Sanar el Corazón (City General Series 6) 34 Capítulo Treinta Y Cuatro
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34 Capítulo Treinta Y Cuatro

CAPÍTULO TREINTA Y CUATRO

—Emily, ¿estás bien? —Hubo una pausa alrededor de la mesa mientras todos esperaban una reacción, pero no pasó nada—. Aquí Control de Tierra a Emily. ¿Me recibes?

Todos los sentados a la mesa miraron de Luis, el director clínico del campamento, a Emily y de vuelta. Al final, el cirujano sentado junto a Emily le dio un codazo en las costillas.

—Ay. —Emily se volvió hacia el hombre con cara de desconcierto, y él se limitó a señalar a Luis con la cabeza.

Mierda. Todos me están mirando. ¿Qué me he perdido?

—Perdón, ¿qué me preguntabas?

—Comprobaba que lo tienes todo listo para partir a finales de la semana que viene. —Una sonrisa jugueteó en los labios de Luis, divertido por la evidente vergüenza de Emily.

—Sí, perdón. Miguel llega mañana, así que tendremos ocho días para completar el traspaso. Es un jefe de equipo con experiencia, así que debería empezar con buen pie.

—¿Entonces, el martes habrá un refrigerio en el comedor para despedirte? —Luis arqueó las cejas y le dedicó un gesto de ánimo con la cabeza.

—Sí, por supuesto. Los tés y los cafés corren de mi cuenta. —dijo Emily con una risita—. Perdón, tengo tanto en que pensar antes de irme que he estado un poco distraída.

Sus compañeros lo quitaron importancia con murmullos de «es comprensible».

Pero había estado distraída, más que distraída.

Habían pasado seis meses desde que Meredith se marchara, y ni una sola vez durante ese tiempo había dejado de pensar en ella.

Las primeras semanas habían sido las peores.

Cosas tan sencillas como comer y dormir se volvieron más difíciles, como si alguien le hubiera succionado todo el aire de la vida.

El mensaje avisando de que Meredith había llegado a salvo le había levantado el ánimo, pero a la vez trajo consigo punzadas de soledad. Le llevó un tiempo asumir que era eso lo que la corroía, pero incluso rodeada de tanta gente, sin Meredith, se sentía sola.

Claro que se llamaban cuando podían, pero con conexiones intermitentes, tres horas y media de diferencia horaria y cargas de trabajo pesadas, las sesiones eran cortas e infrecuentes.

El ejército había cortado todas las conexiones a internet en Myanmar a principios de año, y Emily los maldecía cada día.

Por muy preciado que fuera cada momento, Emily se descubría siempre queriendo más, y la ironía de que hubiera sido ella la que había rechazado a Meredith le pesaba mucho sobre los hombros.

Los días, y a veces las noches, eran largos y colmados, y por eso estaba agradecida.

Perderse en los problemas ajenos era lo que necesitaba hacer ahora mismo.

Pero no por mucho más tiempo. Dentro de ocho días partiría rumbo a casa, a California, con su perro, Reno, y su familia. Pero no con Meredith. Todavía no.

Hubo unas cuantas palmadas en la espalda cuando salieron de la tienda y promesas de charlar antes de que se marchara, a medida que todos iban desfilando fuera.

Quedaba una hora antes de la reunión de equipo, así que recogió su correo de la tienda de administración.

Su abuela se negaba a usar el ordenador, insistiendo en que escribir cartas era un arte moribundo.

De vez en cuando, Emily recibía un fajo de cartas todas de golpe, y tenía que intentar ordenarlas antes de leerlas.

Eran un relato pormenorizado de las actividades diarias de una octogenaria; como Emily y su madre las llamaban, eran los diarios dorados.

Memorias de los años dorados desde el Estado Dorado.

Pero leerlas le proporcionaba una felicidad inmensa.

El habitual fajo de cartas atado con una goma elástica marrón la esperaba, pero esta vez había algo más.

Una pequeña caja marrón, fina, acompañaba al fajo.

Emily le dio la vuelta y la miró. No había ninguna marca del servicio postal estadounidense; en vez de eso, esto había llegado a través del sistema de logística interno de MMAF.

Debe de tener algo que ver con mi contrato, caviló, guardándosela en el bolsillo lateral de los pantalones cortos de faena junto con las cartas.

Ahora mismo tenía trabajo que hacer. Una reunión de equipo, seguida del primero de una nueva serie de talleres que habían montado para los niños de la zona, para ayudarlos a lidiar con el trauma que habían presenciado.

Seguía marcando una diferencia, se recordó.

El baúl estaba casi medio lleno, y le quedaban tres días antes de tener que marcharse para coger su transporte de vuelta a Estados Unidos.

Guardar cada cosa cuando ya no la necesitaba la hacía sentir, cada día, un paso más cerca de irse.

La lámpara de camping parpadeaba, proyectando sombras de formas extrañas por el pequeño espacio.

Cogió las cartas de su abuela para deslizarlas por el lateral del baúl. La caja fina que había recogido unos días antes venía con ellas. Seguía sin abrir. Emily la cogió y se dejó caer en su catre, lista para rasgarla. Dentro había una carta y algo pequeño y duro envuelto en papel de seda blanco.

Lo miró con curiosidad y se lo puso en el regazo mientras desdoblaba la carta.

Emily:

Cuando leas esto, no faltará mucho para que te vayas. Sé que estarás ilusionada por ver a Reno, y a todos los de casa.

Se siente raro saber que te vas aún más lejos, cuando ojalá estuvieras acercándote a mí… pero saber que estarás a salvo y fuera de peligro lo es todo. Nunca he querido más que lo mejor para ti, porque no es menos de lo que mereces.

Nuestras conversaciones y nuestros mensajes se han sentido como un hogar para mí estos últimos seis meses. Sería demasiado fácil decir que el destino nos volvió a unir, y que ahora que nos hemos encontrado, nos alejaremos bailando de la mano hacia la puesta de sol.

La vida no funciona así, como los últimos nueve meses nos han enseñado a las dos.

Sé que siempre has dicho que lo entenderías si eligiera renovar mi misión con MMAF, y bien sabe Dios que aquí están lo bastante desesperados por buenos cirujanos…

Pero…

Desde hace más de un año sé que estoy enamorada de ti.

No pasa un solo día sin que mis pensamientos se vuelvan hacia ti.

¿Qué estarás haciendo? ¿Qué pensarías de algo que he visto?

Ya no quiero preguntármelo, sino que quiero compartir cada momento que tengo contigo.

La vida es un regalo tan precioso que puede arrebatarse en un instante, y no quiero desperdiciar ni un momento de ella.

Sé que no hemos hablado de lo que viene después… no de verdad, pero escúchame.

Le he escrito a Melanie y a la junta y les he dado las gracias por su apoyo y su comprensión, pero les he dicho que no volveré al City General. He dimitido. No tengo un hogar como tal. Ningún domicilio fijo. Todo lo que poseo está en un trastero.

Por primera vez, elijo dejar de huir. Ya no quiero esconderme de la vida.

Ahora elijo correr hacia mi futuro, abrazar todo lo que encierra. Emily, tú eres mi futuro, y quiero pasar el resto de mi vida contigo… ¿si me aceptas?

Vuelvo a Estados Unidos dentro de poco más de un mes y, hasta entonces, te ofrezco algo que espero que aceptes. Mi corazón.

Te querré siempre.

Meredith x

Emily apretó la carta contra el pecho mientras las lágrimas le corrían por las mejillas.

—Sí —susurró—, sí, sí, sí. —El papel de seda blanco le resbaló del regazo y lo atrapó con delicadeza en la mano.

Miró su reloj. Eran las diez, así que eso significaba que para Meredith sería la una y media de la madrugada. Lo único que quería era hablar con ella. Oír su voz. Decir que sí.

Con dedos temblorosos desenvolvió el papel de seda blanco y arrugado, y soltó un jadeo al ver el guardapelo de plata tallada más hermoso.

La forma de corazón estaba grabada con un detalle bellísimo e incrustada con pequeños trozos de cristal rojo.

Incluso a la tenue luz de la tienda, parecía relucir y centellear cuando lo movía. Como si tuviera su propio latido.

Dentro del guardapelo había palabras grabadas, y Emily tuvo que acercarse a la luz para leerlas.

Incluso en lo más hondo de la desesperación, ten fe en el amor. Nos alzará.

Nuevas lágrimas le llegaron a borbotones, y cogió el teléfono, seleccionando el nombre de Meredith para llamar. Los largos pitidos se le antojaron eternos. Contesta, por favor, Meredith, solo coge el teléfono y contesta.

—¿Diga? —La voz sonaba adormilada de sueño, pero el acento británico era inconfundible.

—Meredith, soy yo. Sé que es tarde y lo siento, pero acabo de leer tu carta y… el guardapelo y… —Emily intentó, sin conseguirlo, contener un sollozo.

—¿Emily? ¿Estás bien?

—Sí. Sí. Sí, estoy bien, y sí, te quiero a ti. Toda entera. Todo el tiempo. Y siempre.

—Bien. —Meredith soltó una risa, y Emily pudo notar la calidez de su sonrisa—. Todavía nos quedan cosas que resolver, lo sé, pero, Emily, te quiero. Y esto es solo el principio.

Este es nuestro principio, y lo tenemos todo por delante. La aventura no ha hecho más que empezar.