31 Capítulo Treinta Y Uno
CAPÍTULO TREINTA Y UNO
Cuando llamó a la puerta de la improvisada oficina de Emily, Meredith no obtuvo respuesta. Era media tarde, así que no podía estar en otro sitio que allí.
Seguramente esté con un paciente, se dio cuenta Meredith. En efecto, cuando se asomó por la ventanilla de plástico de la puerta, vio a Emily en su escritorio, y la nuca de un hombre.
Alargó la mano hacia el pomo para entrar sin invitación, pero se contuvo antes de llegar a abrir la puerta. ¿Cómo se sentiría ella si estuviera en mitad de una reunión privada con un médico, y de pronto irrumpiera algún desconocido y le exigiera que se marchara?
Unos meses antes, aquel pensamiento no la habría detenido, al menos no por mucho tiempo.
Claro, habría sabido que le molestaría, si le pasara a ella, igual que lo sabía ahora.
La diferencia era que, unos meses antes, le habría dado igual.
Se habría limitado a abrir la puerta de todos modos, e insistido en que su tiempo era más importante que el de nadie.
Esa ya no era quien era, sin embargo y, por mucho que quisiera colarse ahí dentro para conseguir el máximo tiempo posible con Emily, se contuvo. No era justo apartar a Emily de su trabajo.
Meredith se resignó a limitarse a caminar de un lado a otro fuera de la puerta, una y otra vez, como un animal enjaulado volviéndose loco poco a poco.
Con suerte, si pasaba suficiente tiempo merodeando junto a la puerta, nadie más lograría colarse para otra reunión.
Claro, no iba a interrumpir una sesión que ya estaba en marcha, pero eso no significaba que tuviera que dejar que nadie más se le adelantara.
Se sentía como si hablaran durante horas. Meredith no tenía ni idea de cuántas veces recorrió los pocos metros junto a la puerta, alzando la cabeza de vez en cuando para comprobar que no se le hubiera pasado de algún modo la salida del paciente. Arriba y abajo, una y otra vez, sin parar.
Entonces, por fin, la puerta se abrió. Oyó a alguien darle las gracias a Emily por su tiempo, y luego Meredith se encontró cara a cara con el paciente.
Era un enfermero joven, alguien a quien solo había visto brevemente y a quien no recordaba bien.
Le dedicó una pequeña sonrisa, y luego lo esquivó para entrar en la oficina de Emily, como si temiera que alguien más pudiera colarse por delante si no tenía cuidado.
Emily seguía sentada tras su escritorio, revisando un archivo, cuando Meredith entró y cerró la puerta de un portazo a su espalda. Al oír el ruido, Emily alzó la vista, sorprendida, y luego le sonrió a Meredith.
—No tiene cita —bromeó, antes de que la sonrisa se le borrara de la cara. Debió de darse cuenta de que algo iba de verdad mal; quizá por la manera en que Meredith había irrumpido allí, porque se levantó, con el ceño fruncido—. ¿Estás bien?
—No. —Meredith no iba a maquillarlo. No tenía tiempo de dar la noticia con delicadeza—. No lo estoy. No estoy bien, Emily.
—¿Qué ha pasado, qué va mal? —Emily rodeó el escritorio para reunirse con ella, y le tomó la mano entre las suyas—. ¿Es un paciente?
—No. —Meredith se quedó mirando sus manos y tragó saliva con dificultad.
Aquella sería una de las últimas veces que podría tomar la mano de Emily en mucho tiempo, y lo sabía.
Quizá fuera una de las últimas veces de todas.
Quería saborearlo, aferrarse con fuerza hasta el momento en que subiera al avión.
—Meredith, me estás asustando. —susurró Emily—. ¿Qué ha pasado?
—Tengo que marcharme.
Hubo un instante de silencio mientras Emily procesaba aquella información.
—¿Cómo que tienes que marcharte?
—Ya no me necesitan aquí, pero me necesitan de vuelta sobre el terreno en Myanmar.
—Ah. —Meredith alzó la vista hacia los ojos de Emily, y la vio esforzándose por encontrar las palabras adecuadas.
Resultaba un poco reconfortante saber que no era la única que no sabía qué decir.
Había tanto que Meredith sabía que quería soltar, pero había tan poco tiempo para decirlo.
Así que las dos se limitaron a quedarse allí de pie en silencio, mirándose con un espanto mudo.
—¿Cuándo te vas? —preguntó Emily al fin.
—Mañana a las seis.
—¿A las seis?
—Lo sé. —Meredith negó con la cabeza—. No es tiempo suficiente. Vine directa aquí cuando Carlos me lo dijo, pero es… No es tiempo suficiente, sin más. No es justo.
—¿Por qué no pueden mandar a otra persona? —Emily se humedeció los labios y señaló la puerta, como si estuviera a punto de salir por ella y buscar a Carlos—. No eres la única cirujana. Podrían mandar a otra persona a Myanmar y mantenerte a ti aquí, ¿no? ¡Podemos ir a decírselo ahora mismo!
Había en sus ojos una expresión de pánico, casi frenética, que Meredith no había visto nunca, y le hizo martillear el corazón.
Emily estaba desesperada por retenerla allí, y ella no deseaba otra cosa que quedarse, pero sabía que no podía ser.
En el fondo, tras su planificación ansiosa y atropellada, Emily probablemente lo sabía también.
—Ya he trabajado con el equipo de allí, Emily. —dijo con dulzura, apretándole la mano—. Sé cómo es aquello, conozco a la gente. No tiene sentido soltar a otra persona en ello.
—Bueno, entonces… —Tragó saliva con fuerza, y sus ojos revolotearon por la oficina—. ¿Por qué no voy yo también? Necesitarás un equipo de psicología allí, ¿no? Puedo pedir el traslado.
—Sabes que no lo harán.
—¡Puede que sí!
—Emily —susurró Meredith, alargando la mano libre para acunarle la mejilla a la joven—. Para.
—No puedo… y tu cumpleaños. Iba a… —Titubeó y tragó saliva con fuerza—. No quiero que te vayas.
—Lo sé. Irónico, ¿verdad? Yo tampoco quiero irme. Pero parece que así van a tener que ser las cosas. Hay demasiada gente aquí, y no suficiente allí. Son matemáticas sencillas, ¿no?
—Pero… —Emily empezó a protestar, pero Meredith la acalló con otra sonrisa.
—Por favor, no. Solo nos queda una noche más juntas antes de que me vaya, y no quiero pasarla intentando tramar y maquinar para encontrar una salida a esto.
Sé lo que me espera cuando aterrice en Myanmar, y solo quiero…
—Hizo una pausa, y dejó escapar un suspiro tembloroso.
Mientras hablaba, la realidad empezaba a calarle de verdad, y le resultaba cada vez más difícil mantener la compostura.
Aún había una parte de ella que quería ceder a los planes presa del pánico de Emily y suplicar quedarse, por muy egoísta que fuera.
Quería quedarse en aquella oficina para siempre, y limitarse a dejar que todo lo demás pasara de largo.
—Solo quiero… —continuó, acariciando con la yema del pulgar el pómulo de Emily—. Una noche contigo. Solo una noche agradable y normal en la que podamos fingir que todo lo demás no es un desastre.
—Eso parece que nos rendimos sin más, sin embargo.
—susurró Emily. Ahora los ojos se le anegaban de lágrimas, amenazando con desbordarse y rodarle por las mejillas, y Meredith solo esperaba que no lo hicieran.
Si veía a Emily deshacerse en lágrimas, no estaba segura de ser capaz de mantener la calma y la compostura.
—No hay nada que podamos hacer. Lo sabes. No tiene sentido discutir sobre ello, así que ¿podemos sencillamente aprovechar al máximo el tiempo que tenemos? ¿Por favor?
Ella soltó un sonido ahogado, a medio camino entre una risa y un sollozo, y apartó la mirada un momento, sorbiendo por la nariz.
—¿Por qué no eras así en el hospital? No creo que hubiera vuelto a California si lo hubieras sido.
—¿En serio?
—Sí. O… O quizá sí. Pero probablemente me habría dejado conquistar por ese discurso tuyo. —Emily logró otra risa temblorosa y llorosa, y negó con la cabeza—. ¿Por qué no eras esta Meredith por aquel entonces?
—Pensaba que era obvio. —Sonrió, enjugándole la única lágrima suelta que había logrado caer—. Te conocí a ti, y me ayudaste. Te lo dije cuando fui a California.
—Ya, bueno, por aquel entonces pensé que eran gilipolleces. Pensé que solo intentabas… Forzarme la mano o algo. Manipularme para que volviera.
—Probablemente lo hacía —admitió—. Creo que de verdad era una persona distinta cuando fui a buscarte a California, pero aun así no estaba…
Aun así no estaba bien. O sea, probablemente ni siquiera esté bien ahora, pero estoy mejor.
Soy distinta. Me parezco más a la persona que quería ser cuando te encontré en California.
Emily le soltó la mano y se limpió la nariz con el dorso de la manga.
—Esto es una gilipollez.
—Es una gilipollez y parece injusto, pero mira a nuestro alrededor… la vida es injusta.
—Tengo una botella de vino. No es bueno, pero es alcohol. —Se rio de forma temblorosa, y se pasó una mano por el pelo—. ¿Quieres abrirla conmigo?
—Claro. —Meredith sonrió—. ¿En tu tienda?
—Sabes dónde vivo. ¿Sobre las siete?
—Allí estaré. —Meredith agachó la cabeza y le posó a Emily un beso suave en los labios. Uno de los últimos, se recordó. Uno de los últimos que podría dar.
De verdad que no era justo.