15 Capítulo Quince
CAPÍTULO QUINCE
Durante los días siguientes, Emily notaba cómo se le disparaba la tensión cada vez que Meredith se acercaba a ella en el hospital.
Con gente por todas partes, le preocupaba que Meredith dijera o hiciera algo que las metiera en un lío a las dos, pero por suerte nunca lo hizo.
Era la viva imagen de la profesionalidad en el trabajo.
Cuando se cruzaban por el pasillo, Meredith ni siquiera le dedicaba una mirada.
Emily no sabía qué le resultaba más excitante, si la atención que la cirujana le prodigaba cuando estaban a solas o la altiva indiferencia con que la trataba en el hospital. Lo que sí sabía era que no lograba quitarse a Meredith de la cabeza.
Cuando Angela recibió el alta y volvió a casa, a Childress, para recuperarse, Emily se quedó sola en el apartamento y empezó a pasar cada vez más tiempo en el de al lado, con Meredith, a menudo hojeando su colección de libros en busca de nuevas lecturas.
Se quedaban despiertas hasta bien entrada la noche hablando de todo y de nada, antes de hacer el amor hasta quedarse dormidas la una en brazos de la otra.
Aun así, pesaba sobre ellas una inquietud, incluso con todo el tiempo que pasaban juntas.
Para Emily era el temor de que aquella fuera una relación capaz de costarle el trabajo, y de que, si alguien llegaba a enterarse de lo suyo, se vería en un serio aprieto.
Cuanto más tiempo pasaban juntas, peores se volvían los nervios, hasta que incluso Meredith se dio cuenta.
Una noche estaban viendo la tele juntas en el sofá cuando Meredith sacó el tema, dándole un toque en el hombro para llamar su atención.
—¿Qué te pasa? —preguntó Meredith, ladeando la cabeza—. Se te ve un poco distraída.
—Yo… —Emily se detuvo. Estuvo a punto de mentirle a Meredith y de hacer como si todo fuera bien, pero sabía que eso no era justo. Se había empeñado tanto en sacarle la verdad a Meredith desde que se conocían que no sería justo andarse ahora con evasivas—. Hay… Hay algo que me preocupa.
Meredith apagó la tele y tiró el mando sobre la mesita de café.
—¿Quieres hablar de ello?
—Es sobre nosotras.
—Vale… —Meredith arqueó una ceja despacio—. ¿Debería preocuparme?
—Es que… —Emily suspiró, haciendo un gesto que las señalaba a ambas mientras buscaba las palabras adecuadas.
No sabía muy bien cómo hablar de aquello con Meredith; lo último que quería era ofenderla, pero era una conversación que había que tener—.
¿De verdad es esto buena idea? Se supone que tengo que evaluarte, se supone que tengo que redactar un informe sobre ti.
¿Cómo voy a hacerlo con todo lo que ha pasado entre nosotras?
¿Cómo puedo saber que lo que escribo no está distorsionado por nuestra relación?
Meredith no parecía compartir su inquietud. No se la veía preocupada mientras escuchaba a Emily divagar, y cuando esta terminó, lo único que la mujer mayor pudo hacer fue sonreír con dulzura.
—¿Y qué?
—¿Cómo que «y qué»?
—¿Qué quieres hacer al respecto? —Meredith dejó un brazo colgando sobre el respaldo del sofá, de modo que las yemas de sus dedos rozaban el hombro de Emily—. ¿Quieres terminar con esto?
No.
Terminar con aquello era lo último que le pasaba a Emily por la cabeza. Por mucho que le preocuparan las consecuencias de su relación, disfrutaba del tiempo que pasaban juntas. Meredith era sorprendentemente tranquila fuera del trabajo, aunque tenía sus manías.
Ese era el otro factor que alimentaba la inquietud.
Estaba claro que Meredith estaba un poco oxidada a la hora de dejar a otra persona entrar en su espacio de forma platónica, ya no digamos romántica.
Su vida era del todo la de una persona crónicamente soltera, y parecía regirse por una rutina rígida que no dejaba hueco a nadie más.
No tenía restaurantes a los que le encantara ir, ni amigos que quisiera presentarle a Emily.
Su vida apenas se extendía más allá de las cuatro paredes de su apartamento, y ya está.
Tampoco parecía cocinar mucho para sí misma, como Emily comprobó al cabo de unas semanas.
Al principio dio por hecho que era simplemente la agenda apretada de Meredith lo que convertía la comida a domicilio en la opción fácil, pero pasado un tiempo ya no estaba tan segura de que esa fuera toda la verdad.
Una mañana, mientras las dos se preparaban para ir a trabajar, se dio cuenta de que en la nevera de Meredith no había literalmente nada.
—¿A qué hora terminas esta noche? —preguntó, rodeando a Meredith para abrir la nevera—. Podríamos cenar juntas, si quieres.
—Suena bien. Termino a las seis, si todo sale según lo previsto.
Emily tiró de la puerta de la nevera y se asomó dentro, frunciendo el ceño.
Dentro había una tarrina de mantequilla, un cartón de leche, tres cervezas sin abrir y un trozo de queso, pero nada más.
No había ingredientes frescos, ni tápers con sobras de los que poder vivir media semana, como en la nevera de Emily en su casa.
Estaba… vacía. Parecía más la nevera de un universitario que la de una médica.
—Bueno, una de las dos tendrá que ir a hacer la compra antes de eso. —Señaló hacia dentro—. Podría prepararnos unos sándwiches de queso a la plancha, si tienes pan, pero poco más.
—No tengo. —admitió Meredith, echando un vistazo al panero de la encimera—. Caducó el lunes. Creo que puede que tenga ya una leve tonalidad azulada, pero aún no lo he comprobado.
—Deduzco que no cocinas mucho. —Emily cerró la puerta de la nevera y se apoyó en la barra de desayuno.
Tenía sentido que Meredith no lo hiciera; sus turnos eran largos y a menudo impredecibles, así que no le sorprendía demasiado que no tuviera energía para cocinar para sí misma la mayoría de las noches.
—La verdad es que no. —Meredith hinchó los carrillos un momento y esbozó una pequeña sonrisa—. Antes sí.
—¿Ah, sí?
—En casa, antes del accidente. Cocinaba mucho. Jennifer no era precisamente un genio de la cocina, así que casi siempre recaía en mí. Pero luego… después de todo lo que pasó…
Emily tragó saliva, nerviosa. Ya se arrepentía de haberlo preguntado.
—Perdona, no debería…
—No pasa nada. —Meredith bebió un sorbo de café y paseó la mirada despacio por la cocina.
Sus ojos recorrieron los armarios, la cocinita, la nevera vacía, y luego, por fin, volvió a cruzar la mirada con Emily—.
Teníamos una cocina grande y abierta, con puertas que daban directamente al jardín.
Teníamos una pequeña barra en el rincón del fondo, unos fogones enormes para poder cocinar para toda la familia en las fiestas… Me encantaba pasar tiempo allí.
Su voz era suave mientras hablaba de su casa, y sonreía como si hablara de una vieja amiga. Pero al continuar, su expresión se ensombreció, y frunció el ceño mirando su taza de café.
—El día que volví del hospital, recuerdo regresar a aquella casa y darme cuenta de lo grande que era.
Nunca me había fijado antes, pero ese día podía oír mis propios pasos resonando a mi alrededor, porque no había nada más que oír.
Normalmente estaría puesta la tele, o podría oír a Jennifer tecleando en su ordenador.
Tecleaba muy fuerte, así que se la oía desde cualquier parte.
—Una risa fugaz pareció rozarle los labios ante el recuerdo—.
Megan solía tener música puesta en su cuarto, así que siempre había un…
—Se apagó hasta el silencio, insegura por un momento de cómo describirlo—.
Un zumbido. Nunca lo noté hasta que desapareció.
Pero aquel día, cuando volví y me quedé sola por primera vez, no podía dejar de pensar en ello.
La casa estaba demasiado silenciosa, era demasiado grande.
Era demasiado para una sola persona, demasiado para mí.
—¿Qué hiciste?
—Vendí casi todas nuestras cosas y puse la casa en venta semiamueblada.
Había unas cuantas cosas de las que no fui capaz de deshacerme; algo de ropa, algunos libros de Megan, nuestras fotos de familia.
Esas cosas las metí en cajas y las guardé en un trastero, pero de todo lo demás me deshice sin más, se lo endosé a otro para que se ocupara.
Luego vendí la casa y me marché tan lejos de ella como pude.
A eso le siguió un largo silencio. Emily no sabía qué decir, así que en vez de hablar alargó la mano y la posó con delicadeza sobre la de Meredith, frotándole los nudillos con el pulgar.
La mano de Meredith se tensó un poco bajo su tacto, como si estuviera a punto de apartarla de golpe, pero no lo hizo.
—Después de lo que pasó, no podía hacer nada de lo que solía hacer.
No podía dormir en aquella cama grande, no podía ver la tele en aquella pantalla plana enorme.
No podía cocinar una comida completa en aquella cocina enorme.
Ni siquiera después de venir aquí y empezar de cero con cosas nuevas cambió eso.
Se me hacía tan patético cocinar una comida entera para comérmela sola.
Sencillamente me hacía sentir… —Hizo una mueca, incapaz de encontrar las palabras.
Pero no le hacía falta; su expresión lo decía todo.
—Te hacía sentir sola. —terminó Emily por ella.
Conocía la sensación, hasta cierto punto.
Por supuesto que ella nunca había pasado por nada ni de lejos tan traumático como lo que Meredith había vivido, pero sabía que era duro vivir sola y no sentirse sola.
Cuando se marchó de casa de sus padres tuvo que lidiar con ello, y volvió a pasar por lo mismo cuando su compañera de piso se mudó.
Luego, el año anterior, cuando su ex la dejó, se había quedado mirando alrededor de un apartamento que le había parecido un pelín demasiado grande para una sola persona.
—Así es exactamente como me siento.
—Vivir sola no es tan malo, ¿sabes? —dijo con dulzura, sonriéndole a Meredith—. Yo lo hago. Cuesta un tiempo readaptarse a vivir sola cuando estás acostumbrada a tener compañía, aunque sea solo tener otra presencia en casa. La echas de menos.