Sanar el Corazón (City General Series 6) 22 Capítulo Veintidós #2
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22 Capítulo Veintidós #2

—Lo sé —dijo ella deprisa, alargando la mano para tomar la de Emily—.

Sé que la cagué, y dije cosas horribles.

Pero tú me has cambiado, Emily. ¿No lo entiendes?

Por eso he venido, quería decírtelo, tenía que decirte lo mucho que me has cambiado desde que te conocí.

Hasta tú lo viste, lo dijiste tú misma. En tu primer informe decías que era una imbécil, que estaba cerrada a todos los que me rodeaban, pero no era así como me veías cuando llegaste a conocerme.

Tú… Hiciste que me abriera de maneras que nunca creí que volvería a ser capaz, me hiciste mejor.

Tardé demasiado en darme cuenta, y lo siento.

De verdad que lo siento, y sé que debería haberte creído cuando me dijiste que Phil te la estaba jugando, pero…

He venido aquí por ti. No puedo perderte, Emily.

Un silencio siguió a su parrafada y, mientras Meredith recobraba el aliento, Emily se limitó a parpadear, desconcertada, aún sorprendida por su repentina aparición.

Quizá no lo entiende, se preguntó Meredith. Quizá no he sido lo bastante clara.

—Emily —susurró, apretándole la mano con delicadeza—.

Emily, estoy enamorada de ti. Creía que, después de todo lo que me había pasado, de perder a Jennifer como la perdí…

nunca imaginé que volvería a sentirme así.

Pero entonces te conocí a ti, y es como si…

hubieras abierto algo en mi interior. Te quiero, Emily.

Había dispuesto de varias horas durante el vuelo para pensar en lo que iba a decirle a Emily al llegar, y había repasado unos cuantos escenarios distintos de cómo podría desarrollarse la cosa.

Quizá Emily se emocionaría y la abrazaría.

Quizá le daría un manotazo en el hombro y la llamaría imbécil por todo lo que había pasado antes de besarla.

Sin embargo, todos los escenarios que Meredith había imaginado terminaban de la misma manera. Cada vez que pensaba en su confesión, las cosas siempre salían bien. Emily siempre se alegraba de verla, siempre la recibía de vuelta con los brazos abiertos.

Ni una sola vez pensó que Emily la rechazaría. En todas aquellas horas en su estrecho asiento de clase turista, Meredith no había llegado siquiera a plantearse la idea de que la rechazara. Así que cuando Emily frunció el ceño y apartó la mano de un tirón, se quedó sin palabras.

—Lo siento —dijo Emily en voz baja, metiéndose la mano en el bolsillo—. Siento que hayas venido hasta aquí por mí.

—¿Por qué te disculpas? —Rio, negando con la cabeza—. Yo… Yo me estoy disculpando por todo lo que pasó. Te estoy diciendo que he cambiado.

—¿Ah, sí? —El tono de Emily fue sorprendentemente cortante y, al cruzar la mirada con Meredith, esta vio un destello de rabia en aquellos ojos color avellana que tanto había echado de menos—. ¿De verdad has cambiado?

—¿Qué quieres decir? —preguntó Meredith, negando con la cabeza—. ¿Por qué ibas a…?

—¿Recuerdas siquiera nuestra última conversación? —preguntó Emily con frialdad—. ¿Recuerdas lo que me dijiste?

El calor le subió a las mejillas a Meredith. La amenaza que había hecho no era precisamente uno de sus mejores momentos, pero estaba alterada. Había sido una acusación en el calor del momento, y había dejado que el genio se apoderara de ella, nada más.

—Yo… Dije cosas que no sentía.

—Amenazaste con arruinarme la carrera. —dijo Emily despacio, pronunciando cada palabra para que le calara el mensaje—. Amenazaste mi sustento, mi futuro. Solo porque las cosas no iban como tú querías, cambiaste así, de golpe.

Alargó la mano y chasqueó los dedos delante de la cara de Meredith.

—Me dijiste que podías destruirme, y lo dijiste como si nada. Porque creo… creo que para ti de verdad no habría sido nada. Creo que, si hubieras querido, si de verdad hubieras querido, podrías haber hecho exactamente eso.

—Pero no lo habría hecho. Estaba enfadada, dolida, yo… —Meredith intentó explicarse, pero antes de que pudiera decir nada más, Emily la interrumpió.

—Por Dios santo… —Negó despacio con la cabeza y soltó una risa fría—.

De verdad que no lo pillas, ¿eh? Que llegaras a cumplirlo o no en realidad no cambia nada aquí, Meredith.

La cuestión es que, cuando te entró el pánico, pensaste que lo mejor que podías hacer era joderme la vida, ¿y ahora esperas que me olvide de todo eso solo porque has cruzado el país en avión y has soltado un discurso sobre el amor? ¿En qué cuento de hadas tóxico vives?

—No soy… Eso no es… —Meredith balbuceó unos instantes, pero las palabras sencillamente no le venían. No era así como se suponía que iba a pasar, no era el reencuentro que había planeado—. Emily, por favor, escúchame.

—No —le espetó—. Escucha tú, Meredith. Toda tu vida gira en torno a ese hospital y ese quirófano, y ahí dentro te toca jugar a ser dios.

Cuando te pones la bata y el paciente está anestesiado, tu palabra es ley, y eso te pone.

Pero has pasado tanto tiempo en ese hospital que no tienes ni idea de cómo funcionan las cosas en el mundo real.

Has estado tratando esta relación como tratarías a un paciente y esperando que las cosas salieran como tú quieres.

Pero no funciona así. No puedes tratarme como si fuera un personaje secundario en la película de tu vida.

No puedes descartarme de esa manera y luego esperar que vuelva corriendo a ti cuando todo se va a la mierda, ¿vale?

A medida que hablaba, la voz de Emily fue subiendo de volumen de manera constante hasta que casi le gritaba a Meredith.

La mujer mayor notó que se le humedecían los ojos al ver las mejillas de Emily sonrojadas de rabia.

El arrebato le hacía subir y bajar el pecho con respiraciones agitadas y, cuando terminó su discurso, casi pareció sorprenderse de sí misma.

Un pesado silencio cayó entre ambas y, tras unos incómodos instantes en que evitaron mirarse a los ojos, Emily habló por fin de nuevo.

—No me equivocaba, Meredith —dijo con dulzura, con toda la rabia que había habido en su voz ya desaparecida hacía rato.

Ahora solo sonaba cansada, casi vencida—.

En mi informe dije que tenías complejo de dios, y no me equivocaba.

Pensé que quizá… Quizá no importaría cuando se tratara de nosotras.

Me dije que no me tratarías igual que tratas a todos los demás.

—No lo hice. —al hablar, Meredith oyó cómo se le quebraba la voz—. No te traté como a todos los demás. Nunca lo hice.

—Cuando las cosas iban bien, no. —A Emily le tembló la voz, y bajó la vista un momento.

Inspiró hondo y luego exhaló despacio, antes de volver a mirar a Meredith, con los ojos brillándole un poco más de lo que lo habían hecho antes—.

Pero en cuanto las cosas se torcieron, te volviste contra mí.

Y entonces empezaste a tratarme igual que tratas a todos los demás.

Para ti no fui más que un daño colateral.

Y yo… yo merezco algo mejor que eso. Valgo más que eso.

—Eso no es verdad. No que valgas más que eso, que lo vales, pero no te traté como a todos los demás. —Meredith alargó la mano para intentar tomar de nuevo la de Emily, desesperada por arreglar las cosas—. Emily, por favor.

Ella apartó la mano de un tirón rápido, negando con la cabeza.

—No. Creo… creo que tienes que volverte a casa.

No.

No era así como se suponía que iba a pasar. Se suponía que iban a abrazarse, a reír, quizá incluso a derramar juntas alguna lágrima. Se suponía que esta era la parte en la que Emily la perdonaba por todos aquellos errores que había cometido, y las cosas volvían a ser como habían sido.

No se suponía que iba a alejarse de Meredith y a volver adentro sin una palabra más. No se suponía que Meredith iba a quedarse en la acera, con lágrimas ardientes atenazándole la garganta. No se suponía que iba a quedarse sola.

Pero así era como estaba pasando. Emily pasó por su lado, tirando de su perro, Reno, de la correa a medida que avanzaba, y luego la puerta se cerró tras ella.

El resto del mundo siguió girando, los niños de la calle sin salida siguieron jugando y riendo, pero Meredith se quedó allí plantada, paralizada de espanto.

Había estado tan segura de que sería capaz de arreglar aquello.

No era frecuente que cometiera errores en la vida, pero siempre que lo hacía, Meredith se las apañaba para arreglarlos de un modo u otro.

Pero quizá Emily tenía razón; aquel no era un problema que pudiera arreglarse de la misma manera que en una operación.

¿Cómo se las había ingeniado para destruir todo lo que tenían, de forma tan absoluta?

Joder.