CAPÍTULO 2
Dugall no dejaba de mirar el horizonte desde lo alto de la muralla de la fortaleza.
Su fortaleza.
Se la había ganado con creces.
Su gente había vertido sangre, sudor y lágrimas para conseguirla. Al menos, los que decidieron seguirlo en lugar de quedarse con su hermano Caelen cuando el padre de ambos, el laird , murió.
Después de todo, ¿qué otra cosa podía hacer?
Un segundo hijo tenía pocas probabilidades de aspirar a todo lo que él aspiraba a través de métodos legales.
Aunque Dugall poseía suficiente astucia como para encontrar otros caminos.
Mucho menos honorables. Mucho más eficaces a la hora de ascender y, lo más importante, mantenerse en lo más alto.
Sin importar el precio.
—¡Mi laird , traigo noticias!
Él entrecerró los ojos y asintió al grito de su hombre sin volverse.
—¿Hemos descubierto dónde están los barcos de los hombres del norte? —preguntó.
—No, mi laird . Aún… no.
—Entonces, ¿por qué me molestas?
—Porque, aun así, sigo trayendo informes, mi señor. —Dugall se limitó a mirarlo, con una ceja alzada que bastó para intimidar al pobre hombre—. Es… vuestro hermano.
—¿Enviaste a alguien para pedirle ayuda?
—Así se hizo, mi laird .
—¿Y accedió?
—No solo eso, sino que él mismo la comandaba… hasta que llegaron a los senderos que hay bajo los Paps. Los nórdicos ya los estaban esperando.
Eso significaba que habían pasado el estrecho de Jura y habían llegado a las paredes de roca, turba y costa.
—¿Cuántas bajas? —preguntó, con la cabeza inclinada fingiendo pesadumbre.
—Según el emisario que salió de aquí y que viajaba con ellos… todos, excepto él mismo y vuestro hermano, mi laird .
—¿Caelen ha sobrevivido?
—No hemos encontrado su cadáver, y tampoco lo hemos hallado herido, aunque las huellas parecen conducirnos hacia… el interior.
Lo cual podía significar dos cosas: o bien había logrado escapar y no habían dado con él, o bien…
—Lo han tomado como prisionero —conjeturó, más para sí mismo que para su hombre—. Conocen el parentesco que nos une y pretenden usarlo como moneda de cambio.
—¿No vais a ordenarnos que sigamos ese rastro, laird ?
—¿Por quién me tomas? ¡Si lo han tomado preso para negociar, y descubren que les seguimos, pueden acabar con él en cualquier momento!
Saben que no podrían vencernos, ni siquiera comenzando un asedio.
Tendríamos hombres y víveres de sobra para resistirlo hasta que el rey enviara refuerzos.
Y los enviaría —continuó—. De ello depende una plaza tan importante para él como esta.
Si la pierde frente a Haakon, estaría vencido.
—Esa es la otra noticia que vengo a daros, mi señor. Hay… una mujer que exige veros de inmediato.
—¿Una mujer, exigiendo? ¿Dónde se ha visto semejante atropello?
—En el gran salón, mi señor.
Dugall lo apartó de un manotazo. Mucho se temía que conocía la identidad de su inesperada visita, aunque la cohorte que esperaba fuera se encargó de confirmárselo.
Sus pasos se fueron ralentizando. De pronto, ya no estaba tan deseoso de echar con cajas destempladas a esa mujer tan insolente, que se había atrevido a importunarlo. En cuanto penetró en la estancia y se la encontró, su mente rechazó todo indicio de furia.
Debía pensar con total frialdad, y con mucha más astucia que la joven, de apariencia tan inocente como bella, que tenía delante.
— Milady , cuánto tiempo sin vernos —saludó, con su sonrisa más cortés, cuando ella correspondió con una respetuosa inclinación de cabeza—. Veo que habéis logrado vencer el peligro de la invasión nórdica desde las tierras del rey para venir a visitarme.
—Vos siempre sois un valor seguro, mi señor. Aunque desconocía que hubierais sido víctima de ataque alguno.
Cuando le hizo una graciosa reverencia, la capa que la cubría se abrió para dejar ver un pronunciado escote, sobre el que se alzaban un par de jóvenes pechos que captaron toda la atención de Dugall.
Se quedó inclinada el tiempo justo para asegurarse de que él los apreciaba. Después, se irguió y le ofreció su mano, que él se llevó a la frente.
—No he sido yo la víctima, aunque mis guerreros están en guardia ante cualquier eventualidad —le respondió, con el mismo tono dulzón empleado por ella—. Decidme, ¿estáis de paso?
—¿Os entristecería mucho si lo estuviera?
—Por supuesto. No en vano, tenemos tratos que datan de mucho antes de esta visita.
—Y bastante después de que se rompiera la principal razón por la que establecimos lazos, milord. Espero que no tenga que recordaros nuestro pasado común más inmediato…
—Gozo de buena memoria, gracias. Pero no puedo distraerme de mis obligaciones.
Los invasores han llegado de nuevo. No son muy numerosos y han escondido sus barcos, pero es cuestión de tiempo que demos con ellos.
—La cabeza de Dugall trabajaba a toda velocidad—.
Mientras tanto, que parezcan los responsables de toda tragedia ocurrida en los confines de mi propiedad nos vendría mejor que bien para nuestros planes.
Oh, sí, ya podía paladear la victoria. Hasta Alexander llegarían noticias del saqueo indiscriminado de un nuevo ejército del norte, con todas sus consecuencias.
—¿Es cierto que hay nórdicos en la zona, mi señor?
Porque ya habéis visto mi pequeño ejército, que es el mismo que salió de la fortaleza de la reina madre para acompañarme hasta aquí, y que ha llegado intacto, al igual que yo.
—La mujer lo observaba con un frío escepticismo que lo enfureció—.
No sé, no dejo de pensar en que su aparición ha sido muy oportuna.
Justo cuando yo viajaba hacia una de las islas más importantes para la corona, con un mensaje…
—¿Traéis un mensaje de Alexander?
Ella chascó la lengua. Sus tirabuzones pelirrojos se movieron cuando ladeó la cabeza, observándolo desde su eterno pedestal de petulancia, con la habitual superioridad que tanto lo irritaba.
—Junto con el mío —añadió, meneando sus caderas de forma desvergonzada cuando se acercó a él. Recorrió el contorno de su cara barbuda con el dedo índice. Provocadora. Desvergonzada. Tal y como el propio Dugall la recordaba después de su última reunión, hacía ya varios meses—. ¿No queréis recibirlo?
—Tened por seguro que recibiré mucho más de vos.
—Con un rápido movimiento, atrapó su muñeca hasta tenerla pegada a su cuerpo por completo.
Ella no mostró ningún signo de temor ante la enorme erección que se clavaba en su vientre.
Sabiendo en todo momento que lo excitaba, se pasó la lengua por los labios con estudiada lentitud—.
Bien. Ya veo a la ramera con clase que se me entregó la última vez que nos vimos.
—La última vez que nos vimos, celebrábamos nuestra alianza… junto con el robo de unos lingotes de oro que, espero, sigan a buen recaudo.
—¿Y ahora? ¿Qué celebraremos?
Él cerró los dedos con más fuerza. Le arrancó un leve gemido de dolor, aunque sus ojos destellaron de placer.
—Que, al fin, vamos a darles el uso para el que fueron concebidos. —Fue ella quien se abalanzó sobre él para besarlo, pero antes siquiera de que pudiera responder, se apartó—. Podremos fundirlo en monedas, mucho más manejables a la hora de intercambiarlas por… favores.
—¿De qué tipo?
—De todo tipo, mi señor. Las mejores alianzas rara vez nacen de las buenas intenciones.
—De nuevo se adueñó de su boca, y de nuevo se apartó, dejándolo gruñendo de necesidad—.
Hablo de un plan en el que nosotros somos la mejor y la peor parte.
Algo con lo que el mismísimo Alexander está de acuerdo, después de haber hablado con su madre, ignorando que, con ello, puede firmar su sentencia de muerte.
—¡Di lo que tengas que decir de una maldita vez, mujer! —gritó, tirando de ella hasta empujarla sobre la superficie de la mesa.
—¿Prescindimos de formalidades en el trato?
—Tú no quieres formalidades. —La necesidad de Dugall se hizo tan incontrolable, que le levantó las faldas, hurgando entre sus muslos sin consideración, al mismo tiempo que maniobraba con sus calzas—. Ni tampoco delicadeza.
—Así es. Espero tener lo contrario… con la bendición de Dios.
—¿Qué has dicho? —Se quedó petrificado. Con su miembro endurecido y la respiración contenida—. ¿Qué has dicho? —repitió entre dientes.
—Que el rey quiere que nos casemos. —Sus caderas se movieron hacia adelante. Dugall gimió—. Una ceremonia en la más estricta intimidad. Después se hará público.
—¿Después? ¿Cuándo?
—Cuando Haakon acceda a entrevistarse con Alexander.
Y para entonces, Alexander quizá ya no decidiría nada.
Una lenta sonrisa de reconocimiento curvó los labios de Dugall, acompañando a la que ya adornaba la preciosa y apetecible boca de la mujer.
—Tu inteligencia es digna del mejor caudillo —la alabó—. De la esposa del rey de Escocia…