CAPÍTULO 6
—No deja de mirarte, aunque no hayáis cruzado ni media palabra desde que emprendimos la marcha. ¿Hacia dónde vamos, si puede saberse?
Freydis se encogió de hombros y desvió sus ojos a la negrura de la noche, proveniente del bosque en el que se encontraba el campamento.
Llevaban vagando por la zona tres interminables días, envueltos en niebla, en humedad… Y en silencio.
Sigrún tenía razón. El escocés no la perdía de vista en ningún momento. Ni siquiera cuando, acompañado por uno de sus hombres, se alejaba de ella lo justo para atender sus necesidades físicas, antes de volver de nuevo a su cautiverio.
—Hacia el lugar que me permita llevar a cabo mis planes más inmediatos —respondió, cuando percibió de nuevo los ojos grises, intensos, fijos en ella desde el otro lado de la hoguera que todos compartían, junto con un buen trozo de conejo asado que Rurik había cazado—.
Después… emprenderemos el camino hacia la fortaleza de Jura, en busca de los lingotes.
La vieja mostraba una sonrisa enigmática que la puso nerviosa, cuando mordisqueó un trozo de carne con los pocos dientes que aún le quedaban sanos.
—Las sensaciones desde que he pisado esta tierra de demonios vestidos con telas de cuadros han sido demasiado fuertes como para ignorarlas —confesó—. He decidido dejarme llevar por mis instintos. Hasta el momento, no me ha ido mal así.
—Para todo hay una primera vez. ¿Has visto cómo lo sigue Gràr?
—Demasiado. Ese perro es un traidor. —Lejos de enseñarle los dientes como al desconocido que era, había simpatizado con él desde el primer momento—. ¡Oh, míralo ahora! ¡Está panza arriba, más que encantado de que él le rasque la barriga!
El escocés le sonreía mientras le susurraba palabras cariñosas…
¡Dioses antiguos! A pesar de su cara, de la ropa que sus hombres le habían prestado y que ya estaba sucia, y de su pelo suelto, aquella sonrisa desarmaba.
Había algo extrañamente hipnótico en la barba descuidada que la atraía.
Una sensación incómoda le recorrió el cuerpo y apartó la vista.
—Niña, deja de soñar despierta. ¿Te has parado a pensar que necesitarás, como poco, un mínimo de intimidad para lo que te propones? Es demasiado retorcido, incluso para ti…
—¿Condenar al culpable de parte de mi desgracia, de la única manera en la que podré hacerlo manteniéndolo con vida, te parece retorcido?
—Y arriesgado. Es posible que quedes atrapada en esa venganza.
—¿Crees que no lo sé? Pero este lugar es tan inhóspito como mi hogar.
—Tu segundo hogar. El primero…
—Cállate, o me buscarás un problema. —Y ya tenía bastante con ser consciente en todo momento de la presencia del prisionero.
Del escocés. Lo llamaría de cualquier manera, excepto por su nombre.
Esperaba que, de ese modo, desapareciera de unos sueños en los que volvía a ser el protagonista…
para su completa desgracia—. Es posible que ahora mismo no me encuentre en la mejor situación, pero la propiciaré, si es necesario.
—Supongo que hasta lograr la complacencia de la otra parte.
—Ni siquiera voy a responder a eso.
Jamás había mantenido relaciones con un hombre, más allá de unos cuantos besos y caricias audaces que había detenido ella misma, ante la falta de interés total por su parte. Por supuesto, había visto a más de un ejemplar masculino desnudo.
Pero nunca a nadie como él.
Ningún hombre la había descolocado de esa forma con solo una mirada, ni le había alterado el pulso hasta que el estómago se le retorcía, por una emoción desconocida. Ninguno la había mirado jamás como si fuera capaz de desarmarla por dentro, ni había conseguido alterar tanto su control.
¡Y todo ello por un maldito sueño recurrente!
—Sé reconocer el interés masculino en una mirada o un gesto —afirmó—. Él lo tiene.
—Porque ignora lo que pretendes. Me encantaría estar presente cuando encuentres el valor necesario para contárselo.
—¿Qué te hace pensar que voy a hacerlo? La sinceridad no es necesaria a la hora de copular.
—En ese caso, necesitarás otras armas para atraerlo.
—Sin mirarla, Sigrún introdujo la mano bajo su túnica y sacó un minúsculo trozo de tela, que le entregó de forma que nadie más se diera cuenta—.
Compórtate como una mujer sensual, hermosa.
Sedúcelo, ayudándote de objetos como el que acabo de darte, y lo tendrás pendiente de ti.
Ella guardó el trozo de tela, mientras sus ojos volaban hacia el escocés. Se hallaba apartado del resto, con la única compañía de Gràr, tumbado a su lado, dormitando, cuando Rurik le lanzó un pedazo de carne, como si él fuera un perro.
De pronto se hizo el silencio.
Los dos hombres mantuvieron un duelo visual lleno de tensión. Por un momento, pensó que MacSween intentaría abalanzarse sobre su amigo, pese a estar atado al tronco de un árbol, pero casi soltó un suspiro de alivio cuando lo vio recoger la carne, limpiarla y llevársela a la boca.
—Por los cielos, está más dura que los huesos de esa vieja que os acompaña. Si queréis mantenerme con vida, al menos cocinad mejor —advirtió, con una sonrisa ladeada.
Y, para total asombro de la joven, sus hombres rieron la broma.
Tanto y tan seguido, que como por arte de magia, la hostilidad que había entre los dos bandos comenzó a disiparse.
Solo Rurik y ella permanecían serios. A la expectativa cuando Ulf se levantó con una jarra de cerveza y se la ofreció, manteniendo las distancias.
—¿Es que acaso tú lo harías mejor, escocés? —lo provocó con sorna.
—Tendría que ser un completo inútil para no hacerlo.
Un nuevo coro de risas casi le dañó los oídos. De modo que el malnacido pretendía hacerse con las simpatías de sus propios hombres… Pues bien, pronto comprobaría lo equivocado que estaba.
—Veo que en tu tierra se presume demasiado y se demuestra muy poco —apoyó Orm, palmeando su propio muslo para festejar su fanfarronería.
El escocés se quedó mirando el fuego mientras engullía la comida, ayudado por la cerveza.
—En mi tierra no hablamos de lo que hacemos… porque los que sobreviven ya lo saben. —Sus ojos parecían perdidos en las llamas. Pero, a continuación, esbozó una nueva media sonrisa presuntuosa cuando añadió—: Y los que no… no pueden desmentirnos.
Un murmullo generalizado corroboró sus palabras.
¿Ni siquiera se iban a molestar en conservar su orgullo? ¡Era su enemigo, y se pavoneaba de sus logros en batalla contra los de su propia sangre! ¿Es que aquel atajo de zopencos era tan fácil de impresionar?
Sí. Del mismo modo que ella. Porque el prisionero demostraba tanto temple como valor, mezclado con un ingenio que comenzó a interesarle más de lo que estaba dispuesta a reconocer.
—Por ejemplo, desconocéis el terreno que pisáis, hasta el punto de arriesgaros a morir en él —siguió hablando—. Yo podría guiaros con mucha más seguridad si me desatarais…
—Buen intento, escocés. Lástima que queramos seguir más seguros, como tú dices —murmuró Rurik—. Aunque apreciamos tu consideración.
—La necesitaréis más adelante, para todo. Incluso si pretendéis seguir vuestros instintos, en alguna aldea que crucemos, con alguna moza que os interese…
—¿Has empleado con ellas ese encanto tuyo que despliegas delante de nosotros, para convencernos? —bramó Arne con su vozarrón—. Dicen que las jóvenes celtas son tan hermosas como inteligentes. Y que saben reconocer a un hombre fuerte.
Se llevó las manos a la entrepierna y se la sujetó con un gesto obsceno, que levantó nuevas carcajadas.
—Es cierto. Allá de donde provengo, las muchachas más listas no necesitan que nadie les diga quién es el más fuerte. —El muy desvergonzado le sostuvo la mirada sin pestañear. Y por un instante, Freydis tuvo la incómoda sensación de que aquel hombre veía demasiado—. Ellas lo notan solas.
Era una frase con un doble sentido tan claro, que la garganta se le quedó seca.
Se refería a ella.
Una vibración que nada tenía que ver con la ira la recorrió de arriba abajo hasta hacerla temblar. Por un instante, casi pudo descifrar los mensajes ocultos que anidaban en las profundidades grises de aquel hombre. El peligro que irradiaba y el desafío que, pese a todo, ella aceptaría.
Hasta que parpadeó muy rápido. Su nefasto influjo desapareció, y su mente recuperó su habitual lucidez.
—Me parece que ya os habéis divertido lo suficiente.
Relevaré a Orm de su guardia. Aprovechad para descansar antes de la siguiente ronda.
—Se dirigió hacia el puesto de vigilancia, pero se detuvo junto al MacSween—.
Reconozco que casi logras convencernos de que te otorguemos la libertad, con esa labia tuya —murmuró con la vista al frente—.
Pero te harán falta mucho más que unas cuantas bravuconadas para ganártelos.
—La cuestión es: ¿te he ganado a ti, vikinga?
No respondió. Se apresuró a alejarse de él, y de ese tono meloso que se infiltraba por sus sentidos, directo a su cabeza.
Pero la siguió igual que el perro, para acompañarla a lo largo de las horas en las que procuró mantenerse alerta.
Tan mortificada, y tan empecinada en no desviarse de su objetivo, que cuando Rurik acudió a relevarla, se hallaba más agotada de lo que lo había estado en años.
—Tu príncipe te espera, princesa —murmuró su lugarteniente con sorna. El atrevimiento le valió un puñetazo en el hombro que casi lo derribó—. ¡Eh! No soy yo tu enemigo, sino él.
—¿Estás seguro? —Con los hombros caídos, se dirigió colina abajo—. Voy a ver si puedo descansar un poco. Gracias…
—Guárdalas para más adelante. Puede ser que entonces necesites dármelas de verdad.
¿Por qué le hablaba de esa forma tan sombría? ¿Él, que siempre se había comportado con ella de una forma entusiasta, alegre, llena de energía?
No se molestó en analizarlo. Parecía a punto de quedarse dormida mientras caminaba, pero en cuanto tuvo a la vista el bulto formado por el enorme corpachón de su cautivo, todos sus instintos se activaron al mismo tiempo para protegerse de él.
—El frío empieza a notarse a estas horas de la noche. ¿Tendrías a bien proporcionarme algo de calor añadido, vikinga?