CAPÍTULO 5
Hablaba su lengua, al igual que el resto de vikingos.
Con un acento muy marcado y bastante torpeza, pero la hablaba.
Del mismo modo que, en sus sueños más íntimos, le susurraba palabras atrevidas mientras se entregaba a él en cuerpo y alma.
Caelen no podía quitarse de la cabeza que acababa de toparse con la evidencia física de todo lo que llevaba demasiado tiempo intentando ignorar, y que salía al exterior, sin ninguna razón aparente, durante la mayor parte de sus noches.
Era ella. La joven que hacía realidad los sueños que llevaba tiempo ignorando, le había plantado cara no solo con la palabra, sino también con su actitud.
Hasta para alguien experimentado en el arte de la guerra como él, era evidente que se trataba de una mujer que sabía manejar las armas. Que controlaba su mente y sus emociones sin esfuerzo, hasta convertirla en alguien peligroso para la mayor parte de sus enemigos.
—Pero no para mí. Porque yo no soy tu enemigo…
—¿Soñando despierto? —Uno de aquellos barbudos malolientes se acercó a él y, sin previo aviso, le abrió los grilletes. Sin embargo, con la misma rapidez los sustituyó por una gruesa cuerda que anudó alrededor de sus muñecas para tirar de él—. Vamos, Freydis ha ordenado la marcha.
—¿Conmigo?
—Además, socarrón… Si no hubiera querido que nos acompañases, ya estarías muerto.
—No lo dudo. Solo me preguntaba si ese interés que parece sentir hacia mí se limita a lo estrictamente militar, o hay algo más… personal. Lo cierto es que me miraba como si yo fuera un bocado muy apetitoso.
—Puedes serlo para cualquier mujer joven en edad casadera.
Yo que tú me andaría con cuidado con esta en particular.
—En cuanto la luz del día le dio de lleno en los ojos hasta hacerlo bizquear, escuchó la voz rasgada de una anciana.
Su figura encorvada permanecía a su lado, ofreciéndole un pequeño cuenco con un líquido—.
Adelante, bebe. Solo es agua. La necesitarás para el largo camino que nos queda por delante.
La parte de venenos y bebedizos desagradables me la reservo por el momento.
Él se quedó sin habla, mientras recorría con la vista el aspecto desaliñado de aquella curandera. Porque era una curandera. O lo había sido. Tan respetada como famosa en sus tierras.
—Sigrún —afirmó en un susurro, que ella se encargó de acallar con una simple mirada, advirtiéndole de que mantuviese la boca cerrada y bien cerrada—. Er… No sé cómo voy a poder caminar con las manos atadas…
—¿Caminas con las manos, escocés?
La presencia de Freydis captó toda su atención.
Sus sentidos comenzaron a moverse al son de aquella figura femenina, embutida en unas calzas tan ajustadas que remarcaban el contorno de sus piernas.
Costaba dejar de mirarla. La ropa marcaba un cuerpo fuerte y flexible.
Pero fue su cuello lo que terminó atrapándolo: largo, delicado, expuesto.
Casi sin proponérselo, se encontró pensando cómo sería posar su boca justo ahí…
—¿Es que acaso no tienes lengua? ¿Te la dejaste toda cuando intentaste vencerme en nuestra batalla verbal? —siguió aguijoneándolo ella.
—Mi lengua está acostumbrada a tareas más placenteras, milady .
—Me gusta que me dispenses el trato de milady .
Según tengo entendido, está reservado a las hembras de alta alcurnia, lo que indica que me has reconocido como superior a ti.
No estropearé tu bonita cara con otro golpe que vuelva a dejarte inconsciente —añadió, acercándose tanto que él tuvo que hacer un esfuerzo para no ceder al impulso de besarla—.
Supongo que ya habrás tenido bastante de mis… caricias.
—Podría sacarte de tu error, pero hay demasiada gente mirando.
—¿Lo amordazo? —preguntó Arne, lanzándole una mirada mucho más hostil.
—No va a ser necesario. Espero que entre en razón después del ataque sufrido, y la contenga él solito dentro de su boca.
De lo contrario, me veré obligada a cortársela.
—Pero le sometió a un examen visual tan profundo y desvergonzado, que fue una suerte que las calzas le quedaran grandes.
De lo contrario, su respuesta física a semejante escrutinio se hubiera notado demasiado—. Átalo a la silla de mi caballo.
—Tenemos caballos…
— Nosotros los tenemos. Los hemos robado. Tú harás el recorrido a pie. Tal vez eso te aplaque los ánimos.
—¿Me quieres vencido, vikinga?
Un pie impactó en su mandíbula y lo derribó, acabando con su fanfarronería sin sentido. Por el rabillo del ojo, vio que Sigrún daba un paso en su dirección, para detenerse después.
—La mejor manera de acabar con la petulancia escocesa es que termines con tus dientes hundidos en esta tierra húmeda —canturreó el guerrero, antes de arrastrarlo hasta un precioso caballo blanco, que la guerrera montó con soltura—.
Supongo que eres tan diestro caminando, que no tendrás inconveniente en que ella imponga el ritmo.
—Jamás he tenido inconveniente alguno… en que una mujer me marque el ritmo…
No podía evitarlo. A pesar de la mandíbula dolorida y del tirón que sintió a continuación, necesitaba provocarla, solo para disfrutar de aquel brillo especial que enturbiaba el color incierto de sus ojos. Que parecía alentarla hacia él, como ocurría en sus sueños.
Cuando la muchacha le lanzó una mirada firme por encima de su hombro, pero plagada de incertidumbre, sintió una tensión brusca en el pecho.
No era un desconocido para ella, igual que ella tampoco lo era para él.
—En algún momento tendrás que explicarme por qué me perdonaste la vida… Y qué es eso que parece unirnos a pesar de nosotros mismos —afirmó con seriedad.
—En algún momento. Pero no ahora. ¡Andando!
Su corcel inició un trote que le obligó a ponerse en marcha, a un ritmo mucho más veloz que el que su cuerpo maltrecho podría soportar por mucho tiempo, pero antes, apreció movimiento a su derecha.
Su lugarteniente se colocó a su lado, aunque, en contra de lo que esperaba, ni siquiera reparó en él, o en asegurarse de que seguía la marcha impuesta. Sus cinco sentidos parecían puestos en ella, con una expresión tormentosa que encendió todas las alarmas de Caelen, y algo aún peor.
Un instinto de posesión que hacía tiempo que creía muerto y enterrado llegó para dotarle de la claridad de ideas y la determinación que siempre había tenido.
Averiguaría qué se proponían aquellos malnacidos. Por qué se sentía tan unido a su captora. Una muchacha tan bella como sanguinaria, que no dudaría a la hora de rebanarle el pescuezo, pero por la que se descubría irremediablemente atraído.
El motivo por el que Sigrún parecía tan a gusto con ellos.
Y cuando todas las piezas del rompecabezas ocuparan su lugar y él se hubiera librado de su cautiverio… entonces, encontraría el modo de luchar contra la vikinga.
No se plegaría a sus deseos, por mucho que él fuera el cautivo y ella, la captora.
Aunque lo atrajera, y quisiera someterla hasta hacerle perder el control. Ya había sucumbido a los encantos de una hembra en una sola ocasión, y aún estaba pagando las consecuencias.
Ninguna merecía la pena hasta ese punto.
Ni siquiera una hermosa nórdica que lo desafiaba con cada poro de su piel.