Sanar el Corazón (City General Series 6) 22 Capítulo Veintidós
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22 Capítulo Veintidós

CAPÍTULO VEINTIDÓS

California… Estaba muy lejos, y desde luego no iba a ser un viaje de un día.

Pero Meredith sí tenía todos aquellos días de vacaciones que nunca usaba; podía aprovecharlos, escaparse del trabajo un fin de semana largo y reservar un vuelo para ir a ver a Emily.

Sabía que, si lograba verla cara a cara, podría explicárselo todo y disculparse.

Sin molestarse en limpiar el desastre que había montado en el suelo de la cocina, Meredith volvió al salón a por el portátil. Había vuelos disponibles a California el viernes, así que, siempre que consiguiera el permiso del hospital, podría volver a ver a Emily.

—Querida Melanie… —murmuró, abriendo el correo—. Por favor, por favor, por favor, dame unas vacaciones…

Los vuelos a California eran más caros de lo que Meredith había pensado en un principio.

Bueno, técnicamente no eran tan caros, a menos que una planeara hacer una gran declaración de amor a su media naranja de la noche a la mañana. Entonces resultaban ser muy caros. Pero el precio de no aprovechar aquella oportunidad era mucho más de lo que podía permitirse.

Era un vuelo bastante largo, de una punta a otra del país, así que Meredith metió un par de libros en el bolso para leer durante el trayecto.

Sin embargo, casi nada más despegar, abrió la primera página y se dio cuenta de que no lograba concentrarse.

Leyó el mismo párrafo tres o cuatro veces sin asimilar nada de la información antes de concluir que probablemente era bastante inútil intentar centrarse en algo que no fuera lo que la esperaba al aterrizar.

Cerró los ojos mientras la ciudad se fundía entre las nubes y desaparecía de la vista, y se recostó en el asiento intentando ponerse cómoda.

Al menos podía aprovechar el vuelo para tratar de averiguar qué quería decir cuando volviera a ver a Emily; con toda la planificación frenética de última hora, en realidad no había pensado tan a largo plazo.

No tenía ni idea de qué quería decir en verdad, solo sabía que tenía que decir algo. Si no lo hacía, se arrepentiría.

Pero tenía la mente en blanco. Durante horas se limitó a estar allí sentada, intentando dar con las palabras adecuadas para lo que sentía, pero por mucho que se esforzaba, no las encontraba.

Cuando comprobó, en la pantalla que tenía delante, por dónde iban del vuelo, y vio que estaban en algún punto sobre el Medio Oeste, dejó escapar un suspiro cargado.

Habían pasado ya más de la mitad del trayecto, y no tenía nada.

¿De qué sirve leer todos esos libros de romance si no he aprendido nada de ellos?

, pensó con amargura, negando con la cabeza.

Se había pasado años leyendo sobre confesiones de amor sentidas, viendo a personajes vencer sus propios demonios personales para estar con la persona a la que amaban, y ahora que más necesitaba aquella experiencia, no la encontraba por ninguna parte.

Joder.

Cuando aterrizaron en California, seguía sin saber qué iba a decirle a Emily, pero tenía preocupaciones más acuciantes que le apartaron la mente del asunto durante un rato. Necesitaba alquilar un coche, encontrar el camino a Palmdale y luego llegar a casa de Emily.

Nunca había estado en California, así que al menos durante el trayecto desde el aeropuerto Meredith pudo distraerse un poco mirando la enorme extensión de desierto hacia el horizonte.

Era distinto a lo que estaba acostumbrada allá en el este, desde el cielo cristalino de arriba hasta la gran nada vacía que se extendía a ambos lados de la autopista.

Se había mudado de Inglaterra a Nueva Inglaterra, viviendo siempre en ciudades donde todo y todos estaban embutidos en los espacios más reducidos posibles.

Los edificios eran altos y las calles estrechas, y normalmente había que desplazarse bastante para poder mirar alrededor y no ver un rascacielos.

Cada vez que pisaba la calle y oía el bullicio de la ciudad a su alrededor, Meredith sentía que formaba parte de algo.

Resultaba un poco estúpido, pero había tanto ruido y movimiento constante a su alrededor en la ciudad que nunca llegaba a sentirse del todo sola.

Aquí fuera, en cambio, sin nada más que la carretera, costaba no sentirse sola.

Encendió la radio para tener algo de compañía cuando vio el cartel de Palmdale más adelante, solo para tener algo con lo que distraerse de lo poco que había a su alrededor, y ni siquiera eso ayudó gran cosa.

Se volvería loca viviendo aquí fuera, con la mirada perdida en la inmensidad y solo sus pensamientos por compañía.

Cuando Meredith entró en Palmdale, no tardó mucho en encontrar la casa de Emily con el GPS.

Vivía en una bonita calle sin salida con vistas a las montañas a lo lejos, un césped bien cuidado y un reluciente todoterreno en la entrada.

Era una construcción bastante corriente, semimoderna, casi idéntica a todas las demás casas de la zona, y no era del todo lo que Meredith había imaginado.

Había dado por hecho que Emily se habría decantado por un sitio con un poco más de carácter, un poco más de encanto.

Pero entonces, al bajar del coche y estirarse la ropa, Meredith se dio cuenta de que no tenía ni idea de en qué tipo de casa querría vivir Emily. Nunca se le había ocurrido preguntárselo.

Había un coche aparcado en la entrada, pero cuando Meredith llamó a la puerta no obtuvo respuesta. Pegó la oreja a la puerta para intentar escuchar, pero tampoco se oía nada dentro. Emily no estaba en casa.

—Mierda… —siseó Meredith, girando sobre los talones para mirar la calle. Veía a niños jugando en bici, a padres charlando por encima de las vallas y a una madre paseando con un carrito, pero ni rastro de Emily.

Seguro que no puede haber ido muy lejos, razonó Meredith. El coche sigue en la entrada, y en California no se llega a ninguna parte a pie. ¿Quizá ha salido a pasear al perro?

Esperaba que ese fuera el motivo por el que Emily no estaba en casa, y que no hubiera salido con amigos o algo por el estilo. Si solo había ido a dar un paseo, volvería pronto.

Al menos eso fue lo que se dijo Meredith al dejarse caer en el escalón de la entrada de la casa de Emily. Se dijo que Emily no tardaría, que aparecería a la vuelta de la esquina con una gran sonrisa en la cara al darse cuenta de que Meredith había recorrido todo aquel camino por ella.

No sabía cuánto tiempo estuvo allí sentada en el escalón, tamborileando con los pies contra el suelo mientras esperaba a Emily, pero fue el suficiente para que varias furgonetas de reparto entraran en la calle sin salida, dejaran sus paquetes y volvieran a marcharse.

Meredith observó a las familias reunidas en los jardines delanteros; algunos chavales más mayores encestaban mientras otros montaban en bici.

Oía risas y cháchara despreocupada, y notó un dolor familiar y nauseabundo en el estómago.

Conocía tan bien aquella risa de un niño feliz, y la echaba tanto de menos.

Meredith la esperó allí durante tanto rato que había empezado a pensar que quizá Emily no fuera a aparecer, pero entonces por fin, tras lo que se le antojó una eternidad, vio una figura conocida caminando calle abajo, con un perro a rastras.

De pronto sintió las manos húmedas cuando se levantó, y se las secó en las mallas, inquieta, deseando de repente haber planeado al menos algo que decir.

Sin embargo, en todo el tiempo que había pasado viajando y esperando, seguía sin haber logrado dar con la desgarradora declaración de amor.

Deseaba tanto ser capaz de encontrar las palabras, quería decir justo lo correcto para poder arreglar todo aquello, pero cuando vio acercarse a Emily, sencillamente no había nada.

Meredith se levantó despacio y alzó una mano para saludar a medida que Emily se aproximaba. Emily había llegado al final de la entrada antes de que pareciera darse cuenta de quién estaba en su puerta, y al ver a Meredith allí, en California, Emily se quedó paralizada.

—¿Meredith?

—Hola, Emily. —Caminó hacia ella despacio, sonriendo—. ¿Qué tal has estado?

—¿Qué haces aquí? —preguntó Emily, mirando alrededor como si temiera que otra persona fuera a saltar y grabarlo todo con una cámara—. ¿Por qué no estás en el hospital?

—Me he cogido unos días de vacaciones. Quería venir a verte. —Meredith tragó saliva con dificultad. Notaba que la garganta empezaba a cerrársele de los nervios, y sabía que si no se ponía a decir algo pronto, no lograría articular las palabras en absoluto—. Quería hablar contigo.

—Meredith… —empezó Emily despacio—. No creo que…

—Te echo de menos —soltó de golpe—. No creía que pudiera echar tanto de menos a nadie como para que doliera, no creía que fuera posible después del accidente. Pero en cuanto te fuiste, yo… Echaba de menos verte. Echaba de menos estar cerca de ti. Te echaba de menos.

—¿Has venido hasta aquí para decirme eso?

No sonaba muy contenta con la repentina aparición de Meredith, pero eso probablemente era de esperar. La última vez que se habían visto, las cosas no habían ido precisamente bien. Aun así, la frialdad de su voz hizo que Meredith hiciera una mueca, solo un poco.

—Sí —susurró—. Porque no creo que llegara a decirte nunca, cuando tuve la ocasión, lo mucho que significabas para mí.

No te traté como debería, con todo lo que hiciste por mí.

No te demostré lo mucho que significabas para mí, no te dije cuánto me importabas.

Y lo siento, de verdad que lo siento. He venido aquí porque quiero intentar compensarlo, al menos un poco.

Quiero contarte todo lo que no te dije cuando tuve la oportunidad.

Emily seguía sin dar muestras de dejarse convencer por el discurso. Con un suspiro, se pasó una mano por el pelo.

—Meredith, han pasado tantas cosas… Con todo lo que ocurrió en el hospital, lo que me dijiste la última vez que nos vimos…