu.

Días de privaciones y cautiverio le pasaron factura; su contrincante, más corpulento que él, le cortó la carne del muslo. Él retrocedió, pero tropezó y cayó.

A continuación, todo ocurrió demasiado rápido.

La bolsa a la que había aludido la curandera salió disparada de algún lugar del cuerpo de su contrincante, y fue a caer a sus manos. Él se apresuró a guardarla justo cuando desde el suelo, vio cómo Freydis lo miraba con los ojos muy abiertos.

Chilló con furia y corrió hacia él con la espada en alto, pero otro guerrero le cortó el paso.

—¡Muchacha, por allí! ¡Escapa, o no podrás obtener lo que buscas!

¿De qué demonios hablaba ahora la anciana?

Como si el resto de vikingos hubiera recibido la orden a la vez que ella, rodearon a la joven para protegerla.

Entre el maremágnum de brazos y piernas, ella se negaba a marcharse.

Escuchó sus gritos de protesta, pero fueron en vano.

Rurik asumió el papel de protector y la colocó sobre su hombro como si fuera un fardo de paja.

A la carrera, llegó hasta su caballo, la subió al lomo y palmeó la grupa del animal, con tanta fuerza que emprendió un loco galope, sin que la muchacha consiguiera detenerlo a tiempo.

—¡Freydis!

Entre la inmensa cortina de lluvia que lo aplanaba, la oscuridad de la tormenta y la lucha encarnizada, él supo lo que tenía que hacer. No pensó en que estaba haciendo justo lo que juró no hacer nunca con una mujer. Que aquella en particular se estaba metiendo bajo su piel.

Tampoco miró atrás cuando se hizo con el caballo que tenía más a mano y la persiguió en dirección al río.

Si conseguía detenerla, la tendría a su merced.

—¡Detente! —exclamó, cuando el corcel sorteó un tronco caído en mitad del sendero, con tanto brío que ella solo pudo sujetarse a las crines para no caer—. Santo cielo, está desbocado…

Tan aterrado como su dueña. Su grácil cuerpo se hallaba inclinado casi por completo sobre el poderoso cuello del animal. Parecía haberse dado por vencida cuando le lanzó una angustiosa mirada por encima del hombro que lo golpeó de lleno.

Se dirigía hacia las aguas turbulentas del río.

El sonido del agua lo sobrecogió. La corriente era tan poderosa que, si no conseguía detenerla antes de que llegara, no podría salvarla.

—¡Tira de las riendas con todas tus fuerzas! —gritó para hacerse oír por encima de los truenos y la lluvia torrencial—. ¡Vamos!

Su corazón vibró de alegría al comprobar que ella intentaba hacer lo que decía, justo cuando las patas del animal comenzaban a hundirse en el agua, pero en ese momento, se detuvo de golpe y ella cayó al río.

—¡No!

Por un instante, solo fue capaz de pensar que, si no actuaba pronto, la perdería para siempre.

La angustia le nubló el entendimiento. Se movió por instinto, con la rapidez de una serpiente, y se lanzó a por ella.

El golpe de las aguas heladas y el peso de su ropa empapada comenzaron a hacer mella en él en cuanto intentó mantener la cabeza fuera del agua, nadando a favor de la corriente que los arrastró. No podía perderla de vista, o él también perecería.

—¡Freydis! —gritó de nuevo, cuando vislumbró su cabello rubio un instante.

Braceaba con furia, pero saltaba a la vista que no era buena nadadora. Al contrario que él.

Ignorando el dolor punzante que comenzaba a clavarse en sus extremidades, empleó todas sus fuerzas en aproximarse a ella… Hasta que pudo sujetarla de uno de sus hombros antes de que volviera a sumergirse.

—¡Te tengo!

La acercó a su pecho esperando resistencia, pero no la encontró.

Parecía inconsciente. O muerta.

—No… ¡No, no, no!

Ni siquiera se permitió el lujo de pensarlo.

Ella debía vivir.

La sujetó con firmeza. Pataleó hacia la orilla, en cuanto la furia de la corriente remitió. Tiró de ella y la dejó boca arriba en la hierba verde.

—Respira —ordenó cuando comenzó a golpear su pecho con los puños cerrados—. ¡Vamos, respira, maldita sea!

De pronto, ella aspiró aire y vomitó toda el agua que albergaban sus pulmones.

Caelen se colocó a su espalda y sujetó su cabeza con las manos.

En cuanto pudiera seguir respirando, rechazaría todo tipo de contacto con él…

Si es que conservaba la lucidez. Porque su debilidad era tal que solo pudo enfocar su mirada en él unos segundos, antes de caer de nuevo inconsciente.

Entre sus brazos.

Completamente desarmada.

Y tan perdida como lo estaba él.

Solo tuvo que echar un vistazo a su alrededor, en cuanto recuperó el resuello, para comprobar que no tenía ni idea de dónde se encontraban.

El pequeño claro sobre el que se hallaba de rodillas, con la cabeza de la joven sobre su regazo, terminaba abruptamente un poco más allá, entre la frondosidad de unos árboles que él cruzó tambaleándose, sin que sus ojos se apartaran de ella.

Así descubrió una pequeña loma cuya cima se hallaba coronada por lo que parecía una cabaña, tan pequeña como destartalada.

Seguía en territorio de su hermano, era lo único seguro que tenía. Y aquella construcción serviría de refugio a los pastores en época de lluvias.

—Aunque ahora nos servirá a nosotros.

Carecían de monturas, así que no le quedó más remedio que llevarla hasta allí, mientras rezaba para que dentro pudieran mantenerse calientes y a salvo el tiempo necesario para pensar el próximo paso.

Por suerte, la madera de la puerta parecía tan deshecha por las inclemencias del tiempo, que la abrió de un puntapié.

—Vaya… Pues sí que podremos quedarnos aquí —musitó, acercando su boca a la cabeza empapada de la joven.

Aspiró el aroma que el agua había intensificado hasta que no admitió más cantidad de aire, y la depositó sobre el sucio catre que había en un rincón—.

Debo aprovechar que no tienes los ojos abiertos para fulminarme con ellos, y que tu daga está en mi poder —añadió, sacándola de su funda para colocarla en el cinto que llevaba puesto—.

Ah, cómo me gustaría que esos mismos ojos ardieran de pasión, igual que en mis sueños.

Que me reconocieras en ellos, al igual que yo te he reconocido en los míos…

Junto con todo el cargamento de culpa que ese reconocimiento llevó consigo, añadió para sus adentros, con el pecho cada vez más tenso al pensarlo.

Con un suspiro de resignación, se arrodilló junto a la cabecera del catre y le apartó los mechones mojados de la cara. Así, con los párpados cerrados y aquellas enormes pestañas arrojando sombras sobre sus mejillas pecosas, parecía mucho más joven, mucho más dulce… Y mucho más bella.

Era exquisita. Orgullosa, pero también vulnerable.

Lo conmovía. Traspasaba sus barreras para llegar al lugar más inesperado: su conciencia.

—Ailsa —murmuró, con el corazón temblándole en el pecho ante aquella certeza—. Tienes que recorrer el camino que te trajo aquí. El verdadero. Y cuando lo comiences, yo estaré ahí.

Su vista se posó en la pila de troncos secos apilados junto a la pequeña chimenea apagada. En las estanterías, vacías y tan polvorientas como la mesa desvencijada que presidía la única estancia.

Solo entonces se dio cuenta de la sangre que le empapaba el muslo. Era una herida superficial, pero necesitaría atención, al igual que su adorable acompañante.

La observó con una sonrisa, mientras comenzaba a desprenderla de la ropa empapada, tratando de permanecer impasible a cada palmo de piel descubierta…

Hasta que se dio por vencido.

Esa mujer lo marcaría, sin lugar a dudas. Más incluso que aquella que lo había dejado plantado el día antes de su boda, dañándolo con tanta profundidad, que dudaba que alguna vez volviera a sentir algo parecido al amor.

Pero no era amor lo que lo había impulsado a salvarle la vida. Ni siquiera se le acercaba.

Era muy posible que nunca terminara de asimilar el hecho de haber caído en batalla ante ella. Pero podría reparar el orgullo herido demostrándole que todo el mundo tenía un precio.

Solo era cuestión de dar con el adecuado.

Y él se lo ofrecería. A cambio de su libertad.