Samada: la Colonia del Sur (Samada 4) CAPÍTULO 31
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CAPÍTULO 31

Acomodo

L os Desterrados fueron instalados ese mismo día.

Irem había dado órdenes claras sobre cómo distribuirlos.

Los hombres ocuparían el antiguo barracón de los obreros.

No era un lugar lujoso, pero lo habían rehabilitado; ahora era un edificio sólido, limpio y ventilado.

Allí podrían vivir hasta que se construyeran las nuevas viviendas destinadas a las familias.

Las mujeres y los niños, en cambio, se repartieron entre las cabañas vacías del poblado y varias familias se ofrecieron a acogerlos de forma temporal, compartiendo techo y rutinas.

Cuando todo estuvo en marcha, Irem pidió hablar a solas con Moisés.

Se reunieron en la que fue la cabaña de Nut, aunque sin la ostentación de esta. Era una estancia sencilla, construida en madera sobre un roble frondoso. La luz del atardecer entraba a duras penas entre sus hojas.

Ambos se acomodaron junto a una mesa con el símbolo de la colonia tallado: un arco con flechas.

—Gracias por acogernos —dijo Moisés inclinando la cabeza.

—No me des las gracias aún, acabáis de llegar —respondió Irem.

—Es cierto, sé que vendrán tiempos difíciles hasta que los nuestros se adapten.

«Así dice el Señor a todos los desterrados que hice llevar de Jerusalén a Babilonia: “Construyan casas y habítenlas; planten huertos y coman de su frutos. Procuren la paz de la ciudad adonde los hice llevar, y rueguen por ella, porque en su paz ustedes tendrán paz”». Jeremías 29:4–7.

—¿Una cita de La Biblia? —Estudió el Libro Sagrado cuando era infanta.

Los asistentes lo permitían porque lo consideraban una lectura más, y solo le mostraban ciertos pasajes que desacreditaban la existencia de Cristo como hombre.

Argumentaban que los relatos no coincidían, y lo describían no como un personaje real, sino como una figura literaria.

—Soy cristiano, y el líder espiritual de Los Desterrados. El Samada no existe para nosotros, solo el Dios verdadero —aseveró.

—Aquí podéis creer en lo que queráis, sois libres.

Él esbozó una leve sonrisa, luego adoptó un gesto más serio.

—Entonces, si me lo permites, tengo una petición —la tuteó.

—Te escucho. —Irem permaneció atenta.

—Necesito un lugar de culto para reunirnos. Un templo donde la palabra de Dios sea escuchada —explicó, solemne.

—No tenemos templos, ni edificios dedicados a la fe. El único lugar con capacidad suficiente es el patio del barracón donde estáis alojados.

—Es suficiente —respondió Moisés sin dudar.

—¿Necesitas algo más? —preguntó, solicita.

—¿Tus carpinteros podrían construir una cruz de madera y un altar sencillo?

—Sí, el único recurso inagotable de la colonia son los árboles, aunque no te garantizo que sea de inmediato. Hay mucho trabajo por hacer y, estarás de acuerdo conmigo, lo primero es dar un cobijo decente a los tuyos.

—Así es, eres una mujer con criterio. Acepto tu buena voluntad —dijo él, sincero—. Para nosotros eso basta.

Irem asintió y, tras un breve silencio, Moisés sacó un fardo de hojas dobladas con cuidado.

—Aquí tienes el censo. El nombre de cada uno de Los Desterrados y sus habilidades. Faltan los que llegarán en los próximos días. —Evitó explicar el motivo—. Te será más fácil reubicarlos.

Irem lo tomó y comenzó a revisarlo sin prisa hasta que se detuvo.

—Espera. —Alzó la vista—. ¿Sora… y Kai? —el tono de su voz, antes afable y sereno, se tornó seco.

Moisés percibió la tensión.

—Sí —contestó, sabía de la procedencia de las custodias, pero nunca supuso que fuera un problema. Además, Kai había propiciado llevarlos hasta allí. Sus formas no fueron las idóneas, sin embargo, ahora no se arrepentía. Quizá, Dios así lo dispuso.

Irem cerró el censo de golpe, y lo dejó sobre la mesa.

—No las quiero en mi colonia —dijo tajante.

El silencio cayó entre ambos.

—Traicionaron a Nut —replicó Moisés—. Huyeron de ella.

—No. Eso no es cierto. —Irem negó despacio con la cabeza.

—Es la historia que me relataron —contestó sin entender.

—Entonces te mintieron —afirmó Irem con firmeza—.

Huyeron con Nut, cuando fueron apresadas después de atacar la Comunidad de los salvajes.

—Moisés hizo un gesto de extrañeza, que ella advirtió—.

Es una civilización que está ubicada en la zona noreste, cerca del manantial, y que ahora son nuestros aliados —aclaró—.

Minerva se dirigía a su colonia con ellas para enjuiciarlas, y Nut aprovechó la suerte de una tormenta de arena para escapar con sus mejores custodias, entre ellas, Sora y Kai.

—Así se lo relató Artis, el nuevo líder del Este.

De hecho, aquellas que se arrepintieron de sus actos fueron perdonadas y ahora vivían de nuevo en la colonia.

—Cuando las recogimos en el desierto, Nut no las acompañaba —dijo. Quedó tentado en indagar sobre la Comunidad a la que se refirió, pero calló. Estaba más interesado en conocer la verdadera historia de las custodias—. Vinieron solas, las cuatro —aclaró

—¿Las cuatro? —preguntó, aún más confundida.

—Kai, Sora, Wade y Lina.

—¿Y dónde están las dos que faltan?

—Lina se ha quedado en la ciudad subterránea, junto a otros voluntarios, porque esperamos el regreso de una expedición de veinte hombres que llegarán, a lo sumo, en un par de semanas.

Entre ellos viaja Wade. Luego, emprenderán el camino para reunirse con nosotros.

Como te he comentado, son los nombres que faltan en el censo.

—No son de mi confianza —objetó Irem.

—Déjame explicarte —pidió Moisés—. Se han convertido al cristianismo, han adoptado nuestra fe y confesado sus pecados. Han trabajado sin descanso en la comunidad, sin provocar disturbios ni desobediencia —omitió la osadía de Kai por cruzar la puerta negra y su amenaza posterior. Era lo pactado.

Irem frunció el ceño, sin interrumpirlo.

—Sora ha cuidado de los niños —continuó—. La admiran, para ellos es una persona especial.

—¿Sora? —replicó, incrédula. Conocía su carácter frío y poco empático.

—Sí, ¿por qué dudas de mi palabra? —Moisés no entendía que lo cuestionase.

—Porque ella odiaba a los hombres y no permanecía ni un segundo cerca de los infantes.

—Ya no —respondió Moisés, manteniendo la calma—. Y en lo que respecta a Wade, entrenó a mis hombres. De hecho, como te he explicado, le concedí la oportunidad de unirse a la expedición, y no lo cuestionó.

—¿Y qué me dices de Kai? ¿Sabes que era la sucesora de Nut?

—Lo desconocía, pero ahora está comprometida con uno de mis hombres: Sansón. Además, fue marcada por Nut al descubrir su traición.

Irem se quedó perpleja. Se levantó con parsimonia y caminó hacia la ventana.

Desvió la mirada al patio central observando la actividad del poblado.

Aceptó la propuesta de Sansón, con la promesa de que su gente estaría segura, y la presencia de las custodias más afines a Nut no lo garantizaba.

La única pregunta que quedaba en el aire era dónde estaba Nut.

Moisés aguardó con estoicismo el silencio de Irem. Después de unos minutos, ella le dirigió una mirada profunda.

—No estoy conforme —dijo al fin—. Ni con Kai, ni con Sora. Lina fue sanadora, y es una buena mujer, se adaptará al nuevo orden. Y en cuanto a Wade, hablaremos cuando regrese. ¿Sabías que Kai y ella mantenían una relación?

—Sí, la rompió, y aceptó la propuesta de Sansón. El Sacramento del Matrimonio se celebrará el día de San Valentín.

—¿Qué será…? —preguntó ante su desconocimiento.

—Dentro de tres semanas.

—De acuerdo. Ahora seré yo la que te haga una petición: quiero entrevistarme con Sora —expuso—. Si, como dices, Kai está integrada, no será un riesgo para la colonia.

Moisés asintió.

—Así será.