Sanar el Corazón (City General Series 6) 11 Capítulo once
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11 Capítulo once

cZK

CAPÍTULO ONCE

A lo largo de las últimas semanas, Meredith se había ablandado —ligeramente— con sus nuevas vecinas.

Aunque disfrutaba de la paz de sus carreras en solitario, tenía que admitir que había algo agradable en saber que había otra persona a su lado, siguiendo el mismo camino.

Después de darle caña a Emily por su forma física y de haber sido tan seca con ella la primera noche que habían salido a correr, Meredith, cosa rara en ella, se había sentido mal.

Tras haber reunido el valor para invitar a Emily unas tardes después, había seguido invitándola sin más. A veces salían juntas a primera hora de la mañana, y pillaban el amanecer de camino de vuelta al edificio, pero la mayoría de las veces salían a correr juntas de noche.

Cuando Meredith volvía del hospital, se pasaba por la puerta de Emily para decirle que había vuelto.

Se cambiaba rápido, y luego las dos salían juntas a la tarde, antes de volver a casa un rato después.

Fue en una de esas tardes más tardías que Meredith llamó a la puerta de Emily, y la oyó llamar desde dentro.

—Meredith, ¿eres tú?

Emily sonaba presa del pánico. Su voz era aguda y tensa, y el tono puso de inmediato a Meredith en alerta.

—¿Estás bien?

Unos pasos se acercaron a la puerta rápidamente, y luego Emily la abrió de un tirón.

Tenía los ojos muy abiertos cuando miró a Meredith, y parecía angustiada.

Antes de que Meredith pudiera siquiera preguntar qué pasaba, Emily la agarró de la mano y la metió dentro de un tirón, cerrando la puerta de golpe tras ella.

—Es Angela —explicó, tirando de Meredith por el apartamento—. Algo va mal.

—¿Algo? ¿Qué quieres decir con algo?

—¡No lo sé! Creo que está enferma, no tiene buena pinta, ni se encuentra bien. Mira. —Emily señaló el sofá donde vio a Angela apoyada con un cojín.

Tenía razón, algo iba mal con la mujer. Tenía la piel pálida, casi gris bajo la tenue iluminación y, cuando alzó la vista hacia Meredith, fue a través de unos ojos vidriosos y desenfocados.

Al acercarse, Meredith vio el sudor perlándole la frente a la mujer.

Sacó la llave de su casa del bolsillo, y se la lanzó a Emily.

—En mi apartamento, debajo del fregadero.

—¿Qué busco?

—Una bolsa negra. Tiene mi estetoscopio dentro, y algunas otras cosas. Ve, y llama a emergencias ya que estás.

Emily hizo lo que le dijeron, casi corriendo de la habitación en su pánico por llegar al apartamento de Meredith. Mientras la puerta se cerraba tras ella, Meredith se volvió de nuevo hacia Angela, y le tomó el pulso.

—¿Qué me pasa? —preguntó Angela en voz baja, con la respiración forzada—. El pecho lo noto… lo noto pesado.

Está teniendo un infarto. Meredith se dio cuenta, sacando su propio móvil. No tenía sentido esperar una ambulancia, no cuando podía conducir al City General igual de rápido y tener a alguien esperándolas.

Llamó al City General, y les avisó de que llegaría pronto con una paciente. Para cuando Emily volvió al apartamento, Meredith estaba levantando a Angela del sofá, y ayudándola a ponerse de pie.

—¿Qué pasa? —Emily miró de una a otra—. ¿Adónde vamos?

—Al hospital. —gruñó Meredith—. Coge su otro brazo, ayúdame a llevarla a mi coche.

Por suerte había poco tráfico, y Meredith pudo abrirse camino hasta el hospital sin grandes contratiempos. Bien pudo haberse saltado un semáforo en rojo, y casi con certeza iba a exceso de velocidad, pero nadie intentó detenerla y, cuando llegaron al hospital, había dos enfermeras esperando.

Emily y Meredith ayudaron a subir a Angela a una camilla, justo cuando un médico de urgencias apareció en el umbral.

Meredith explicó la situación, le dijo que estaba casi segura de que era un infarto, y luego Angela ya no estaba.

Todo terminó en solo unos minutos y, mientras la camilla desaparecía por el pasillo, Meredith y Emily se quedaron de pie junto a las puertas en silencio.

Todo había pasado tan rápido que Emily no parecía haber tenido tiempo de procesar de verdad lo que había pasado. Miraba fijamente las puertas por las que había pasado Angela, conmocionada, negando despacio con la cabeza.

—Es que… no me lo puedo creer. Esta mañana parecía estar bien.

—Estas cosas pasan rápido —explicó Meredith, intentando ser suave. Emily parecía en estado de shock, y sabía que debía de haber sido difícil ver a una compañera tan enferma.

—Un minuto solo estábamos hablando, y luego dijo que el pecho lo notaba raro. Se quedó sin aliento, y luego solo… se desplomó. Estaba… temblando y pálida y… no paraba de insistir en que estaba bien pero… no sabía qué hacer —susurró Emily—. Gracias a Dios que llegaste cuando lo hiciste.

—Habrías llamado a emergencias. Sabías que algo iba mal, y te las habrías arreglado —le aseguró Meredith.

—Puede.

Emily todavía parecía estar en shock, así que Meredith le buscó un asiento mientras iba a averiguar cómo estaba Angela.

Por suerte, parecía que el infarto era leve, y se las habían arreglado para llevarla al hospital lo bastante rápido como para minimizar el impacto inmediato.

Meredith esperó hasta que estuvieron seguros de que la habían estabilizado, y luego decidió llevar a Emily a casa.

No serviría de nada que se quedara sentada en la sala de espera toda la noche.

No dijo una palabra en el camino de vuelta. Mientras conducían a casa, Meredith no paraba de echarle vistazos a la mujer más joven por el rabillo del ojo, pero cada vez que miraba, Emily solo miraba fijamente al frente hacia la distancia, sin parpadear.

Debería decir algo. Debería… consolarla.

Meredith no tenía ni idea de qué decir. El trato con el paciente nunca había sido exactamente su punto fuerte, y estaba un poco oxidada a la hora de gestionar asuntos como este.

Cuando se trataba de lidiar con familiares y amigos preocupados, normalmente solo les daba los datos y dejaba que una enfermera hiciera lo de dar la mano.

No había nadie más a quien recurrir en el coche, sin embargo, nadie que pudiera consolar a Emily o hacerla sentir aunque fuera un poco mejor. Así que Meredith carraspeó e hizo todo lo posible.

—Se… pondrá bien.

—Sí. —La voz de Emily era distante y suave, apenas audible por encima del sonido de la ciudad pasando volando fuera del coche. Aun así, no miró a Meredith.

—La estabilizaron, y no fue un infarto masivo como algunos de los que vemos.

Habrá algún daño en los músculos del corazón, probablemente algo de cicatrización.

Por suerte no es fumadora y no bebe con regularidad, así que los riesgos de efectos a largo plazo van a ser bastante bajos. Una vez que salga del hospital…

—Por favor. —interrumpió Emily, cerrando los ojos un momento—. Meredith, por favor, para.

Se quedó callada, agarrando el volante un poco más fuerte.

Las palmas de las manos empezaban a sudarle, y notaba el corazón acelerándosele de una forma que no le había pasado en mucho tiempo.

Aunque detestaba estas conversaciones, normalmente nunca la ponían nerviosa, pero esta noche con Emily…

lo que había en juego parecía mayor, por algún motivo.

—Lo siento. —dijo por fin, soltando un suspiro grave—. No se me dan bien estas conversaciones.

—Lo entiendo.

Entraron en el aparcamiento, y Meredith apagó el motor. Emily seguía rígida en su asiento, mirando fijamente al frente, pero ahora veía un músculo saltándole a la mujer más joven en la mandíbula. Se esforzaba, tensándose, casi como si intentara contener las lágrimas.

—Venga. —susurró Meredith, desabrochándose el cinturón—. Vamos a meterte dentro.

Cuando Emily se movió, fue más como si fuera una marioneta de hilo que ella misma.

Actuaba por instinto sin pensar de verdad en lo que hacía y, mientras salían del coche, todavía tenía esa misma expresión ausente en la cara.

Meredith la guio en silencio por los tres tramos de escaleras hasta su planta, manteniendo una mano en la parte baja de su espalda para guiarla.

—Y ya estamos en casa. —dijo en voz baja, deteniéndose frente a la puerta de Emily.

Había sido una noche larga, y sabía que Emily debía de estar agotada, así que lo mejor que se podía hacer era meterla en la cama y dejarla descansar todo lo posible.

Pero, mientras miraba de nuevo a la mujer más joven expectante, esperando a que abriera la puerta, se dio cuenta de que eso no iba a pasar.

Emily se había detenido a unos metros de su puerta, y estaba blanca como el papel, con los ojos muy abiertos. Había sacado la llave en algún momento del trayecto del aparcamiento a su planta, y le temblaba en la mano, antes de escurrírsele de entre los dedos y caer al suelo.

—No quiero entrar ahí. —susurró, negando despacio con la cabeza—. No… no quiero volver a entrar.

Meredith se agachó a recoger las llaves, y miró a la mujer más joven con el ceño fruncido. Era comprensible que no quisiera volver a entrar ahí después de ver lo que había pasado; mucha gente tenía la misma reacción ante cosas así.

—Vale. —dijo en voz baja—. Vale, ¿por qué no vamos a mi casa? Puedes dormir ahí.

No hizo falta preguntárselo dos veces. Emily asintió con ganas, evidentemente desesperada por ir a casi cualquier sitio menos a su propia casa, así que Meredith sacó su propia llave y las metió en su apartamento.

—Venga. —Meredith la acomodó en el sofá con toda la delicadeza posible—. No pasa nada. Ya está.

Mientras se hundía en los cojines del sofá, cualquier entereza a la que Emily se hubiera estado aferrando pareció evaporarse, y los hombros empezaron a temblarle.

Las lágrimas se le agolparon en los ojos y, antes de que Meredith pudiera siquiera levantarse de un salto a por un pañuelo, sollozaba entre las manos.

Ella nunca estaba presente para esta parte del trabajo. Esta era siempre la parte que le pasaba a un médico joven o a una enfermera, y ellos tenían la tarea de secar lágrimas o consolar a familias. Así que, cuando oyó a Emily empezar a llorar, Meredith se quedó paralizada.

Nunca antes de ese momento había deseado ser cualquier otra persona del personal quirúrgico, pero ahora deseaba ser Squires o Michaels, o casi cualquiera que se emocionara ante la imagen de un familiar llorando.

Deseaba que el consuelo y la empatía le salieran de forma natural, y poder hacer algo más que solo darle a Emily una palmadita torpe en el hombro.

—Yo… lo siento —consiguió decir entre sollozos, intentando aspirar hondo—. Lo siento, es que ha sido tan…

—Tómate tu tiempo. —dijo Meredith con suavidad—. Voy a traerte agua y unos pañuelos, ¿vale?

—Gracias. —susurró Emily. Meredith se levantó de un salto del sofá y fue a la cocina a servirle un vaso de agua, y volvió con una caja de pañuelos también. Cuando volvió, Emily estaba un poco más calmada, y se los cogió con una sonrisa agradecida.

—Saldrá adelante. —le aseguró Meredith con una pequeña sonrisa—. Así que no te estreses demasiado, ¿vale? Volverá a mangonearte en un santiamén.

—Gracias. —Emily soltó una risa lacrimosa y silenciosa y se secó los ojos—. Es que eso no es algo que haya visto nunca antes, y ha sido… madre mía, ha dado tantísimo miedo. Aunque, supongo que todo esto debe de ser bastante normal para ti, ¿eh?

—Bueno, la mayoría de mis pacientes están inconscientes cuando llego a ellos, así que ha sido una pequeña sorpresa para mí —admitió, relajándose contra el sofá. Emily volvió a sorberse la nariz, asintiendo.

—Es que… no sabía qué hacer cuando la vi ahí. Pensé que iba a verla morir delante de mí —se estremeció—. Madre mía, sé que sueno muy dramática. Ni siquiera quiero volver a entrar ahí. No creo que pueda dormir. Ha sido un susto tan grande.

Meredith frunció el ceño, frotándose la nuca. Estaba más que familiarizada con esa sensación, saber que el sueño no llegaría por muy desesperadamente que lo necesitara. También sabía que una de las peores partes de pasar por algo así era estar sola.

—¿Sabes? Si quieres… —ofreció, dando una palmadita en el cojín del sofá bajo ellas—. ¿Podrías quedarte aquí? Tengo un cuarto de invitados o tengo almohadas y mantas si prefieres el sofá. Al menos no estarás sola, ¿verdad?

No hizo falta preguntárselo dos veces. Emily parecía desesperada por no tener que irse a casa sola, y asintió con ganas.

—Sí, por favor. Te lo agradecería. El sofá está bien, si te parece bien a ti.

Meredith le dio una palmadita suave en el hombro y se levantó a coger algunas cosas de sobra para ella, montándole una cama improvisada. Emily se acurrucó en el sofá agradecida, subiéndose la manta hasta la barbilla, y consiguió esbozar una pequeña sonrisa temblorosa a cambio.

—Gracias por esto. —susurró.

—No es nada. Solo, eh… solo intenta dormir algo esta noche, ¿vale? Sé que será difícil, pero lo necesitas.

Con eso, Meredith apagó las luces y se dirigió a su habitación, dejando la puerta entornada mientras se desvestía y se metía en la cama.

Al apoyar la cabeza en la almohada, frunció el ceño para sí, deseando haber sido capaz de ofrecerle de verdad algún tipo de consuelo a Emily, en lugar de solo soltar datos.

Quería a alguien que le diera la mano y le dijera que todo iba a salir bien cuando estaba asustada, y Meredith ni siquiera había sido capaz de hacer eso.

Por Dios, Asquith, pensó, mirando fijamente la oscuridad. ¿Qué clase de persona eres?