30 Capítulo Treinta
CAPÍTULO TREINTA
El concepto del tiempo en el recinto era algo que parecía inasible.
En las horas de máxima tensión, todo se movía tan deprisa que apenas tenías ocasión de tomar aliento.
Los días rodaban de uno a otro, sin que la oscuridad ofreciera ninguna tregua en la marea constante de tensión desbordada.
Había habido lo que se sentía como semanas de disparos, miembros perdidos, muerte, y el milagro de la vida naciendo a un mundo que no estaba listo para su pureza.
La constante yuxtaposición de terror y esfuerzo estaba pasando factura.
Meredith yacía sobre el improvisado catre de madera que pasaba por cama.
El cansancio se le filtraba por cada poro del ser tras una extenuante y espeluznante sesión quirúrgica que había durado toda la noche.
Había habido intensos bombardeos en la zona, y las víctimas no dejaban de llegar.
La ironía de estar en un lugar que se parecía al infierno en tantos sentidos, y sin embargo no ser desdichada, le hizo poner los ojos en blanco.
Estás retorcida, Meredith, muy retorcida.
Pero la verdad era que estaba más que simplemente no desdichada, estaba más feliz de lo que lo había estado en mucho tiempo.
Dentro de tres días cumpliría cuarenta y siete años y, a diferencia de los últimos cumpleaños, que pasaron sin celebración, inadvertidos, esta vez estaría rodeada de un equipo de personas a las que amaba y respetaba, haciendo un trabajo que le permitía marcar una diferencia muy real en el mundo.
Aquella sensación de propósito, de formar parte de algo mucho más grande que ella misma, era el mejor regalo que podría haber esperado.
Y poder compartir eso con Emily, la mujer que le había conquistado el corazón no una vez, sino dos…
suspiró mientras una sonrisa lenta le relajaba el rostro.
Cerrando los ojos, derivó más cerca del descanso que tanto necesitaba.
—Meredith… Meredith… —volvió a llamar la voz, acompañada del traqueteo de unos golpes en el armazón de su tienda.
—Sí —tenía la voz espesa de sueño, y sus manos se aferraron al lateral del catre de madera en un intento de orientarse. Agarrando el pañuelo que se había colocado sobre los ojos, se lo bajó. Aún había mucha luz, no podía llevar mucho dormida.
—Meredith. —llamó Carlos—. ¿Puedo hablar contigo un momento?
—¿Ahora? —Meredith giró las piernas, dejando que los pies dieran contra la frescura de la lona plástica del suelo—. ¿Me das un minuto?
—Sí.
Cogiendo su camiseta, se la pasó por la cabeza y echó mano de sus pantalones de faena.
No había oído más artillería, pero eso no significaba que no siguieran llegando víctimas.
Con las botas puestas, salió de su tienda y de inmediato se llevó la mano a la cara para bloquear la dura luz del día.
Su cuerpo se estremeció ante la repentina ráfaga de aire árido y caliente.
No había cantidad de tiempo en Yemen que la ayudara a acostumbrarse a aquello.
—Vamos, mejor hablamos en mi oficina. —La voz de Carlos era queda mientras la conducía con un gesto hacia las tiendas que se habían montado como oficinas administrativas, y la dejaba pasar dentro.
Meredith lo siguió, un poco nerviosa; era la primera vez que veía a Carlos pedirle a nadie hablar en su oficina, así que supuso que debía de ser serio, o confidencial cuando menos.
Normalmente se limitaba a llevar a la gente aparte y hablarles en voz baja, y su voz era tan suave por naturaleza que nadie tenía la menor posibilidad de oírlo.
—¿Pasa algo? —preguntó, deslizándose en una silla. Carlos no rodeó el escritorio para sentarse en la suya, sino que eligió apoyarse en el propio escritorio, cruzando los tobillos.
—Bueno, sí, según resulta.
—¿He… hecho algo mal? —preguntó, un poco insegura. Por un momento se preguntó si de algún modo se habría enterado de su relación con Emily, y el corazón empezó a acelerársele. No había manera, sin embargo, seguro que no. Las dos habían sido tan discretas que no había forma posible, ¿verdad?
A menos que Emily se lo haya contado…, pensó Meredith. Aquello siempre era una posibilidad; aunque no parecía lógico, dado el tiempo que habían pasado juntas hacía poco. Emily había hablado de lo inapropiada que era su relación mientras investigaba el hospital, ¿acaso volvía a salir esto?
Pero Carlos disipó aquellos temores enseguida.
—No, no. Claro que no. Fue otra persona. Con las prisas por asegurarnos de que se pudieran enviar médicos aquí a Yemen, nos hemos quedado un poco… sobresaturados es probablemente la mejor manera de describirlo. ¿Cómo es el dicho? ¿Muchas manos en un plato hacen mucho garabato?
—Eso es… —Aunque Meredith se había librado, seguía sin gustarle el rumbo que estaba tomando aquella conversación—. ¿Qué ha pasado?
—Un problema administrativo, o un fallo del sistema.
No están seguros de cuál de las dos cosas es, pero, la verdad, el porqué no importa demasiado, y menos a mí.
Lo que sí importa es que tenemos demasiados médicos aquí, posiblemente por primera vez en la historia, y no sé qué hacer con todo el mundo.
En algunas áreas no importa mucho; si nos llegan unas cuantas comadronas de más, nadie se va a quejar, y menos las embarazadas de la ciudad. Pero cuando tengo a dos neurocirujanas…
Se apagó, lanzándole a Meredith una mirada elocuente.
—¿Tenemos… un segundo neurocirujano?
—Mmm. Resulta que es el que se suponía que iba a recibir, recién llegado de Francia. Llega mañana por la mañana.
—Bueno… ¿Y eso qué tiene que ver conmigo? O sea, yo ya estoy aquí. ¿Por qué no lo mandas a él a otra parte?
Carlos sonrió con dulzura ante aquello, frotándose el mentón cubierto de una espesa barba incipiente.
—Podríamos. Pero cuando se trata de los lugares que necesitan médicos más desesperadamente, no tiene sentido mandarlo a él allí, aunque sí lo tiene mandarte a ti.
Meredith tragó saliva, nerviosa.
—¿Myanmar?
—Myanmar —confirmó él con una sonrisa sombría—. Hemos tenido una reunión informativa esta mañana. Va a peor y, como ya has trabajado allí, tiene más sentido enviarte a ti de vuelta.
—Ya… ya, lo tiene. —Meredith se pasó una mano por el pelo con un suspiro.
No quería darle la razón a Carlos, no quería hacerle pensar que la idea de volver a Myanmar le parecía perfecta, pero sabía que tenía razón.
Ya había establecido cierta compenetración con los demás médicos de allí, y ese tipo de relación podía llevar semanas forjarse.
No tenía sentido mantenerla en Yemen, cuando aún no estaba tan familiarizada con la situación ni con el personal, y mandar a un médico nuevo a Myanmar.
Pero no quería ir. Carlos veía por su reacción que la idea de volver a su destino original no le hacía gracia, pero no tenía ni idea de por qué.
—Sé que tiene que ser angustioso, mandarte de vuelta allí cuando las cosas empiezan a ponerse feas otra vez, pero no quiero que te lo tomes como…
no se te está tratando como si fueras prescindible.
Nadie intenta librarse de ti ni nada por el estilo.
Esto es sencillamente el proceder que más sentido tiene, logísticamente.
—Lo sé.
—Pero aun así no quieres ir.
—No, no quiero ir. —Meredith alzó la vista hacia él despacio—. Pero no tiene nada que ver con lo peligroso que vaya a ser aquello. Eso me da completamente igual.
—¿Ah, sí? —Arqueó una ceja—. Entonces, ¿qué?
Meredith abrió la boca, a punto de contárselo todo. Por una fracción de segundo, pensó que quizá, si sencillamente se sinceraba con él y le contaba todo lo de la relación, Carlos se apiadaría de ambas, y mandaría al otro médico a Myanmar.
Pero sabía que eso no funcionaría. Carlos estaba demasiado comprometido con la organización, con las necesidades médicas de aquellos a quienes servían, como para albergar reparos por alguna noción romántica.
Y luego estaba el conflicto por sus distintos roles.
Quizá si ambas trabajaran en Recursos Humanos, o fueran las dos cirujanas o las dos psicólogas, la cosa no sería tan grave.
Con sus trabajos tal como eran, sin embargo, sabía que no la dejaría quedarse. Sería inapropiado.
Inapropiado. Aquella palabra parecía seguirla a todas partes como una especie de espada de Damocles, pero ya había caído una vez, y Meredith conocía las consecuencias de sobra. No quería enfrentarse a ellas de nuevo, y desde luego no podía hacerle pasar a Emily por aquello otra vez.
Así que, en vez de intentar explicarle que tenía muy buenas razones para querer quedarse, Meredith se limitó a aceptarlo.
—¿Cuándo quieres que salga?
—Hay un avión que os lleva a ti, a unas cuantas enfermeras y a un anestesista a Myanmar mañana por la mañana a las siete. Tendrás que salir de aquí a las seis.
Se sintió como si alguien le hubiera estampado un puñetazo en el estómago, como si le hubieran sacado el aire por completo. Las siete de la mañana… Eso solo le daba catorce horas con Emily antes de salir volando del país. Eran muchas menos después de descontar el transporte y hacer las maletas.
—Las siete… —repitió—. Vaya.
—Sé que es con poca antelación. Lo siento, tiene que dar la sensación de que te están dando bastantes vaivenes.
—Sí —murmuró, suspirando—. Da exactamente esa sensación, la verdad.
—Al menos tienes esta noche para despedirte de todos.
Solo había una persona de la que quería despedirse.
Solo había una persona en el campamento que le importaba lo suficiente como para siquiera decirle que se iba, pero era también la persona con la que a Meredith le aterraba hablar de aquello.
Las cosas parecían ir tan bien entre ambas que arrancarla de todo eso una vez más y mantenerlas tan separadas se le antojaba, sin más, cruel.
Meredith se levantó y le dio las gracias a Carlos.
Él dijo algo más, quizá una disculpa por lo deprisa que estaba pasando todo, pero fuera lo que fuese, Meredith apenas lo oyó.
No le estaba prestando atención mientras apartaba la silla y se dirigía a la puerta.
Lo que tuviera que decirle ahora no importaba, pero había una cosa que sí.
Tenía que encontrar a Emily.