Sanar el Corazón (City General Series 6) 23 Capítulo Veintitrés #2
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23 Capítulo Veintitrés #2

Volvió la cabeza y miró hacia el otro extremo del salón, hacia las hileras e hileras de novela romántica que llenaban la estantería de la pared del fondo.

En cierto modo, hasta ella iba en busca de todo aquel desamor y todas aquellas gilipolleces, pero al menos lo hacía desde una distancia segura.

No podían hacerle daño por leer cómo una pareja rompía en un libro.

—Quizá debería haberme quedado con lo de leer —dijo en voz baja, suspirando.

Siempre había un momento en una de esas historias en que el protagonista se sentaba en el mismo sitio que ella, y luego, tras unos cuantos capítulos deambulando compadeciéndose de sí mismo, las cosas mejoraban.

Se levantaban, se sacudían el polvo, y luego iban a declararle su amor a la otra persona en un gran gesto romántico, y todo salía a la perfección. Vivirían el «felices para siempre».

Pero ella había hecho todo eso, y no había salido bien.

Había hecho todo lo que se suponía que debía hacer en una de esas historias, y seguía en la misma situación que antes, sin sentirse ni un ápice mejor.

De hecho, a decir verdad, probablemente se sintiera peor.

Los libros no se parecían en nada a la vida real.

Así que ahora, ¿qué se suponía que debía hacer? Ahora que sabía que no había futuro con Emily, ¿cómo se suponía que iba a llegar a ese capítulo final de su propia historia? Lo deseaba, deseaba ese final tan empalagosamente dulce que necesitaría lavarse los dientes cuando terminara.

—Bueno, ya has pasado por esto una vez… —se recordó Meredith, respirando sobre la ventana para empañar de nuevo el cristal. Apoyó el índice contra él y dibujó dos puntos, luego una curva hacia abajo. Era una carita triste y patética—. Siempre puedo volver a hacer eso.

Podía cerrarse de nuevo, igual que hizo cuando se marchó de Londres. Podía encontrar algo a lo que dedicar su tiempo, algo que le absorbiera tanta energía fuera del trabajo que ni siquiera pudiera pensar más en Emily. Esa siempre era una posibilidad.

Pero ¿de verdad quería someterse a todo aquello otra vez?

¿De verdad quería volcarse en su trabajo tan a fondo que dejara fuera al resto del mundo, de modo que lo único que pudiera ver fuera el escritorio que tenía delante?

La idea de volver a ser el robot que había sido antes, con su mundo reducido a su pequeño apartamento de dos habitaciones, era desde luego deprimente, y no era una en la que quisiera detenerse mucho.

Meredith suspiró y se apartó de la ventana, deambulando de vuelta por el apartamento vacío hacia su dormitorio.

Mientras caminaba, no pudo evitar ser dolorosamente consciente de cada paso que daba, porque era el único ruido del apartamento.

Había tanto silencio que hasta oía el sonido suave de sus pies sobre las tablas del suelo.

No quería volver a ser la persona que era antes de conocer a Emily.

Durante ocho años había estado atrapada dentro de aquella burbuja que se había fabricado, y ahora que por fin estaba fuera, no quería volver a meterse dentro.

Así que ahogar las penas y encerrarse de nuevo no era del todo una opción.

—¿Qué hace la gente normal con su tiempo después del trabajo?

—caviló en voz alta. Por supuesto, sabía la respuesta.

En algún momento de su vida, había sido de hecho una persona normal, y no la reclusa en la que se había convertido con los años.

La gente normal salía con amigos, quedaban en bares o en casa.

Tenían personas con quienes conectar cuando se sentían solos, personas que les importaban y personas a las que les importaban ellos.

Hacía mucho tiempo que Meredith no tenía eso.

No tenía amigos. Tampoco tenía aficiones, bueno, aparte de correr, y disfrutaba de los aspectos solitarios de aquello, así que no había forma de hacer amigos, y se había pasado ocho años quemando todos los puentes posibles en el hospital, así que tampoco había manera de que trabara amistad con nadie allí.

Las únicas cosas que le gustaba hacer eran correr y leer.

Su mirada recayó en la estantería que cubría la pared del fondo de su habitación, y suspiró. Leer no era precisamente un deporte de equipo, y precisamente por eso se había convertido en semejante santuario de paz para ella desde que se había marchado de Londres.

Pero, por otra parte…

No tengo por qué estar completamente sola, ¿no?

Los clubes de lectura seguían existiendo, ¿verdad? No es que fuera la única persona del mundo que leyera, así que seguro que podría encontrar a unas cuantas personas con intereses parecidos a las que recurrir, siempre que buscara lo suficiente.

Meredith se apresuró a coger el portátil y se acurrucó en el sofá para empezar la búsqueda.

Resultó que, tras rebuscar entre unas cuantas publicaciones dudosas de Craigslist, había bastantes clubes de lectura en su zona.

La mayoría eran solo de mujeres, algunos estaban dedicados a géneros concretos, y uno hasta quedaba a distancia andando.

Hizo clic en los datos de contacto y le apareció el perfil de una mujer de aspecto simpático llamada Sophia, con sus datos de contacto adjuntos.

Los dedos de Meredith quedaron suspendidos sobre el teclado unos instantes, mientras pensaba qué decir.

Hacía mucho tiempo que no formaba parte de un club, y no sabía muy bien cómo presentarse.

El último club en el que había estado fue en la universidad, y aun entonces había sido menos un «club» y más un grupo de estudiantes de medicina que disfrutaban del tequila un poco más de la cuenta.

Se juntaban todos en el sitio más barato de la ciudad, se metían demasiados chupitos y se plantaban dando tumbos en la clase de la mañana todavía medio borrachos.

Habían sido colegas de copas, y nunca había habido un proceso de admisión.

¡Hola!, empezó a teclear, mordisqueándose el labio inferior. No quería sonar demasiado entusiasta, pero al mismo tiempo quería sonar entusiasta lo justo para que la quisieran en el grupo. Me llamo Meredith, quería ver si podía hablar contigo sobre unirme a tu club.

Redactó un mensaje de presentación, invitó a Sophia a contestarle si le interesaba tener a un nuevo miembro, y luego envió el correo.

Cuando cerró la tapa del portátil, tenía una pequeña sonrisa en la cara.

Quizá aquello fuera algo con lo que llenar su tiempo, y a lo mejor hasta hacía algún que otro amigo por el camino.

Tardó unos días en recibir respuesta de Sophia.

Las dos hablaron de sus libros de romance favoritos, de algunos de los tropos que más disfrutaban ver y de algunos de los peores libros con los que se habían topado.

Le contó a Meredith que el grupo se reunía todos los jueves por la noche, y que era bienvenida a acudir si le apetecía.

El jueves siguiente, cuando terminó el turno de Meredith, no se entretuvo en su despacho como solía hacer, leyendo o poniéndose al día con el papeleo.

Cuando se fue a casa, tampoco se cambió de inmediato para ponerse la ropa de correr y salir hacia el parque.

En vez de eso, se puso el único par de vaqueros que tenía, se enfundó una camisa y condujo hasta casa de Sophia para la primera reunión.