Sanar el Corazón (City General Series 6) 3 Capítulo tres
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3 Capítulo tres

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CAPÍTULO TRES

Emily estaba muy lejos de California.

Era una de las cosas que más le gustaban de su trabajo.

A muchos de sus amigos les horrorizaba la idea de viajar por trabajo, y estaban más que contentos de hacer el mismo trayecto al trabajo cada día, mirando el mismo paisaje por la ventana mientras se quedaban atascados en el tráfico.

Les gustaba la rutina, les gustaba lo familiar.

La rutina se volvía aburrida, sin embargo, al menos para Emily.

Cuando se había licenciado en la universidad a la que había asistido al otro extremo del país, su madre se había puesto eufórica.

La psicología no era una profesión conocida por un estilo de vida nómada, y probablemente se había imaginado que su hija sentaría cabeza, trabajaría en una consulta, y luego un día abriría la suya propia.

En otras palabras, se quedaría en California.

Durante un par de años, Emily había hecho justo eso.

Había trabajado en una despreocupada oficina con vistas al mar, escuchando a hombres ricos de mediana edad quejarse de sus nuevas esposas jóvenes, y hablar de lo injusto que podía ser el mundo.

Escuchaba, asentía, ofrecía soluciones que en realidad nunca se llevarían a cabo.

Y luego lo repetía todo de nuevo con otro cliente, y luego otro.

Y luego, al final, se aburrió de toda la historia, y buscó algo nuevo.

Así fue como acabó en la Agencia de Consultoría Wells, a miles de kilómetros de California, de su madre, y de sus amigos. Se dirigía a un hospital de la costa este con el resto del equipo, lista para ponerse a auditar a su personal quirúrgico.

Sería un trabajo largo. Iban a estar trabajando en el hospital unos meses, tomándose su tiempo para elaborar un informe detallado de cada miembro del personal, así que, como compensación por estar tanto tiempo fuera de casa, la empresa las había alojado en apartamentos por la ciudad.

Emily compartía su apartamento con Angela, una consultora de datos de casi cincuenta años.

Habían llegado esa mañana con su equipaje, y se habían puesto a hacer que el sitio pareciera un poco más un hogar en lugar del estéril piso piloto que aparentaba ser.

El apartamento venía completamente amueblado, lo cual estaba bien, pero todo parecía tan…

genérico. Habían compartido apartamento en unas cuantas misiones anteriores, así que enseguida cayeron en la costumbre de hacer que el sitio resultara un poco más acogedor; libros en la mesa de centro, sus propias tazas y Angela hasta trajo fotos enmarcadas de su familia que colocó por el sitio.

—Al menos ahora parece que de verdad vive gente aquí. —bromeó Angela, una vez que dieron un paso atrás para apreciar su obra esa noche—. Ya no parece un hotel.

Emily asintió despacio, aunque, si era sincera, en realidad no le habría importado que las hubieran alojado en un hotel sin más.

Lo más probable era que no fuera a pasar mucho tiempo en el apartamento e, incluso cuando estuviera allí, estaría pegada al portátil.

Ya había visto la lista de personal médico por el que iban a tener que abrirse paso, y sabía que iba a tener trabajo por delante.

Angela evidentemente lo sabía también, porque estaba encantadísima de pasar la noche sencillamente relajándose delante de la tele, dejando que algún programa de telerrealidad cutre las envolviera mientras comían comida para llevar.

Sería una de las pocas noches que les quedarían en que no estuvieran también hasta el cuello de papeleo y datos.

La auditoría no debía empezar oficialmente hasta el lunes por la mañana pero, cuando aterrizaron el jueves por la mañana en una ciudad desconocida con nada más que tiempo entre manos, lo lógico era que empezaran a adelantar trabajo.

Emily se dirigió al hospital el viernes por la mañana. Ya le habían dicho que se había preparado un despacho para el equipo en el ala administrativa, así que pensó que sería buena idea encontrarlo y familiarizarse. Iba a haber mucho para lo que necesitaría prepararse, al fin y al cabo.

Con un latte de la cafetería del hospital en la mano, Emily se abrió paso por los pasillos hasta el despacho que le habían preparado.

No era muy impresionante, solo una caja con unas cuantas mesas apretujadas, y un puñado de ventanas diminutas que dejaban entrar algo de luz del sol.

Evidentemente, no era aquí adonde había ido el enorme presupuesto del hospital.

Emily abrió la puerta y encendió la luz, deambulando entre los escritorios.

Unos cuantos ya estaban organizados, probablemente por miembros del equipo que ya habían llegado a la ciudad con la misma línea de pensamiento que ella.

Algunos hasta tenían el escritorio montado con botes de bolígrafos, sus propias carpetas de tapa dura y hasta algún objeto personal, pero el resto no eran más que un revoltijo de documentos.

Encontró un escritorio hacia el fondo de la sala apilado de cajas y, encima, encontró un trozo de papel garabateado con su nombre. Estas tres cajas de archivos eran las suyas para trabajar y, si sus últimos trabajos servían de algo, no serían las últimas que vería.

Al personal del hospital ya se le había notificado su llegada con antelación, así que se habían tomado el tiempo de reunir cierta información preliminar para el equipo.

Algunos de sus compañeros tenían hojas de cálculo y fichas de horario que mirar, otros tenían notas detalladas sobre cirugías a las que tenían que dar sentido.

La especialidad de Emily era la elaboración de perfiles psicológicos, así que tenía páginas y páginas de información personal que hojear.

—No hay descanso para los malvados —murmuró para sí, dejando la taza de café en el escritorio antes de tirar las cajas al suelo.

Una vez que se acomodó en su silla de oficina llena de bultos —probablemente desechada del despacho de alguien después de que se pasara a algo con acolchado—, quitó la tapa de la primera caja, sacó el archivo de arriba, y empezó a leer.

Emily sabía lo reservados que podían ser los médicos y cirujanos con su privacidad.

Eran pacientes notoriamente malos, y en ningún sitio era eso más cierto que cuando se trataba de su psicología.

Emily había oído de médicos que gritaban a miembros de su equipo, que salían airados de reuniones, y hasta una vez habían amenazado con hacer echar a un psiquiatra del hospital porque no les gustaban las preguntas.

Era algo que le habían dicho cuando había empezado a trabajar con la consultoría.

Le habían explicado sin rodeos que el equipo de auditoría sería impopular desde el momento en que llegaran, y menos mal que no estaban allí para hacer amigos.

Era algo que sencillamente había entendido que formaba parte de su trabajo y, aunque podía resultar frustrante, era algo con lo que todos tenían que lidiar.

El City General no sería distinto, y sabía que, si iba a hacer algún progreso, iba a necesitar saber más sobre a quién se enfrentaba. Una vez que la carga de trabajo se repartió entre el equipo, Emily empezó a documentarse sobre cada uno de los miembros del personal sobre los que iba a informar.

Los cirujanos solían ser los peores de auditar.

Probablemente tuviera algo que ver con el subidón de poder que tenían en el quirófano: sostenían la vida de la gente en sus manos, y eso causaba un impacto serio en su psique.

No era ningún secreto que los cirujanos solían ser unos capullos arrogantes, y no les hacía precisamente gracia que un equipo de auditoría les hurgara dentro de la cabeza, cuestionándoles cada movimiento.

La mayor parte del personal médico sobre el que iba a informar eran cirujanos especialistas: tres neurocirujanos, cuatro miembros del equipo de cirugía cardiotorácica, y un par de cirujanos plásticos.

En el pasado, se había dado cuenta de que cuanto más veterano era un médico, más probable era que fuera difícil.

Las enfermeras parecían entender el proceso en su mayor parte, los médicos jóvenes casi se disculpaban cuando se les preguntaba, pero los cirujanos casi siempre se comportaban como si toda la historia estuviera por debajo de ellos.

Los especialistas como los que iba a llevar probablemente iban a ser especialmente difíciles de tratar.

Habían ascendido en el escalafón del hospital, se habían arrastrado por los años de formación para llegar a donde estaban, y probablemente pensaban que eran demasiado listos para que los cuestionaran.

No lo eran, y iban a descubrirlo.

Emily se pasó la mayor parte de la mañana hojeando finas carpetas de papel manila, intentando hacerse una vaga idea de la gente a la que iba a entrevistar.

Resultaba interesante ver por qué a algunos médicos les habían caído quejas, y ver dónde a algunos de ellos los habían elogiado a su vez.

Cuanto más averiguara ahora, más fácil sería la caza.

Había un archivo en particular que le llamó la atención mientras se abría paso por las cajas.

Pertenecía a una de las neurocirujanas, la doctora Meredith Asquith.

Cuando Emily lo sacó de la caja, vio una nota adhesiva morada con forma de hoja, que alguien había pegado en la portada.

Solo había dos palabras escritas en ella; Buena suerte.

—¿Buena suerte? —leyó en voz alta con una pequeña sonrisa—. Nada inquietante, no.

No estaba segura de por qué esta médica en particular venía con una etiqueta de peligro pegada, al principio no.

A primera vista, solo parecía como el resto de la gente con la que Emily iba a hablar.

Estaba consumada, venía con buenas recomendaciones.

No había nada que indicara que fuera a ser especialmente problemática.

Y entonces, Emily pasó la página y vio una lista de quejas que se habían presentado contra la doctora Asquith, de pacientes, familiares y personal médico por igual.

La mayoría de los médicos tenían unas cuantas quejas presentadas contra ellos a lo largo de los años, pero, incluso para alguien con tanta experiencia como Meredith, era una lista larga.

La mayoría de las quejas contra ella contaban la misma historia.

Era grosera, era brusca. No se tomaba bien las críticas, pero estaba más que contenta de repartirlas a cualquiera con quien trabajara.

Al parecer, hasta le había costado un desafortunado ejercicio de fomento del trabajo en equipo que la administración del hospital había impulsado en un momento dado.

La doctora Asquith cuestionó la validez de mi título de Medicina delante de la familia de un paciente cuando no estuve de acuerdo con sus conclusiones.

Más tarde resultó que yo estaba equivocado, y la doctora Asquith tenía razón, y usó esto para excusar su comportamiento.

Sin embargo, creo que fue del todo inapropiado por su parte comportarse de esta forma delante de las familias de los pacientes, y socavar mi autoridad.

Ese era un comentario, y no pintaba precisamente a Meredith bajo una luz favorable.

La doctora Asquith fue grosera y cortante al hablar con mi mujer sobre su operación.

Mi mujer estaba muy nerviosa antes de la operación, y le preocupaban las complicaciones y los efectos a largo plazo que pudiera tener.

La doctora Asquith no le ofreció ningún consuelo ni tranquilidad antes de la operación, y probablemente la hizo sentir más nerviosa.

Ese era un segundo comentario, de un familiar esta vez.

Las quejas continuaban así, página abajo en una larga lista.

Tenía un trato con el paciente terrible.

Parecía «desesperada por salir de la habitación una vez que tenía mi formulario de consentimiento».

«Se niega a tratar a los demás médicos como iguales en el quirófano, y los ve como ayudantes».

Cuanto más leía, más se daba cuenta Emily de que Meredith desde luego iba a ser un reto, pero por igual podía resultar interesante. Si no le importaban las opiniones de los demás médicos del personal, ¿cómo iba a responder a la presencia de Emily?

Bajó la vista hacia la nota adhesiva, hacia las dos palabras de advertencia que alguien muy amablemente le había dejado. Buena suerte. Quizá la necesitara.