CAPÍTULO 33
Matrimonio
N ut convenció a Sansón de que la noche en el establo fue placentera. Él la creyó, aunque no recordase nada. Imaginó que por los efectos del alcohol, al no estar habituado.
Moisés aceptó con agrado que la celebración del matrimonio entre Kai y Sansón coincidiese con el primer domingo, Día del Señor, en la colonia. El líder de Los Desterrados invitó a Irem, así como a todo aquel que quisiera asistir al rito de unión.
Mientras se realizaban los preparativos en el patio del barracón, Marta, Sora y Mirian acicalaban a la novia en una de las cabañas.
Mirian había dispuesto un barreño con agua templada, un paño de lino y un frasquito de aceite perfumado que guardaba para ocasiones señaladas.
Marta rezaba en voz baja. Sora, en cambio, permanecía cerca de la puerta, vigilante.
Mirian le recogía el pelo con delicadeza en una trenza.
—Respira —le aconsejó con dulzura, posando las manos sobre los hombros de Nut—. Sientes miedo, es normal, pero hoy no es un día para temer, sino para confiar.
Nut levantó la mirada hacia el espejo que Marta sostenía frente a ella. Su reflejo le devolvía un rostro sereno en apariencia, aunque por dentro no eran los nervios o el miedo los que la consumían, sino la impaciencia.
—El matrimonio no es una jaula, como muchos creen —continuó Mirian mientras peinaba un mechón rebelde—. Es un pacto. Una alianza libre.
«Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne». No hablaba de posesión, solo de compañía.
Sora resopló desde la puerta, cruzada de brazos. Mirian fingió no oírlo. Sin embargo, Marta meneó la cabeza a modo de reproche.
—También dice que lo que Dios una no lo separa el hombre —añadió Mirian, clavándole la mirada a Sora—. Eso implica responsabilidad por ambas partes.
Terminó de peinarla y caminó hacia un arcón de madera; cerrado desde que entraron.
—Antes de continuar… —dijo—, tengo algo para ti.
Lo abrió con cuidado. Dentro, envuelto en lienzos amarillentos, había un vestido. Lo alcanzó y se lo mostró a Nut.
—Este traje —prosiguió, emocionada— ha pasado de generación en generación en mi familia. Mi abuela lo conservó como el único recuerdo que logró salvar después de la Gran Guerra, cuando tuvieron que refugiarse y abandonar su hogar.
Nut se incorporó despacio, atraída por la delicadeza de la prenda.
—Lo utilicé en mi boda, y lo he guardado con la esperanza de que algún día la futura novia de mi hijo Adán lo luzca —hizo una pausa—. Pero hoy es un día muy especial, y quiero que tú lo lleves.
—No puedo aceptarlo —dijo Nut, aunque nunca había visto una prenda así y la idea de probársela la atraía.
—Lo harás, es mi deseo.
Extendió en la cama el traje. Estaba compuesto por un vestido de cuello redondo, ribeteado con pequeñas perlas cosidas una a una, las mismas que adornaban los puños con un trabajo minucioso.
La falda, de varias capas de un tejido transparente y ligero, caía con elegancia.
Junto a él, descansaban un velo de encaje antiguo y una delicada corona de florecillas blancas.
Marta se llevó la mano a la boca, maravillada.
—Es precioso… —susurró.
Mirian miró a Nut a los ojos.
—No simboliza riqueza ni poder —dijo—, sino memoria, resistencia y esperanza. Todo lo que permitió a mi abuela seguir adelante cuando el mundo se derrumbaba. Eso es también el matrimonio, Kai; caminar unidos incluso cuando todo parezca perdido.
Durante un segundo, algo indescifrable cruzó el rostro de la novia.
—Gracias —respondió al fin, inclinando la cabeza—. Lo llevaré.
Sansón aguardaba junto al altar improvisado.
Lucía una túnica blanca, sin adornos, y sobre su cabeza rizada descansaba un paño de lino bordado, que apenas le cubría la coronilla.
La curiosidad había reunido en el patio del barracón no solo a los integrantes de Los Desterrados, sino a la mayoría de los habitantes de la colonia; quienes, como espectadores ajenos al rito, se ubicaron a resguardo de las paredes del muro que rodeaba el recinto.
Moisés extendió los brazos hacia el crucifijo de madera, se santiguó y luego se giró hacia los asistentes.
—Queridos hermanos, creyentes o no —aclaró—, hoy nos reunimos para ser testigos de la unión de dos personas que han decidido caminar juntas.
Como así lo hicieron María y José, gracias a la fe en Dios.
Antes de que la novia cruce esa puerta, os invito a acoger este momento con respeto.
Lo que celebramos aquí pertenece a todos, es la esperanza de un futuro compartido.
Entonces, la novia hizo su entrada triunfal.
Avanzó despacio, altiva, levantando con ligereza la falda usando una mano para no tropezar.
El velo de encaje, un cómplice imprevisto, cubría su rostro.
A cada paso, el murmullo crecía; las mujeres, maravilladas por aquel atuendo; los hombres, hipnotizados por la silueta de una diosa.
Sansón no apartó la vista. Notó un cosquilleo en la nuca y, por primera vez, le temblaron las piernas.
Cuando ella lo alcanzó, se colocó a su lado mirando a Moisés.
Este comenzó el rito con la solemnidad que le caracterizaba.
Habló de fidelidad y compromiso ante Dios, así como de la promesa de cuidarse en la escasez y en la abundancia.
Entonces llegó el momento más esperado. Moisés alzó el mentón de barba bíblica.
—Antes de sellar vuestra unión, Kai, puedes mostrar tu rostro —le indicó.
La novia elevó las manos hacia el velo y, despacio, muy despacio, lo apartó.
—¡Nut! —exclamó Irem, a un paso del altar, con la certeza de quien reconocía un fantasma.
Las miradas de los allí presentes se dirigieron hacia ella al unísono.
Los Desterrados, confusos, se removieron; los habitantes del Sur entraron en pánico, incrédulos.
Sora atrapó por la espalda a Moisés y lo inmovilizó.
Sansón sintió que el corazón dejaba de latirle.
Miró a la mujer que tenía ante él, a Kai, y comprendió el engaño con una claridad brutal.
—¿Nut? —repitió, sin lograr reaccionar.
Ella se quitó el velo de un tirón lanzándolo hacia el símbolo del cristianismo. La cicatriz de la mejilla, el azul afilado de sus ojos y la altivez regresaron.
—¡Estoy viva y hoy recuperaré lo que es mío! —gritó.
Era la señal.
Por la entrada irrumpieron varias custodias y asistentes armados: ballestas cargadas, arcos tensados y las lanzas en posición de ataque.
Desde lo alto del muro asomaron las cabezas del resto de sus partidarios.
Antes de que nadie pudiera impedirlo, levantó la falda con rapidez y extrajo el cuchillo oculto.
Se lanzó hacia Irem cual fiera enrabietada, y con un movimiento seco, la degolló.
La usurpadora se desplomó en el suelo. La sangre salpicó el vestido prestado y cubrió la tierra a los pies del altar; era el primer sacrificio, y no sería el último.
En respuesta a aquel acto ruin, un grito colectivo estalló.
Sansón reaccionó al fin, impulsado por un instinto desesperado, se abalanzó hacia ella para detenerla.
Aún estaba a tiempo de enmendar su error.
No llegó. Una flecha silbó desde el muro y se le clavó con precisión en la hendidura entre el hombro y la clavícula.
El impacto lo hizo caer de rodillas. Alzó la cabeza con los ojos desencajados buscando en el rostro de Nut el amor de Kai.
No encontró nada de sus promesas. Solo ira.
—¿Quién eres…? —logró decir.
Ella se acercó despacio, sin prisa, sabedora del poder recuperado. Lo observó de arriba abajo con desprecio.
—Nut —pronunció—. La patrona de la Colonia del Sur.