Sanar el Corazón (City General Series 6) 12 Capítulo doce
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12 Capítulo doce

CAPÍTULO DOCE

Cuando Emily se despertó, fue con el olor a canela.

¿Desayuno?

Se estiró con languidez, alzando los brazos por encima de la cabeza al hacerlo, hasta que los pies dieron contra algo sólido, y se quedó quieta.

Normalmente podía estirarse todo lo que quisiera en la cama sin dar contra el pie de la cama.

Y había algo apretado contra su espalda también; no tan blando como una almohada, pero tampoco lo bastante duro para ser una pared.

La manta que tenía echada por encima no olía como la suya, y también estaba encogida de forma incómoda; no se estaba despertando en su cama.

¿Entonces dónde demonios estoy?

Abrió los ojos una rendija y vio una mesa de centro desconocida delante de ella, un televisor contra la pared del fondo, y una estantería, abarrotada a reventar. Este no era su apartamento, pero había estado aquí antes: era la casa de Meredith.

Y entonces, en un instante, todo lo que había pasado la noche anterior le volvió de golpe.

El infarto, el viaje al hospital, volver al apartamento de Meredith y solo mirar fijamente la pared, apática.

Meredith la había dejado quedarse la noche en el sofá, para que no tuviera que volver al apartamento vacío.

Emily se incorporó y se estiró, haciendo una mueca mientras los músculos empezaban a relajársele tras una noche pasada acurrucada en el sofá.

Probablemente no había podido dormir mucho dado lo tarde que habían vuelto del hospital, pero desde luego había sido lo bastante como para que su cuerpo protestara.

Por muy bueno que fuera un sofá, no era sustituto de una cama de verdad.

—Ah, bien, estás despierta.

Emily se giró al oír la voz de Meredith, y miró al otro lado del apartamento para ver a la otra mujer en la entrada de la cocina, sosteniendo un plato en una mano y un café en la otra. Los levantó, ofreciéndoselos a Emily, antes de salir a unírsele en el sofá.

—¿Tienes hambre?

—La verdad es que no.

Meredith la ignoró, y le metió el plato en las manos.

—Bueno, deberías comer algo.

Emily miró el plato. Era un bollo de canela, todavía humeando de donde había salido del horno.

—¿Lo has… hecho tú?

—No. —Meredith sonrió con suavidad—. He pedido algo de desayuno, he puesto el tuyo en el horno para mantenerlo caliente. Me imaginé que no habías comido nada anoche, necesitarías algo cuando te despertaras.

—Yo… —Emily hizo una pausa, sorprendentemente conmovida por el gesto—. Gracias.

—No hay de qué. —Meredith se quedó callada unos momentos, viendo a Emily picotear el bollo—. ¿Cómo te encuentras?

—No lo sé —admitió—. Supongo que solo estoy asustada. Nunca había pasado por nada así antes. Una vez llevé a mi madre a urgencias cuando se cortó la mano con un cristal roto, pero eso es lo más cerca que he estado nunca de algo como… lo que pasó anoche.

—Da miedo —reconoció Meredith—. Lo entiendo.

—Para ti no. Ves pacientes todo el tiempo, tuvo que ser como una… gota en el océano o algo así.

Meredith suspiró y bajó la vista hacia las manos un momento.

—Sí. Bueno, es distinto cuando es alguien que te importa. Eso lo sé.

Había algo en su voz que hizo que Emily se detuviera.

Era algo en la forma grave, casi ronca, en que hablaba, casi como si se le hiciera un poco un nudo en la garganta.

Viniendo de la mujer que siempre sonaba tan emocionalmente distante de cada situación en la que se encontraba, resultaba raro de oír.

¿Habla por experiencia?, se preguntó Emily. Dejó el plato en la mesa de centro, y ladeó la cabeza, antes de soltar la pregunta. Era mejor ser directa con Meredith, eso lo sabía.

—¿Has pasado alguna vez por algo así antes?

—Sí.

La voz de Meredith fue tan suave que Emily podría habérsela perdido si el apartamento no estuviera tan silencioso.

No había esperado obtener una respuesta directa de Meredith, sobre todo no sobre algo con cualquier tipo de carga emocional.

Durante sus sesiones había estado tan cerrada que Emily solo había esperado que se quitara la pregunta de encima como todas las demás, pero esta vez, por algún motivo, no lo hizo. Emily presionó un poco más.

—¿Qué pasó?

—Fue… —Meredith hizo una pausa y aspiró hondo, antes de enderezarse. Emily pensó por un momento que sencillamente iba a dejar de hablar y cambiar de tema, pero luego carraspeó y continuó—. Fue un accidente de coche.

—¿Un accidente de coche?

—Mmm… —murmuró—. Colisión frontal. Fue uno de esos accidentes estúpidos, de uno entre un millón y, en un momento, me arrancaron mi vida entera.

Todo cambió. Mi mujer, Jennifer… y nuestra hija.

Me quedé sin nada. Tuvimos un accidente, nos llevaron al hospital en el que yo trabajaba, y… yo era la única que seguía con vida.

A lo largo de su carrera, Emily había oído muchas cosas horribles.

La gente se había abierto con ella sobre cosas que habían pasado por las que nadie debería tener que pasar.

Le habían contado historias de maltrato, se habían derrumbado al hablar de adicciones o abusos, o le habían confesado sus miedos más profundos y oscuros.

Los tópicos eran lo peor que se podía ofrecer, y Emily no lo hizo.

En lugar de eso se quedó sentada en silencio, antes de decir:

—Lo siento.

—Yo también.

—Es mucho con lo que lidiar.

Meredith simplemente asintió.

—¿Fue ese el motivo por el que viniste a Estados Unidos?

—Lo pillas rápido. —Meredith esbozó una pequeña sonrisa sin alegría—.

Sí. No podía volver a entrar en aquel sitio después de lo que pasó.

Me tomé unas semanas libres después del accidente, pero el primer día que volví a poner un pie en el hospital, sentí como…

ni siquiera sé cómo describirlo. El corazón me latía con fuerza, sentía que iba a vomitar, las manos no me paraban de temblar.

Ya no era el sitio en el que trabajaba, era el sitio en el que murieron.

Repasé sus expedientes, encontré a los médicos que operaron a mi mujer…

Y, cuando los vi por primera vez después del accidente, ni siquiera pude mirarlos a los ojos.

—Los culpaste por lo que pasó, ¿verdad? —murmuró Emily. Tenía sentido; durante sus sesiones, Emily solo había aprendido un puñado de cosas sobre Meredith, pero una de las cosas que había aprendido era que era hipercrítica con el trabajo de los demás.

—Mi hija estaba muerta antes de que los paramédicos siquiera pudieran llevarla al hospital.

El impacto fue demasiado para ella y… —Meredith dejó de hablar de golpe, y tragó saliva con fuerza, negando con la cabeza.

Era demasiado para ella, relatar la muerte de su hija en detalle, así que cambió la dirección de la conversación rápidamente—.

Jennifer, sin embargo, mi mujer… entró en coma, tuve que apagar su máquina de soporte vital.

—Tuvo que ser una decisión imposible.

Meredith se encogió de hombros, apática.

—Ya no estaba. Para cuando apagué la máquina tenía muerte cerebral, no habría podido sobrevivir sin ayuda. Pero ese no era el caso cuando llegó al hospital; había una posibilidad para ella cuando la entraron en urgencias. Cirugía cerebral.

—¿No operaron?

Meredith resopló, poniendo los ojos en blanco.

—Claro que no. La cirugía cerebral es arriesgada en el mejor de los casos, y las probabilidades de que Jennifer sobreviviera eran escasas aunque operaran.

Hubo una investigación tras su muerte, a petición mía, claro, y dijeron que no creían que tuviera sentido meterla en el quirófano. Probablemente habría muerto en la mesa.

—¿Pero tú no lo veías así?

—Tal como yo lo veo, nadie quería ser el que tuviera un bisturí en la mano cuando ella muriera.

Sus probabilidades de salir adelante eran tan escasas que sencillamente pensaron que sería más fácil dejarla morir sin mover un dedo para ayudar.

—Meredith frunció los labios en una línea fina y negó de nuevo con la cabeza, con cara de asco—.

Ni siquiera intentaron ayudar, estaban demasiado preocupados de que constara en su historial, de que los dejara en mal lugar.

Había una posibilidad para ella si operaban.

Era pequeña, pero estaba ahí. Sin la operación, sin embargo, estaba muerta.

Lo sabían, y aun así solo… le dieron la espalda.

—¿Por eso te fuiste a Estados Unidos?

Asintió, tragando saliva con fuerza.

—Sí. No podía seguir trabajando con esa gente, no después de lo que había pasado. Me especialicé en neurotraumatología, vine a Estados Unidos y no he mirado atrás desde entonces. Y ahora… aquí estamos.

Meredith hizo un gesto entre las dos, antes de pasarse una mano por el pelo.

—Nunca le he contado eso a nadie.

—¿Nunca?

—Bueno, se lo conté a Melanie. Quería saber por qué me había ido de Londres, y me imaginé que se enteraría en cuanto los llamara, así que se lo conté, y luego le pedí que se lo guardara.

Sorprendentemente, para alguien que siempre está metiendo las narices en los asuntos de todos, no solo accedió, sino que cumplió su palabra.

—¿Y no se lo has contado a nadie más?

—No hasta ahora, no.

—Bueno… gracias por compartir eso y por confiármelo. Ni que decir tiene que no repetiré lo que me has contado. —Emily asintió a modo de garantía, pero quería continuar, si Meredith se lo permitía—. Aquella noche, cuando salimos a correr juntas…

—Ya hemos salido a correr juntas unas cuantas veces.

—Sabes de qué noche hablo, sin embargo, ¿verdad? La primera noche. —Emily arqueó una ceja—. Aquella madre y su hija pasaron junto a nosotras, y tú sencillamente… saliste corriendo. ¿Es ese el motivo?

Meredith frunció el ceño, y luego asintió despacio.

—La niña, la que vimos, ¿su nombre? Se llamaba Megan. Igual que mi hija.

Ah.

Tenía sentido ahora, todo. El cambio repentino de actitud de Meredith, como si hubiera visto un fantasma.

La reacción reservada e incómoda de Melanie ante las preguntas de Emily, cuando había sido tan franca hasta ese momento.

Todo encajaba en su sitio y, ahora que sabía la verdad, Emily no pudo evitar sentirse un poco culpable.