CAPÍTULO 8
—¿Tenemos noticias de mi hermano?
El lugarteniente de Dugall negó con la cabeza.
—No, mi laird , pero encontramos los barcos. En el Golfo de Corryvreckan, al norte del estrecho.
—Insensatos pero inteligentes. Nadie excepto nosotros se arriesgaría a buscar allí demasiado tiempo. El enorme remolino y las corrientes violentas son peligrosas en esta época…
—Hemos procedido tal y como ordenasteis. Pero nos han llegado noticias de que han atacado una aldea que se hallaba en el interior. Este campesino puede dar fe de ello…
Dugall compuso su gesto más adusto cuando el campesino se arrodilló frente a él, con sus ropas hechas jirones, lleno de heridas y quemaduras que se extendían hasta su rostro.
—¡Mi señor, eran muchos guerreros! —se lamentó el hombre—. ¡Llegaron por sorpresa, en mitad de la noche! ¡Apenas pudimos defendernos! ¡Arrasaron con personas, bestias y cultivos!
—Yo os vengaré. Os vengaré a todos. Ahora, ve a las cocinas.
Seguro que allí habrá algo para ti. —Puso su mano sobre la cabeza del campesino y miró más allá del bosque.
El humo amenazaba incluso con alcanzar la fortaleza.
Después descendió de las almenas y se dirigió hacia los establos, seguido por su lugarteniente, donde ordenó que ensillaran su caballo predilecto—.
Aún es pronto para que milady se levante, pero si decide faltar a su horrenda costumbre y pregunta por mí, dile que he salido a cabalgar.
—Sí, laird .
Por supuesto, su cabalgada tenía otro fin muy distinto de la mera diversión, pero debía mantenerlo en secreto para todos. Sobre todo, para ella.
Aunque hubiera accedido a convertirla en su esposa, y ya hubiera enviado un emisario con su decisión hasta la corte. La aceptaría ante Dios del mismo modo que ya la había aceptado en su lecho, pero la confianza mutua… Eso era otra cosa muy diferente del matrimonio.
Aquella víbora ambiciosa no tenía por qué saber que había ordenado que fundieran los pequeños lingotes mucho antes de que avistaran los barcos vikingos. Se había adelantado a ellos, del mismo modo que se adelantaría a ella.
Tenía que pagar a los mercenarios contratados para que arrasaran la aldea, fingiendo ser vikingos. Necesitaba que su gente desconfiara del poder real, para poner toda su lealtad en él.
Era crucial para que el resto de sus planes llegara a buen puerto.
El orfebre lo recibió con recelo cuando lo vio.
—¿Qué sucede? ¿Es que acaso no has terminado el encargo? —le preguntó.
—No es eso, mi señor, sino… la señal.
—¿Qué señal?
El buen hombre desapareció tras una sucia y raída cortina, para aparecer más tarde con lo más parecido a una moneda que habría podido conseguir.
—El halcón —explicó—. Creí que podría borrarlo cuando fundí el oro, pero no estaba grabado sobre él, sino dentro del metal. Alguien lo fundió en el molde cuando creó los lingotes, y lo reforzó con un estampado profundo en caliente, en varias caras, antes de que se enfriara del todo.
Cuando Dugall contempló la silueta del pájaro, perfectamente visible, una mezcla de frustración y cólera lo dominó. No estaba acostumbrado a no salirse con la suya, mucho menos delante de alguien tan insignificante.
—¡Eres el mejor de estas tierras! —tronó—. ¡Deberías tener recursos para afrontar estos imprevistos!
—Quien lo dibujó lo hizo a conciencia. Posiblemente con un punzón metálico.
No he podido borrarlo del todo, laird . —El orfebre se encogió de hombros, temeroso—.
Quizá os consuele saber que he conseguido gran cantidad como esta.
En una bolsa, no se notará demasiado la diferencia.
Sobre todo si el destinatario no se molesta en fijarse en esos detalles…
Antes de que pudiera responder, el hombrecillo volvió a desaparecer. Al rato, volvió con una enorme bolsa cuyo contenido depositó sobre una mesa, igual de mugrienta que él.
—Aquí tenéis el resultado —dijo.
—¿Cómo sé que no te has quedado con parte del oro?
—¡Jamás haría algo así! —exclamó el orfebre, con un gesto de ofensa tan falso como él.
Sus ojillos de ave de rapiña lo delataban. Brillaban con el destello de la codicia que Dugall había aprendido a reconocer en cualquier persona.
Su mano aferró el puñal que llevaba oculto bajo su capa, pero contuvo el acceso de rabia y siguió simulando una tranquilidad que no sentía ni de lejos.
—Desde luego, nadie se fijará. Todo esto permanecerá en el más absoluto secreto —afirmó, torciendo los labios en una sonrisa siniestra.
—Claro, mi señor. Ni una sola palabra saldrá por mi boca. Tenéis mi total lealtad.
—Lo sé, amigo mío, lo sé… —Rodeó los hombros del orfebre y lo llevó tras las cortinas—. Pero comprende que la sangre noble corre por mis venas.
—Es algo de lo más lógico, mi laird . Yo en vuestro lugar también lo haría.
—Debo protegeros a todos, aun a costa de vosotros mismos. Pero antes, vamos a lo que interesa: el pago por tus servicios.
No se había equivocado. El hombre no pudo evitar una sonrisa de expectación, mientras sus ojos brillaban todavía más. Solo le faltaba frotarse las manos y ponerse a saltar de entusiasmo.
Pobre incauto…
—Mi laird , no sé si seré merecedor de lo que tengáis pensado otorgarme —murmuró, inclinando aún más su calva cabeza.
—Oh, ten por seguro que lo eres. —La expresión condescendiente de Dugall se transformó en otra siniestra cuando, sin que le temblara el pulso, sacó el puñal y lo hundió en el vientre del orfebre—.
Créeme, amigo. Me duele más a mí que a ti.
Nunca es bueno deshacerse de un hombre fiel, pero en los tiempos que corren, esa fidelidad suele ser un bien muy voluble…
Y no puedo arriesgarme a que nadie más conozca lo que acaba de ocurrir aquí.
Era un mal necesario. Nadie echaría en falta a ese engendro que boqueaba como un pez fuera del agua, mientras clavaba en él sus ojos llenos de sorpresa.
Él se encargaría de difundir el rumor de que los malditos nórdicos habían entrado en su establecimiento para hacerse con cualquier cosa de valor, antes de matarlo.
De momento, urgía mantener contentos a los asesinos que habían diezmado la aldea en nombre de los bárbaros del norte.
No le costó más que una corta cabalgada llegar hasta el lugar acordado.
Allí, a no demasiada distancia de las cabañas que acababan de destruir, un nutrido grupo de escoceses que se vendían al mejor postor lo esperaban.
—Suelo cumplir lo que prometo —saludó al cabecilla, cuando este dio un paso al frente, con la mano extendida de una forma más que elocuente.
—Me alegro, laird . De ese modo, todos estaremos contentos.
Dugall alargó la bolsa con parte de las monedas de oro, pero la dejó suspendida sobre la sucia mano del mercenario, sin soltarla.
—Considéralo un anticipo. El resto vendrá cuando terminéis el encargo —afirmó.
—Creí que ya lo habíamos hecho, mi señor.
—Los verdaderos invasores andan cerca. Quiero que os mantengáis al acecho… y que acabéis con ellos en cuanto asomen sus sucias narices por aquí. —Al fin dejó caer la bolsa—. Solo así conseguiréis el resto de lo acordado.
El mercenario le enseñó unos dientes amarillentos, mientras desenvainaba su espada con ferocidad.
—Habéis acudido solo a la cita. Podríamos acabar con vos ahora mismo, deshacernos de vuestro cadáver, y nadie os encontraría nunca.
—Entonces, nunca obtendríais más oro. —Los repasó con una mirada oscura en medio de un tenso silencio. Después, sonrió con mucha lentitud—. Veo que aceptáis las condiciones. Nos veremos en cuanto tenga noticias de que habéis cumplido con lo acordado.
Seguro de que sus espaldas permanecerían intactas, montó e inició el regreso a su hogar.
No se detuvo, ni siquiera cuando sintió en pleno pecho el desconcertante pinchazo de los remordimientos, que acudían a su conciencia, o lo que quedaba de ella, acompañados por unos recuerdos igual de molestos e inoportunos.
Inspiró hondo cuando su mente se llenó de las innumerables ocasiones en las que Caelen le había sacado de más de un aprieto, ejerciendo como perfecto hermano mayor. Sincero, cariñoso, humilde y lleno de una generosidad que nunca le había importado utilizar con él.
Una sonrisilla se le dibujó en los labios al recordar que, más de una vez, su hermano había recibido el castigo de padre por él sin inculparlo. Dugall nunca se lo había agradecido.
Cuando había estado tentado de hacerlo, se había aferrado a su situación.
A las emociones que experimentaba a causa de la indiferencia a la que su progenitor le sometía día tras día.
Incluso Isbeil era más útil para el laird que él.
Y si se esforzaba por hacerse notar como el muchacho complicado, pero valiente y decidido que era, solo obtenía una mirada de desprecio, seguida por aquellas repugnantes comparaciones que acicateaban su odio, su rabia y su frustración.
—Caelen puede hacerlo mucho mejor que tú, y en un tiempo mucho más corto.
Él tiene madera de guerrero, de líder. Tú solo eres, y serás, pasto de algún monasterio que tenga a bien acogerte para que formes parte de su comunidad —era el sermón que escuchaba—.
Acéptalo, Dugall. Nunca servirás para otra cosa muy diferente de servir a Dios.
¡Cuántas veces deseó para él una pequeña parte de la adoración y el amor que padre reservaba para sus otros hijos!
¡Cuántos días se dejó la piel en el campo de entrenamiento, solo para obtener de su progenitor el orgullo y las alabanzas que Caelen le prodigaba para animarlo!
¡Y cuántas noches deseó que algo horrible le ocurriera, para que él pudiera ocupar su lugar asignado por derecho de nacimiento!
Se había arrepentido de sus propios pensamientos oscuros. De sus deseos retorcidos, que convertían a Caelen en el destinatario de toda su furia contenida durante años. Hasta que el rencor y la ambición aplastaron los restos de humanidad que pudiera tener.
Ya no se insultaba por desear el mal a su hermano.
Hacía tiempo que había encontrado su propio lugar, pero en días como aquel, el antiguo e inseguro Dugall aparecía para hacerle ver el ser ruin y sin corazón en el que se había convertido.
Para susurrarle al oído que todavía había esperanza para él.
Que podía dar marcha atrás, y encontraría el perdón en un hermano que debería odiarlo, tanto como él lo odiaba.
—¡Ah, padre! ¡Cómo me gustaría que me vieseis ahora! ¡Un señor casi tan poderoso como vuestro adorado primogénito, a punto de ascender a lo más alto del trono de Escocia! —exclamó, con los ojos elevados al cielo.
Por un instante esperó una señal que le indicara que su padre, en efecto, le había escuchado. Alzó el puño, a un paso de exigírsela, mientras notaba un vergonzoso escozor en los ojos que le obligó a parpadear.
Después, se dio cuenta de que no tenía sentido. Ni eso, ni los pensamientos que le hablaban de reconciliación.
Ya no había lugar para nada parecido, se repitió, hasta que aplastó las pocas dudas que pudieron quedarle y reanudó el camino, borrando a su familia de su mente.
Su futura esposa ya lo estaría esperando, con un montón de reproches que necesitarían de excusas de peso para convencerla.