21 Capítulo Veintiuno
CAPÍTULO VEINTIUNO
En los años que llevaba trabajando en el City General, muy pocos pacientes se le habían quedado grabados de verdad a Meredith.
La mayoría de las veces, cuando volvía a casa tras una larga jornada, no lograba recordar sus nombres, ni sus caras.
Pero aquella noche, mientras regresaba a su apartamento, Meredith no podía dejar de pensar en aquella pobre mujer.
Quería hablar con alguien del tema. Quería contarle a alguien lo fatal que se sentía, quería que alguien le diera una palmada en la espalda y le asegurara que había hecho todo lo que estaba en su mano. Pero cuando llegó a casa, el apartamento estaba en silencio.
El único sonido que recibió a Meredith al cruzar la puerta fue el zumbido grave de la nevera en la cocina, y el goteo constante del grifo que nunca había llegado a arreglar. No había nadie esperándola en el sofá, no había ninguna figura dormida en su cama.
Siempre se había enorgullecido de estar segura de sus propios actos.
Mientras todos a su alrededor dudaban de sus propias decisiones y corrían a pedir una segunda opinión, Meredith nunca se cortaba a la hora de mostrar la confianza que tenía en sí misma.
Nunca se quedaba despierta en la cama por la noche, mirando el techo y repasando una operación una y otra vez, tratando de señalar fallos en su trabajo o aspectos que mejorar, porque sabía que no le hacía falta.
Hacía mucho tiempo que no tenía que reconocer un error.
Pero ahora que estaba sola, mirando las paredes sin nada que la distrajera de sus pensamientos, se daba cuenta de que la había cagado, y bien.
Había sido feliz con Emily, de una manera que creía que ya nunca volvería a ser.
Había tenido la suerte de encontrar a alguien que la trataba tan bien, y como una idiota lo había echado todo a perder.
Con un suspiro cargado, Meredith sacó el móvil y deslizó hasta el contacto de Emily. Ya lo había hecho tantas veces, y cada una había acabado saltando el buzón de voz. Desde la lógica, era una jugada estúpida, pero eso no le impidió pulsar el nombre de Emily y rezar por que esta vez descolgara.
Sonó una y otra vez, mofándose de Meredith mientras esperaba, hasta que por fin oyó el tono ya familiar de su buzón. La persona a la que llama no está disponible. Por favor, deje su mensaje después de la señal.
Colgó antes de que le diera tiempo a dejar un mensaje.
Si era sincera, Meredith no estaba del todo segura de qué quería decirle a Emily, más allá de que sentía cómo habían acabado las cosas entre ambas.
Quizá incluso pedirle una oportunidad para reparar el daño.
Desde luego, no quería dejar eso en un contestador.
Emily estaba esquivando sus llamadas, de eso ya no le cabía duda.
Meredith no podía culparla del todo por ello; dado cómo había ido su última conversación, no era precisamente sorprendente que Emily no se muriera de ganas de volver a hablar con ella.
Probablemente Emily pensara que, si descolgaba el teléfono, todo acabaría en otra discusión, dado que jamás le había oído a Meredith admitir ni una sola vez que se equivocaba.
Pero no era eso lo que Meredith quería. No quería pelear, quería disculparse, intentar arreglar las cosas.
¿Cómo se suponía que iba a hacerlo ahora, sin embargo, sin ninguna forma de contactar con Emily?
Su escritorio estaba vacío, su empresa se negaba a facilitar una dirección, y ella se negaba a coger el teléfono.
—En caso de duda —se dijo con un suspiro—, bebe.
Probablemente no fuera la forma más sana de gestionar lo que estaba pasando, y no le cabía duda de que, si Emily pudiera verla echar mano de una botella de ginebra, chasquearía la lengua y pondría los ojos en blanco, pero a Meredith le daba bastante igual.
Se sirvió una medida generosa de alcohol, mucho más de lo razonable con la escasa tónica que la acompañó, antes de desplomarse en el sofá.
Ojalá tuviera alguna forma de dar con la dirección de Emily; así quizá podría verla y hablar con ella de todo aquello. Si Emily no hubiera dimitido, se habría presentado en su despacho de California… pero ni siquiera eso podía hacer.
Se incorporó de golpe, a punto de derramar lo que le quedaba de la copa en el proceso.
Claro. Sí que tenía una forma de conseguir la dirección de Emily; había estado en los datos de facturación del libro que le había enviado.
El papeleo había ido a parar al cubo de reciclaje, pero no recordaba haberlo bajado al vertedero del sótano.
Había una posibilidad, una gran posibilidad, de que el resguardo siguiera en su apartamento.
Meredith apuró lo que quedaba de la copa y se precipitó a la cocina, tirando del cubo que usaba para el reciclaje para sacarlo del armario. Estaba rebosante de trozos de papel y cartón, y al sacarlo dejó un reguero de basura por todo el suelo de la cocina.
Tiene que estar por aquí, en alguna parte, pensó, rebuscando entre los pedazos que ya habían caído al suelo, antes de volcar el resto.
Correo basura, folletos, notas del trabajo y extractos bancarios que había roto en cuadraditos resbalaron por las baldosas, dejando hecho un desastre el suelo de la cocina.
Meredith se puso a clasificarlo todo, tirando la morralla por encima del hombro mientras buscaba el único trozo de papel que de verdad le serviría de algo.
—Vamos… —dijo en voz baja, arrugando una nota que se había escrito a sí misma a principios de semana—. Tienes que estar aquí. Tienes que… ¡Ah!
Ahí estaba, el resguardo que habían deslizado dentro de la cubierta de su regalo. Era un envío de Barnes and Noble, dirigido a ella pero con una dirección de facturación de Palmdale, California.