Sangre del norte (La estirpe del halcón 2) CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

—Deberías liberarlo, ahora que todavía estás a tiempo de protegerte de su influjo.

Freydis contempló a la vieja Sigrún con impaciencia, mientras acariciaba el suave pelaje de su perro Gràr, tumbado a sus pies.

No podía apartar los ojos de la entrada de aquella gruta cuyo final, para su alivio, contenía una caverna con unos grilletes oxidados que, en otros tiempos, habría sido utilizada como mazmorra improvisada por alguien antes que ellos.

Sus hombres habían arrastrado al prisionero hasta allí cuando consiguieron neutralizarlo, en mitad de una batalla en la que se había tenido que emplear a fondo.

Ella apenas había vislumbrado un rostro ennegrecido, un cabello sucio y revuelto y una barba demasiado larga, antes de perder todo interés en él.

Sus hombres se encargaron en cuanto lo localizaron en el campo de batalla. Después, ella realizaría el trabajo sucio.

Con un mohín de hastío, lanzó su cuchillo hacia el tronco más cercano, con tan buena puntería que se clavó en el centro. Por el rabillo del ojo, vio cómo Rurik y los otros acarreaban calderos de agua. De la gruta salían improperios de todo tipo, dichos en gaélico.

No sabía si podría enfrentarse a él cuando cumpliera con la misión que la había llevado allí, pero si de algo estaba segura, era de que no toleraría tener delante al enemigo como si acabara de salir de una pocilga.

Hasta el momento nada se había torcido. Si continuaba en esa progresión, podrían regresar a los barcos, ocultos bajo ramas y redes oscuras, bien anclados para que aquellas corrientes violentas no terminaran llevándolos a la deriva, antes de que el señor de la isla que pisaban se diera cuenta de que los lingotes de oro robados a los nórdicos, volvían a ellos.

—¿No le estás oyendo? Es un insolente que piensa que podrá liberarse porque soy una mujer —farfulló con ira—. ¡Ni siquiera tiene el buen tino de callarse para preservar la vida!

—Ah, pero ¿cuántos hombres conoces que contendrían su lengua en tales circunstancias?

—No me importa. Quiero la poción que me prometiste.

—¿Tan atractivo lo encuentras que necesitas bebedizos para resistirte a él?

—¡Dame esa poción de una vez!

—¿Estás segura? —Sigrún se acercó a ella con un pequeño frasco que sujetaba entre el pulgar y el índice—. Mira que yo soy la culpable de que ahora tú, y no tu queridísimo Rurik, comandes esta expedición…

—Algo de lo que puedes sentirte orgullosa. Y sí, Rurik es queridísimo para mí, aunque no con los matices que tú insinúas, vieja embaucadora.

Freydis le arrebató el recipiente y se bebió el contenido de un trago.

—¡Es repugnante! —Contuvo las arcadas y conservó su pose imperturbable—.

No me mires así. Sabemos a dónde debemos dirigirnos.

Pero también que el líder de la isla es pariente del que tenemos en la cueva.

Creo que ha llegado el momento de comprobar hasta dónde hemos acertado tomándolo como prisionero.

—Yo puedo decírtelo: él no tiene los lingotes de oro que buscas, muchacha.

—Ya. Dirías lo que fuera para salvar a uno de los tuyos, ¿verdad?

—¡Niña desagradecida, crucé el mar para contarte lo sucedido con los que ahora consideras compatriotas! ¡Te conté lo que ocurrió con ellos para abrirte los ojos!

—¿Estás segura de que no fue para salvar tu pellejo cuando mis compañeros de la estirpe te encontraron, a punto de atacarme?

—¡No iba a atacarte, sino a advertirte! Si hubiera querido hacerte daño, hace tiempo que estarías muerta sin apenas esfuerzo por mi parte, ¿no te parece?

—añadió Sigrún, con sus blancas cejas alzadas mientras señalaba el frasco vacío—.

Todo sin que los miembros de tu adorada organización se hubieran enterado.

—No es adorada.

Ella le dio la espalda. No deseaba que viera el dolor que aquella afirmación le producía.

Contaba veinte años, y solo era leal a los dioses antiguos que veneraba en secreto, al rey y, por supuesto, a sus compañeros.

Hasta que aquella mujer había aparecido de la nada, hacía cuatro inviernos.

La anciana poseía el don de la visión. Había llegado de las mismas tierras que ahora pisaban, huyendo de una muerte casi segura a manos de los suyos.

O eso al menos fue lo que le contó a Haakon, antes de hacerle una demostración tan fehaciente que consiguió que el rey accediera a su petición: encontrarse con Freydis para no apartarse de ella.

Cuidarla.

Pero una experimentada guerrera, cuya sangre fría en batalla era famosa entre los suyos, no necesitaba cuidado alguno. En un principio se había reído de ella… Hasta que un día, un halcón sobrevoló el cielo de su tierra, en su presencia.

—Se mueve igual que lo hizo en la reunión de Haakon con sus pares, cuando estuvieron a punto de ejecutarme por traidora —le explicó la anciana, con una naturalidad escalofriante—.

Describe tres círculos: pasado, presente y linaje.

O lo que es lo mismo, los juramentos de vuestra estirpe: sangre, acero y silencio.

No fueron solo las tres palabras que demostraban que Sigrún conocía la existencia de la Estirpe del Halcón, las que la sorprendieron, sino el idioma empleado en pronunciarlas.

Gaélico.

Y ella lo había entendido sin dificultad.

—Cada cosa a su tiempo, muchacha —le había explicado la mujer cuando la vio palidecer, como si hubiera adivinado lo que le ocurría—.

Seguiré enseñándote mi lengua y la de mis ancestros, para que ambas podamos comunicarnos, en el camino que estás a punto de emprender.

Si eres inteligente y sabes interpretar sus señales, encontrarás tú misma las respuestas.

Pero, si te encuentras demasiado confundida, yo te acompañaré. Siempre.

Una compañía que, en aquel momento, agradecía en lo más hondo de su ser.

Había llegado a quererla. A ella, y a ese perro de raza indefinida que no se apartaba de su lado, pero lo ocultaba.

Sabía que demostrar emociones podía suponer su fin. Una especie de traición hacia la estirpe, que no deseaba.

—¿Has vuelto a soñar con él?

Freydis la miró como si acabara de ser arrancada de uno de esos indeseables sueños a los que se refería.

—Conoces la respuesta —replicó con aspereza—. A diferencia de mí, también conoces su significado, pero te niegas a compartirlo conmigo.

—Estás a punto de comenzar a conocerlo, niña. —La mano huesuda se posó en su mejilla. Su tacto era tan cálido como la fugaz mirada que le dirigió—. Y acudes con tu mejor arma.

—¿Mi espada? ¿Mi puñal?

—El brebaje que acabas de tomarte. Él te ayudará. Comenzarás a ver las cosas con una claridad que nunca esperaste. Te protegerá…

—¡Oh, cada vez te entiendo menos! Comienzo a cansarme de esa ambigüedad tuya. Muchas veces hablas sin decir nada en concreto. Otras, respondes a mis preguntas con acertijos.

—Pero respondo. Y cuando tú y tu pequeño ejército me habéis necesitado, me habéis tenido.

—Sigrún hizo un gesto que abarcó el lugar en el que se encontraban—.

Os indiqué el mejor camino para arrinconar a los escoceses.

Los vencisteis. Os dejasteis guiar por mí hasta aquí, para mantener al único preso que dejasteis con vida.

Si no te fías de mí, ¿por qué has seguido mis predicciones como si fueran ley?

—Por Gràr. No se ha separado de ti.

—Me ha otorgado su lealtad, igual que a ti. Te quiere mucho.

«Yo también lo quiero. Como a ti. ¡Por los cielos, no debería querer a nadie!».

—El instinto de los perros es infalible —dijo, acallando esa voz de su conciencia tan inoportuna.

—El escocés no es ningún perro.

Ella se inclinó hacia el menudo cuerpecillo de la anciana.

—No te confundas. No te he traído conmigo por lealtad, sino por seguridad. Si tus predicciones son ciertas, pueden salvarme la vida, proteger mi linaje e incluso prevenir traiciones.

—¿Y si no lo son?

—Entonces, sigues siendo demasiado peligrosa como para dejarte en libertad. No solo para nosotros, sino también para el rey, e incluso para la clandestinidad de la estirpe.

A continuación, se dirigió hacia la entrada de la cueva con paso firme. Segura del éxito de su empresa.

Nunca había fracasado. En ninguna.

Y aquel maldito MacSween no iba a ser una excepción.

Cuando avanzó por la gruta en penumbra, armada tan solo con su espada, escuchó su potente vozarrón, coreado por las risas de los otros.

Se estaban divirtiendo a costa del prisionero.

Bueno, se uniría a la fiesta antes de poner en marcha todo el mecanismo de un complejo plan, que la llevaría hasta los lingotes de oro que debía recuperar para la estirpe, además de otros motivos…

mucho más privados, de los que nadie más era consciente.

—Si de mí dependiera, ya estarías muerto —le estaba susurrando Rurik en aquel momento.

—Pero no depende de ti, sino de mí.

Fue entonces cuando ella decidió salir de la oscuridad… para toparse con el hombre de sus pesadillas.

El prisionero estaba completamente desnudo, apoyado contra la pared de la cueva, pero la escasa iluminación reinante fue suficiente para que sus ojos lo repasaran con lentitud.

Un escalofrío le recorrió la espina dorsal. La boca se le quedó seca.

Por unos segundos, solo escuchó el sonido de los jadeos que él despertaba en ella cuando estaba dormida.

Reconoció su olor al instante. Cada recoveco de aquel magnífico cuerpo que se le presentaba, como tantas veces había hecho en sus sueños.

Evocaba demasiado bien aquella estampa. Lo había visto antes. Una parte de ella lo recordaba contra toda lógica.

—Veo que ya puedes mantenerte en pie —comentó en gaélico, cruzándose de brazos mientras seguía observándolo—. Casi pareces un hombre de verdad.

—Depende de quién mire —replicó él, sacudiéndose el agua del cabello con energía—. Hay quienes necesitan pruebas más… cercanas para asegurarse.

—¿Lo oyes, jefa? —Ulf se dirigió a ella con una carcajada—. El escocés quiere impresionarte.

—Lo dudo. No pareces capaz de mantenerte en pie por mucho tiempo, MacSween. O Caelen. Te llamaré como prefieras.

—Me gusta mi nombre, como imagino que a ti te gustará el tuyo… ¿Freydis? Tus hombres lo han mencionado antes.

Al parecer, el escocés había decidido ignorar el asombro con el que la había mirado antes de soltar aquel susurro de reconocimiento. Pues bien, ella haría otro tanto.

—Curioso. Según mi experiencia, el equilibrio depende más del terreno que de quien lo pisa —afirmó él al cabo de un rato con una sonrisa ladeada.

Demostrando que no la temía en absoluto.

—¿Y este te parece inestable?

—Aún no lo he comprobado. Pero diría que podría dar más juego del que aparenta.

Arne lanzó un silbido.

—Cuidado, laird . El terreno sobre el que acabas de poner el pie con tu bravuconería suele acabar con los hombres de rodillas.

—Algunos caen rápido —remató ella, con una orgullosa ceja alzada.

—Pero otros sabrán resistir —respondió Caelen, más bajo—. Incluso cuando parece que no tienen escapatoria.

Maldito fuera. Le seguía el juego, a pesar de su escandalosa posición de inferioridad.

Ella frunció el ceño, contrariada, en medio de un silencio tenso que Rurik rompió.

—Tienes demasiado descaro para estar encadenado, escocés —apreció, sacudiendo su cabeza pelirroja.

—Y demasiada atención —añadió él sin dejar de mirarla— para alguien que dice no estar interesado.

Los labios femeninos se curvaron apenas.

—No confundas interés con control.

—No lo hago. Solo admito que empieza a resultarme… entretenido.

—A mí no —mintió Freydis con absoluta frialdad—. Aunque supongo que incluso un prisionero puede servir para algo mientras siga en pie.

—Entonces procuraré no decepcionarte.

—Eso si no mueres antes.

Durante aquel afilado intercambio de pullas, se había acercado tanto que apenas pudo escapar de su contacto cuando él extendió una mano, con toda la intención de atraparla.

De inmediato, sus hombres lo redujeron a base de golpes hasta que Caelen volvió a retroceder, pero, a una sola señal suya, se apartaron para dejarlo bien a la vista.

Para ella.

No conseguía apartar los ojos de él. Su belleza era la de un depredador al acecho. Vencido, golpeado, con su honor maltrecho, cubierto apenas con un trozo de tela colocado entre las piernas, seguía pareciéndole hermoso. Y peligroso.

—No es muy sensato por tu parte intentar tocarme —murmuró, cuando volvió a acercarse. Esta vez, con la mano puesta en la empuñadura de su espada—. Aún no, MacSween. Aún no puedes aspirar siquiera a ello…

—Por lo que veo, tú tampoco te atreves a tocarme a mí.

El ronco susurro de su voz, y lo que trajo con él, la obligó a apartarse de golpe.

—Que Dios te proteja si vuelves a intentarlo. Se dice que tiene un cuidado especial con los tontos —afirmó, antes de enderezar los hombros—. Eres el único superviviente de la refriega porque eres el único que me interesa mantener con vida.

—¿Para qué?

—Lo sabrás a su debido tiempo. Vestidlo como es debido, por favor —ordenó a sus hombres—. Su aspecto… me ofende.

Salió de allí como si el mismísimo diablo la persiguiera. Después de haberlo visto, prefirió refugiarse en la cólera a reconocer el modo en que su corazón se había sobresaltado.

No podía creer que hubiera tenido delante al hombre que había protagonizado sus sueños más tórridos.

Sueños excitantes, cargados de lujuria, pasión desenfrenada y una conexión que iba más allá de su propia realidad.

Algo que Sigrún no se había molestado en explicarle, pero cuyo significado comenzaba a conocer.

Aunque nada de eso podría compararse con el rugido salvaje de su propia sangre, que palpitaba en sus oídos, gritándole que ya no olvidaría a Caelen MacSween por mucho que lo intentara.

Incluso en aquel momento, a pesar de la distancia que los separaba, ella seguía viéndolo de pie, con la furia chispeando en sus ojos turbios.

Su cabello negro brillaba por la humedad del agua que habían vertido sobre él.

La amplia extensión de su pecho desnudo aparecía tensa por la agitación, con sus hombros anchos y poderosos.

Era más alto de lo que había pensado, y los rasgos de su cara se habían revelado más elegantes. Bañado, tenía un parecido aún más peligroso que el hombre de sus sueños.

—Despierta, estúpida —se dijo, dándose un cachete en la mejilla—. ¿Es que no te diste cuenta de la cólera que emanaba de cada poro de ese glorioso cuerpo suyo?

Era negra como la noche. Como sus esperanzas... y como sus planes para él.