Sanar el Corazón (City General Series 6) 29 Capítulo Veintinueve
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29 Capítulo Veintinueve

CAPÍTULO VEINTINUEVE

—Esta guerra civil tiene tantas caras, tantas perspectivas.

Justo cuando creo que empiezo a hacerme una idea de qué esperar, me pilla desprevenida algo nuevo, algo distinto.

—Meredith se pasó la mano por el pelo—. Ayer tuve que operar a un niño de doce años.

Tenía fragmentos de metralla incrustados en la columna, hicimos lo que pudimos, pero pasarán unos días, semanas quizá, hasta que sepamos el alcance total del daño nervioso.

Su vida será infinitamente más dura de ahora en adelante, sin embargo.

—Suspiró—. Como si no fuera ya bastante dura.

Doce años. —Negó con la cabeza. Nada te preparaba para la experiencia sobre el terreno; hasta que no lo vivías, no podías saberlo. Ni remotamente.

—Cuando le cortamos la ropa, vimos un bulto en el bolsillo.

Por un momento pensé que veía visiones, pero cuando alargué la mano y lo agarré antes de que cayera de la mesa, supe que no.

Era una granada. Todos nos quedamos parados, mirándonos.

Luego, Adil me la sacó de la mano, la sacó de la tienda de operaciones, y seguimos como si nunca hubiera pasado.

Y los médicos de aquí, los médicos locales quiero decir, están entre los cirujanos más habilidosos con los que he trabajado nunca.

A veces me pregunto si de verdad me necesitan aquí.

Me necesitan para hacer números, pero no tanto por la pericia.

Estoy aprendiendo de ellos, Emily. —Meredith miró a Emily con seriedad.

La mano de Emily le acunó la mejilla.

—Me tienes un poco fascinada tú a mí, ya no digamos ellos. —Se inclinó hacia delante y le posó un beso en los labios a Meredith, apenas rozándolos—. Tu capacidad y tu disposición a cambiar son sencillamente…

Emily negó con la cabeza y dejó escapar un pequeño suspiro.

—¿Son qué? —Meredith ladeó la cabeza, con curiosidad. ¿De verdad he cambiado tanto? ¿O me estoy reencontrando a mí misma? ¿A la de antes? Todo pasaba tan deprisa allí que no había tiempo de reflexionar sobre cómo te afectaban las cosas. Eras tan insignificante allí.

—Iba a decir sexis… pero no quiero distraerte de que me cuentes.

—Creo que quizá me apetezca que me distraigan. —Una pequeña sonrisa traviesa le jugueteó en los labios. Habían adquirido la costumbre de pasar juntas cualquier rato libre compartido, casi siempre en la intimidad de la tienda de una o de la otra. La discreción lo era todo.

Aquella no era su cultura y, aunque estaban allí para ayudar, había que respetar las leyes y costumbres locales, estuvieras de acuerdo con ellas o no.

¿Quién en su sano juicio podría estar de acuerdo con el encarcelamiento, la lapidación o las condenas a muerte por linchamiento solo por ser quien eres, por amar a alguien que resulta ser del mismo género que tú?

Pero estaban allí para curar, y sus propias agendas debían quedarse en casa.

Meredith miró por encima del hombro hacia la puerta de la tienda y se aseguró de que estuviera bien atada.

—Vas a tener que estar muy callada…

—No, tú vas a tener que estar muy callada. —Emily dejó escapar una pequeña risa y empujó a Meredith de vuelta sobre el colchón lleno de bultos—. Estoy aquí para ayudarte a descargar y relajarte, ¿no?

Se llevó un dedo a los labios y acalló con un chisteo la respuesta de Meredith, y luego le subió la camiseta de tirantes para revelar un sujetador de algodón.

—Tengo un tipo de terapia muy concreto en mente para usted, doctora Asquith —bromeó, bajando el algodón negro y liberando dos pezones bellamente erectos.

Tomándose en la boca los duros botones fruncidos, los succionó con suavidad y luego pasó la lengua en círculo por la punta, sin romper en ningún momento el contacto visual.

Meredith gimió, solo para verse acallada de inmediato de nuevo.

—Tienes que estar completamente callada.

—No me lo estás poniendo fácil —masculló Meredith, arrugando la frente en señal de protesta.

—Pues tienes que esforzarte más. —Emily volvió a captar la mirada de Meredith hacia la entrada—. Y deja de mirar la puerta. No va a entrar nadie, y además los oiré si se acercan. —Hizo una pausa—. De hecho…

Cogiendo su antifaz, se inclinó sobre el cuerpo de Meredith y se lo deslizó hasta colocárselo. Meredith alargó la mano para agarrar la de Emily, pero Emily la atrapó primero y se acercó sus nudillos a los labios, besándolos con delicadeza.

—Eh, eh, deja que yo me preocupe de mantenernos a salvo.

Lo único que necesito que hagas es echarte atrás y dejar que me regale con tu placer.

—dijo Emily, medio para tranquilizarla, medio para provocarla, mientras le paseaba las yemas de los dedos por el contorno de los pezones expuestos.

El delicado roce le recorrió el cuerpo con un escalofrío de anticipación.

Meredith dejó caer la cabeza sobre la almohada. Quería cederle el control a Emily, pero se sentía, bueno… un poco ajeno. La espalda se le arqueó cuando el calor de la boca de Emily le tironeó del pezón. No quedaba otra cosa que rendirse.

Menos de un año antes, la idea de permitirse estar rodeada de incertidumbre y emoción la habría asustado hasta hacerla huir; el escudo helado de arrogancia e indiferencia se habría interpuesto con rabia para mantenerla a salvo.

Pero a salvo nunca era como se sentía, solo un poco más asustada y más sola cada vez.

El último jirón de resistencia le resbaló por la mejilla en una única lágrima. Si había alguien en este mundo a quien se entregaría sin cuestionárselo, sería Emily y, mientras la lengua de la joven se arremolinaba en un tormento lánguido, Meredith hizo justo eso.

El tenso pellizco de un pezón entre el pulgar y el índice, contrapuesto a los movimientos cálidos, húmedos y lentos de la boca de Emily sobre el otro, era divino.

El tormento contradictorio entre las dos sensaciones, igual de ardientes pero opuestas, se le escapó del cuerpo en una serie de gemidos graves y lentos que reverberaron en el aire pegajoso y húmedo de la tienda.

Animada por la audible renuncia al control de Meredith, Emily subió la apuesta, pasando de la lengua a los dientes, rozándolos contra el botón erecto y fruncido de Meredith.

—Ay, Emily. —A Meredith se le entrecortó la respiración cuando la conexión nerviosa entre el pezón y el clítoris se electrificó, con intensas palpitaciones de un deseo descarado. Su centro empapado suplicaba atención, y sus piernas se abrieron más, animando a Emily a tomarla.

Había pasado de reservada a desinhibida en cuestión de minutos, mientras capitulaba ante el poder de la lengua de Emily.

—Voy a ponerla a punto a lengüetazos, doctora Asquith. —Emily soltó una risita.

Meredith tragó saliva con fuerza.

La potencia de cada caricia, de cada soplo de aliento, se amplificaba diez veces bajo la oscuridad del antifaz que llevaba Meredith, y todo iba descendiendo. Descendiendo por los músculos del vientre, el ronroneo de besos leves bajaba cada vez más cerca de su centro ya dolorido.

La caricia del pelo de Emily sobre su piel, insinuando el fantasma de lo que estaba por venir, pero el sonido que le llenaba los oídos venía del latido acelerado de su corazón mientras notaba el aliento cálido jugueteando sobre su vello recortado.

Las caderas se le alzaron de forma involuntaria, desesperadas por recibir atención, y apretó las palmas planas contra la sábana de algodón bajo ella.

Ay, Dios, por favor, tócame. Por favor. Suplicando más en silencio, la mano de Meredith buscó hacia abajo, tratando de anclarse contra el tacto del cabello castaño de Emily.

Unos dedos largos se enredaron entre las hebras suaves con el más leve de los roces, deteniéndose solo cuando el primer contacto de una lengua ardiente y perezosa le pasó lánguidamente por el centro.

—Joder. Sí. Por favor.

La bocanada de aire cálido que se le escapó a Emily con una risita le hizo cosquillas contra los labios húmedos y sensibles, provocando que las caderas se le sacudieran de desesperación.

—Me encanta una mujer que suplica. —Emily le pasó la lengua por los labios, acercando cada movimiento provocador, perfectamente colocado, cada vez más a su clítoris hinchado y palpitante—. Solo tiene que pedirlo con educación, doctora Asquith.

—Ay, Emily, por favor…

—¿Quieres que le preste una ayudita bien necesaria a esta pequeña ansiosa de atención? —La lengua de Emily dio un áspero lengüetazo desde la humedad suave y resbaladiza que había tras el clítoris de Meredith, hacia arriba.

Meredith soltó un jadeo.

—Sí, por favor, Em. —Respiraba entre jadeos desesperados que delataban su excitación.

—¿Cuánto quieres que te cuide?

En la oscuridad, cada diminuto sonido de aliento humano encerraba posibilidad, cada suspiro de piel contra piel, potencial.

El cuerpo de Meredith temblaba, estallando con el ansia de ser consumida.

Estaba completamente vulnerable, del todo expuesta, mientras daba el último paso desde el borde hacia el abismo que era Emily.

—Por favor, Em, te lo suplico. Tómame. Toda entera.

—Por la más breve de las fracciones de segundo, se detuvo—.

Soy tuya. —El aliento le salió en estremecimientos de esperanza—.

Chúpame. Fóllame. Haz lo que quieras, pero por el amor de Dios, tómame.

—La voz de Meredith se alzó de desesperación, incapaz y sin voluntad de intentar contener su necesidad devoradora.

Sin una palabra más, solo una larga inhalación de aire, Meredith pudo sentir la sonrisa de Emily. La emoción de entregarse sin condiciones era el máximo ejercicio de confianza. Meredith tomó cada gramo de fe que tenía y lo depositó, sin disculparse, en Emily.

En aquel momento, en aquel mundo asolado en el que se habían encontrado, Emily era la guardiana de su corazón, de su mente y, ahora mismo, de su cuerpo.

Notó movimiento cuando el peso de Emily se levantó del catre, y luego unas manos cálidas en el trasero que la arrastraron hasta el borde de la precaria cama.

El mismo tacto delicado la alzó hasta colocarla en posición y, con un contoneo, ella ayudó al movimiento.

El roce del pelo, la piel suave de los hombros de Emily sosteniéndole la cara posterior de los muslos, los brazos enganchándola en su sitio, mientras unos dedos le jugueteaban sobre el monte.

Emily estaba en su mismísimo núcleo, frente al eje de vulnerabilidad de Meredith.

Las caderas se le dispararon, impulsándose hacia delante; Tómame, gritó en silencio, hacia la oscuridad.

Un jadeo vibró en el aire cuando la lengua de Emily le subió por un lado de los labios y bajó por el otro. El calor rozándole el clítoris a punto le envió convulsiones de un tormento exquisito por todo el cuerpo. Otro grito de angustia llenó la pequeña tienda.

Pasando de la punta a la base, la lengua de Emily le hacía sacudir las caderas desbocadas.

Notó que los brazos que la rodeaban le apretaban los muslos, inmovilizándola en su sitio.

Emily tenía el control y, mientras su lengua se hundía hondo entre sus pliegues, sorbiendo sus jugos, ella se retorcía contra el tormento del placer.

Como si intuyera que Meredith no podía más, los labios de Emily se sellaron en torno a su botón congestionado. Dios, cómo amaba a aquella mujer.

Con la espalda arqueada, Meredith se impulsó hacia delante, engarzando con Emily cuanto de sí misma pudo. Necesitaba ser consumida, ser devorada, de modo que Emily absorbiera cada fibra, cada tendón, cada célula, mientras se fundían en una sola.

Con la urgencia de la succión arrastrándola hacia la completa sumisión, Meredith notó el cosquilleo de un orgasmo alzarse desde las profundidades de su núcleo.

El cosquilleo grave y leve empezó en torno al clítoris, subiendo hasta el vientre, pero cuando Emily le deslizó los dedos entre los labios, creció más deprisa.

De nuevo las caderas se le sacudieron hacia delante, queriendo más.

—Eres increíblemente hermosa, Meredith. —Las palabras de Emily salían lentas y cargadas contra su humedad—. Sabes divino.

Emily la estaba volviendo loca. Cada parte del ser de Meredith clamaba por más y entonces, en un instante, notó unos dedos deslizarse dentro.

Uno, luego dos, luego tres, luego… el áspero y brusco embate de la punta de una lengua le fustigó el clítoris sin piedad, en un ritmo rápido e incesante.

Los dedos empujaban con más fuerza contra su punto G en un compás cada vez más estridente; el cosquilleo se convirtió en una ola que estalló por cada poro mientras su cuerpo explotaba en espasmos que era incapaz de controlar. Pero Emily no se detuvo.

Aminorando sus esfuerzos, Emily dejó que Meredith volviera a la tierra un momento antes de lamer la abundancia de jugo de justo detrás de su clítoris aún hinchado.

Su lengua era suave, y a la vez áspera, los movimientos imperceptiblemente leves, y a la vez remitiendo.

Meredith se retorcía y se agitaba contra el firme agarre de Emily.

—¡Ay, Dios! —exclamó Meredith—. Joder, me voy a cor…

Su cuerpo gritó más alto y más claro que cualquier palabra que jamás fuera capaz de articular, corriéndose una vez más en una serie de temblores violentos y descarados.

Un gemido gutural se le estranguló en la garganta mientras su cuerpo perdía la capacidad de respirar y, incapaz de soportar más, apartó de un empujón la coronilla de Emily.

—Por favor, Dios, para. No puedo más. —Le tembló la voz, haciéndose eco de las reverberaciones que le estallaban por el cuerpo, antes de que sobreviniera un sollozo que se le arrancó del pecho.

—¿Estás bien? —La voz de Emily se llenó de alarma mientras se zafaba de entre las piernas de Meredith para reunirse con ella en el estrecho colchón—. Cariño, ¿estás bien? Háblame.

Un beso leve susurró contra la mejilla de Meredith y, mientras Emily le echaba hacia atrás el antifaz oscuro para revelar unos ojos empapados de lágrimas, besó la primera pequeña gota salina que rompió la tensión en la oscuridad de la noche.

—Te tengo, cariño. Te tengo. —Los brazos de Emily la sostuvieron en un abrazo apretado, y Meredith supo una cosa con certeza: De verdad que me tienes. Toda entera.