24 Capítulo Veinticuatro
CAPÍTULO VEINTICUATRO
A Meredith le llevó un tiempo hacerse al grupo. Siempre tan segura en el trabajo, sencillamente no lograba irradiar esa misma seguridad en aquel entorno social. La maestría y la precisión de su incisión entre neuronas y glía no significaban nada allí, y eso lo volvía un poco intimidante.
Al principio acudía y se limitaba a escuchar, asintiendo con solemnidad pero sin aportar nada a los acalorados debates.
Había discusiones sobre lo subido de tono que debía ser el sexo para que una novela se considerara romance y, aunque su respuesta era que cuanto más emotivo y más ardiente, mejor, se limitaba a escuchar con interés atento.
¿Y si no están de acuerdo conmigo?, se preguntaba siempre Meredith, tamborileando con los dedos contra la cubierta de lo que hubiera leído esa semana. ¿Y si me equivoco y todas se limitan a poner los ojos en blanco? Por Dios, ¿cómo he perdido la confianza con la gente?
Cuando Sophia se le acercó al final de una reunión, se dio cuenta de que no era la única consciente de su falta de participación.
—Oye, Meredith —dijo Sophia en voz baja, tocándole el codo para llamar su atención—. ¿Tienes un minuto?
A Meredith se le secó la boca. ¿Estaba su incapacidad de participar haciendo que las demás se sintieran incómodas? Al fin y al cabo, eso era lo que pasaba en el trabajo. Se le cayó el alma a los pies. ¿Por qué no podía encajar sin más, como una persona normal?
—Siento haber estado tan callada estas últimas semanas. —Meredith decidió soltar su disculpa antes de que Sophia tuviera ocasión de decir nada—. Soy un poco cohibida, y todas os conocéis, y yo…
—Meredith —la interrumpió Sophia con una pequeña sonrisa, apoyándose en la encimera de la cocina mientras hablaba—. No pasa nada. Entiendo que puede costar empezar a dar tu propia opinión por primera vez. Y cuanto más lo dejas, peor se pone. ¿A que sí?
—Sí —admitió, un poco avergonzada—. Es básicamente como me siento. —La ironía del contraste entre su profesión y la impresión que daba en el grupo no le pasó desapercibida.
—Bueno, la buena noticia es que no estás sola.
Todas nos sentimos así al principio, pero se hace más fácil una vez que superas ese primer obstáculo.
—Sophia sonrió con amabilidad—. Las chicas solo están…
Bueno, les preocupa que no te sientas cómoda, y solo queríamos asegurarnos de que supieras que, tanto si estás calladita como si hablas a cien por hora, siempre eres bienvenida. Ninguna mordemos.
—No pensaba que… —Meredith se contuvo y esbozó una sonrisa irónica—. Gracias. No estoy muy… acostumbrada a estas cosas —admitió—. Nunca he formado parte de un grupo así y, a decir verdad, estoy un poco oxidada con este tipo de cosas en general.
—¿Este tipo de cosas?
—Ya sabes… —Meredith hizo un gesto que las señalaba a ambas con una sonrisa incómoda—. Lo de la gente.
—¿Oxidada con la gente?
—Sí. Hace un tiempo que ni siquiera intento… hacer nuevos amigos, supongo. —Hizo una pausa, riéndose—. Vaya, qué patético suena eso.
—No tan patético como crees —le aseguró Sophia—. Y además, somos un grupo bastante bueno para tener de amigas, sin ánimo de darme autobombo ni nada.
Las dos mujeres compartieron una sonrisa, antes de que Meredith decidiera que probablemente ya era hora de marcharse.
—Te lo agradezco. Gracias por preocuparte por mí. Es… es agradable saber que os importa.
Mientras recogía sus cosas y se despedía, Meredith sintió como si se le hubiera quitado un peso de encima.
A aquellas mujeres les alegraba que pasara tiempo con ellas, sin esperar nada a cambio.
La sonrisa de felicidad que nacía de ser aceptada solo por ser ella no se le borró de la cara en todo el trayecto a casa. Quizá sí era capaz de hacer aquello.
Sophia tenía razón: una vez que dabas ese primer paso y empezabas a hablar en el grupo, la cosa se volvía muchísimo más fácil.
Empezó con unos cuantos comentarios ligeros, luego alguna idea sobre lo que la autora podría haber hecho con un personaje para que el libro fuera aún mejor, hasta que se descubrió soltando bromas y viéndose recompensada con risas y sonrisas. Sentaba bien. Muy bien.
La noche del jueves se convirtió enseguida en su noche favorita, pero cuanto más ganaba con aquella interacción, más la ansiaba. Y no solo más noches de jueves, no; ansiaba algo más, algo más profundo.
Era el apartamento vacío, se dio cuenta una noche, al volver del trabajo y quedarse sola en su cocina. Eran poco más de las siete y, por primera vez en meses, había conseguido salir del hospital a su hora, pero se sentía menos como un logro cuando no había nadie a quien volver.
La idea de cocinar una comida entera para una sola persona era deprimente, así que se limitó a pedir comida a domicilio del mexicano de la esquina, y se resignó a comérsela sola mientras veía algún programa malo de la tele.
Era una noche normal, la misma que había vivido durante ocho años, pero donde antes ansiaba la tranquila soledad de su apartamento, ahora resultaba asfixiante.
Dio un toque en el móvil para encender la pantalla, pero no había mensajes esperándola, ninguna llamada perdida ni conversaciones en el chat del grupo a las que sumarse.
Nadie intentaba ponerse en contacto con ella para hablar.
Por primera vez en muchísimo tiempo, Meredith se dio cuenta de que ansiaba el contacto humano y la intimidad.
Echaba de menos las cosas sencillas, como volver a casa y hablar de cómo le había ido el día, o cocinar la cena con otra persona. Incluso solo sentarse en el sofá a ver la tele con otra persona, en vez de hacerlo sola, le parecía una buena idea en aquel momento. Echaba de menos tener pareja.
—¿Por qué no te apuntas a una página de citas? —sugirió Sophia mientras ella y Meredith preparaban los aperitivos para el resto del grupo, que estaba a punto de llegar de un momento a otro.
—¿Una página de citas? —Puso mala cara—. Sophia, tengo cuarenta y seis años. No pienso apuntarme a una página de citas.
—¿Por qué no?
—Estará llena de veinteañeras buscando un lío rápido. ¿Qué demonios voy a tener yo en común con una veinteañera?
—Hay unas cuantas cosas que trascienden la edad, Meredith. —le recordó Sophia con una sonrisa pícara—. Cualquiera que haya tenido alguna vez un juguetito jovencito te lo dirá.
—Tengo edad de ser su madre.
—Eso no frena a algunas.
—Pues a mí me frena.
Sophia se rio.
—Si ni siquiera le has dado una oportunidad. No puedes descartar algo sin probarlo. —Sophia sonrió de oreja a oreja, poniéndose las manos en las caderas mientras contemplaba la abundante mesa de comida—. En serio, dale una oportunidad. ¿Qué es lo peor que podría pasar?
Primero estuvo la angustia de qué foto de perfil usar.
La imagen de su perfil del hospital era un poco…
acartonada. Pero tampoco tenía un montón de fotos sonriendo rodeada de amigos entre las que elegir, así que recurrió a un pequeño capricho de selfi, algo que desde luego no entraba en su zona de confort.
Tras escoger por fin una que no la hacía parecer a punto de comunicar un pronóstico devastador, pasó a las maravillas de «¿Cómo te describirías?
». Dios, esto es un suplicio, seguro que tiene que haber una forma más fácil.
Apretando los dientes, siguió adelante y, tras varias horas de escribir, borrar y reescribir, tenía un perfil completo.
Deslizarse por la abundancia de mujeres de la aplicación resultaba un poco abrumador, hasta que encontró los filtros.
A partir de ahí, era más una cuestión de gusto personal, ir descartando a las mujeres que parecían aburridas o que no actuaban acorde a su edad.
Cualquiera de más de treinta y cinco años con una foto de sí misma en minifalda en una discoteca quedaba apartada de inmediato.
Luego, por supuesto, todo se reducía a si las mujeres que a ella sí le gustaban gustaban de ella también, lo cual dejaba el conjunto de posibles mujeres con las que podría salir… bueno, muy reducido, la verdad, incluso entre las cuatro aplicaciones que se había descargado.
Fue varias semanas después, sin ningún éxito real, cuando decidió pedir ayuda. Sobornando a Sophia con tarta de chocolate, le explicó su dilema.
—Tiene tantísimos usuarios —se quejó, plantándole el móvil a Sophia en la cara—. Pero mira, ¡mira cuántos matches tengo!
—A lo mejor es que eres demasiado exigente —sugirió Sophia, sonriéndole a Meredith por encima de su café con leche—. Quizá lo que necesitas es, sin más… bajar el listón.
—A estas alturas ya no puede bajar mucho más.
—Dame el móvil. —Sophia tendió la mano, moviendo los dedos—. Venga, dámelo. Soy una usuaria profesional y curtida de Tinder.
Con un suspiro, Meredith le plantó el móvil en la mano de un manotazo.
—Adelante. Búscame una cita.
Durante unos instantes se quedó callada, deslizando de un lado a otro por la pantalla. Las caras iban y venían, esfumándose antes de que la propia Meredith pudiera siquiera juzgarlas.
—Madre mía, qué rápido vas. Ni siquiera puedes saber nada de ellas si miras a esa velocidad.
—Sé lo suficiente —murmuró Sophia, descartando a otra mujer con un deslizamiento.
—Y me llamabas a mí exigente.
Sophia la ignoró y se detuvo en un perfil.
—Uy, ¿y esta qué?
Alzó el móvil para que Meredith pudiera ver la cara de una mujer joven: Carla, 32, a solo cinco kilómetros. Era una morena guapa con un corte a lo garçon y la piel muy bronceada, y la foto parecía tomada en algún lugar tropical, a juzgar por el fondo.
—No, esa no.
—¿Qué le pasa a Carla?
—Viaja. Mira eso, está en algún sitio de Sudamérica.
—¿Y qué? Tú puedes viajar. Los médicos siguen teniendo vacaciones, ¿no? —Sophia frunció los labios y le lanzó a Meredith una mirada elocuente—. ¿Ves? Esto es lo que quería decir. No pasa nada por ser exigente, siempre que lo seas con las cosas adecuadas. Carla se queda.
Siguieron repasando la selección aleatoria de mujeres de cada aplicación un rato más, antes de que Sophia centrara su atención en las que querían hablar con Meredith.
—Tienes un montón de solicitudes aquí paradas, ¿sabes?
—Mmm.
—Jade dice que es de Michigan… Aunque en la foto lleva un sombrero de vaquera, por algún motivo. —Sophia hizo una mueca—. Uy, y ha puesto como aficiones «lo que tú quieras» con un emoji de guiño. Ya sabes, el que saca la lengua, ¿no?
—Sí, esa la paso.
—Buena elección. ¿Y qué me dices de… Irina?
Es guapa, y ¡ah! Es veterinaria, tiene cuarenta años y le gustan los deportes acuáticos.
—Sophia arqueó las cejas con picardía, aunque Meredith no tenía ni idea de por qué—.
Vale, quizá no. ¿Quién más pinta prometedor?
Tenemos a Joanna, que trabaja en relaciones públicas, es despampanante. A ella también deberías escribirle.
Sophia trasteó con el móvil antes de que Meredith se lo arrebatara de vuelta.
—¡No envíes nada! —Pero antes de que pudiera soltar otra palabra de queja, el móvil pitó. Había recibido un mensaje de Joanna, la de relaciones públicas.
Hola, ¿qué tal?
—Ay, Dios, me ha escrito. ¿Qué has hecho?
—Ah, ¿cuál?
—¿Cuál? ¿A cuántas has…? —El pitido que anunciaba la llegada de más mensajes la dejó sin palabras.
—Tú habla con ellas… es así de sencillo, de verdad. Te lo prometo. —Sophie le ofreció una sonrisa alentadora.
A lo largo de las semanas siguientes, Meredith hizo lo que le habían dicho y les dio a las aplicaciones de citas una oportunidad justa de encontrarle el amor.
Quizá estaba depositando demasiada fe en un algoritmo y unas cuantas fotografías, pero con cada cita a la que iba, se descubría empezando a desesperarse cada vez más.
Ninguna de ellas le llegaba a Emily a la suela del zapato.
Cada vez intentaba decirse: esta será mejor, pero luego se veían, hablaban, intercambiaban unas cuantas anécdotas, y después la conversación se apagaba, solo para verse reemplazada por un silencio incómodo.
Un par de mujeres tenían un aspecto radicalmente distinto de las fotografías que Meredith había visto en la aplicación; una era mucho mayor de lo que había pensado, y otra parecía o bien haberse retocado con Photoshop cada uno de sus rasgos, o bien haberse sometido a una cirugía estética drástica.
Meredith no había dejado de echar miraditas disimuladas en busca de marcas de puntos.
De todas las citas malísimas a las que fue, Meredith conoció de hecho a alguien que le gustó: la veterinaria, Irina.
Era guapa, era graciosa, y su primera cita fue en un restaurante en vez de en un bar.
Se lo pasaron bien juntas, e incluso acabaron teniendo una segunda cita, pero a Meredith sencillamente no le terminaba de encajar, por algún motivo que no lograba concretar del todo.
Cuando Irina la invitó a una tercera cita, lo único que pudo hacer fue disculparse y decirle que prefería que se quedaran solo como amigas.
Meredith quería esa química, esa chispa que había encontrado con Emily. Buscaba a una mujer que pudiera cautivarle la mente, las emociones, los sentidos y el clítoris. Pero ninguna de ellas era Emily.
Justo cuando estaba a punto de abandonar toda esperanza y borrar los perfiles, apareció una nueva notificación en el móvil.
Era de Joanna, la de relaciones públicas.
Habían charlado, pero nunca había pasado de ahí, sencillamente porque sus apretadas agendas de trabajo les habían impedido encontrar un día en que ambas estuvieran libres.
Oye, me preguntaba si te apetecería venir conmigo como acompañante a un evento de trabajo a finales de la semana que viene.
Aquella, decidió Meredith, sería su última tirada de dados en el mundo de las citas…
Claro, me encantaría. respondió deprisa. ¡Mándame los detalles!
Meredith se sorprendió a sí misma un momento y dejó escapar una risita suave. Ahí estaba, sentada en su coche, tras pasar una velada con amigas, aceptando de forma espontánea una cita con una mujer a la que no había visto nunca… había llegado muy lejos.
Hasta en el trabajo la trataban de forma distinta.
Le hacían preguntas, se tomaban un rato para interesarse por cómo estaba.
Meredith no estaba segura de cuándo habían cambiado las cosas, ni de cómo, pero era real.
Se habían sucedido capa tras capa de cambios diminutos y casi imperceptibles, hasta que se descubrió soltando un chiste malo con varias enfermeras que estaban de charla junto al dispensador de agua.
La impactante revelación hizo que casi se le olvidara el remate.
El único pensamiento nítido que se le ocurrió entonces se le ocurría ahora…
Me pregunto qué pensaría Emily si pudiera verme ahora.
Con un suspiro agridulce, dejó que el momento se desvaneciera.
Al fin y al cabo, ¿no había sido Emily quien le había enseñado que quedarse anclada en el pasado y cerrada al presente no era vivir?
Quizá una velada con Joanna era justo lo que necesitaba.