20 Capítulo Veinte #2
—No lo es —dijo Clara con una sonrisa amable—.
Yo… Lo llevo mejor que cuando le dieron el diagnóstico, y que cuando lo trajeron aquí.
Recuerdo aquella primera noche, todos los médicos me repetían una y otra vez que debería empezar a plantearme…
retirarle el soporte vital. Yo no quería oírlo.
Estaba convencida de que se despertaría como si no hubiera pasado nada, y de que todo iría bien.
Yo… de verdad creía que, si no apagaba las máquinas, él abriría los ojos y me diría que me quería una última vez.
Negó con la cabeza, enjugándose nuevas lágrimas.
—Los médicos debieron de pensar que estaba loca.
Se le estaba formando un nudo en la garganta a Meredith. Recordaba despertar tras el accidente de coche, cuando le dijeron que Jennifer tenía muerte cerebral. Ella había pasado por el mismo proceso.
—Le sorprendería.
—¿Mmm? —Clara sorbió por la nariz, alcanzando uno de los pañuelos de la mesita—. ¿Perdón?
—Cuando… —empezó Meredith, carraspeando.
Los ojos le empezaban a escocer, amenazando con lágrimas propias, pero alzó la vista al techo unos instantes, serenándose antes de continuar—.
Yo estaba casada. Mi mujer y mi hija… Tuvimos un accidente de coche una noche.
Las carreteras estaban mojadas, mi mujer dio un volantazo para esquivar algo que había en la calzada, y acabamos empotradas contra un árbol.
Me desperté a la mañana siguiente, y me dijeron que mi hija ya no estaba, y que mi mujer prácticamente tampoco.
—Cuánto lo siento… —susurró Clara, pero Meredith negó con la cabeza de forma cortante.
—No, está bien. Yo… Le cuento esto porque pasé por lo mismo cuando desperté.
Estaba convencida… Soy médica y estaba convencida de que mi mujer despertaría.
Estaba conectada a soporte vital, pero… —Meredith negó con la cabeza, bajando la vista al suelo mientras los recuerdos amenazaban con inundar el momento.
Este no es mi duelo. Carraspeó y miró a Clara—.
Está usted de duelo, está pasando por algo más difícil de lo que la mayoría de la gente podría concebir ni en sus peores pesadillas.
Ahora mismo, tiene todo el derecho a ser tan irracional como quiera, nadie se lo va a tener en cuenta.
A Clara le tembló el labio inferior mientras se le volvían a llenar los ojos de lágrimas, y se llevó la mano a la boca para intentar ahogar un sollozo.
—Lo siento, es que…
—No tiene nada de que disculparse.
—Es que… No estoy preparada para despedirme —susurró, cubriéndose la cara con las manos—. Pensaba que podría dejarlo ir, pero no puedo. No estoy preparada. Se suponía… que íbamos a pasar el r-resto de nuestra…
El resto de la frase quedó ahogado por otro sollozo que le sacudió el cuerpo. El sonido atravesó a Meredith como un cuchillo, y ella hizo una mueca. Ay, Dios, sin duda soy la persona menos indicada para estar aquí ahora mismo.
Quería levantarse e ir a buscar a un enfermero. Jason siempre se le daba bien tratar con los familiares en duelo, tenía esa presencia serena y apacible hacia la que la gente gravitaba. Era la persona perfecta para acompañar a Clara en aquel momento, no Meredith.
Pero Jason no estaba allí, y ella sí. Y por muy incómoda que la hiciera sentir toda aquella situación, Meredith sabía que no podía dejar así a la pobre mujer, sollozando junto a la cama de su marido sin ningún apoyo.
Así que, tras respirar hondo para intentar armarse de valor, Meredith apartó la silla, rodeó la cama y se agachó junto a Clara.
—Hay… hay tantas cosas que quería decirle. —gimoteó, con la voz apenas inteligible a través de las manos—. T-tantas cosas y ahora no p-puedo.
—Sí puede. —Meredith le posó la mano en la rodilla con delicadeza—. Todavía está a tiempo de decirle todo lo que quiera. Yo… lo hice. Le hablé a mi mujer durante… ni siquiera sé cuánto tiempo. Aún puede contarle a Alex todo lo que quiera.
Clara sollozaba tan fuerte que no reparó en que la puerta se deslizaba.
Entraron dos médicos, pero al ver a Meredith junto a la cabecera ambos se quedaron paralizados, un poco desconcertados.
Ella negó rápidamente con la cabeza y articuló en silencio «fuera», señalando de vuelta hacia la puerta, y por suerte se marcharon antes de que Clara se calmara lo bastante para volver a levantar la cabeza.
Meredith sacó otro pañuelo de la caja y se lo tendió para que se secara los ojos.
—Si no está preparada para despedirse, les diré que esperen un rato antes de apagar las máquinas de soporte vital. Pero si quiere pasar un rato ahora, sin más, asegurándose de que él sabe que lo quiere, entonces también está bien. Usted decide.
—Yo… —Le dio un hipido mientras intentaba inspirar hondo—. Todavía no quiero dejarlo ir.
—Sé que es difícil. Se siente peor tomar la decisión de apagar el soporte vital que, sin más, dejar que las cosas pasen por sí solas. Pero es lo mejor: despedirse, contarle todo lo que quiera que sepa, y luego… soltarlo.
Clara inspiró hondo y de forma temblorosa por la nariz, y luego asintió.
—Está bien. Está bien, sé que tiene razón. ¿Puedo… pasar un rato con él, por favor?
—Por supuesto. —Meredith se levantó y se sacudió la ropa—. Tómese todo el tiempo que necesite.
Salió deprisa de la habitación, deslizando la puerta a su espalda, para encontrarse cara a cara con Jason, que pareció sorprenderse de verla.
—¿Qué hacías ahí dentro? Creía que te habías ido.
—Solo… he ido a ver cómo estaba. ¿Esos tíos venían a apagar las máquinas?
—Sí, querían ver si ella estaba preparada, pero han dicho que ya había una médica dentro con ella, así que vuelven dentro de un rato. —La observó con recelo—. ¿Por qué estabas ahí dentro con ella?
—Solo estaba hablando con ella. —Meredith lo apartó de la puerta con un gesto y lo llevó de vuelta al mostrador de enfermería—. Está tomándose un rato para despedirse, y luego estará lista para que entren y… ya sabes.
—Le desenchufen —terminó él. Meredith hizo una mueca y negó despacio con la cabeza.
—Sí. Eso. Trátala con delicadeza, está… frágil.
—Nunca lo habría imaginado, con lo de que se le muere el marido y todo. —Jason ladeó la cabeza—. ¿Seguro que no estás enferma? Te juro que no te había visto nunca en la habitación de un paciente, y menos cuando se está muriendo.
—Bueno, ¿qué quieres que te diga, Jason? Estoy pasando página —le espetó Meredith. El joven enfermero alzó la mano en señal de rendición fingida antes de volver a rodear el mostrador hasta su lado.
—Vale, vale… —murmuró—. Perdona por preguntar.