6 Capítulo seis
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CAPÍTULO SEIS
Meredith se dirigió a la sala de médicos con las manos hundidas en lo hondo de los bolsillos de la bata blanca.
Denner era un idiota, era un milagro que siquiera hubiera conseguido la licencia, ya no digamos la certificación de la junta.
La había llamado por una mancha oscura en una prueba de imagen cerebral, y estaba convencido de que era un tumor.
Cuando Meredith llegó, todo lo que hizo fue ordenar que se repitiera la prueba.
No tenía sentido decirle a un paciente que tenía un tumor que ponía en peligro su vida si no estaban seguros de que solo era un error por parte del radiólogo.
En efecto, cuando volvió la segunda prueba, estaba limpia.
O el tumor había desaparecido por arte de magia, o había sido un problema con la impresión.
El único pequeño milagro que había salido de la metedura de pata de Denner, claro, era que la habían sacado de su reunión con la mujer del equipo de auditoría, y ni siquiera había necesitado inventarse una excusa para hacerlo.
Había tenido un motivo genuino para escabullirse y, si alguien preguntaba, podía decirles con sinceridad que había habido una emergencia con un paciente.
La sala de médicos no estaba concurrida cuando entró, por suerte, y pudo cogerse un café sin que la molestaran. No le quedaba mucho hasta que tuviera que lavarse para una cirugía de verdad, así que unos minutos de paz y tranquilidad era lo que de verdad necesitaba.
Claro que eso no podía pasar, ¿verdad? Ni siquiera había conseguido hacerse un café antes de que la puerta de la sala de médicos se abriera, y Phil Squires asomara la cabeza. Escudriñó alrededor, cruzó la mirada con Meredith, y la llamó con una mano.
—Asquith —llamó—, tengo aquí a una paciente para ti.
—¿En el pasillo? ¿Qué quieres que haga, que me lave? —Meredith tiró la revista a un lado y se puso de pie, hundiendo las manos en lo hondo de los bolsillos de la bata blanca mientras se acercaba.
—No seas imbécil —replicó Phil—. Es una expaciente, creo que hasta puede que estén aquí para darte las gracias.
—¿Para darme las gracias? ¿Por qué?
—Probablemente por salvarles la vida. Supongo que no fue tu trato con el paciente lo que las trajo arrastrándose de vuelta aquí.
—Phil sostuvo la puerta abierta lo suficiente para que Meredith pudiera salir al pasillo y, cuando pasó junto a él, señaló hacia donde estaban de pie una joven madre y su hija.
Reconoció a la niña de inmediato. Habría sido difícil olvidarla, dado que todos en el quirófano habían estado haciendo comentarios sobre lo pequeña que era.
Se llamaba… Tina. O Tyler. O Tasha, quizá.
Desde luego empezaba por T, de eso estaba segura.
Había venido para una craneotomía hacía como medio año y, por aquel entonces, había estado bastante enferma. Ya no parecía tan enferma, sin embargo.
—¿En qué puedo ayudarla? —preguntó, alzando la vista hacia la madre de la niña.
—Doctora Asquith, siento muchísimo molestarla. Probablemente ni siquiera se acuerde de nosotras, pero hace cinco meses, operó a mi niña, Tamara. —La mujer sonrió con nerviosismo, dándole palmaditas en la cabeza a la niña.
Tamara, joder. Sabía que empezaba por T.
—Me acuerdo. Si hay algún problema con su recuperación posoperatoria, le irá mejor ir al centro de atención sin cita de la planta baja.
—¡Ah, no, no hay ningún problema! —le aseguró la mujer—. Ningún problema en absoluto. En realidad… he venido a darle las gracias.
—¿Quería darme las gracias? —repitió, echando un vistazo por encima del hombro. Phil seguía repantigado en el umbral, con los brazos cruzados—. ¿Por qué?
—Bueno, Tamara empieza tercero este año y… bueno, después de todos los problemas que tuvimos el año pasado, parecía un milagro que fuéramos a poder verla hacer eso. Pero usted lo hizo posible, y solo quería… darle las gracias, decirle lo agradecida que estoy de que ayudara a mi niña.
Meredith miró de la madre a la hija, que estaba medio escondida, mirándola hacia arriba con grandes ojos marrones. Parecía más que un poco confundida, y un poco asustada, lo cual era comprensible. La última vez que había visto a Meredith, había sido justo antes de que le abrieran la cabeza.
—De nada —dijo Meredith en voz baja, antes de darse la vuelta para volver a la sala de médicos.
—Tamara en realidad tiene algo para usted. —llamó la mujer, intentando captar la atención de Meredith una última vez.
Por Dios, señora, ya lo pillo, pensó, girándose de nuevo a mirarlas. La niña apretaba ahora una tarjeta en su rechoncho puño, que le tendió a Meredith.
—Gracias. —La abrió y vio las palabras «Grasias doctora» garabateadas en un desordenado boli rosa—. De nada. Me alegro de ver que estás… ya sabes. Mejor.
—Hasta está volviendo al fútbol. —La madre de la niña le sonrió radiante a Meredith—. Se está apuntando a un club extraescolar y está…
—Estupendo. —Meredith la cortó con una sonrisa de labios apretados. Claro que la niña estaba volviendo a las aficiones que tenía antes de la cirugía; eso era parte de lo que se suponía que trataba la recuperación, ¿no?—. Lo siento, pero estoy ocupada. Tengo que irme.
—Ah. —A la mujer se le descompuso la cara—. Lo entiendo. Lo siento, doctora. Debe de estar ocupada, le estamos quitando mucho tiempo. Solo quería asegurarme de que supiera lo agradecidas que le estamos por lo que ha hecho por nosotras.
—Bueno, lo ha conseguido. Ahora lo sé.
Con eso, Meredith giró sobre los talones y se alejó, volviendo a la sala de médicos, seguida de cerca por Phil.
—Puede que esa sea la primera vez que veo a una familia darte las gracias de verdad —dijo, uniéndose a Meredith mientras ella se acercaba a la máquina de café—. Deduzco que en realidad no hablaron mucho contigo antes de la cirugía.
—¿Por qué lo piensas? —Meredith dejó caer la tarjeta en la encimera mientras se servía un café, sin molestarse en ofrecerle uno a Phil también.
—Si lo hubieran hecho, habrían sabido que esto era una pérdida de tiempo —murmuró, cogiendo la tarjeta para echar un vistazo dentro.
—La cría ha escrito mal «gracias». —Meredith removió un azúcar en su café y sopló para enfriarlo.
—Qué fuerte —dijo Phil con voz inexpresiva—. Una niña de seis años que no sabe escribir «gracias». Eso debe de haberte fastidiado toda la tarjeta.
—Cállate. —Meredith le quitó la tarjeta de un tirón y se la metió en el bolsillo—. No sé por qué me la dan, de todos modos.
—O sea, le salvaste la vida a la cría. La gente suele estar agradecida por ese tipo de cosas. Bueno, al menos… sé que mis pacientes suelen estar agradecidos. Entiendo que los tuyos no sean tan rápidos a la hora de ofrecer sus gracias, dado que eres una imbécil y todo eso.
Meredith le lanzó una mirada furiosa por encima de su café.
—Phil, cállate.
—Vale, vale. —Alzó las manos en fingida rendición—. Siento hasta haberlo mencionado. Tengo que irme de todos modos, tengo mi reunión con el equipo de auditoría.
—¿Ah, sí? —Meredith arqueó una ceja—. Yo he tenido mi reunión con la psicóloga esta mañana.
—¿Qué tal ha ido?
—Más o menos lo que te esperarías. —Se encogió de hombros—. No ha tenido ocasión de preguntar mucho, tenía una consulta preoperatoria a la que salir corriendo antes de que pudiera terminar las preguntas.
—¿Qué te ha preguntado? ¿Cómo es?
Meredith suspiró pesadamente, poniendo los ojos en blanco. Phil evidentemente estaba pensando en la mejor forma de empezar su ofensiva de encanto.
—Quería saber de mis relaciones con el resto del personal de aquí, no paraba de preguntar si me llevaba bien con los demás miembros del equipo, si me fiaba de ellos.
—¿Te fías?
—Depende de para qué me fíe de ellos. De alguna gente de aquí no me fiaría ni para cambiarle las ruedas al coche.
—Es justo. —Resopló, negando con la cabeza—. Menuda pérdida de tiempo… ¿Creen que esta chorrada de microgestión nos va a ayudar en algo?
—Emily me ha dicho que quería ayudarnos a encontrar los eslabones más débiles del equipo, para que podamos ser más fuertes cuando salgamos por el otro lado. O… algo así.
—Estupendo. —Volvió a resoplar, poniendo los ojos en blanco—. No veo la hora.
—Sí, que te diviertas con eso. —Meredith se dio la vuelta, sin molestarse en despedirse.
A diferencia de la mayoría de la gente del hospital, sabía que Phil no se ofendería por su brusca salida.
Estaba acostumbrado, después de los años que habían trabajado juntos, así que ni siquiera se molestó en soltarle un apresurado «adiós, entonces» mientras salía de la sala.