Sangre del norte (La estirpe del halcón 2) CAPÍTULO 6 #2
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CAPÍTULO 6 #2

La hoguera se había convertido en unas pocas brasas, insuficientes para que pudiera distinguir su poderosa silueta con claridad junto al árbol. Sin embargo, sí que distinguió su habitual tono socarrón, que parecía inmune a su situación. A lo que ella planeaba hacer con él.

De pronto sintió un nudo en la garganta que a punto estuvo de asfixiarla, pero que deshizo con un carraspeo.

—Claro. Cómo no. Aquí tienes. —Sin más, tomó entre sus brazos a Gràr y se lo colocó sobre su costado—. Es suave y calentito. Además, parece que le has caído bien, como al resto de la expedición. Seguro que podréis pasar lo que queda de noche inmersos en un sueño… reparador.

Se acomodó entre sus propias mantas, a una distancia prudencial, con una sonrisilla satisfecha al imaginar la cara de sorpresa del escocés.

Esperaba que le durase lo bastante como para no poder dormir. Así, a la mañana siguiente, seguiría disfrutando al verlo agotado y malhumorado por su causa.

Cerró los ojos tan confiada, que fue Sigrún la que tuvo que despertarla con el alba.

—¡Vamos, muchacha, arriba o tu querido prisionero te tomará ventaja!

—Caelen…

Enseguida se arrepintió de haberlo nombrado, pero ya era demasiado tarde.

La curandera la observaba con las cejas alzadas, sus hombres iban y venían para recoger sus pertenencias sin dejar un rastro que pudiera delatarlos.

Gràr saltaba alrededor de las piernas del escocés mientras él le rascaba el cuello distraídamente.

Pero sus ojos seguían clavados en ella. Intensos.

Penetrantes. Tan grises como el cielo que les recibía.

Tan amenazantes como la niebla que humedecía su ropa casi constantemente.

Freydis compuso su sonrisa más angelical y se acercó a él, meneando sus caderas de forma deliberada.

—¿Has descansado bien, laird ? —le preguntó con burla.

—Mucho mejor que tú, vikinga. Anoche te agitabas en sueños. Solo espero que yo no estuviera en ellos, porque balbuceabas amenazas en tu lengua…

—¿Cómo sabes que eran en mi lengua?

El escocés se apoyó en el tronco del árbol mientras Rurik le ataba las manos por delante. Sin resistirse. Sin mostrar siquiera un mínimo de contrariedad. Maldito fuera…

—Los tuyos llevan aquí el tiempo suficiente como para que haya aprendido algo de vuestro idioma. Sobre todo, ciertas palabras que las mujeres nórdicas emplean para expresar sus deseos más profundos.

Con una sonrisilla de suficiencia, siguió a su lugarteniente hasta el caballo donde fue atado de nuevo, mientras las mejillas de la muchacha volvían a incendiarse.

¿Y si la había descubierto inmersa en uno de sus sueños? Se reiría de ella. La avergonzaría. No perdería ni un momento en echárselo en cara para humillarla delante de sus hombres…

—Pierde cuidado, sabandija —le dijo en su idioma, muy despacio, para asegurarse de que la entendía—. Antes, me ahogaría con mi propia lengua.

—Me alegra saberlo, porque yo tampoco estaría muy dispuesto a complacerte. —Cuando iba a montar, él se las ingenió para sujetarla por el brazo—. Antes, permitiría que se me cayera a trozos.

¡Acababa de insultarla, y nadie se había enterado! Lo fulminó con una mirada incendiaria, pero se tragó la réplica y comandó la marcha, imprimiendo a su montura un ritmo mayor del habitual. Tal vez la carrera consiguiera que dejara de provocarla de ese modo.

A su espalda escuchó un montón de maldiciones dichas en gaélico que no entendió. Con una risilla vengativa, tiró del extremo de la cuerda y se adentró en el corazón de un bosque interminable, seguida por sus hombres, con Sigrún a su lado mirándola ceñuda.

—Si lo tratas así, serás correspondida de igual manera —vaticinó.

—No me digas lo que puedo o no puedo hacer con un prisionero, vieja. Se lo tiene merecido, por insolente. Además…

No pudo continuar.

El olor a quemado le golpeó las fosas nasales. Tiró de las riendas justo cuando sus ojos repararon en el claro que se abría ante ellos.

En las cabañas humeantes. En los cuerpos desperdigados por la aldea destruida.

De nuevo, escuchó una maldición tras ella, pero la ignoró cuando desmontó, tan atónita por el escenario de muerte que la recibió, que la sangre se le congeló en las venas.

—Esto es lo que tu gente hace con quien se resiste a sus dictados.

—El estómago de Freydis comenzó a encogerse cuando reparó en los cadáveres mutilados.

Ignoró la ira palpable de Caelen y, con su espada desenvainada, avanzó entre ellos.

Un sudor frío le advirtió de que debía detenerse, pero no le hizo caso—.

¡Guarda tu arma, maldita seas! ¿No ves que no vas a necesitarla?

¡Otros antes que tú ya han hecho el trabajo sucio por ti!

Pero casi no escuchaba la cruel recriminación de MacSween. De repente las piernas comenzaron a fallarle, y su mente voló lejos de allí.

A otra aldea. En mitad de una noche que no debió olvidar jamás.

Entre los gritos desaforados de los hombres que pretendían defenderlos, los aullidos de las mujeres que caían bajo la mano del poder invasor, y el llanto de una niña que, escondida bajo una cama, contemplaba cómo sus padres eran asesinados sin contemplaciones.

Cómo su hermana mayor era arrastrada a la fuerza, en medio de una resistencia feroz que solo le llevó más sufrimiento.

Esa pequeña se había quedado sola, en medio de un silencio aterrador, roto tan solo por sus propios sollozos, mientras repetía un nombre sin cesar.

Mairead…

Le faltaba el aire. Las fuerzas. Tenía la impresión de que se hallaba atrapada en una inesperada ratonera. Abrió la boca para asegurar que se encontraba bien, pero su vista se nubló.

Apenas pudo distinguir la silueta de Rurik, antes de caer desmayada.