Sanar el Corazón (City General Series 6) 20 Capítulo Veinte
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20 Capítulo Veinte

CAPÍTULO VEINTE

Los días siguientes pasaron entre una neblina.

La mayoría de los miembros del personal seguían revolucionados con lo que le había ocurrido a Phil, y en cada esquina Meredith parecía toparse con algún cotilleo sobre él.

Lo habían puesto en excedencia administrativa mientras seguía en marcha la investigación y, a juzgar por cómo se comportaban los chicos del dispensario, tenía toda la pinta de que iban a despedirlo.

Pero no lograba reunir energías para que Phil le importara.

En lo único que podía pensar era en Emily.

Había dimitido. ¿Lo había hecho por miedo a que Meredith fuera a destapar su relación?

¿Era una relación o eran solo relaciones?

La confusión y el dolor parecían colmarla, amenazando constantemente con desbordarse.

Durante tanto tiempo había contenido todas sus emociones, encerrándolas tan a cal y canto en su interior para no tener que sentir nada, y ahora… ahora parecía sentirlo todo.

Como si estuviera sentada encima de una maleta a rebosar, tratando con desesperación de impedir que todo saliera disparado. El pánico le subió por el pecho. Dios, como empiece a salir todo, no parará nunca. No puedo sentir tanto dolor. Yo sola no. Era abrumador.

Cada día intentaba llamar a Emily para hablar de lo ocurrido, y cada día la llamada saltaba directamente al buzón de voz.

El único hueco que no estaba lleno de pena lo había ocupado la culpa, y la única persona que necesitaba, que quería, la persona que tanto se había esforzado por llegar hasta ella, ya no estaba a su alcance.

Iba terminando el turno de Meredith cuando pasó por la Unidad de Cuidados Intensivos para dejar el archivo de un paciente al que había operado. Jason, uno de los enfermeros jóvenes, estaba sentado en el mostrador rellenando papeleo, y pareció sorprenderse cuando ella lo saludó.

—Buenas noches, Jason.

—Yo… Hola, doctora.

—Te traigo el archivo de Mendoza, es el informe del preoperatorio. —Le dejó el archivo delante y sonrió con dulzura ante su cara de asombro—. ¿Qué pasa?

—Nada. Es solo que… Bueno, casi todos los días me tiras el archivo y te vas sin más. No sabía ni que supieras cómo me llamo.

—Estoy llena de sorpresas. ¿Necesitas que te firme su carpeta?

Jason se la pasó, todavía mirándola con recelo.

Meredith rellenó su nombre y sus datos en el archivo, por si acaso volvían a auditarlos alguna vez, y se lo devolvió.

Al levantar la vista, se dio cuenta de que Jason ya no la miraba a ella, sino por encima de su hombro, hacia una de las habitaciones privadas.

—Pobre mujer —suspiró, negando con la cabeza. Las persianas de la habitación estaban casi del todo bajadas, pero había una pequeña rendija por la que se veía a una mujer inclinada sobre la cama. Parecía que le sostenía la mano al paciente.

—¿Quién está ahí dentro? —preguntó, volviéndose hacia Jason. Él la miró sorprendido, parpadeando deprisa.

—¿Acabas de… preguntar por un paciente? —Ladeó la cabeza—. ¿Te encuentras bien?

—No seas capullo.

A Jason se le crispó la comisura de la boca ante aquello, y sacó un archivo de su escritorio.

—En realidad es uno de tus pacientes, apareces en su ficha. ¿El señor Cooke?

—Ay, Dios… —Meredith abrió el archivo para hojearlo, aunque ya sabía lo que iba a encontrar dentro.

Se acordaba de él, sobre todo por lo joven que era y por lo injusto que le había parecido al mirar sus pruebas de imagen.

Rondaba apenas los cuarenta, pero los dolores de cabeza de los que se quejaba habían resultado ser consecuencia de un tumor cerebral inoperable.

Había sido Meredith quien lo encontró, pero se lo había pasado a Oncología para que lo llevaran.

Alguien de aquel departamento le había dado la mala noticia a su mujer—. Me sorprende que siga aguantando.

—Bueno. —Jason le lanzó una mirada elocuente—. Define «aguantando». Está conectado a soporte vital, y ya lleva así unas cuantas semanas.

—¿No hay ninguna actividad cerebral?

—No, ninguna. Creo que durante un tiempo ella lo negaba, no quería admitir que ya se había ido. Esta mañana ha dado su consentimiento para que le retiren el soporte vital, creo que lo hacen esta noche. Por lo que he podido ver, no ha salido de su habitación en todo el día.

Meredith volvió a mirar hacia la habitación, con el ceño fruncido. Era algo horrible por lo que pasar a cualquier edad, pero perder a alguien tan joven… Bueno, no le hacía falta imaginar lo doloroso que era. Sabía de primera mano lo doloroso que era aquel duelo.

—¿Estás bien? —preguntó Jason, ladeando la cabeza—. Se te ve un poco… afectada.

—¿Por qué iba a estarlo? —Volvió a lanzar el archivo sobre su escritorio con un encogimiento de hombros—. Si ni siquiera conozco a ese hombre.

—Es verdad.

Jason se giró para colocar el archivo del paciente Cooke con los demás y, mientras lo hacía, Meredith se escabulló del mostrador de enfermería. No sabía muy bien qué la impulsó a ir a la habitación de Cooke, pero de pronto estaba deslizando la puerta para asomar la cabeza dentro.

Cuando entró en la habitación, Meredith ni siquiera estaba segura de que fuera el paciente que había tratado meses atrás.

Ahora tenía otro aspecto, por supuesto; el cáncer lo había convertido en un cascarón frágil de sí mismo y, con todos los cables y tubos que le salían del cuerpo, a primera vista costaba distinguir sus facciones.

A la mujer sí la reconoció, sin embargo.

Se llamaba… Claudia. Quizá. Quizá fuera otro nombre, pero Meredith estaba segura de que empezaba por «C».

Estaba encorvada sobre la cama, apretando una de las manos inertes de su marido entre las suyas, con la frente apoyada sobre ellas.

Al oír la puerta deslizarse, levantó la cabeza despacio.

Se había topado con las familias de pacientes que se estaban muriendo o que ya habían muerto tantas veces a lo largo de los años, pero al cruzar la mirada con aquella pobre mujer, fue como si fuera la primera vez.

Desde luego era la primera vez que se detenía de verdad a mirar a un familiar, a ver el dolor y la angustia en su rostro.

Tenía la piel pálida, los ojos enrojecidos y bordeados de un tono rosa oscuro. El pelo se le veía grasiento, y Meredith se preguntó cuándo habría vuelto por última vez a casa a ducharse. Probablemente hacía más tiempo del que estaría cómoda admitiendo.

¿Así era como me veía yo?, se preguntó Meredith. ¿Así estaba yo, hace todos aquellos años?

—Siento interrumpir —dijo con suavidad—. No sé si me recuerda siquiera. Me llamo Meredith Asquith, yo… atendí a su marido cuando llegó al hospital.

—¿Ah, sí? —La mujer parpadeó, entornando los ojos mientras intentaba hacer memoria.

No era de extrañar que no recordara haber conocido antes a Meredith; probablemente había pasado tanto tiempo entrando y saliendo del hospital para distintas citas que el personal había empezado a fundirse en una sola cara—. Lo siento. No…

—No pasa nada. —se apresuró a decir—. Yo… acabo de enterarme de lo que está pasando.

—Sí. —Tragó saliva con dificultad, bajando un momento la vista hacia su marido—. Él… Por fin va a estar…

—Está bien, no hace falta que diga nada.

—le aseguró Meredith, viendo cómo le temblaban los hombros.

Intentaba contener las lágrimas, seguramente por guardar las formas delante de una desconocida, pero era inútil.

Incluso desde el otro extremo de la habitación, Meredith veía las lágrimas rodándole por las mejillas—. Puedo irme, si lo prefiere…

—No, no. —Depositó con delicadeza la mano de su marido sobre la cama y se secó los ojos—. Lo siento, por favor, quédese.

Meredith titubeó antes de acercarse a la cabecera.

Nunca se había visto en aquella situación; normalmente evitaba a los pacientes salvo que fuera absolutamente necesario.

Explicar la operación y preguntar si tenían alguna duda sobre el procedimiento era todo lo lejos que llegaba; hacía cuanto podía por reducir al mínimo cualquier interacción de calado.

La angustia que quedaba después se la dejaba a los médicos residentes y a los enfermeros.

Pero aquella mujer estaba al borde del momento más difícil de su vida, y le estaba pidiendo a Meredith que lo compartiera con ella, aunque solo fueran unos instantes.

No soy la persona adecuada para esto, pensó, mirando de la mujer del paciente a la puerta.

Ni siquiera sabía por qué había entrado en la habitación; ¿cómo iba a saber qué decir para hacérselo más llevadero a aquella mujer?

Conociéndose, seguramente acabaría por disgustarla y haría que las últimas horas fueran más duras en vez de más fáciles.

Pese a esa duda, ese miedo, Meredith aceptó la invitación y arrastró una silla para sentarse frente a la mujer. Era joven, como su marido, probablemente rondaría los treinta y cinco. Demasiado, demasiado joven para ser viuda.

—Eh… —carraspeó—. Lo siento, pero no recuerdo sus nombres.

—Clara. Mi marido es Alex.

Bueno, no iba desencaminada.

Meredith se frotó la nuca, paseando la mirada por la habitación unos instantes para distraerse.

Se sentía tan incómoda en aquella habitación, con aquellas dos personas a las que no conocía, y sin embargo no lograba resolverse a poner una excusa y dejarlas solas.

Había en su interior un impulso del todo inexplicable de intentar ayudar a Clara, aunque ya fuera demasiado tarde para hacer nada.

—¿Cómo… Cómo lo lleva? —preguntó al fin, arrepintiéndose al instante de sus palabras. Era evidente cómo lo llevaba: mal—. Lo siento, es una estupidez preguntar eso.