27 Capítulo Veintisiete
CAPÍTULO VEINTISIETE
Al cabo de un mes, Meredith se encontró en su primera misión con Médicos Más Allá de las Fronteras. Myanmar era su nuevo destino, donde los disturbios civiles iban en aumento y los médicos escaseaban.
Antes de partir, a Meredith le habían aconsejado sobre qué esperar.
Le recordaron una y otra vez que aquello sería un enorme choque cultural, y que le llevaría tiempo adaptarse a sus nuevas condiciones de trabajo.
Sin embargo, nada de lo que pudieran haberle dicho habría llegado a prepararla de verdad para las cosas con las que se topó.
Cuando la gente le repasaba lo básico de lo que debía esperar, resultaba difícil imaginar hasta qué punto la vida sería distinta desde la comodidad de las oficinas de MMAF.
Le enseñaron fotos, le dieron testimonios de otros médicos que habían estado allí, pero aquello palidecía en comparación con lo real.
En el City General, si había algo que Meredith necesitaba, lo tenía en las manos sin más.
De vez en cuando saltaba alguna alerta sobre la escasez de cierto grupo sanguíneo, pero siempre había una solución.
La medicación fluía sin trabas (quizá con demasiada libertad) desde el dispensario, tenían suministros que debían usar para justificar el gasto del hospital, y trabajaban con equipos de última generación.
En Myanmar, no podía ser más distinto. Casi todos los días trabajaba en un recinto de estilo militar, salvo cuando la trasladaban a hospitales más pequeños con algunos otros miembros del equipo.
El equipamiento que usaban siempre era bueno, y cumplía su cometido, pero distaba mucho de la tecnología a la que estaba acostumbrada.
Cualquier tipo de horario de sueño que hubiera logrado desarrollar a lo largo de los años se fue al traste casi nada más aterrizar.
Como única neurocirujana, y una de las médicas con más experiencia del campamento, a menudo estaba de guardia para las urgencias, y se descubría despertándose en plena noche con una linterna en la cara.
La música de fondo que alguna enfermera pudiera poner por los altavoces y el zumbido suave de las máquinas quedaron reemplazados por el ruido lejano de los disturbios civiles.
Mientras trabajaba, Meredith trataba de bloquear el ruido de los disparos, el estruendo de las explosiones fuera del recinto, quizá algún que otro grito.
Olvidar dónde estabas nunca era una opción.
Su trabajo como cirujana en Estados Unidos podía ser estresante, pero no era nada comparado con su situación actual.
La tensión emocional que conllevaba ver los efectos de los disturbios era muchísimo peor que lo que habría encontrado en su trabajo normal.
Peor aún, no tenía acceso a sus formas habituales de aliviar el estrés.
En casa, si había tenido un mal día, Meredith salía a correr.
Tomaba el camino largo que serpenteaba por el parque, subía junto al río antes de dar la vuelta y llegar de nuevo a su edificio.
Luego, tras una ducha rápida, se dejaba caer en el sofá con un libro y se perdía entre sus páginas. Aquello ahora no era una opción.
El recinto no era lo bastante grande para poder correr por él, y tenía suerte si lograba encontrar la paz y la tranquilidad suficientes para leer más de unas cuantas páginas de su libro sin que la molestaran.
A medida que pasaban las semanas, sin ninguna válvula de escape para su estrés y su frustración, Meredith empezó a sentirse muy parecido a como se había sentido en Estados Unidos.
Sentía que trepaba por las paredes, volviéndose loca poco a poco sin una salida.
Una tarde, sin embargo, mientras volvía de la tienda del comedor a su propia litera, Meredith pasó junto a un improvisado partido de baloncesto.
Unos cuantos médicos habían logrado montar una canasta, y habían encontrado un balón en alguna parte, y al pasar por su lado, Meredith se detuvo un momento a mirar.
Parecía que se lo estaban pasando bien, pasándose el balón entre ellos y haciendo tiros (ciertamente malísimos).
Sharif, uno de los otros médicos del equipo, la vio mirando desde la banda.
—Oye, ¿te apuntas?
—No juego muy bien —respondió Meredith, viendo cómo una de las enfermeras hacía un tiro. El balón dio en el aro y rebotó, esquivando por poco la cara de Sharif.
—Nosotros tampoco —señaló él, lanzando el balón en su dirección—. No te preocupes, no es que juguemos por dinero.
Meredith botó el balón una vez contra el suelo y sonrió con dulzura. Hacía mucho tiempo que no practicaba ningún tipo de deporte de equipo, y menos baloncesto, pero supuso que sería una manera bastante buena de soltar parte de la energía acumulada que no había logrado descargar.
—Vale. —se acercó al grupo—. Jugaré unas cuantas rondas.
Unas cuantas rondas se convirtieron en un partido de baloncesto completo, que se convirtió en una minicompetición entre el grupo.
Tras cuatro partidos acabaron en empate y, a medida que el sol empezaba a ponerse a sus espaldas, acordaron que terminarían la tarde siguiente para ver quién era la verdadera ganadora.
A la mañana siguiente, por primera vez en mucho tiempo, Meredith se descubrió buscando a Sharif y a los demás al entrar en la tienda del comedor para desayunar.
Aquella mañana no desayunó sola, y se encontró en mitad de una conversación sobre las vidas que todos habían llevado en casa.
Resultaba un poco extraño, compartir su vida con gente a la que apenas conocía, pero era…
agradable. Era agradable estar allí sentada, sin más, y charlar sin rumbo un rato.
Pasaron las semanas y Meredith se fue asentando en la vida con el resto de los médicos.
En algunas tardes tranquilas lograba recluirse con un libro para leer, pero ya no recurría a él como a una muleta de la manera que solía.
No era algo que necesitara, como lo había sido en el pasado, era solo algo que le apetecía hacer.
Cómo no, justo cuando empezaba a relajarse en su nueva vida, surgió algo, porque siempre surgía.
Llevaba tres meses trabajando en Myanmar cuando llegó la noticia de que hacía falta un pequeño equipo en Yemen; allí andaban escasos de médicos, y la situación parecía ir a peor en lugar de a mejor. Necesitaban voluntarios, y rápido.
Unas cuantas manos se alzaron por la sala, y la de Meredith estaba entre ellas. Ni siquiera tuvo que pensárselo mucho antes de ofrecerse voluntaria, brindándose a ir dondequiera que hiciera falta, y un par de días después se encontró en un avión rumbo a Yemen, junto con un par de médicos más.
Casi nada más aterrizar en Yemen, el pequeño equipo de médicos se vio flanqueado por guardias armados que los condujeron hasta su vehículo.
Meredith viajó con Carlos, un veterano cirujano de traumatología de Argentina, y Mees, un enfermero de los Países Bajos.
Su conductor era un joven yemení, no podía tener mucho más de veinte o veintiún años.
Se llamaba Fakhir y, una vez que estuvieron en la carretera, les informó de que estaría encantado de responder cualquier pregunta que tuvieran sobre Yemen.
Meredith tenía muchas. Quería saber exactamente a qué se iba a enfrentar antes de que la soltaran de lleno en ello, pero había habido muy poco tiempo para una sesión informativa completa antes de tener que volar hasta allí.
Todo había pasado tan deprisa que ni siquiera sabía qué aspecto tendría el recinto en el que iban a trabajar.
—¿Qué nos espera cuando lleguemos? —preguntó Meredith. Carlos se giró en su asiento para mirarla un momento de reojo, antes de volverse de nuevo hacia la carretera que tenían delante.
—¿Qué quieres decir? ¿Qué tipo de conflicto vamos a ver, o qué tipo de sitio va a ser nuestra base de trabajo?
—Cualquiera de las dos. Las dos. —Meredith miró por la ventana mientras avanzaban a toda velocidad por una carretera secundaria y desolada de Saná.
No veía gran cosa: algunos edificios destruidos, unos cuantos niños sentados al borde de la calle, con la mirada perdida en la distancia—.
¿Qué tipo de atención vamos a prestar aquí?
—El agua de aquí no está limpia. —intervino Fakhir desde el asiento delantero—. Mucha gente enferma por beberla, y acuden a los médicos en busca de ayuda. Pero a veces están demasiado enfermos para que puedan ayudarlos.
—¿Cólera y disentería? —preguntó, mirando a Carlos, que asintió.
—Son los grandes asesinos, además de la desnutrición, sobre todo entre los niños. Luego está el problema de las mujeres que mueren durante el embarazo, o en el parto. Las tasas de mortalidad infantil se están disparando, y todo esto sin tener en cuenta el conflicto.
Meredith aspiró aire entre los dientes, contemplando de nuevo por la ventana mientras se dirigían a las afueras de la ciudad, donde se había montado el campamento.
—Tiene mala pinta. Peor que el último sitio donde estuve destinada.
—¿Dónde estabas antes de esto? —preguntó Mees. Echaba miradas inquietas al entorno, tragando saliva con nerviosismo a medida que asimilaba cada vez más la devastación que parecía rodearlos por todas partes.
—Myanmar. Allí la situación es parecida, pero esto es… —Meredith se apagó tras un momento, enmudecida por el puro peso de la situación—. Esto es demasiado.
—Lo es —convino Carlos, con tono sombrío—. Por eso tenemos aquí con nosotros un equipo de psicología en este campamento.
—¿Un equipo de psicología? —Meredith se volvió hacia él de golpe, y sintió que el corazón empezaba a martillearle ante la mera mención.
Por un momento, vio a Emily delante de ella, con su pulcro traje y su grabadora sobre la mesa entre ambas.
Parpadeó, y Emily desapareció, pero los nervios seguían ahí, arremolinándose en la boca del estómago de Meredith.
—Sí, es un equipo de cuatro. Prevén que va a haber mucha demanda de ellos aquí y, siendo la operación de aquí tan grande como es, pensaron que necesitarían a varias personas, en vez de mandar solo a una a acompañarnos.
—Tiene sentido —murmuró en voz baja, apartando de nuevo la cabeza mientras entraban en el recinto. Era más grande que el campamento de Myanmar donde había estado destinada, con pesadas verjas metálicas y muros altos que los lugareños ya habían pintado con espray. Las cosas pintaban mal.
A su llegada los recibieron un par de médicos, pero la mayoría del equipo estaba junta en el comedor, así que fue allí adonde se dirigieron. Dejando sus baúles en el camión para recogerlos más tarde, Meredith siguió a Carlos hasta el comedor, donde se oían voces y risas.
La tienda estaba abarrotada de gente, todos inclinados sobre sus platos en pequeños grupos, intercambiando anécdotas y contando chistes para intentar aliviar las tensiones de su trabajo.
—Necesito encontrar a quien esté al mando ahora mismo —dijo Carlos en voz baja, antes de disculparse y dejar a Meredith con Mees en la entrada. Los dos recorrieron con la mirada aquel mar de caras desconocidas, e intercambiaron sonrisas apagadas.
—¿Quieres que intentemos hacer algún amigo?
—propuso ella, señalando hacia la sala con un gesto.
Mees abrió la boca para responder, pero al hacerlo, la puerta se abrió de nuevo a sus espaldas, y alguien entró, a punto de chocar con ellos.
Meredith estaba de espaldas a la puerta, así que no vio quién era, pero por encima de la cháchara y el ruido de la sala, habría jurado que reconocía aquella voz.
—Ay, perdón. No os había visto ahí.
Conozco esa voz.
Por una fracción de segundo, la sala pareció congelarse a su alrededor mientras la mente de Meredith zumbaba.
No, no podía ser posible que conociera aquella voz.
Estaba a miles de kilómetros de casa, a kilómetros de cualquier lugar donde alguien pudiera conocerla.
Y no había manera, después de todo lo que había pasado, de que pudiera ser…
Emily.
Meredith giró sobre el sitio y se encontró cara a cara con la mujer a la que creía que nunca volvería a ver. Había recorrido medio mundo para huir de todo lo que había pasado, de todo lo que había logrado echarse a perder, y sin embargo, contra todo pronóstico, ahí estaba el fantasma de su pasado.
Emily estaba de pie frente a ella.
Para ser justos, Emily parecía igual de conmocionada de verla. Durante unos instantes, se limitaron a mirarse en silencio, incapaces ninguna de las dos de articular siquiera un discreto «hola».
¿Estoy viviendo en el puto show de Truman?, pensó Meredith. ¿Cómo es posible esto?
—Hola, Emily —dijo en voz baja—. Cuánto tiempo.
—Meredith, ¿qué haces aquí?
—Se te está volviendo una pregunta habitual. Podría preguntarte lo mismo.
—Estoy… Estoy trabajando. Conseguí un empleo aquí, ya te dije que estaba echando la solicitud.
—No, no me lo dijiste. —señaló Meredith. La última vez que habían hablado, Emily no había mencionado nada de estar solicitando trabajar con Médicos Más Allá de las Fronteras—. Créeme, si lo hubieras hecho, lo recordaría.
Emily carraspeó, mientras Mees miraba de una a otra, con el ceño fruncido.
—¿Vosotras dos os conocéis?
—Bastante bien, la verdad. —Meredith miró a Emily de reojo—. ¿Verdad, Emily?
—Verdad —dijo ella en voz baja.