Sanar el Corazón (City General Series 6) 33 Capítulo Treinta Y Tres
98%

33 Capítulo Treinta Y Tres

CAPÍTULO TREINTA Y TRES

Aún estaba oscuro cuando Meredith se despertó en la tienda de Emily y, durante unos instantes, lo olvidó todo.

Al despertar de nuevo en brazos de Emily, capaz de oler el último rastro persistente de su perfume, Meredith pensó por un momento que estaba de vuelta en su apartamento, y que todo era justo como había sido meses atrás.

Pero entonces se removió en la litera, y los muelles se le clavaron en el costado, y todo le volvió de golpe de una vez.

No estaba en su cama de casa, despertándose para un turno temprano en el quirófano.

No estaba a punto de salir a correr tranquilamente con Emily y ver amanecer sobre el río.

Estaba a kilómetros y kilómetros de distancia, en mitad de una zona de guerra.

Y pronto partiría hacia otra zona de guerra.

Meredith consultó su reloj y gruñó suavemente. Eran poco más de las cinco, y necesitaba estar lista a las seis para salir. Iba a tener que escurrirse de la cama, por muy agradable que fuera estar allí tumbada con Emily, y recoger sus cosas, que no se había molestado en hacer la noche anterior.

Intentó no molestar a Emily al incorporarse en la cama, pero al erguirse, la mano de Emily salió disparada y sus dedos se le enroscaron en torno a la muñeca.

—¿Qué haces?

Tenía la voz aún espesa de sueño, y probablemente solo era medio consciente de que Meredith se estuviera moviendo siquiera, a juzgar por cómo arrastraba las palabras. Con una sonrisa suave, Meredith apartó la mano de ella y la posó sobre la almohada, junto a la cabeza de Emily.

—Necesito recoger. —explicó en voz baja—. No quería despertarte.

—¿Qué hora es?

—Poco más de las cinco.

Emily se enroscó la mano bajo la cara para apoyar la cabeza, mirando a Meredith a través de las pestañas.

—Te vas a las seis, ¿verdad?

—Así es.

—Entonces nos queda menos de una hora juntas.

—Sí.

—Pues quédate conmigo. —Emily volvió a deslizar la mano hacia fuera y entrelazó los dedos con los de Meredith—. Solo un ratito.

Era difícil decir que no. La cama estaba caliente, la piel de Emily era suave, y sentaba bien que otra persona te abrazara. Pero Meredith sabía que, si volvía a tumbarse en el catre con ella, solo haría más difícil marcharse cuando llegara el momento.

—Lo siento. —Se apartó y se levantó—. Tengo que irme.

—Entonces te ayudo. —Emily se incorporó—. Puedo ayudarte a hacer las maletas, y luego puedo despedirte cuando te vayas.

Meredith sonrió con dulzura ante aquello, y recogió su ropa de la noche anterior.

—Está bien, entonces, puedes ayudarme a recoger.

Se vistieron en silencio, y luego salieron juntas al recinto, caminando de la mano hasta la tienda de Meredith.

Se sentían como un par de adolescentes escabulléndose después del toque de queda mientras avanzaban a hurtadillas, metiéndose dentro antes de que nadie pudiera verlas, y si la situación fuera algo distinta, podría haber resultado divertido y emocionante.

No fue ni divertido ni emocionante recoger sus cosas, sin embargo.

No había mucho que ninguna de las dos pudiera decir mientras llenaban el baúl, guardando ropa y libros a buen recaudo. Pensar demasiado en lo que le esperaba ponía nerviosa a Meredith, y Emily sencillamente parecía perdida.

No fue hasta que todo estuvo recogido cuando alguna de las dos habló. Sin nada más que hacer mientras esperaban a que el coche estuviera listo, Emily se puso a caminar de un lado a otro de la tienda, mientras Meredith cerraba sus cosas con llave.

—Podría ir contigo al avión —sugirió, retorciéndose las manos con ansiedad—. ¿Para despedirte?

—Sabes que no es buena idea. —Meredith frunció el ceño, cerrando el candado de su baúl. Los trayectos por la ciudad ya eran bastante peligrosos, no había manera de que Carlos permitiera a nadie salir del recinto a menos que fuera del todo necesario—. No puedes hacer eso.

—Entonces, ¿tengo que despedirme aquí sin más? Solo tengo que quedarme aquí sentada y… —Se apagó, negando despacio con la cabeza—. No es justo.

—Sé que no lo es. —Meredith suspiró, pasándose una mano por el pelo mientras miraba alrededor de su tienda. Nada de aquello era justo—. Pero no sería como si me despidieras desde el LAX o algo así, aunque pudieras venir conmigo. Lo sabes.

—Se sentiría más normal, sin embargo. Esto se siente… no sé cómo se siente. —Se dejó caer en el catre, encorvándose hacia delante y apoyando los codos en las rodillas—. Sencillamente lo odio.

Meredith se agachó junto a Emily y le tomó las manos. Mientras se las apretaba con suavidad, le posó un beso en la frente.

—Mírame. Vamos, mírame.

Emily alzó la vista despacio y, al hacerlo, Meredith vio lo rojos que tenía los ojos. Se le anegaban de lágrimas y, cuando parpadeó, una le resbaló por la mejilla, dejando un rastro que relucía bajo la luz del techo. Meredith se la enjugó con el pulgar, tomando una bocanada temblorosa de aire.

—Venga, no llores. Como empieces a llorar, entonces yo empezaré a llorar, ¿y dónde vamos a acabar?

—No quiero que te vayas. —A Emily se le quebró la voz al hablar—. Si acabamos de reencontrarnos. No estoy preparada.

—Yo tampoco. —admitió Meredith, notando que se le tensaba la garganta. Tragó saliva por encima del doloroso nudo de lágrimas que se le formaba, y logró una pequeña sonrisa—. Pero así es como tiene que ser.

—Va a ser peligroso allí, ¿verdad?

Si Meredith hubiera dicho «no» a aquello, las dos habrían sabido que mentía. Lo único que pudo hacer fue asentir en silencio y enjugar otra lágrima suelta.

—Aquí también es peligroso.

—Ojalá hubiéramos tenido más tiempo. —susurró Emily, alargando una mano para acariciarle la mejilla a Meredith—. Solo un poco más de tiempo…

Meredith se inclinó hacia su tacto de forma instintiva, y exhaló un suspiro grave. Sentaba tan bien, después de tanto tiempo sin Emily, limitarse a sentirla. Sentaba tan bien tenerla allí, sin más.

—Ya.

Se miraron a los ojos en silencio mientras los momentos iban pasando.

Había algo que Meredith sabía que quería decirle a Emily, algo que ya le había dicho, meses atrás.

Si hubieran tenido algo más de tiempo, se habría contenido y habría esperado hasta saber cómo se lo tomaría Emily, pero eso ya no era una opción para ellas.

No estaba segura de si Emily querría oír lo que tenía que decir, pero tenía que correr el riesgo, decidió.

Si no lo hacía, se arrepentiría en cuanto subiera al avión.

—Emily… —susurró, tragando saliva con nerviosismo—. Yo…

El sonido de un claxon fuera las hizo separarse de golpe. Meredith consultó su reloj y, en efecto, eran las seis. Era el camión, listo para llevarla al aeropuerto.

Se les había acabado el tiempo.

—Mierda… —susurró, volviendo a alzar la vista hacia Emily—. Tengo que…

—Lo sé. —Emily seguía aferrada a su mano, sin embargo, con demasiada fuerza para soltarse y, cuando Meredith se levantó, Emily se levantó también—. Sé que tienes que hacerlo. Solo… Tengo que decirte una cosa.

—¿Ah, sí?

—Cuando viniste a verme a California, no me creí lo que dijiste. Me dijiste que me querías, y yo, sin más… lo pasé por alto. No debería haberlo hecho, y lo entiendo si ya no sientes eso, pero no sé cuándo voy a volver a verte, y sé que si subes a ese avión sin oír est…

—Emily. —Meredith la interrumpió con una pequeña sonrisa.

Debía de estar nerviosa, a juzgar por lo mucho que divagaba y, por muy entrañable que fuera de ver, de verdad que no les quedaba nada de tiempo.

El claxon del camión sonó una vez más, y Meredith sabía que, si esperaban mucho más, alguien vendría a buscarla—.

Con todo el cariño del mundo, vas a tener que ir al grano.

—Te quiero —soltó de golpe—. Te quiero, Meredith. Me di cuenta en el momento en que te eché cuando viniste a verme a California, pero seguía tan dolida y enfadada, y enfadada conmigo misma y… joder, nada de eso importa ya. Solo necesitaba que lo supieras.

Meredith soltó algo a medio camino entre una risa y un sollozo, y la vista se le nubló un momento cuando las lágrimas le brotaron a los ojos. Parpadeó con furia para contenerlas, y negó con la cabeza, incrédula.

—¿En serio?

—En serio. No podía dejarte marchar sin asegurarme de que lo supieras.

—Yo también te quiero, Emily. —susurró, acunándole las mejillas con ambas manos para sostenerle el rostro—. Y lo siento. Quizá si no hubiera sido tan imbécil. Quizá si hubiera escuchado antes.

—Quizá. —Emily posó las manos sobre las de Meredith, y sonrió con dulzura—. Pero por muy horrible que sea esto, me alegro de haberte conocido de nuevo.

—Yo también.

El claxon sonó más fuerte esta vez, junto con el rugido de un motor. Meredith dejó escapar un gruñido de exasperación.

—Mierda, no tenemos tiempo.

—Lo sé, tienes que irte. Lo siento, sé que debería haberte dicho esto anoche. Pero más vale tarde que nunca, ¿no?

—Más vale tarde que nunca. —convino Meredith, salvando la distancia entre ambas para un último beso.

Ojalá pudiera tomarse su tiempo y memorizar cada detalle de cómo se sentía al posar los labios sobre los de Emily.

Ojalá pudiera limitarse a fundirse con su tacto y quedarse allí para siempre, pero aun mientras hundía las manos en la suave melena de Emily, oía unos pasos acercándose a la puerta.

Se apartó lo justo para poder susurrarse la una a la otra, y apoyó la frente contra la de Emily.

—Tú mantente a salvo aquí, ¿de acuerdo?

—Tú también. Lo digo en serio, Meredith. No quiero enterarme de que te ha pasado algo en cuanto te pierda de vista.

—Haré todo lo posible. —prometió, antes de apartarse. Llamaron a su puerta, y Emily se sobresaltó.

—¿Meredith? —Oyeron la voz de Carlos—. ¿Estás despierta?

—Sí, Carlos. —respondió, dando un pequeño paso para alejarse de Emily.

Mientras la mano de Emily se le escurría de entre los dedos, supo que solo le quedaban unos segundos.

—Voy a volver a por ti. Te lo prometo. —Con una última sonrisa, Meredith se apartó de Emily y abrió la puerta para encontrarse a Carlos al otro lado.

—Buenos días. —Se asomó dentro y vio a Emily allí de pie—. ¿Despidiéndoos?

—Sí. —Meredith miró detrás de él y vio que el camión ya estaba listo. Lo único que faltaba por subir a él era ella, y su baúl—. Últimas despedidas.

—Bueno, todos te echaremos de menos. —le aseguró, dándole una palmadita un poco torpe en el hombro—. Venga, sube al camión y le diré a algunos de los chicos que cojan tus cosas.

—Claro, gracias. —se dejó guiar por él para alejarse de la tienda, y miró por encima del hombro para ver a Emily rezagada detrás de ellos.

Se abrazaba a sí misma, con la vista clavada en el suelo mientras caminaba y, al verla tan afligida, a Meredith le costó toda su contención no acercarse y volver a estrecharla entre sus brazos.

Ocupó su asiento en la parte de atrás del camión y, cuando Carlos cerró la puerta tras ella, lo único que pudo hacer fue mirar hacia el recinto, hacia Emily.

No fue una despedida como es debido, la tierna confesión que había esperado.

No fue material de todos aquellos libros de romance que había leído a lo largo de los años.

No hubo música hermosa, grandes gestos ni echar a correr hacia la puesta de sol contra todo pronóstico.

Ninguna de las dos sabía cuándo, ni si, volvería.

Lo único que las esperaba por delante era la incertidumbre y los disturbios.

El motor del camión cobró vida con un rugido bajo ella y, al hacerlo, Meredith notó que la garganta se le cerraba de nuevo. El recinto estaba demasiado oscuro para verle la cara a Emily con claridad, pero tenía la sensación de que, si el sol hubiera salido, habría podido ver lágrimas.

Demasiado pronto, se pusieron en marcha, y Emily se difuminó en la oscuridad de la madrugada.

Mientras avanzaban por el recinto y salían por las verjas, Meredith se dejó caer contra el respaldo del asiento.

Costaba no sentir que todo aquello no era más que una broma cruel que el universo le gastaba; después de ocho años, por fin se había abierto a la posibilidad de volver a estar con alguien, y justo cuando pensaba que había una oportunidad para ellas, volvían a separarlas.

Pero nos reencontramos, se recordó, mirando la ciudad por la ventana mientras avanzaban a toda velocidad por callejuelas estrechas. Puramente por casualidad, nos reencontramos, en la otra punta del mundo.

¿Qué impide que eso vuelva a pasar?