Sangre del norte (La estirpe del halcón 2) CAPÍTULO 1
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Sangre del norte (La estirpe del halcón 2)

Sangre del norte (La estirpe del halcón 2)

Por Elena Garquin

© inepub.com

CAPÍTULO 1

Isla de Jura, Escocia

—La mujer de tu vida vendrá de más allá del mar, pero no será una desconocida. Se apropiará de ese corazón que tienes guardado, en la creencia de que nadie podrá dañarlo, y tú se lo ofrecerás gustoso…

Las palabras premonitorias de Isbeil, su hermana pequeña, le hicieron reaccionar.

Caelen emitió una especie de gruñido cuando su mente regresó al mundo real poco a poco. El dolor le golpeó las sienes, al igual que el frío, que le hizo comprender que estaba completamente desnudo, sobre un suelo tan duro y húmedo como el resto del cubículo en penumbras.

«Una antorcha frente a mí. Otra a cada uno de los lados, y cuatro sombras amenazantes…».

A medida que sus párpados iban abriéndose y se acostumbraban a la escasez de luz, sus sentidos comenzaron a activarse.

Y sus recuerdos hicieron el resto.

Rememoró la batalla con los dientes apretados, a pesar del calvario que eso le suponía. También lo que le había llevado a aquel desastre.

Habían llegado noticias del avistamiento de naves vikingas desde el estrecho de Jura.

Hasta aquel momento, podía presumir de que su clan, los MacSween, asentados en Knapdale, estaba libre de ataques nórdicos, pero la aparición del mensajero enviado por su hermano Dugall, señor de la isla, logró que esa seguridad se desvaneciera.

No había perdido el tiempo en reunir a un grupo de guerreros para ayudarlo.

Los más arrojados y duchos en navegación, que lograron atravesar el peligroso remolino de Corryvreckan con éxito y dejar su embarcación a salvo.

Sin embargo, no lograron sobrevivir a la emboscada que los invasores les tenían preparada en tierra firme.

Los gritos de guerra resonaron en su cabeza junto con los alaridos de los atacantes, que habían demostrado conocer el terreno tan bien como ellos mismos. Pero un certero golpe junto a su sien lo dejó fuera de combate, cuando permitió que alguien se le acercara por la espalda.

Alguien que pudo haberlo matado, pero que prefirió dejarlo con vida.

¡Él era el líder indiscutible, por el amor de Dios! ¡Y por su culpa, sus hombres estarían…!

¿Dónde?

Intentó alejarse de la luz que alguien acercó a su cara, arrastrándose hasta que su cuerpo chocó con la pared.

—¿Qué habéis hecho con ellos? —murmuró, en un tono tan bajo que ni siquiera él estuvo seguro de escucharlo con claridad.

—¡Bueno! Parece que el asno ha comenzado a rebuznar al fin.

Gracias a sus roces con diversos hombres del norte en distintas épocas de su vida, conocía su lengua.

Por eso no tuvo dificultad en comprender el insulto de aquella voz áspera, que llegó acompañado de un puntapié en las costillas para terminar de espabilarlo.

Por instinto, él se arrastró lejos, pero unos grilletes lo mantenían anclado a una pared.

—¿Ahora te vas a comportar como un niño de pecho? ¿Dónde está tu orgullo, hombre?

Se mofaban de él. Y eran varios, porque las carcajadas que oyó a continuación amenazaron con taladrarle los oídos.

Se los cubrió con un gruñido y se encogió. Todavía aturdido, demasiado indefenso, comprobó que se hallaba en un lugar húmedo y mohoso, lleno de sombras y oscuridad. Notó cómo algunos bichos le rozaban la pierna y el frío de unos grilletes en sus muñecas…

El desprecio le devolvió parte de las fuerzas perdidas. Su vista ya era lo bastante nítida como para distinguir a cuatro hombres que lo observaban de pie, a una distancia prudencial. Armados hasta los dientes.

Sonreían, pero él lanzó su pie desnudo hacia ellos con tanta rapidez que las sonrisas desaparecieron.

—No deberíais mirarme tan confiados —murmuró, con la garganta tan áspera como un trozo de arpillera—. Veo que me habéis arrebatado mi ropa además de mis armas, pero todavía conservo mis pies y mis manos.

—Del todo inútiles en la situación en la que te encuentras, laird —dijo uno de ellos, enfatizando la última palabra con burla—. Yo terminaría contigo ya mismo, pero como mi jefa está empeñada en mantenerte con vida, e incluso con una apariencia decente, no tengo más remedio que seguir sus órdenes.

—¿Jefa? ¿Te refieres a una mujer?

—Y tú vas a dejar de referirte a ella en ese tono desdeñoso, o cuando venga a verte te encontrará sin dientes.

—Un golpe en su mandíbula, procedente de otro de los guerreros, lo envió contra la pared de la que provenían los grilletes.

Caelen se la frotó sin emitir un solo quejido, mientras le lanzaba su mirada más oscura—.

Me llamo Rurik. Conviene que sepas el nombre de quien puede acabar contigo con un miserable parpadeo.

—Sois muy valientes en superioridad de condiciones. Me gustaría enfrentarme a vosotros completamente libre —los provocó.

El gigante rubio de gesto tenebroso, permaneció inmutable. Pero los otros tres estallaron en carcajadas.

—¿Tú te has visto, escocés? ¡Si ni siquiera tienes cubiertas tus partes íntimas! Podríamos empezar por ahí, ¿no te parece, Ulf? —se mofó uno de ellos.

—Antes habría que rebuscárselas, Arne —le respondió el tal Ulf, llorando de risa—. Orm, tú eres el más imaginativo de los tres… ¿Cómo podemos entretenernos con él hasta que la jefa llegue?

—Me temo que siguiendo lo que nos ha ordenado, si no queremos sufrir las consecuencias —respondió Orm, muy serio de pronto, inclinando la cabeza hacia Rurik—. Mi hersir , podemos empezar con el aseo cuando ordenes.

—Ya mismo. Freydis tiene un genio de mil demonios cuando las cosas no salen como ella quiere. Y no creo que tarde demasiado en trazar la ruta que tomaremos… con este lastre a cuestas.

Los cuatro abandonaron la cueva, o lo que fuera aquel lugar infecto.

Él respiró tranquilo y cerró los ojos, con la espalda apoyada en la pared de piedra, pero antes de que pudiera pararse a pensar en toda la información que su mente, cada vez más despierta, había recabado, un cubo de agua helada impactó en su cabeza y su pecho, arrancándole un gemido de sorpresa.

—¿Está muy fría para la dama? —se mofó Ulf—. ¡Puedes empezar a frotarte solito, escocés! ¡No pienso tocarte para otra cosa que no sea molerte a palos!

—¿Qué…?

Fue la única palabra que consiguió articular antes de que a ese primer cubo le siguieran al menos otros siete, cargados por aquellos cuatro maleantes nórdicos, sin darle tregua ni margen para que pudiera al menos protegerse.

Aunque se cubrió con los brazos, el impacto continuado del agua fue inevitable.

Apenas podía respirar, mucho menos abrir los ojos y avanzar hacia sus atacantes.

Porque eso que estaban haciendo era un ataque contra él, disfrazado de orden.

—Cúbrete con esto. —Uno de ellos le lanzó un trozo de tela, que él se apresuró a colocarse sobre sus partes íntimas, cuando terminó la tortura.

Si una mujer estaba a punto de entrar en aquella ratonera, le ahorraría la vergüenza de contemplarlas y, de paso, se la ahorraría también a él—.

Nuestra jefa no va a asustarse ante un espectáculo tan lamentable, que ya ha visto otras veces, pero sin duda le desagradaría.

—¿Hacéis todo lo que una simple mujer os manda, como si fuera un hombre? —consiguió preguntar, cuando la piel comenzaba a insensibilizarse por el frío continuo—. ¡Seguro que Rurik idearía otra forma de tortura!

—Cuenta con ello, laird —la voz grave del vikingo sonó cerca de su oído cuando tiró de su cabello empapado hasta poder verle bien la cara—. Si de mí dependiera, ya estarías muerto.

—Pero no depende de ti, sino de mí.

La voz femenina los hizo callar.

Caelen apartó el cabello empapado de su rostro, parpadeando contra la penumbra… y entonces la vio.

Alta. Demasiado para lo que él esperaba.

Fuerte. Demasiado para parecer vulnerable.

La había visto antes.

No en ningún lugar que pudiera nombrar, pero sí en la oscuridad de sus noches. En fragmentos inconexos que nunca lograba retener al despertar.

Una voz que era su voz.

Un roce que aún no había experimentado, pero que estaba seguro de reconocer.

Una cercanía que no debería recordar…

Algo incómodo se removió dentro de él cuando mirada se topó con el rostro de la joven. Y con unos ojos de un azul verdoso imposibles de olvidar.

De repente, el frío dejó de importarle.

Avanzó hacia ella, ignorando el tirón de los grilletes, el dolor, la humillación de su desnudez.

Solo quería verla más de cerca.

Durante un instante se observaron como si aquel no fuera su primer encuentro.

Ella no retrocedió, aunque sostenerle la mirada comenzó a costarle. Sus ojos descendieron lo suficiente para que él lo notara. Pero, en lugar de cubrirse, se irguió con orgullo.