Samada: la Colonia del Sur (Samada 4) CAPÍTULO 32
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CAPÍTULO 32

Adaptación

N ut rechazó la oferta de acomodarse en una cabaña con las samaritanas.

Eligió permanecer en el establo, entre la paja húmeda y el calor de los caballos.

Era un precio pequeño, si con ello evitaba que cualquiera pudiera reconocerla.

Ya había asumido el papel de ser invisible hasta que llegase su momento, cuando la Colonia del Sur se rindiese a sus pies. Solo entonces desvelaría su identidad.

Allí, en un rincón, colocó un catre. No era un lugar digno, pero sí seguro; en el que pasaría desapercibida y, por precaución, ocultaba su rostro si escuchaba a uno de los mozos acercarse.

Después de haber deseado regresar a su hogar, Sansón no entendió su decisión.

Intentó convencerla de que descansase en una de las cabañas, sin embargo, Nut utilizó de nuevo su poder de seducción, alegando que el motivo de pernoctar en el establo no era otro que compartir su lecho con él, a solas.

Se lo había pedido con naturalidad, como si fuera lo más sensato del mundo.

Él accedió sin dudar, aunque el ambiente distaba mucho de ser agradable.

Sansón había soñado con ese momento desde la primera cita, y nunca lo imaginó así.

Antes de que eso ocurriera, Sora regresó al establo.

Había estado con Irem y, en cuanto tuvo ocasión, buscó a Nut para contarle lo hablado. Se sentaron en el catre y esperaron a que nadie pudiese oírlas.

—Me ha preguntado por ellas —comenzó Sora, con aparente calma—. Por Wade, por Lina, por ti… por lo ocurrido tras la tormenta de arena.

Nut la observó con atención, inmóvil. Era de suponer que Irem estaba al tanto de los hechos; Minerva se lo habría comunicado antes de partir hacia el Norte.

—¿Qué le has contado? —preguntó, desconfiada.

—Inventé una historia creíble. Le dije que Nut nos liberó y que, juntas, buscamos el manantial.

Que Kai, con la aprobación de Wade, quería regresar porque comprendieron que las posibilidades de sobrevivir eran mínimas: sin alimentos, sin un refugio estable y la mina inutilizada.

Pero tú te mostraste inflexible, empeñada en recuperar la Colonia del Sur a cualquier precio, asegurando que las necesitabas.

Entonces, Kai confesó que ya no deseaba ser tu sucesora.

—Buena idea, continúa —le exigió.

—Esperaste a que cayera la noche y, en un arrebato, marcaste el rostro de Kai mientras dormía. Wade, furiosa, se enfrentó a ti. Luchasteis y, en medio del forcejeo, te golpeaste la cabeza y perdiste la consciencia. Fue entonces cuando las cuatro decidimos huir sin comprobar si todavía respirabas.

—¿Se supone que estoy muerta? —preguntó, irónica.

—Eso le di a entender. Por último, le conté que Los Desterrados nos encontraron, y no tuvimos otra alternativa que dirigirnos a la ciudad subterránea o hubiéramos perecido.

Nut no reaccionó de inmediato. Finalmente, asintió despacio.

Aquello para Sora fue un alivio, al no recibir ningún reproche por la versión de su historia.

—Habrá que hablar con Wade y Lina para que, en caso de que Irem las llame, cuenten lo mismo —razonó Sora.

—Sí, estoy de acuerdo. —Nut no dudó, y decidió mentir de nuevo.

Si todo salía como lo había planeado, Wade no pisaría la colonia y Lina se habría desangrado, sola, en la vivienda de las samaritanas—.

Has sabido construir bien esa mentira. Es verosímil y, que esté muerta, me da una ventaja.

Creerán que ya no soy una amenaza, se relajarán.

—Así es. ¿Cuál será tu siguiente paso?

—¿Has notado la presencia de alguna de las antiguas custodias?

—Sí, aunque no desempeñan las mismas tareas.

—Habla con ellas —ordenó Nut—. Una por una.

Puede que todavía apoyen un alzamiento, y también contacta con los asistentes; habrán perdido sus privilegios.

La colonia debe volver a ser lo que era.

Asimismo, debes hacer algo más, consígueme una jarra de hidromiel y un bebedizo que provoque somnolencia.

—¿Para qué?

—No preguntes y tráemelo cuanto antes.

Sora salió del establo con la certeza de que Nut nunca terminaría de confiar en ella. Sin embargo, no insistió. Sabía que en la sala de curas encontraría lo que necesitaba. Al entrar, una de las sanadoras aplicaba aceite, aromatizado con frutos rojos, en los pies doloridos de Mirian.

—¿Sora? ¿Te encuentras bien? —preguntó al verla.

—Sí, solo necesito descansar. He intentado conciliar el sueño después de la comida y no he podido pegar ojo.

—Eso será por el ajetreo del viaje —supuso Mirian.

—Puedo darte un remedio, esta noche dormirás plácidamente y mañana estarás nueva —dijo la sanadora. Se limpió las manos con un paño de lino y se dirigió a una de las estanterías. Alcanzó un pequeño frasco de color verdoso—. Aquí tienes, con unas gotas será suficiente.

—Gracias.

Luego, pidió una jarra de hidromiel en las cocinas.

Con el encargo hecho, regresó a los establos, le dio las indicaciones a Nut y la dejó a solas.

Al salir, aguardó a cierta distancia hasta que advirtió como Sansón entraba.

Se marchó sabiendo para quién era el bebedizo y con una pregunta en el aire: «¿Qué estará tramando? ».

Sansón se quedó sorprendido. Nut había preparado una mesa con un banco de madera. Estaba iluminada con velas aromáticas, y sobre ella había una jarra y dos vasos.

—Ven aquí, siéntate a mi lado —le indicó Nut, dando dos palmadas sobre el catre.

—¿Estás segura? —preguntó. Temía defraudarla si compartían el lecho antes del matrimonio.

—Sí, además quiero hacerte una proposición.

Sansón avanzó despacio, se acomodó a su lado y el primer impulso fue besarla; a pesar de ello, se contuvo. No por falta de deseo, sino porque quería escucharla.

—He pensado —continuó mientras servía hidromiel— que podríamos adelantar el día de nuestro matrimonio. Así, una de las nuevas cabañas será solo para nosotros. No quiero esperar por más tiempo. —Le ofreció el vaso y ella tomó el suyo.

—Me hace muy feliz, hablaré con Moisés. Quedan tres días para el Día del Señor, será la primera ceremonia en la colonia.

Estoy seguro de que aceptará —dijo, emocionado.

Supuso que el regreso de Kai a su hogar había sido determinante y olvidó que estaban escondidos en aquel rincón.

La veía alegre, y él también lo estaba. Sus dudas y miedos, a que ella lo rechazase una vez que hubiera conseguido su objetivo, se olvidaron.

—Entonces, brindemos.

Sansón miró el contenido del vaso.

—¿Qué es?

—Hidromiel, un licor elaborado con el néctar de las abejas. Dicen que era la bebida de los Dioses.

—Nunca he probado el alcohol, y Moisés…

—Moisés no está aquí ahora, solo tú y yo, y está noche será muy especial.

Nut hizo algo inesperado, buscó los labios de Sansón y se entregó como nunca lo había hecho. El engaño funcionó. Después de un beso apasionado, ambos brindaron y bebieron.

—Espera, tengo otra sorpresa para ti —añadió con esa mirada que derretía a Sansón.

Lo dejó a solas, a unos pasos de distancia, los suficientes para observar como Sansón se despojaba de su túnica con precipitación y torpeza.

El bebedizo empezó a hacer efecto. Al principio, intentaba mantenerse erguido parpadeando para vencer la somnolencia, mas fue inútil.

Apoyó la espalda en el catre, su cabeza se inclinó hacia un lado y la respiración se volvió profunda.

Murmuró palabras sin sentido antes de caer vencido por el sueño.

Cuando por fin quedó tendido, Nut se acercó a él, le levantó el brazo y comprobó que estaba profundamente dormido.

Luego, esperó a la medianoche para escabullirse del establo.

Con la ayuda de un mapa elaborado por Moisés, encontró la trampilla.

Al abrirla, comprobó que había una escalera fabricada con cuerdas, así como antorchas en un saco.

Solo tuvo que caminar en la oscuridad durante un trecho; enseguida alcanzó la zona iluminada con electricidad y la sala de control.

Su propósito era vigilar desde las pantallas la colonia al amanecer: las guardias, la armería, los movimientos.

Cualquier detalle le serviría para completar su plan.