CAPÍTULO 9
—Quiero enterrar a los míos. Se merecen al menos eso.
Fue la primera frase que Freydis escuchó cuando consiguió volver en sí, después de aquel estúpido desmayo y, lo que era aún peor, aquellos esbozos de una escena que no pertenecía a su vida, pero que había conseguido derribarla como el mejor de los guerreros.
Todavía estaba aturdida. La cabeza le daba vueltas. Tenía el corazón desbocado, y una inquietante sensación de que algo comenzaba a removerse dentro de ella, para cambiar ciertos cánones que no volverían a ser iguales después de aquel viaje.
Pero aquel escocés, tan insoportable como difícil de ignorar, le exigía que lo soltara para hacer algo que ella misma consideraba de justicia. De humanidad.
—Cometería un grave error si accediera a tus peticiones —intervino Rurik cuando se colocó entre ambos—. Nosotros lo haremos por ti.
—¿Vosotros? ¿Sus verdugos? ¿Seres sin alma que solo piensan en el robo y el pillaje? ¡Permíteme que me ría!
—No hemos tenido nada que ver en esto. Cuando hemos llegado, ya no podíamos remediarlo…
—¡Vuestros predecesores llevan años perpetrando este tipo de matanzas!
—Caelen acercó tanto su cara iracunda que ella retrocedió—.
No me importa la identidad concreta, sino la procedencia de los asesinos.
¡Esta es mi gente! Llevo días soportando tu indiferencia y la crueldad de tus hombres en silencio, a pesar de que, aun ahora, tengo que controlarme para no intentar retorcer tu hermoso cuello.
¡No me prives de lo que tú misma harías en mi lugar si se diera el caso!
—Freydis, es diestro con las armas…
—Mucho más que vosotros. Algún día, tendréis el honor de recibir una de mis lecciones.
—Y además no deja de pavonearse, provocándote. A ti y a todos —añadió Arne con un resoplido.
—En lugar de agradecer que sigue vivo, se arriesga a perder ese privilegio —concluyó Ulf.
Ella no los escuchó.
Sus ojos permanecían clavados en los del escocés, pero parpadeó muy rápido para escapar del influjo que él había extendido a su alrededor y, sobre todo, para recuperar el dominio de sí misma.
—¿Sigrún?
Por toda respuesta, la anciana asintió con solemnidad.
Fue como si su propia madre le otorgara permiso para realizar un acto muy arriesgado. Entornó los párpados y desenfundó su cuchillo, pero en lugar de cortar las ligaduras de Caelen, colocó el filo en su garganta.
—Un solo movimiento en falso y estarás muerto, por mucho que me interese que sigas viviendo —le advirtió en un susurro.
—¿Me explicarás el motivo de ese interés, vikinga? Porque imagino que irá unido al destello que acentúa el color de tus ojos cuando me miras de ese modo.
—No te miro de ningún modo.
—Como si quisieras comerme —continuó él, acercando sus bocas hasta que casi no quedó espacio entre ellos—. Exactamente como si quisieras recrear alguno de tus sueños… conmigo.
Ella reaccionó antes de pensar. Sin mover la hoja de su cuello, levantó la rodilla hasta impactar en los testículos del escocés. No fue un golpe descontrolado, pero sí lo bastante fuerte como para disfrutar viéndolo encogido, con las manos entre sus piernas y un gemido de dolor.
—Es una suerte para ti que puedas seguir conservando tus atributos masculinos, sin miedo a no poder procrear en un futuro.
—Con una sonrisa angelical, cortó la cuerda de sus muñecas—.
Adelante. Te ayudaremos. No por ti, sino por ellos.
Tal vez así comprendas que no puedes acusar a una persona por los crímenes de toda una raza.
—¿Es por eso, o porque al parecer los míos han destrozado vuestros barcos? —El maldito se recuperó con una facilidad pasmosa, para volver a esa fanfarronería que le encendía la sangre—. Dime: ¿qué vas a hacer ahora que no puedes regresar a tu tierra?
—¿Quién dice que no pueda, escocés? —Se acercó despacio, sin apartar los ojos de él—. Contigo tenemos un pasaporte seguro. Si han quemado nuestro medio de transporte, conseguiremos otro cuando llegue el momento. Pero hasta entonces, te convendría callar… y cavar.
Caelen desvió su mirada hacia los numerosos cadáveres que les rodeaban.
—¿No ibais a ayudarme? —más que una pregunta, parecía una acusación—. Decís que no tenéis nada que ver en esto, ¡pero tampoco veo nada de esa humanidad que ella ha pregonado!
Su respuesta fue inclinarse junto al cuerpo de un niño, pero no llegó a tocarlo. Retiró la mano casi al instante sin motivo aparente, tomó el manto con el que iba vestido, y le cubrió el rostro con él.
¿Qué le estaba ocurriendo? Ni ella misma lo comprendía cuando apartó la mano, como si aquel contacto la quemara.
—Tenemos que acabar con esto cuanto antes para proseguir nuestro camino —afirmó con sequedad—. Esa es la única razón que me impulsa a ayudarte, escocés.
—Mientes. —Entrecerró los párpados para someterla a un examen tan intenso, que ella sintió un escalofrío recorriéndole el cuerpo—.
Todo en ti te delata, incluso ante alguien como yo, pero si es lo que deseas…
fingiré que te creo. Es necesario para que las almas de estos pobres desgraciados descansen en paz.
¡Y entonces, cuando Rurik le dio una pala que había encontrado en la aldea, se puso a cavar como si ella no estuviera presente!
—Qué sabrás tú de almas… —siseó, tan furiosa que fue incapaz de moverse en la dirección contraria.
—Más de lo que crees —la había escuchado, aunque no dio muestras de ofenderse por el comentario.
El suelo estaba húmedo y pesado, así que la pala se hundía en él con facilidad, emitiendo un sonido sordo que llenó el ambiente—.
¿Sabías que en el norte hubo una aldea donde los muertos no querían marcharse?
—No me digas que ahora pretendes distraerme con alguna de esas historias a las que los tuyos son tan aficionados…
Él levantó la cabeza un instante, recorriendo su figura de brazos cruzados y postura firme, como si aquello no fuera con ella, y sonrió.
—No eran fantasmas —continuó, mientras la tierra caía a su lado con un golpe seco—. No gritaban ni arrastraban cadenas. Solo… se quedaban. Como si esperaran algo. Los vivos no sabían qué hacer. Dejaban pan. Monedas. Les hablaban. Pero nada servía. Hasta que apareció un muchacho.
El viento agitó un mechón de su cabello, pero ella solo se movió para recogérselo tras la oreja.
Algo había comenzado a vibrar en su pecho con aquella última frase.
—¿Un muchacho? —dijo en voz baja, sin rastro de burla.
Él asintió levemente, como si la pregunta fuera irrelevante.
—No era nadie importante. Solo alguien que había visto demasiadas tumbas para su edad.
Freydis contuvo la respiración. Su espalda encontró el tronco de un árbol en el que apoyarse. Dejó caer los brazos y parpadeó.
Una debilidad cuyo origen desconocía comenzó a apoderarse de ella, pero siguió allí plantada.
—Dijo que el problema no eran los muertos… sino los vivos. —La pala volvió a hundirse. Los ojos azul verdosos se quedaron clavados en ese movimiento hipnótico. Una vez, otra, otra…—. Que nadie les había dado permiso para irse.
El sonido de la tierra llenando el hueco fue lo único que se oyó durante unos segundos.
—¿Y el muchacho… lo sabía? —preguntó con la voz estrangulada, y un sudor frío cubriéndole el cuerpo.
—No. Solo lo dijo en voz alta. A veces basta con eso.
—Y siguió cavando, a un ritmo mucho más enérgico que antes.
Como si verbalizar los detalles de aquella historia lo alterara mucho más de lo que pretendía demostrar—.
El chico los enterró uno por uno. Sin rezos interminables. Sin grandes discursos.
—Como ahora…
—Solo repetía lo mismo. —Caelen parecía no escucharla cuando levantó la pala y la dejó caer.
—¿Qué decía?
—«Ya podéis descansar. Nadie os reclama».
Lo que Freydis vio en sus ojos cuando él levantó la vista la descompuso mucho más que cualquier desafío. Más incluso que el silencio que se hizo a su alrededor.
A esas alturas, todos estaban pendientes de su relato. Incluso Sigrún, o Gràr, que permanecía sentado a su lado. Pero algo acababa de cambiar en él. Su respiración se había acelerado de manera casi imperceptible.
Por un instante, la suya la siguió.
Hasta que él volvió al trabajo, depositando el cuerpecito del niño en la fosa, para cubrirlo de tierra.
—Funcionó —afirmó sin mirarla.
—¿Funcionó? —Ella frunció el ceño—. ¿Así de simple?
—Depende de a quién preguntes. Algunos dirán que fue una tontería. Que bastaba con enterrarlos —prosiguió, encogiéndose de hombros—. Otros… que aquel muchacho tenía un don extraño.
—¿Y tú qué crees?
Él tardó un segundo más de lo normal en responder.
—Que entendía algo sencillo —afirmó, clavando la pala en el suelo para acercarse a ella.
Sucio por la tierra, sudoroso por el esfuerzo a pesar de la humedad reinante…
Pero con una mirada tan penetrante e intensa que ella contuvo un escalofrío—: No hay nada más triste que una despedida que nadie se atreve a decir en voz alta.
Una despedida…
Tragó saliva, pero en lugar de apartarse le sostuvo la mirada, como si no se hallara ante un simple prisionero, sino ante alguien mucho más importante, en un montón de sentidos que no se atrevió a desvelar.
—¿Y después? —preguntó con un hilo de voz.
—Se fue. Como todos en las historias —concluyó él, con un asomo de cansancio en su voz—.
La aldea siguió adelante. Aunque hay quien dice que entre los enterrados…
había una niña. Una pequeña que no lloró durante la desgracia.
Tampoco antes, ni después… Dicen que miraba al muchacho como si lo recordara.
Ella tampoco había llorado nunca. Ni siquiera cuando la obligaron a expulsar de sí todo aquello que pudiera hacerla débil o vulnerable. Tampoco cuando su cuerpo se quebró por los entrenamientos inhumanos a los que fue sometida, o por los castigos crueles que recibió cuando intentó rebelarse.
Pero una vez había llorado. Sus instintos se lo gritaron al mismo tiempo, como si fueran un chillido infinito de pánico ante lo que acababa de escuchar. Esa historia que la había revuelto por dentro, igual que la visión del ataque que se disponían a enterrar.
Y Caelen lo sabía. Asintió, como si escuchara sus pensamientos y los comprendiera.
Caelen.
Acababa de llamarlo por su nombre, aunque solo fuera en su mente, pero estaba demasiado en tensión como para hacer caso de otra cosa que no fuera aquel enorme escocés y el magnetismo que volvía a desplegar sobre ella, a través de su historia.
No podía consentirlo. Aunque tampoco podía apartarse. Por un angustioso instante de silencio, solo fue consciente de su presencia. De los muertos que todavía permanecían a sus pies. De ese hedor a muerte y sufrimiento que se empeñaba en permanecer en su mente.
—Las historias cambian con los años —le dijo.
—Cierto —afirmó él, con una ceja enarcada—. Siempre hay alguien que añade algo para hacerlas más interesantes.
—¿Y tú? ¿Eres de los que añaden… o de los que olvidan?
En lugar de responder enseguida, se limitó a mirarla como si la viera por primera vez. Sin desafío, pero también sin sumisión.
—De los que entierran —afirmó, antes de coger de nuevo la pala y señalar al cielo—. Rurik, amigo mío, ¿no deberías colaborar? Ese cielo amenaza lluvia. Y seguro que a tu jefa no le gustaría nada calarse hasta los huesos. Porque, de ese modo, podría ver mucho más de ella sin esfuerzo…
Con una sonrisa descarada, le dio la espalda para continuar cavando, pero el mensaje se le quedó clavado dentro con una sola palabra:
Recuerda…