Sanar el Corazón (City General Series 6) 32 Capítulo Treinta Y Dos
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32 Capítulo Treinta Y Dos

CAPÍTULO TREINTA Y DOS

Meredith volvió a su tienda y logró echar un par de horas de sueño intranquilo.

Los sueños llegaron rápidos y densos. Estaba en el quirófano improvisado, y cuerpo tras cuerpo se amontonaban a su alrededor.

No dejaban de llegar; más de los que podía atender, y un hombre no paraba de gritar: «No pares, vienen más».

Pero por mucho que lo intentaba, no encontraba su bisturí.

Había otras personas a su alrededor vestidas con la misma bata azul claro salpicada de sangre que llevaba ella.

Gritaba desesperada que alguien le pasara un bisturí, pero una y otra vez le tendían paños y martillos, pero nunca un bisturí.

«¿Cómo voy a operar sin un bisturí?», clamaba con frustración.

Se despertó de golpe y se dio con el brazo en el borde del catre.

Agarrándoselo, se lo apretó contra el pecho y lo sostuvo.

Le llevó un momento arrancarse del sueño.

La camisa empapada de sudor le quedaba húmeda contra la piel.

Sin duda le saldría un moratón en el brazo.

El reloj apoyado en su baúl le indicó que le quedaban unos veinte minutos para darse una ducha.

Un suspiro sonoro se le escapó del pecho.

Cogiendo una toalla, se dirigió al bloque de duchas improvisado, solo para descubrir que se había vuelto a ir la luz, y que era lavarse a cubos o nada. Serviría. Tenía que servir.

Lo mismo podía decirse de su elección de vestuario mientras bajaba la vista a su baúl; ojalá tuviera algo bonito que ponerse.

Nunca se le había ocurrido llevar otra cosa que ropa cómoda; tenía a elegir entre camisetas, camisas holgadas y pantalones caqui.

No era precisamente material para una cita en toda regla.

Aquella sería la última noche que las dos podrían pasar juntas y, en un mundo ideal, Meredith lo tendría todo perfecto.

Podrían ir a algún sitio bonito y privado, quizá a un restaurante.

Podrían apartar de la mente todo lo demás y limitarse a centrarse la una en la otra durante las pocas horas que les quedaran.

Pero aquel no era un mundo perfecto. No estaban de vuelta en la ciudad, no había bonitos restaurantes a los que ir, ni rincones apartados en los que esconderse. Lo único que tenían era la intimidad de una tienda y una botella de alcohol. No era mucho, pero allí era muchísimo.

Meredith se puso su par de pantalones de faena más limpio, se echó una camisa holgada de algodón sobre la camiseta de tirantes y se salpicó un poco de agua en la cara.

Antes de salir hacia la tienda de Emily, se vio en el pequeño espejo que había sobre su baúl de la ropa, e hizo una mueca ante su reflejo.

Tenía el pelo hecho un desastre, recogido en una coleta que ya empezaba a soltarse.

Tenía ojeras oscuras por el patrón de sueño irregular que había desarrollado a lo largo de los últimos meses, y la nariz quemada por el sol.

Tenía más o menos tan buen aspecto como se sentía, o sea, no muy bueno.

No había tiempo de intentar arreglarse más de lo que ya lo había hecho, sin embargo; Meredith era aguda e incómodamente consciente de que cada momento que pasaba en su tienda era un minuto menos que tendría para pasar con Emily.

Así que, aunque estaba hecha un desastre y se sentía aún peor, Meredith salió de su tienda y cruzó el recinto.

Con cada paso que daba, una sensación de temor se mezclaba con el arrebato de emoción en la boca del estómago.

Había una parte completamente irracional de ella que solo quería dar media vuelta y regresar a su tienda, esconder la cabeza bajo tierra hasta que tuviera que coger el avión.

Al menos así, si no tenían su última noche juntas, no se sentiría tan real.

Meredith no tenía esa opción, sin embargo. Antes incluso de que pudiera llamar a la puerta de la tienda de Emily, esta se abrió, como si hubiera estado esperándola al otro lado. Emily estaba allí en el umbral, sonriendo nerviosa con una botella de vino en una mano.

—Hola —dijo en voz baja, apartándose a un lado—. ¿Quieres pasar?

Meredith entró. Un nerviosismo ridículo le burbujeaba en el estómago, y se secó las palmas en los pantalones de faena.

—¿Te han dicho algo sobre lo que va a pasar mañana? —preguntó Emily, sentándose en el catre. Meredith se le unió, haciendo una mueca cuando la cama se le clavó—. Una vez que llegues a Myanmar, quiero decir. ¿Sabes cómo será aquello?

—La verdad es que no. Probablemente sea igual que aquí, un poco peor quizá.

—Probablemente. —convino Emily en voz baja—. ¿Qué crees que te pondrán a…?

—Emily —la interrumpió con suavidad—. No… Lo siento, es que no quiero hablar de ello.

—No pasa nada, lo entiendo. —suspiró Emily—. Tiene que ser angustioso.

—Solo por esta noche, ¿podemos, sin más… fingir que no estamos aquí? —preguntó Meredith, con cautela—. ¿Podemos fingir que esto no está pasando? Solo tú y yo, y nada más.

Emily sonrió con dulzura ante aquello, y posó la mano sobre la de Meredith, apretándola con fuerza.

—Solo tú y yo, y nada más. —susurró Emily. Se inclinó hacia ella y besó a Meredith despacio. Fue un beso relajado y lánguido, y se sentía tan familiar y tan ajeno todo a la vez. Lo único que Meredith pudo hacer fue fundirse con su tacto y devolverle el beso.

Bebieron vino, haciendo una mueca con cada trago ácido, y charlaron sobre la probabilidad de volver a encontrarse, como habían hecho. Qué posibilidades había…

La vida se sentía más que un poco cruel, pero la dulce amargura de su situación podía quedar para otro día. Aquella noche, lo único que Meredith quería era sentirse cerca de Emily.

—¿Te quedarás esta noche? Por favor. —Emily le tomó la mano, sosteniéndola con fuerza entre las suyas—.

Solo quiero tumbarme contigo. Sentirte a mi lado.

Sé que puede sonar un poco cursi, pero quiero aferrarme a esa sensación para que, cuando no estés…

—Tragó saliva y apretó los labios e inspiró hondo—.

Ya sabes. Entonces pueda fingir que estás conmigo.

—El encogimiento de hombros que ofreció no ocultó el dolor.

Meredith la estrechó entre sus brazos, aspirando su aroma. Lo último que quería en el mundo era soltarla. ¿Cómo puede estar pasando esto? Ladeó la cabeza hacia arriba en un intento de contener las lágrimas, y tragó saliva con fuerza.

—Claro que me quedaré. No voy a dejarte. No esta noche.