Sanar el Corazón (City General Series 6) 8 Capítulo ocho
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8 Capítulo ocho

CAPÍTULO OCHO

Había pasado una semana desde que había empezado la auditoría, y Meredith se las había arreglado para hacer un trabajo bastante bueno evitando a Emily durante ese tiempo.

Sus turnos rara vez coincidían y, cuando se encontraba con la mujer más joven de pelo oscuro en el hueco de la escalera, las dos estaban demasiado ocupadas para mucho más que un rápido «hola».

En el trabajo, Meredith podía prácticamente olvidarse de la auditoría cuando estaba encerrada en su despacho; a veces alguien asomaba la cabeza para hacerle una pregunta sobre un archivo que había entregado, pero eso era más o menos todo.

El resto del hospital era un asunto completamente distinto, sin embargo.

Si se arriesgaba a poner un pie en los pasillos, la recibían los susurros nerviosos de médicos y enfermeras por igual, todos preocupados de que los fueran a pillar por algo.

Incluso cuando se lavaba para una cirugía, Meredith oía de médicos a los que habían citado para reuniones con el equipo de psicología, pasando horas ahí dentro con ellos repasando sus expedientes.

Tenía que escuchar cotilleos constantes sobre quién tenía más probabilidades de tener errores en su historial, quién era el eslabón más débil de cada servicio.

Nunca parecía terminar, y estaba harta.

Por suerte, nadie se molestaba en preguntarle qué pensaba de lo que pasaba.

Las conversaciones giraban alrededor, pero nunca la incluían activamente, porque la gente parecía haberse dado cuenta de que no tenía sentido preguntarle su opinión.

Nadie preguntaba cómo habían ido sus reuniones, o si le habían pedido que respondiera a preguntas sobre una cirugía antigua, así que solo tenía que escucharlos intercambiar sus propias historias.

A medida que avanzaba la semana, estaba cada vez más desesperada por pasar tiempo lejos del hospital.

Si estaba perdida en un libro o corriendo, entonces no tenía que pensar demasiado, y no se arriesgaba a darle vueltas a la auditoría, a su intrusión, ni a sus conclusiones.

Así que, en lugar de salir a correr unas cuantas veces a la semana, se descubrió usándolo como vía de escape para todas sus frustraciones la mayoría de los días, y a veces más de una vez al día.

Salía a primera hora de la mañana, mucho antes de que saliera el sol, y luego se iba a trabajar.

Una vez que terminaba, volvía a casa, salía a correr otra vez, y luego, cuando estaba debidamente agotada, se desmayaba y volvía a empezarlo todo de nuevo.

Era una rutina. Quizá no fuera muy emocionante, pero era una que le funcionaba.

Así que el viernes después de que hubiera empezado la auditoría, Meredith se levantó temprano, salió a correr, y volvió antes del amanecer, lista para empezar el día.

Era una mañana fría, sobre todo cuando estaba oscuro y, mientras corría calle abajo hacia su bloque, sintió el aire fresco azotarle las mejillas.

Se detuvo frente a su edificio, y se inclinó un momento para apoyar las manos en las rodillas, tomando aire.

El ritmo cardíaco empezó a ralentizársele, y la respiración empezó a volverle a la normalidad tras unos momentos y, una vez que la sangre pareció fluir como se suponía que debía, se enderezó de nuevo para mirar alrededor de la calle desierta.

El cielo justo empezaba a aclararse un poco.

Los primeros rayos de sol asomaban por el horizonte y, a lo lejos, veía la espesa manta de oscuridad empezar a desvanecerse hasta el azul pálido de un cielo matutino.

No tardaría mucho hasta que las calles a su alrededor se llenaran de gente ocupándose de su día.

Meredith alzó las manos por encima de la cabeza y se dio un estiramiento largo y completo.

Tenía tiempo para una ducha rápida antes de irse a trabajar, y luego tendría que ponerse en marcha, lista para otra sesión con Emily.

Otra reunión en la que tendría que escuchar alguna palabrería de psicoanálisis mientras intentaba decirle cómo se sentía.

Y entonces, como si los pensamientos de Meredith por sí solos la hubieran invocado, divisó a Emily a través de las puertas dobles del edificio.

Acababa de salir del hueco de la escalera, vestida con ropa de correr propia y una botella de agua en una mano y, cuando divisó a Meredith en la acera de fuera, saludó con la mano, sonriendo.

Ni siquiera sus pequeños pechos firmes moviéndose rítmicamente mientras se estiraba un poco la hacían más acogedora para Meredith.

Fantástico, pensó, mientras la joven cruzaba el vestíbulo para unirse a ella en el aire fresco de la mañana. Como si no tuviera que aguantarla ya bastante hoy, aquí está otra vez.

—Buenas. —Emily se frotó las manos mientras salía al exterior—. ¿Sales a correr?

—Justo vuelvo de una, la verdad.

—Ah, qué pena. —Sonrió radiante—. Esperaba que pudieras darme una pequeña visita guiada de los mejores sitios de la ciudad para correr. Todavía estoy dando con una buena ruta para mí.

Meredith aspiró despacio, mirando a la mujer más joven de arriba abajo.

¿Se suponía que esta actitud radiante de californiana era otra forma de hacerla sentir cómoda, para que pudiera acudir a Emily con alguna historia lacrimógena para su informe?

¿O solo preguntaba de verdad? Era difícil saberlo de todos modos.

—Depende de cuándo corras —admitió—. Si vas sola, ¿y está oscuro? Yo me mantendría alejada del río. El camino para correr no está bien iluminado, ha habido algún problema por ahí. El parque está bastante bien para correr y, a esta hora del día, probablemente te encuentres con otra gente también.

—Ah, vale. ¿Por dónde está el parque?

Meredith señaló de vuelta calle abajo, en la dirección de la que había venido.

—Está por ahí, como dos manzanas, y luego a tu izquierda.

—Ajá… —Emily miró calle abajo, asintiendo despacio para sí—. ¿Crees que habrá muchos corredores?

—Habrá unos cuantos, probablemente. —Meredith en realidad se había cruzado con un puñado de camino de vuelta al edificio.

—¿Es por eso por lo que sales tan temprano? —preguntó Emily, con la mirada yendo de la calle casi vacía a la propia Meredith. Había una sonrisa en sus labios mientras hablaba, casi como si le estuviera tomando el pelo—. ¿Para poder evitar a los demás corredores?

—Tengo un turno temprano. Así que, por extensión, tenía una carrera temprana —explicó Meredith, arqueando una ceja—. Sabes que no hay un motivo para todo, ¿verdad? No hay algún motivo psicológico oscuro y profundo para todo lo que hace la gente.

—Nunca he dicho que lo hubiera —señaló Emily. Meredith titubeó ante eso, y frunció los labios. Siendo justos, Emily nunca había dicho esas palabras, pero eso no significaba que no las estuviera pensando.

—En fin —murmuró, pasando a otra cosa—. El camino para correr se abre desde la entrada del parque. No tiene pérdida.

—Genial. Gracias por la ayuda. —Emily sonrió con suavidad, y alzó una mano en un gesto de despedida—. Nos vemos luego, ¿no?

—Sí, claro. —Meredith vio cómo Emily empezaba a correr calle abajo, el cuerpo de la joven estaba en forma y se movía con gracia pero no pudo evitar poner los ojos en blanco.

El equipo de auditoría no solo había invadido su lugar de trabajo, sino que dos de ellos vivían en el apartamento de al lado del suyo.

Aún peor, una de ellas era corredora. Poco a poco pero sin pausa, ese maldito equipo se le colaba en cada faceta de su vida, echando raíces en cada parte de su día.

Tarde o temprano no iba a poder darse la vuelta sin toparse con uno de ellos.

—¿Ya no hay nada sagrado? —suspiró, antes de entrar en su edificio—. ¿Nada?

Cuando Meredith entró en el hospital una hora después, las cosas estaban igual de caóticas que siempre.

Tenía una cirugía programada para ese día, además de su reunión con Emily.

Entre la preparación, la reunión con el paciente, y luego la cirugía en sí, apenas iba a tener tiempo de sentarse, ya no digamos de reunirse con una psicóloga.

No tenía que reunirse con Emily hasta las nueve, lo que significaba que tenía tiempo de familiarizarse con las pruebas de imagen y las notas del paciente y prepararse para el día que tenía por delante. A partir de ahí, su día probablemente iba a ser una larga confusión.

Solo llevaba una hora más o menos en su despacho cuando un golpe en la puerta la interrumpió, y alzó la vista para ver a Emily ahí de pie, con su carpeta y su grabadora en la mano.

—Buenos días.

—Hola. —Emily sonrió—. Sé que estás ocupada, así que pensé en venir yo a ti para nuestras reuniones, para hacerlo un poco más fácil.

—Qué detalle por tu parte. —Meredith se reclinó en su silla—. O te preocupa que sencillamente no aparezca.

—Bueno, eso también, si te soy sincera —admitió, ocupando el asiento frente a Meredith—. O sea, sí que saliste corriendo de nuestra última reunión.

—Fue una emergencia.

—Mmm, eso me pareció. —Emily dejó la grabadora—. Me fijé en lo rápido que saliste, así que pensé que debía de ser grave. Sentí curiosidad, así que fui a comprobar qué había pasado, y descubrí que en realidad solo era un problema con la maquinaria de imagen.

—En ese momento no lo sabía —admitió Meredith. Siendo justos, de verdad había pensado que había un problema grave que necesitaba su atención.

—No, es verdad. Pero, cuando descubriste que en realidad no te necesitaban, nunca volviste a terminar nuestra reunión, ¿verdad?

—Yo… —Meredith titubeó ante eso, y sonrió con pesar—. Supongo que no.

—En realidad no te saqué mucho la última vez, dado lo corta que fue nuestra sesión y parte de mi trabajo es entender lo eficaz que es el comportamiento de los equipos en el hospital, así que he estado preguntando a otro personal sobre sus compañeros.

Ni que decir tiene que eso significa que he reunido algunas opiniones e información que tienen que ver contigo.

—¿Y qué te han contado?

—Que eres buena cirujana. Si bien es difícil llegar a conocerte. No tienes ningún amigo aquí, en realidad no te gusta relacionarte con nadie. Nadie sabe nada de tu vida personal, ni siquiera saben dónde vives. —Hizo una pausa, y le sonrió a Meredith—. Salvo yo, claro.

—¿Entonces qué necesitas saber?

—Supongo que quiero saber por qué. —Emily se encogió de hombros—. Quiero averiguar por qué no pareces querer conectar con ninguno de los miembros de tu equipo. Por qué tu trato con ellos es superficial.

—No soy futbolista, no son miembros de mi equipo. Son colegas, y a veces asisten en mis cirugías. Ese es el alcance de nuestra relación, y así es como quiero que siga.

—Mis cirugías —repitió Emily con un asentimiento—. ¿Por qué?

Meredith se encogió de hombros.

—Quizá solo soy una persona difícil de conocer.

—Supongo que puede que sea eso. Solo… —Emily se rio, negando despacio con la cabeza—. Supongo que solo estoy intrigada, eso es todo. Muchos de los médicos que conozco no ven la hora de hablar con alguien de todas sus habilidades en el quirófano, pero tú no. Eres muy reservada.

Meredith dio unos golpecitos en el escritorio un par de veces.

—¿Esa es tu conclusión profesional? ¿Que soy reservada? Parece que tu informe va a ser muy corto.

Las comisuras de los ojos de Emily se le arrugaron un poco en una sonrisa.

—¿Crees que alguien de tu equipo está a la altura de tu nivel de medicina?

Meredith resopló y puso los ojos en blanco.

—Estoy certificada por la junta. Sabes lo que significa eso, ¿verdad? Soy la única neurocirujana certificada por la junta del hospital. Así que no, no creo que nadie esté a la altura de mi nivel.

Emily asintió despacio.

—Solo lo pregunto porque… bueno, si te soy sincera, no pareces muy dispuesta a hablar de ti misma, pero aprovechaste la oportunidad al vuelo para hablar de los defectos de otra gente. Solo me ha parecido interesante.

—¿Estás diciendo que debería llevarme bien con el resto de los médicos? —preguntó Meredith, ladeando la cabeza.

—Estoy diciendo que quizá no sea mala idea, nada más. No parece que nadie aquí te conozca de verdad. No puedo evitar sentir que eso quizá afecte a tu trabajo de forma negativa.

—Te lo prometo, no lo ha hecho —le aseguró Meredith—. Si quieres, ¿repasamos mi historial?

Emily se rio, y negó con la cabeza.

—No, no, no hace falta. Puede que me pase luego para tener otra charla contigo, Meredith. Solo quería… pasarme, saludar.

Se puso de pie y recogió sus cosas, antes de dirigirse a la puerta. Meredith la vio irse, un poco confundida; había montado todo un espectáculo bajando aquí a verla, ¿y ahora sencillamente iba a darse la vuelta e irse? ¿Qué sentido tenía siquiera aparecer?

—¡Ah! —Emily se detuvo en la puerta, y luego se giró para sonreír—. En realidad me preguntaba, ¿estás ocupada esta tarde?

—¿Por qué?

—¿Lo estás? —presionó.

Meredith vaciló un momento antes de responder.

—No… lo estoy. ¿Por qué?

—Me preguntaba… sé que has salido a correr esta mañana, pero esperaba que quizá pudieras enseñarme una de las rutas para correr por la ciudad.

El parque estaba bastante bien, pero mencionaste el río, y estaba pensando…

—Emily dejó la frase en el aire, antes de negar con la cabeza—. Da igual. No te apetece, ¿verdad?

A Meredith no le apetecía, en realidad no.

Le gustaba correr sola, sin concentrarse en nada más que en la sensación de sus pies golpeando el suelo una y otra vez pero, por otro lado, no le gustaba la idea de que Emily saliera al camino para correr sola de noche.

El sendero que discurría paralelo al río no siempre era el mejor sitio donde estar cuando eras mujer.

Además, de todos modos había estado planeando salir a correr otra vez esa tarde.

—Eso depende. —Ladeó la cabeza.

—¿De qué?

—De si puedes seguirme el ritmo o no. No me gusta esperar a la gente, no quiero que me retrases.

Emily pareció sorprendida de que Meredith siquiera estuviera considerando su sugerencia, pero una sonrisa se le dibujó en las facciones.

—¿Te parece bien que me una a ti?

—¿Cómo de buena eres?

Emily volvió a acercarse al escritorio, sonriendo ahora. Meredith nunca había visto a nadie parecer tan contento de que lo invitaran a correr.

—Soy muy buena.

—Entonces puedes venir. A las seis, en mi casa. Si llegas tarde, me iré sin ti.

—Entonces no llegaré tarde —le aseguró Emily con una sonrisa, antes de girar sobre los talones y salir del despacho de Meredith.