Sangre del norte (La estirpe del halcón 2) CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

Rurik se había enamorado de ella desde que tuvo edad para hacerlo.

Viviendo cualquier momento a su lado como algo único.

Pero Freydis jamás lo había visto como alguien distinto de un buen amigo. Un hermano, a lo sumo.

Algo que de igual manera tenían prohibido dentro de la Estirpe.

Él no había conseguido dominar sus emociones ni sus instintos del mismo modo que la que se había convertido en su superior, por expreso deseo de Haakon. Lo que sentía por ella se le había ido de las manos, aunque, para ser sinceros, quizá nunca se molestó lo suficiente en controlarlo.

Por eso, ella siempre había sido, y sería, mejor guerrera que él.

Muy pocas veces la había visto perder el control ante otra persona.

Dudar acerca de darle el destino que merecía.

De hecho, si exceptuaba a la vieja sanadora celta que viajaba con ellos y a sus propios hombres, su jefa jamás había demostrado emoción alguna que delatara algún tipo de sentimiento…

hasta que se había plantado ante aquel escocés desafiante que no parecía afectado por tener delante a una de las mejores guerreras de las tierras del norte.

Ni siquiera atemorizado.

—Debería estar temblando con tan solo imaginar su suerte —murmuró a sus hombres cuando salieron de la cueva—. Si supiera a lo que se enfrenta, no le habría hablado con tan poco respeto.

—Te molesta porque ella se ha mostrado igual de sorprendida que él cuando se han visto. Como si ya se conocieran —apuntó Orm, con las cejas alzadas en un gesto más que elocuente, que él entendió a las primeras de cambio.

—No digas tonterías. Dejaría de ser un miembro de la Estirpe del Halcón si me permitiera ese lujo —respondió.

—Y de un modo bastante desagradable, por decirlo con suavidad —añadió Ulf, mucho más serio que su compañero—. No es una amenaza, amigo mío. Sabes que cualquiera de nosotros mataría por ti. Por Freydis.

—Solo es una advertencia que deberías tener en cuenta, si quieres conservar tu pellejo en perfecto estado —remató Arne, propinándole una palmada amable en el hombro—. Ninguno te delataría, pero procura que no haya nada que delatar…

Rurik les respondió con un gruñido que decía a las claras que los comprendía y los apoyaba mucho más de lo que ellos imaginaban.

Todos formaban parte de esa estirpe maldita sin que ninguno hubiera querido hacerlo por iniciativa propia.

Eran demasiado niños como para poder oponerse.

Demasiado débiles e indefensos como para poder plantarles cara.

Demasiado vulnerables como para sobrevivir a una instrucción implacable, que los formó hasta convertirlos en el mejor cuerpo de élite que protegía al rey desde el anonimato, mientras moldeaban sus mentes a su antojo.

Cuando contaron con las armas necesarias para rebelarse, descubrieron que ya era demasiado tarde.

Se habían convertido en soldados entrenados para obedecer, preparados para matar sin titubear.

Para guardar secretos hasta la muerte, por muy sanguinaria y cruel que fuera la tortura.

Por muy agónico que fuera su sufrimiento.

Jamás ninguno de los Halcones había traicionado los dictados de la estirpe, ni a sus integrantes. Ni siquiera los pertenecientes al círculo más cercano de Haakon estaban al tanto de su existencia, y él no pretendía cambiarlo.

Si tenía que cargar con el castigo de su amor silencioso y no correspondido, que así fuera.

—Me conformo con las migajas. Con tu sonrisa, con tu lealtad infinita y con el cariño que pretendas darme, sea de la naturaleza que sea —murmuró para sí, cuando los otros se apartaron de él para comenzar a recoger el improvisado campamento, con Gràr correteando entre las piernas de todos—.

Aceptaré todo… menos tus atenciones hacia el escocés mugriento.

—¿Por qué no me lo dijiste?

La pregunta de Freydis iba dirigida a Sigrún. A unos pasos de él, ambas mujeres parecían tan enfrascadas en una aparente discusión que no se dieron cuenta de su presencia.

Claro que las riñas entre aquellas dos no eran tales. Mientras la vieja soportaba la indignación de la joven con estoicismo y una indiferencia que ya querría Rurik para sí, la joven terminaba por cansarse de no obtener los resultados deseados y la dejaba por imposible.

Como en aquella ocasión.

—¿Y por qué no me respondes? —seguía aguijoneando, siguiendo a la sanadora, que parecía tener mucha prisa a la hora de recoger sus escasas pertenencias en un hatillo—. ¡No te vas a librar de mí fingiendo que no me escuchas!

—Te escucho, muchacha. Haría falta una tormenta, un terremoto y un volcán juntos para no hacerlo. —Sigrún puso los ojos en blanco con un gesto tan teatral que el vikingo contuvo una sonrisa—. ¿Todavía estás aquí, detrás de mí como una sombra?

—No voy a marcharme hasta no obtener lo que he venido a buscar. —Freydis le cortó el paso con el ceño fruncido, sus esbeltas piernas separadas y los brazos cruzados sobre su exuberante pecho—. O me cuentas todo, o te quedas aquí. Sola.

—¿Crees que eso me asusta? Conozco esta tierra como la palma de mi mano. Mucho mejor incluso de lo que te conozco a ti.

—¡Es que no me conoces, ni sabes de lo que soy capaz!

La vieja se encogió de hombros con indiferencia.

—Te advierto que yo soy mucho menos impresionable que tus hombres.

—Lo sé. Para mi desgracia. ¡Pero que el rey haya accedido a que te convirtieras en mi sombra los últimos años, y a que nos acompañaras en este viaje, no te da derecho a creerte mi madre!

—Que los dioses me libren de semejante tortura…

Solo me creo lo que soy, chica. Haakon sabe que, con mi intervención, conseguiréis hallar los lingotes de oro para devolvérselos, antes de que sean usados contra él.

Y esa es mi función. —Se echó el hatillo al hombro, ceñuda—. Lo demás no entra en mis funciones.

—¡Entra si accedes a confeccionarme una poción para poder enfrentarme a él! —Ese él atrajo la atención de Rurik por completo. Se refería al escocés, sin duda—. ¡Y desde luego, entra si conoces el significado de mis sueños… recurrentes!

—Tú también lo conoces. No necesitas que nadie te lo explique. Solo debes quitarte la venda de los ojos por ti misma. Sin ayuda de nadie. Ni siquiera mía.

Hubiera jurado que aquella última parte iba dirigida a él. Sobre todo cuando pasó por su lado, con un gesto oscuro y movimientos demasiado enérgicos para alguien de su edad.

—¿Entonces no vas a ayudarme a cumplir mi… objetivo?

—¿Alguna vez te he fallado, muchacha? —La joven se limitó a negar con la cabeza a regañadientes—. ¿Lo ves? Tienes un fondo tan honorable como el mío. Algún día acabará pasándonos factura.

Se alejó de ambos murmurando palabras en su idioma natal con tanta rapidez, que ninguno de los dos fue capaz de entenderla.

Sin embargo, la sonrisa permanecía en su boca cuando su jefa llegó a su altura.

Tenía las mejillas encendidas por la furia, pero una mirada huidiza. Como si se avergonzara de algo.

—Espero que no hayas escuchado más de la cuenta —le advirtió en voz baja.

—Lo justo para saber que planeas utilizar al escocés para cumplir nuestra misión lo antes posible. Lo que aún no entiendo es por qué nos lo hemos llevado con nosotros hacia el interior, en lugar de seguir nuestra hoja de ruta hasta la fortaleza del líder de la isla.

—Porque, como tú bien has dicho, debemos cumplir lo antes posible.

—Ella no apartaba la vista de la entrada de la cueva donde, de una manera providencial, habían encontrado unos grilletes viejos y herrumbrosos con los que mantener preso a MacSween—.

No contamos con efectivos suficientes para tomar la fortaleza.

Pero nos hemos hecho con algo mucho más valioso, que nos permitirá negociar la rendición sin más muertes.

—¿Desde cuándo te molestan las muertes?

—Desde que pueden afectar a mujeres y niños inocentes. —Rurik tragó saliva. Sabía que se estaba refiriendo a ellos. A su ausencia total de recuerdos antes de que otros decidieran que debían compartir destino… y mucho más—. Ellos no tienen la culpa de las guerras en las que otros andan inmersos.

—Tampoco nosotros, pero tenemos que llevarlas a cabo por los que deberían estar aquí, en nuestro lugar.

—¡Ni se te ocurra repetir eso en voz alta! —La muchacha lanzó una mirada alrededor y le tapó la boca con la mano—. Cualquiera podría ejecutarte…

—Solo tú tendrías esa potestad. Eres nuestra líder. Y no creo que lo hagas. —Él le apartó la mano y sonrió con socarronería—. ¿Lo harías, hermana?

—Sabes que no. Además, tengo otras cosas más importantes que hacer.

—¿Como por ejemplo, pensar en cómo vamos a organizarnos para asegurarnos de que el escocés no nos la juegue?

—Algunas venganzas necesitan más tiempo —respondió ella, con la mano derecha sobre el pomo de su espada, y esa mirada llena de confianza que la hacía única—. No hay lugar en nuestra vida para las debilidades. Solo seguimos una, hasta el mismo día de nuestra muerte.

—Pero hasta entonces…

—Seré fuerte. Valiente. Como siempre. Seguiré el plan. Me involucraré por completo.

Había mucho más en juego que unos simples lingotes de oro. Lo que tenía en mente era más humillante para su prisionero que los grilletes.

Mil veces mejor que una muerte rápida, que se produciría cuando ella, y solo ella, hubiera obtenido de MacSween lo que pretendía.