Sanar el Corazón (City General Series 6) 7 Capítulo siete
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7 Capítulo siete

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CAPÍTULO SIETE

Emily tenía una larga lista de reuniones preliminares que despachar una vez que terminó con Meredith.

Cada una fue transcurriendo bastante bien, sobre todo en comparación con la batalla que había esperado librar a su llegada.

Al final de cada reunión, Emily pasaba a hacerle a cada miembro del personal un puñado de preguntas sobre sus compañeros, intentando averiguar cómo trabajaban juntos.

No parecía que el hospital tuviera un gran problema con el trabajo en equipo y la cooperación. La mayoría de los médicos y enfermeras con los que Emily habló fueron bastante elogiosos cuando se trataba del resto de su equipo, con una notable excepción.

Meredith.

Emily tenía curiosidad por saber qué pensaba de ella la demás gente.

Por los comentarios de su expediente, parecía que nadie del personal la soportaba, pero se imaginaba que seguro que eso no era verdad.

Tenía que haber alguien a quien le cayera bien, al menos un poco, si no le habría costado mantener su puesto tanto tiempo como lo había hecho.

Según resultó, sin embargo, de verdad no había nadie que fuera fan de la neurocirujana.

Todos habían dicho cosas parecidas sobre la mujer. Siempre que Emily preguntaba específicamente por lo que opinaban de la doctora Asquith, les costaba contener un gemido, o ponían los ojos en blanco y negaban con la cabeza. Una enfermera hasta resopló y soltó un suspiro fulminante.

Sin falta, todos respondían de la misma forma. Una vez superada su reacción visceral inicial, intentaban encontrar algo elogioso que decir de ella, pero se topaban con un muro en un instante. Ni siquiera eran capaces de mentir sobre ella para hacerle un cumplido de verdad.

—La doctora Asquith es… —decían, mirando alrededor de la sala como si eso fuera a poder ayudarles a encontrar algo amable que decir de ella.

Titubeaban, tartamudeaban un momento, y por fin aterrizaban en el hecho de que era una cirujana brillante.

Si hubiera algún tipo de olimpiadas quirúrgicas, tendría el oro.

Pero eso era todo, lo único que cualquiera de ellos podía decir.

Emily los presionaba para que le dieran un poco más de información y luego, algo vacilantes, admitían que era una persona difícil con la que llevarse bien.

La mayoría enumeraban de carrerilla los mismos motivos que ya había visto en el expediente de Meredith.

Solo había un médico que no parecía tener problemas para encontrar un cumplido para Meredith como el resto del personal; Phil Squires, el otro neurocirujano.

Le recordaba a Emily a cada divorciado de mediana edad y borracho que le había tirado los tejos en bares durante la universidad y, cuando le dedicó una sonrisita de suficiencia y le guiñó un ojo desde el otro lado de la mesa, sintió que se le ponía la piel de gallina.

Era el cirujano más estereotípico con el que podría haberse cruzado, desde su actitud pelota y segura de sí misma hasta la forma en que presumía de sus logros.

—Me licencié en Johns Hopkins. —Esa fue una de las primeras cosas que le dijo cuando se sentó, como si pensara que quizá se le hubiera pasado en su expediente. Solo quería asegurarse de que supiera lo impresionante que era, al parecer.

De toda la gente con la que habló ese día, era probablemente el menos interesante del grupo.

Era ensimismado, engreído y, aparte de la universidad en la que se había licenciado, en realidad no destacaba nada de él.

Lo único que sí captó la atención de Emily, sin embargo, fue la forma en que hablaba de Meredith.

A diferencia de todos los demás, Phil no parecía tener problemas para encontrar una forma de describirla, y no empezaba con un cumplido.

—Ah, ¿Meredith? Sí, es una joyita. La… reina del baile, aquí en el City General. —se rio entre dientes, negando despacio con la cabeza—. ¿Conoces ese estereotipo británico, el de la flema imperturbable? Estoy bastante seguro de que sacaron la idea de eso viéndola a ella.

—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó Emily, inclinándose un poco.

—Ah, ya sabes… En realidad no le interesa la charla intrascendente y no le interesan los cotilleos.

Come sola en su despacho la mayoría de los días y, cuando sí se sienta en la cafetería, no come con nadie más.

Ni siquiera con otros del personal quirúrgico.

Salvo conmigo, a veces. —Le dedicó otra sonrisa a Emily—.

La conquisté con mi despampanante personalidad.

—Claramente. ¿Sois amigos vosotros dos?

—¿Amigos? —Phil se rio ante eso—. No. No, no somos amigos. Somos colegas que trabajan juntos, eso es todo.

Emily frunció el ceño, un poco confundida.

—Pero has dicho…

—Comemos juntos a veces, eso es todo. Eso no nos hace amigos.

Somos dos de los mejores médicos del personal, vemos las cosas de la misma forma la mayor parte del tiempo, pero eso no nos hace compinches.

No salimos a tomar cervezas después del trabajo, no hacemos barbacoas en casa del otro los fines de semana.

A veces nos sentamos a la misma mesa, comemos, y hablamos de casos o procedimientos.

—¿Entonces de quién es amiga? —preguntó Emily—. No parece que a mucha gente de aquí le tenga aprecio.

—Eso es porque no se lo tienen. Y así es como Meredith lo quiere. Está aquí para hacer su trabajo, y ya está. Lleva ocho años trabajando en este hospital; si quisiera una amiga aquí, ya la habría hecho.

—¿Y fuera del trabajo?

Phil negó con la cabeza.

—No tengo ni idea. Ni siquiera sé dónde vive —admitió, riéndose entre dientes—.

No creo que nadie lo sepa. Nunca habla de sí misma, nunca habla de su familia.

No creo que tenga ningún tipo de vida fuera de este hospital, y probablemente lo sabe.

Probablemente sea por eso por lo que nunca habla de sí misma; no hay nada de lo que hablar.

—Mmm. —Emily volvió a reclinarse en su asiento, asintiendo.

—Ha dicho que se ha reunido contigo esta mañana.

—¿Ah, sí?

—Sí. —Phil sonrió—. No me imagino que te haya dado mucha… información sobre nada, sobre todo nada personal.

Emily le dedicó una sonrisa fina y asintió, más por cómo respondió que por la respuesta en sí. Le había sacado más o menos todo lo que podía, y en realidad no estaba de humor para pasar más tiempo con él del totalmente necesario.

—Gracias por responder a esas preguntas, Phil. Creo que aquí hemos terminado.

Había más en Meredith Asquith de lo que le contaban, de eso Emily estaba segura.

No era que estuviera haciendo las preguntas equivocadas, pero quizá esta era sencillamente la gente equivocada a la que preguntar.

La falta de información era intrigante. Eso en sí mismo contaba una historia, pero quería saber más.

Meredith ya estaba echando humo para cuando entró en el aparcamiento esa tarde.

Los auditores y estos consultores independientes eran parte del trabajo, un mal necesario que ella y el resto del personal médico sencillamente iban a tener que aceptar, y Meredith lo sabía.

Era importante para el bienestar de los pacientes asegurarse de que ninguno de ellos estuviera a punto de perder la cabeza en el quirófano.

Todo eso se lo habían explicado, una y otra vez.

Pero eso no significaba que tuviera que gustarle.

Mientras Meredith subía a su apartamento, se cruzó con unos cuantos de sus vecinos que salían para la tarde.

Intercambiaron unos saludos con la cabeza, algún gesto aquí o allá, pero, aparte de eso, la dejaron en paz.

Quizá vieran lo agotada y cabreada que estaba, y supieran que era mejor no molestarla.

Se detuvo frente a su apartamento, y se apoyó en la pared mientras pescaba la llave de las profundidades del bolso.

Sabía que estaba en algún sitio ahí dentro, recordaba haberla echado al salir para el trabajo esa mañana, pero estaba perdida entre el revoltijo de pañuelos, tiritas y al menos dos cacaos labiales.

—¡Uf! —Gimió con fuerza, agachándose en cuclillas frente a la puerta.

Puso el bolso en el suelo para rebuscar dentro con las dos manos, asomándose para ver mejor.

Esas llaves estaban en algún sitio ahí dentro, seguro.

Seguro que no las había tirado por accidente en la taquilla del hospital, ¿verdad?

Por favor, que no tenga que conducir hasta el hospital. Justo entonces su mano se cerró alrededor de la llave. —Gracias a Dios.

Meredith se enderezó y metió la llave en la cerradura con solo un poco más de fuerza de la del todo necesaria pero, antes de que pudiera abrir la puerta, oyó una voz pasillo abajo, doblando la esquina donde estaba el hueco de la escalera. Una voz de mujer.

Solo había tres apartamentos en su planta; el suyo, el del hombre mayor del fondo que tenía aquel pequinés de mala leche, y el apartamento que llevaba meses vacío.

El apartamento que ya no parecía estar del todo vacío, con lo que había oído unos días antes.

¿Eran sus nuevos vecinos subiendo las escaleras?

Por mucho que quisiera sencillamente meterse en su apartamento y esconderse del resto del mundo, la curiosidad de Meredith pudo con ella. Nunca tenía invitados, y al hombre del fondo del pasillo solo lo visitaba su hijo, así que quería echar un vistazo a los desconocidos. ¿Quién era?

Obtuvo su respuesta solo unos momentos después, aunque ojalá no lo hubiera hecho. Dos mujeres doblaron la esquina, charlando juntas y, a medida que se acercaban, Meredith se dio cuenta de que las reconocía.

Ay, madre… No. Ni de coña.

Era una mujer mayor, probablemente de sesenta y pocos, que iba acompañada de una mujer más joven a la que Meredith ya había visto demasiado.

Emily.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Meredith, con la voz saliéndole mucho más fría de lo que había pretendido. Emily se detuvo de golpe en el pasillo al oír su voz y, cuando reconoció a Meredith, parpadeó sorprendida.

—Ah, hola.

Meredith echó un vistazo por encima del hombro al apartamento desocupado de al lado del suyo, con los engranajes girándole en la cabeza mientras intentaba dar sentido a esto. Había una explicación que tenía sentido…

—¿Estás… estás viviendo aquí? —preguntó, señalando con el pulgar en dirección al otro apartamento—. Pensaba que habías dicho que tu equipo no iba a estar aquí mucho tiempo.

—No lo estaremos. —Emily sonrió—. Pero aun así necesitamos un sitio donde vivir. La empresa alquiló unas cuantas propiedades para los empleados. Es más barato que los hoteles y nos permite estar más cómodos. Solo es por unos meses.

Unos meses. Meredith miró la planta en maceta que Emily tenía en las manos, y la caja que sostenía la otra mujer. De verdad parecía que se estaban mudando.

—¿Tú también vives aquí? —Emily o no había captado la expresión poco entusiasta de Meredith, o estaba optando por ignorarla adrede—. ¡Somos vecinas!

—Eso parece.

—Bueno. —Emily pasó junto a ella, todavía sonriendo—. Esto va a ser divertido, ¿verdad?

Divertido no era exactamente la palabra que Meredith habría usado para describir esta situación. Una grave invasión de su intimidad, quizá. ¿Divertido? Para nada.

Este edificio quizá no fuera gran cosa, pero estaba muy lejos de donde vivía la mayoría de sus compañeros.

Podía deambular por las calles con libertad sin toparse con nadie que conociera, no tenía que preocuparse por darle charla incómoda si se topaba con otro médico mientras hacía cola en el Starbucks.

Este apartamento, este edificio, este barrio, todo era suyo, y no tenía que compartirlo con nadie más.

¿Y ahora la mujer que iba a estar hurgando en su vida personal se mudaba justo al lado?

De todos los edificios de todo el mundo…, pensó con amargura, mirando de una mujer a la otra. ¿Cómo era esto justo? Había médicos viviendo por toda la ciudad, la mayoría mucho más cerca del hospital que Meredith. ¿Cómo era que a ninguno de ellos lo alojaban justo al lado del equipo de auditoría?

—No te preocupes. —dijo Emily con una pequeña sonrisa. Debía de haber visto la expresión de horror en la cara de Meredith—. Estoy fuera de servicio cuando estoy aquí. No voy a darte la lata con la auditoría. Solo soy… tu vecina. Eso está bien, ¿no?

La verdad es que no.

—Supongo que no tengo mucha elección en el asunto, ¿verdad? —dijo con intención, haciendo un gesto entre las dos mujeres—. Las dos parecéis estar instalándoos de maravilla.

—Así es. —El tono de la mujer mayor era igual de cortante que el de Meredith. Probablemente no estaba contenta con la gélida bienvenida que habían recibido las dos—. Perdona, no creo que nos conozcamos.

Emily se apresuró a presentarlas, algo a modo de disculpa.

—Esta es la doctora Meredith Asquith, es una de las cirujanas del City General. En realidad he tenido mi primera entrevista con ella hoy. Meredith, esta es Angela Thompson, es una de mis compañeras de la agencia. Es analista de datos.

—Neurocirujana —corrigió Meredith, mientras Angela le tendía la mano para estrechársela.

—¿Perdona? —preguntó Emily.

—Soy neurocirujana. Pasé tres años más en formación para conseguir ese título, me gusta cuando la gente lo usa —dijo Meredith, sin aceptar la mano de Angela, que seguía extendida hacia ella.

Hubo un momento de silencio mientras las tres mujeres se miraban y luego, despacio, Angela volvió a retirar la mano.

—Perdona —murmuró Emily.

—No pasa nada. —Meredith volvió a mirar a Angela antes de empujar su puerta para abrirla—. Encantada de conoceros, nos vemos por aquí.

Mientras entraba en su apartamento, Meredith oyó a las dos mujeres despedirse, pero no esperó a que terminaran de hablar antes de dejar que la puerta se cerrara tras ella, cortándolas en seco.

Esperó ahí unos momentos con la espalda apretada contra la puerta, escuchando el sonido de Emily y Angela mientras entraban en el apartamento a través de la pared.

Luego, una vez que su puerta se cerró, soltó un gemido grave y quejumbroso.

Todo lo que había querido hacer desde que había puesto un pie en el hospital esa mañana era volver a casa.

Solo quería sentarse en su salón con una manta subida a su alrededor y un libro en la mano, y olvidarse de todo lo de la auditoría, y de Emily.

¿Cómo se suponía que iba a hacer eso ahora?