Sangre del norte (La estirpe del halcón 2) CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

Cuando años atrás Sigrún emprendió aquel viaje lleno de incógnitas, lo hizo con una sola certeza: debía encontrar a la muchacha que aseguraría la paz entre su clan y los nórdicos en tierras de los MacSween.

La única capaz de emplear esa mezcla de inteligencia, fuerza, astucia e incluso sabiduría en beneficio de su gente. Aquella cuyo destino la unía a ella.

La encontró demasiado lejos. Aferrada al olvido, fría y cruel, pero no se rindió.

La magia siempre había formado parte de su vida.

Supo ganarse el favor del rey nórdico interpretando el vuelo de un halcón, su animal preferido.

Sus predicciones se cumplieron, y su confianza la llevó hasta la muchacha vikinga.

De vuelta a su tierra. Con los suyos.

El hecho de que, según sus últimas informaciones, los lingotes de oro se hallaran en las tierras del hermano de su laird carecía de importancia.

La muchacha había viajado hasta allí con un motivo añadido.

Una razón de peso que la había impulsado a esperar agazapada el mejor momento para atacar.

Y cuando este se dio, no dudó en apresar al hombre que podría alterar sus planes.

La anciana no intervendría. No se lo impediría. Si debía silenciar a Caelen para que no la delatara, no escatimaría en medios para lograrlo.

Aunque no había previsto esa irrupción en la aldea destruida, ni que el desastre desembocara en Freydis inconsciente en el suelo, rodeada de sus hombres como si fueran sus protectores y no al revés… Y con la sombra constante del prisionero entre ellos.

—Hemos inspeccionado los alrededores; no hemos encontrado ni rastro de los atacantes —informó Rurik cuando todos volvieron, jadeantes y desconcertados.

—Al parecer, ni siquiera sabéis rastrear a los de vuestra propia sangre.

El vikingo se dirigió hacia el escocés dispuesto a callarlo a base de golpes, pero Sigrún se interpuso.

—No consentiré que dañes al prisionero, al menos hasta que la muchacha ordene lo contrario.

—No es una muchacha. Es una guerrera. Nuestra líder indiscutible.

—Motivo de orgullo, ya he tenido oportunidad de comprobarlo. Pero ahora, necesito que me dejéis a solas con ella… y con él.

—Puede ser peligroso. Aunque atado, sigue siendo un hombre.

—Y yo una sanadora que podría vencerlo sin apenas esfuerzo. ¿Tengo que seguir demostrando mis habilidades?

—No podemos irnos. Jamás le había ocurrido esto —murmuró Arne, sobrecogido.

—Ha vivido cosas mucho peores sin que le afecten lo más mínimo. No sabemos cómo actuar —murmuraron Orm y Ulf al mismo tiempo.

—No pienso perderla de vista, vieja —afirmó Rurik, en clara alusión al escocés que observaba la escena en silencio.

—Nadie te ha pedido que hagas tal cosa. Solo que me dejéis trabajar tranquila.

Se miraron entre ellos y, con un gruñido colectivo, se apartaron lo necesario para dejarles intimidad.

No necesitaría más para comunicarse con el escocés sin que el resto se percatara de ello.

—Tiene mezcla de sangres. Eso la hace especial para todo el mundo. Incluido vos —afirmó sin mirarlo, cuando abrió otro pequeño frasco, levantó la cabeza de la joven y lo acercó a su nariz.

—¿Ahora me diriges la palabra, maldita vieja desdentada?

—Ahora puedo hacerlo, pero no debemos confiarnos. Ni vos ni yo. —Con un rápido vistazo, se aseguró de que la conversación no era seguida por ninguno de los vikingos—. Debéis confiar en mí.

—Lo haría si me explicaras cómo lograste llegar a tu destino…

y aparecer escoltada por todo un ejército de nórdicos…

¡En lugar de traer solo lo que te encargué!

—siseó en un susurro—. Tardaste tanto, que ya no se me ocurrían más mentiras con las que consolar a Isbeil.

¡Quedó desolada cuando se enteró de que te habías marchado!

—Seguro que habría sido mucho más fácil para los dos si le hubierais contado la verdad. Ella la conoce mejor que vos —afirmó Sigrún, señalando a Freydis—. De todas formas, vuestra hermana lo entenderá cuando me vea, al igual que vuestro hermano.

—¿Dugall? ¡Iba en su ayuda cuando me topé con… vosotros! ¡Mis hombres han muerto cuando tú podrías haberlo evitado!

—Sentís ganas de vengaros por esas muertes a través de mí.

—¡Puedes jurarlo! —exclamó él, con los dientes apretados—. ¡Sus muertes pesan sobre mi conciencia, y deberían hacerlo sobre la tuya también!

—Tengo el don de la visión, pero este no me aporta la fuerza necesaria como para oponerme a una horda de vikingos feroces —añadió la mujer, con seriedad y cierto pesar—. Las cosas han sucedido como tienen que suceder, y como sucederán después.

—¿Cuándo? ¿Cuando decidas que debes dejarme libre para terminar el encargo con el que partiste? ¿Para advertir a Dugall antes de que se produzca el ataque, o de que me usen como moneda de cambio con él? ¡Ella ya está aquí, pero está convencida de que soy su enemigo!

Sigrún se lo quedó mirando. Estuvo a punto de decirle que, cuando llegó a tierras extranjeras, ella también era una enemiga para Freydis y los suyos.

Que tuvo que andar con mucho tiento y aún más prudencia para no terminar como él creía que había terminado.

Que, incluso, había fingido en multitud de ocasiones, solo para ganarse la confianza de la muchacha que yacía a sus pies, hasta el punto de delegar en ella el éxito de su misión más importante.

Pero todo eso debería esperar su momento. La mente de Freydis decidiría cuándo.

Por lo pronto, tendría que seguir interpretando parte de un papel necesario para echar una manita al destino, pensó con una pequeña sonrisa de la que su laird no se dio cuenta.

Estaba demasiado furioso por su situación, demasiado desconcertado por la actitud de aparente indiferencia por su parte, como para prestar atención a semejantes naderías.

—Me temo que seguiréis siendo su enemigo por un tiempo. Ahora mismo, no estáis en disposición de convencerla de lo contrario —afirmó con contundencia.

—¡Pero puedo intentarlo! Si consiguiera llegar al hogar de Dugall, tanto él como yo podríamos comprar su voluntad con unas pocas baratijas, para lograr mi libertad y que no ataque la plaza, al menos. Eso me otorgaría algo de tiempo para planear el resto…

—Oh, qué engreídos podéis llegar a ser los hombres. Doy gracias a los dioses porque ella no te está escuchando… ¿Crees que accedería a vuestras proposiciones así como así?

—Hasta donde yo sé, ninguna mujer es inmune a la promesa de lujos de todo tipo.

—Quizá no conocisteis a la mujer adecuada.

Bueno, supongo que cuando os encontréis con vuestro hermano, saldréis de dudas —añadió ella, con un encogimiento de hombros—.

Como acabáis de afirmar, sus bienes son abundantes y su vida tranquila, si exceptuamos el pequeño inconveniente de la presencia de estos vikingos en su isla…

—Estoy atado. Me arrastran como si fuera una bestia.

Me dan de comer lo justo para no morir de hambre.

Lo mismo puedo decir de la bebida. Eso por no hablar del resto de funciones vitales que debo atender a lo largo del día.

Todo delante de tu pasividad. ¿A eso lo llamas pequeño inconveniente ?

—susurró Caelen, acercándose a ella todo lo que su cuerda le permitía—.

Tú, la curandera de mi clan, apareces de nuevo cuando ya creía que no volvería a verte.

Cuando empezaba a sentirme culpable por tu suerte.

Con ella . Ella, que protagoniza mis sueños como…

—No es necesario que me deis detalles. —Sigrún dejó la cabeza de la joven, que comenzaba a removerse, y lo miró con indiferencia—. Conozco vuestra situación. Y para ese mal, solo hay una cura.

—¿Liberarme?

—Os liberaré, sí, pero a su debido tiempo. No podemos contravenir los deseos de los dioses, mi laird …

—¡Yo ya no soy tu dueño, sino ellos! Llevamos días viajando juntos, ¡y ni siquiera has intentado desatarme! —la acusó, mirándola con rabia—. No me has demostrado esa lealtad que dices sentir hacia mí en ningún momento. ¿Por qué debería confiar en ti ahora?

La anciana resopló y señaló el horizonte con un movimiento de cabeza apenas perceptible.

—Ella debe encontrar las respuestas a sus muchas preguntas.

Debe decantarse entre su deber para con la gente que es su familia, o aquello que le dictará el corazón, cuando al fin se digne a escucharlo —profetizó—.

Solo entonces vos ocuparéis el lugar que os corresponde.

Solo de ese modo terminaréis con la insidiosa traición que se está forjando entre los vuestros, ante vuestras propias narices.

Al parecer, vos también tenéis que abrir los ojos…

Después, volvió a su ocupación.

Él permaneció en silencio, pero pudo notar su mirada afilada clavándose en su espalda como si fueran cuchillos. Su frustración. Su incomprensión e incluso esa ira que iba forjándose con el paso del tiempo, y que lo engulliría.

—Yo decidiré cuándo puedo seros de utilidad —añadió, solo para tranquilizarlo—. Vos lo sabréis, porque entonces las tornas se cambiarán. Las posiciones también… Y las almas encontrarán a su igual.

No pudo dar más explicaciones. El grito de alarma de Rurik los llevó hasta la columna de humo que parecía surgir de entre el oleaje del mar, elevándose por encima de las copas de los árboles, hasta el cielo plomizo.

Nadie preguntó su origen. Todos lo sabían.

El señor de la isla había encontrado sus barcos y los había quemado.