Sanar el Corazón (City General Series 6) 14 Capítulo catorce
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14 Capítulo catorce

CAPÍTULO CATORCE

De verdad que no debería. Sé que no debería. No lo haré. Solo le diré que es mala idea y que he cambiado de opinión. Sí, he cambiado de opinión. Lo entenderá.

Durante toda la carrera de Emily había estado intentando convencerse de que decirle que no a Meredith era la única opción. Cualquier otra cosa era una completa locura. Una demencia de la que no podía permitirse ser cómplice.

Todavía seguía dejando que el mismo mantra le pasara por la cabeza cuando se metió en la ducha una hora después; y de nuevo cuando se vistió veinte minutos más tarde, escogiendo con cuidado un top que sabía que resaltaba el color de sus ojos.

Incluso mientras llamaba a la puerta del apartamento de Meredith se decía que esto era solo para dejar las cosas claras, sobre lo crónicamente mala que sería la idea de perseguir cualquier cosa entre ellas…

y entonces, mientras la puerta se abría, sus miradas se encontraron y solo había un posible curso de acción.

Al sentir el cálido agarre de Meredith en su mano, Emily se dejó atraer con suavidad hacia delante, abrazando la inevitabilidad de su conexión. En el minuto en que cruzó el umbral, supo que no había vuelta atrás, seguir adelante era la única opción.

Mientras Meredith la atraía al beso, apretando sus cuerpos firmemente juntos, una oleada de emoción le recorrió el cuerpo.

Los labios se le entreabrieron, permitiendo que Meredith se abriera camino provocando a lo largo de su labio inferior.

Deseaba a esta mujer con cada fibra de su cuerpo.

Hundiéndose más en el beso, la urgencia de su deseo le hormigueó por el cuerpo.

Las manos se abrieron camino entre el pelo de la otra, atrayéndolas cada vez más cerca.

Los dientes ofrecían pequeños mordisquitos provocadores a unos labios carnosos e hinchados, mientras se perdían en el momento, la una en la otra.

Sin aliento, se apartaron, con las miradas fijas la una en la otra y luego Meredith sonrió y soltó una risita silenciosa, tan suave y tierna que hizo que a Emily le cantara el corazón.

Bajo aquel exterior áspero había la mujer más exquisita, sexi y generosa, una mujer de la que quería más, en todos los sentidos.

—¿Quizá deberías llevarme a tu dormitorio?

O sea, seguro que podríamos darlo todo en tu alfombra, pero tu cama quizá sea más cómoda.

—Emily le hizo un pequeño guiño y sonrió.

Pero Meredith no respondió. En lugar de eso agarró la mano de la joven y, radiante, la llevó por el apartamento hasta su dormitorio.

Con ganas, segura y mona… Podría acostumbrarme demasiado a esto.

El dormitorio era una combinación relajante de grises y malvas apagados y el aroma a lavanda le hizo cosquillas en la nariz a Emily mientras entraban en la habitación.

Por muy relajante que fuera, la forma en que Meredith cerró la puerta de una patada con un movimiento despreocupado del pie sugería que tenía algunas actividades menos que reposadas en mente para ellas.

Meredith quizá fuera un poco mayor pero, mientras Emily le recorría con las manos el cuerpo firme apretado contra el suyo, notó que las comisuras de la boca se le alzaban de anticipación.

Cada músculo estaba definido, tenso y fuerte.

Emily se mordió el labio inferior, con la respiración estremeciéndosele mientras inspiraba.

Madre mía, quería que Meredith la tomara ahora mismo.

La ropa quedó esparcida por el suelo mientras el acto de desnudarse cedía a más besos, que a su vez alimentaban la necesidad de sentir piel contra piel. De sentir el calor de la otra, sus vulnerabilidades fundiéndose juntas.

Desnudas, sus manos exploraban, rozando apenas, casi asustadas de desatar la cruda necesidad primaria que amenazaba con desbordarlas.

Dos dedos alzaron la barbilla de Emily, hasta que sus ojos se encontraron con la oscura intensidad de la mirada de Meredith.

Unos dedos le recorrieron la piel suave y tersa de los muslos…

provocando con el más ligero de los roces.

—Ay, Dios. Por favor, Meredith.

Meredith aceptó sus súplicas y la fue llevando hacia atrás hasta la cama antes de tumbarla con tal ternura que a Emily se le derritió el corazón solo un poco.

Los besos le cayeron en el cuello, la clavícula, la parte de arriba de los pechos y el aire se llenó de sus leves gemidos cargados de placer.

Los labios le succionaron con suavidad los pezones, tirando y jalando con cuidado.

Emily se permitió abrirse más, las caderas alzándosele de ganas.

Sintió la punta caliente y húmeda de una lengua, rozarle el pezón y, al mismo tiempo, dos dedos largos y fuertes se le deslizaron a cada lado del clítoris con una precisión tan exquisita que la hizo jadear y sacudirse.

Joder, si hubiera sabido que las cirujanas eran así de buenas lo habría hecho hace años.

Los dedos la apretaron con maestría y la espalda de Emily se arqueó. Jadeando y gimiendo, le estaba dando a Meredith todo lo que tenía.

Ay, sentir esa lengua azotarme el clítoris.

Como si Meredith supiera exactamente lo que Emily quería, lo que necesitaba, fue bajando por el cuerpo de la joven besándole la tierna piel de la cara interna de los muslos.

Emily sintió los dedos explorar por sus pliegues y empujó el centro hacia su firmeza, desesperada por encontrar fricción. Era la fuerza de Meredith, su poder, lo que quería sentir bien adentro, adentrándose en las partes más secretas de su alma.

La cabeza se le fue hacia atrás con un gemido fuerte y Meredith empujó dentro, un dedo, y luego dos. El movimiento era tentativo y tierno, pero los movimientos de Emily gritaban su deseo de más y Meredith obedeció.

La suavidad de unos labios sobre su clítoris; los magistrales roces de la punta dura de una lengua; el movimiento decidido de unos dedos, fomentando y haciendo crecer su necesidad hasta que perdió el control por completo.

—Ay, Dios, Meredith, me voy a…

Las palabras de Emily quedaron ahogadas por el gemido grave y gutural que estalló de su cuerpo.

Todo se perdió ante el orgasmo arrollador que le recorrió el cuerpo.

Toda conciencia del entorno, todo miedo a cruzar límites, toda limitación del ser se perdió mientras se permitía no hacer nada más que sentir.

El hormigueo, la euforia que le llenaba el pecho, la mente; sus gemidos llenaron la habitación y cada vez que la sensación empezaba a menguar, Meredith le permitía tomar aire una vez más hasta que la zarandeaban de ola en ola de puro placer.

—Por favor, Dios, por favor. Necesito… Dios.

Joder, no más. Por favor. —El cuerpo de Emily se ralentizó, luego se estremeció, y luego se ralentizó de nuevo mientras intentaba volver a asentarse en su cuerpo.

Intentó concentrarse en la cara de Meredith pero, mientras diminutos temblores de satisfacción le brotaban de forma espontánea por el cuerpo, se perdió una y otra vez.

Una risa entre dientes llenó la habitación, y el peso de un cuerpo cálido sosteniéndola con fuerza la trajo por fin de vuelta al momento.

—Bueno, parece que no he perdido facultades. —La sonrisa de suficiencia de la cara de Meredith hizo que Emily estallara en carcajadas. Esta mujer era completamente adorable y su seguridad, la verdad, condenadamente sexi. Gracias a Dios que se había tomado el tiempo de escarbar más a fondo.