CAPÍTULO 10
—Antes de que yo sea tu amigo, Odín se afeitará la barba.
Caelen contuvo una carcajada ante la afirmación de Rurik y continuó con su tarea.
Mantenía la memoria bien anclada a su presente más inmediato. A los hombres que cayeron bajo su mano en aquella emboscada, llevada a cabo por los mismos que, en aquellos días, habían respetado la voluntad de su jefa como si nadie pudiera cuestionarla.
La misma mujer que lo había llenado de vergüenza, también lo había impulsado a contarle una historia, mitad ficción, mitad realidad, que le había ayudado a sobrellevar la pena y la rabia por tantas pérdidas. Por esa guerra de escaramuzas que nunca terminaba.
Después de todo, la misión de Sigrún aún no estaba perdida.
A pesar de sí mismo, veía en aquellos guerreros un reflejo de los suyos propios.
Su lealtad hacia la joven era tan encomiable que había despertado su admiración, pero no podía permitirse el lujo de sentir afinidad hacia ellos.
No, hasta que hubiera averiguado qué se proponían hacer con él…
O hasta conseguir su libertad. Aunque fuera a base de sobornos a una mujer.
—Ignoro el aspecto que tendrán los dioses antiguos de tu tierra, pero los míos no se afeitarían ni muertos, suponiendo que esa circunstancia fuera posible.
—Mientras continuaba enterrando cuerpos, una mirada cómplice se le escapó hacia la sanadora—.
Si vamos a medir nuestras fuerzas también en lo que a divinidades se refiere, podrías al menos arrimar el hombro para terminar antes con la tarea que tengo entre manos, vikingo.
A lo mejor así la confrontación entre nosotros resulta un poco más equitativa.
—¿Vamos a confrontarnos?
—Como gustes…
—No. —Freydis aprovechó ese momento para abandonar a un anciano en mitad del terreno y ocupar todo su campo de visión. Con sus ojos centelleantes de furia y sus cejas fruncidas—. Antes de que digas nada, lo último que me importa es tu integridad física.
—Pues debería importarte, si pretendes convertirme en una especie de pieza de alguno de tus planes…
Para su completa sorpresa, las mejillas de la muchacha comenzaron a arder. Se mordió el labio inferior, mortificada, pero los ojos grises se quedaron clavados justo ahí.
Tuvo que obligarse a mirar para otro lado, antes de cometer un error.
—Mis hombres son mucho más valiosos para mí que cualquier plan que te tenga reservado. —Su carcajada lo arrancó de aquellas estúpidas ensoñaciones. ¿En qué demonios estaba pensando?—. No quiero ponerlos en riesgo.
—¿Acaso dudas de mi habilidad como guerrero?
—Los hombres y su orgullo infinito… —Ella resopló—. Rurik, no dudo de ti, ni de ninguno de los míos.
—¿Entonces me consideras peligroso? —intervino Caelen con una sonrisilla petulante.
—Eso te encantaría, ¿verdad?
—No conviene subestimar a un enemigo. —Terminó de enterrar su enésimo cadáver y se limpió las manos llenas de tierra a las calzas prestadas, antes de evaluar el efecto del anzuelo inesperado que acababa de lanzar.
Todos los observaban—. Veo que ninguno es capaz de mover un solo dedo sin tu aprobación, así que tienes la última palabra.
—Muchacha, utiliza la cabeza… —murmuró Sigrún.
—Eso hago, vieja. Ya sé que solo es una estratagema para conseguir un arma con la que tener alguna oportunidad, pero la tentación es demasiado grande. Y él se encuentra en inferioridad de condiciones.
—Si tan segura estás, dame esa arma. Aquí ya he terminado, pero si no te das prisa, la tormenta se nos echará encima, y los relámpagos no nos iluminarán lo suficiente como para guarecernos.
Tú eliges.
Eso le transmitieron sus ojos.
Por un momento, pensó que ni siquiera tendría la satisfacción de propinar a aquel vikingo engreído una buena tunda, que le quitara de la cabeza la idea de conseguir el amor de Freydis. Algo tan obvio, por otra parte, que hubiera tenido que estar ciego para no darse cuenta.
Pero, de pronto, ella asintió.
—Acepto, si Rurik acepta.
—Oh… llevaba demasiado tiempo esperando esto —respondió el aludido, con una sonrisa siniestra, mientras desenvainaba su espada—. Que alguien le dé otra a este desdichado. Voy a pasármelo tan bien que, cuando termine con él, va a desear morir en lugar de seguir siendo tu esclavo.
—Esclavo es demasiado decir, ¿no te parece?
—Caelen cogió al vuelo el arma que uno de los guerreros le lanzó y se alejó de las tumbas, hacia una explanada calcinada por el fuego, seguido por todos los demás—.
Es cierto que fue una mujer quien me venció con un simple golpe, aprovechando un descuido, pero te aseguro que eso no volverá a ocurrir.
—¿El qué? ¿Caer a manos de una guerrera nórdica?
—Un descuido que conlleve mi derrota. —Se había acabado la broma.
Los ojos grises se entrecerraron, brillando con ferocidad, cuando empezaron a caminar en círculos, calibrándose entre ellos—.
Si gano, muchacha, me contarás por qué me mantienes a tu lado.
Sin guardarte nada. Si pierdo… Bueno, imagino que entonces no podré serte de mucha ayuda, ni estaré en condiciones de pedir nada. ¿Qué dices?
Escuchó un murmullo disconforme a su alrededor. Había logrado sembrar la duda entre ellos.
También en la mente despierta de su vikinga.
—Sea, pues.
Entonces comenzó una lucha donde no solo estaba en juego todo lo que podría conseguir, sino también lo que su contrincante podría perder. Él lo sabía; Rurik también.
Fue el vikingo quien comenzó a atacar. Como otros antes que él, buscaba dominar al rival desde el primer momento.
Sus golpes amplios y potentes, en sentido descendente y diagonal, con intención de romper la defensa del escocés, chocaban una y otra vez con el acero del escocés, aunque los propinaba con tal contundencia que se vio en serios aprietos a la hora de contraatacar.
No contaba con la pericia de su contrincante.
Su mayor control le permitió no desperdiciar la poca energía que tenía.
Bloqueaba, desviaba, e incluso se permitió el lujo de esperar el error de su oponente con golpes menos espectaculares, pero más precisos.
Contaba con el terreno, que conocía como la palma de su mano, a su favor.
Y esa fue su mejor arma.
Después de contener el avance del vikingo, este resbaló en el barro.
El escocés aprovechó el leve movimiento para girar sobre sí mismo y golpearle las piernas con el canto de la espada.
No era tan estúpido como para acabar con él; los demás se le echarían encima en cuestión de un parpadeo.
Pero sí lo derribó para acabar montado sobre él a horcajadas, con el filo de su arma presionándole el gaznate.
—¡No lo mates, por favor!
¿Por favor?
Maldición. ¿Por qué le escocían tanto aquellas palabras? ¡Debía pensar en los guerreros perdidos, que nunca regresarían a sus hogares por culpa de aquella panda de perros nórdicos!
Algo oscuro se apoderó de él. De pronto, solo tenía a su merced al enemigo. Vencido. A punto de morir por su mano…
—¿Suplicas por uno de tus hombres? —le gritó, cuando la sintió a su espalda—. ¡Yo ni siquiera tuve ese privilegio cuando mi destacamento se encontró con vosotros! ¡Ni siquiera pude enterrarlos, como he hecho con los aldeanos! ¡No llevaré sus cadáveres a sus familias para que puedan hacerlo!
La ira y la frustración lo consumían hasta impedirle pensar con claridad. De otra forma, hubiera considerado su actitud como una sentencia de muerte, mucho antes de que la mano de Sigrún se posara en su hombro con firmeza.
—No os arriesguéis de esta forma tan estúpida, laird —escuchó su voz, como si fuera el eco lejano de su conciencia, pero era incapaz de apartar el filo de la garganta de aquel malnacido. Aunque significara su ruina—. ¡MacSween, entrad en razón!
—Que me lo pida ella.
—¿Qué habéis dicho?
—¡Que me lo pida ella! —rugió, lanzándole a Freydis una mirada envenenada—. Tengo la vida de su lugarteniente en mis manos. Puede que en cuestión de segundos caigáis todos sobre mí, pero antes, le habré rebanado el cuello.
Escuchó su jadeo contenido, y se regocijó por ello. Seguiría siendo su prisionero, pero al menos tendría la satisfacción de verla rogando por aquel maldito que solo lo miraba, sin respirar siquiera.
—Déjalo vivir, y cumpliré cada una de las condiciones a las que me comprometí si vencías.
—Su voz, extrañamente suave, sin una pizca de esa humillación que esperaba, se filtró por cada uno de sus sentidos, hasta que la mano que sostenía la espada comenzó a temblar—. Por favor, no acabes con él… Caelen.
Lo había llamado por su nombre. Por primera vez desde que se habían visto las caras, en un plano muy diferente al de sus sueños compartidos.
Porque, de algún modo extraño, sus instintos le advertían de que ese era su nexo de unión.
Aquella extraña sensación de reconocimiento, cada vez que se encontraban frente a frente.
Como si no fueran un par de desconocidos.
Con un alarido de impotencia, arrojó la espada, se puso en pie y tiró de Rurik hasta tenerlo a medio palmo. La expresión desafiante no había abandonado la cara del vikingo, ni siquiera por el miedo cuando lo empujó hacia ella con desprecio.
—Aquí tienes a tu perro fiel —se mofó, con una sonrisa que no tenía nada de alegre—.
Y aquí, mis manos para que vuelvas a atarlas —añadió, extendiendo las muñecas en su dirección—.
No voy a medirme con cada uno de vosotros.
Espero que esta exhibición os haya servido para tratarme con la dignidad que creo que me he ganado.
Un destello de admiración apareció en lo más profundo de sus ojos cuando ella lo miró, sin pronunciar palabra.
Saltaba a la vista que aún estaba demasiado afectada por el destino que podría haber corrido el vikingo en sus manos, como para reaccionar con su frialdad característica.
Sus labios carnosos, rosados y húmedos, permanecían entreabiertos, mientras su única arma parecía ser el trozo de cuerda con el que se disponía a apresarlo de nuevo.
Pero, durante el tiempo que dura un parpadeo, dudó. Y esa fue la mejor señal de victoria para Caelen.
—No solo soy una guerrera; también una mujer de palabra —murmuró Freydis cuando se atrevió a acercarse a él para anudar un extremo de la cuerda, y colocar el otro en la parte trasera de la silla de montar de su caballo—.
Tendrás lo prometido… después de que averigüemos quién ha arrasado la aldea y quemado nuestros barcos.
—Esas pesquisas podrían llevarte demasiado tiempo.
—No tengo prisa. Suelo ser meticulosa en todo lo que hago. —Pero se empeñaba en ocultar el temblor que su cercanía le provocaba, sin conseguirlo—. De momento, tendrás que contentarte con esa explicación, porque no puedo, ni debo, darte otra.
Cuando tiró de la cuerda, él hizo lo mismo desde el otro extremo, con tanta fuerza que ella acabó pegada a su torso, con la respiración contenida y una pequeña daga entre los dos a modo de advertencia.
—Si tú eres rápido, yo lo soy más. Siempre —remarcó en un susurro.
—Algún día, vikinga. Algún día te rendirás a la evidencia, y me otorgarás lo que busco.
Los ojos grises no se apartaron ni un instante del arma mientras la dejaba marchar, pero, de pronto, un grito de guerra a lo lejos reverberó en todo el bosque, y en la aldea, como si lo hubieran lanzado cerca de ellos.
Demasiado cerca.
Un ruido sordo pareció retumbar en la tierra removida, con la única intención de agrietarla para tragárselos.
Se quedaron inmóviles, mirando en todas direcciones, con sus armas en las manos.
Dispuestos a enfrentar a quienes se acercaban a esa velocidad.
Porque eran más de uno. Muchos, a juzgar por el sonido de cascos que se fue haciendo más audible.
Se distribuyeron de forma que tanto él como Sigrún quedaron en el centro de un círculo casi perfecto, pero todos fueron conscientes del peligro que se les venía encima.
Las siluetas de los guerreros se hicieron visibles entre los árboles.
Sus gritos se mezclaron con los ladridos de Gràr y el piafar de los enormes caballos que los llevaban a ellos.
De forma inexorable.
Sin que ninguno pudiera hacer nada para evitarlo.
Los ojos del escocés se quedaron clavados en aquella especie de jauría humana que estaba a punto de abalanzarse sobre ellos.
—¡Mantened vuestras espaldas a salvo! ¡Vamos a plantarles cara, sean quienes sean! —gritó Freydis, saltando al suelo para proteger su montura.
—¡Freydis! —Él le mostró las muñecas atadas—. ¡Libérame! ¡De ese modo tendréis un par de manos más para luchar!
—¿A favor, o en contra?
—¡No es momento para desconfianzas absurdas! ¡Creo que te he demostrado de parte de quién debo estar por el momento! Si no lo haces, ¡habrás pecado de soberbia! ¡La muerte de tus hombres, e incluso la de Sigrún, caerá sobre tu conciencia!
Aquello pareció hacerla entrar en razón. Con todas las reservas del mundo, terminó por deshacer el nudo y le dio la daga que antes había usado.
—No te perderé de vista, escocés —le advirtió, justo cuando las primeras gotas de lluvia comenzaron a caer.