CAPÍTULO 30
Bienvenida
A l amanecer, la gran piedra rodó por última vez para Sansón. Su eco retumbó hasta lo más profundo de la ciudad de Los Desterrados.
Cuando la salida quedó abierta, los primeros rayos de sol le anunciaron el inicio de una nueva vida y la certeza de que jamás volvería.
Al abandonar la cueva, el aire frío le llenó los pulmones.
Se detuvo un instante e inspiró hondo. Aunque hacía poco que había regresado del viaje, el olor allí arriba era distinto.
Quizá porque él también había cambiado de actitud con respecto al futuro.
Comprendió entonces que nunca había sido libre hasta ese momento, y más sabiendo que la mujer que amaba caminaba a su lado.
Como responsable de la caravana, cabalgaba en avanzadilla, siempre alerta.
Había aceptado liderar el trayecto porque conocía el desierto.
Antes de encontrar asilo con Moisés, deambuló por las rutas que comunicaban el oeste —su colonia de origen— y el sur.
Sabía leer la posición del sol y prever cualquier peligro.
Aun así, aquella marcha era transcendental.
No era una expedición ni una huida, era un éxodo de vidas enteras.
Por ello, decidió elegir el camino más seguro, y no el emprendido con Mirian la vez anterior.
Al segundo día, tomaron rumbo oeste. A medida que el sol ascendía, Sansón distinguió en la distancia la silueta oscura de la cordillera de pizarra negra.
La reconoció de inmediato. Se alzaba majestuosa.
Aquella montaña no era solo un accidente del terreno, también frontera y defensa de La Colonia del Sur, que se refugiaba tras ella.
Cuando alcanzaron la ladera, la siguieron hasta la entrada norte.
La única posible. Entonces, Sansón ordenó reducir la marcha.
El acceso era casi invisible; una grieta estrecha, disimulada en la roca, restos de lo que en otro tiempo fue una cascada.
La piedra, pulida por el agua, conservaba un brillo apagado y húmedo.
El paso era incómodo. Demasiado estrecho para los carros y bajo para avanzar erguido montado a caballo.
En algunos tramos, los que iban a pie tuvieron que guiar las ruedas, evitando que chocaran con la pared.
El techo descendía tanto que sentía la respiración de la montaña sobre su nuca.
Todos caminaban en silencio, expectantes ante lo desconocido.
Cuando por fin salieron del túnel, el sonido del agua los sorprendió.
Un río lento pero firme cruzaba el camino.
Al otro lado, un grupo de hombres y mujeres los observaban, armados con lanzas, ballestas y arcos.
Irem, a la cabeza, los esperaba. Era una mujer de mediana edad, de pelo corto gris, entrada en carnes y semblante sereno.
Con un gesto de su brazo, les indicó el vado, donde el agua apenas llegaba a las pantorrillas y hacía posible atravesarlo sin riesgo.
Nut caminaba detrás de uno de los carros ocultando su rostro con la capucha. Aunque su aspecto había cambiado, no descartaba que la reconocieran. Debía ser prudente y no hacerse notar.
Sansón se apeó del caballo y fue el primero en cruzar, tanteando el fondo con el pie antes de dar cada paso. Cuando alcanzó la posición de Irem, se dirigió a ella:
—Te saludo, Irem. —Inclinó la cabeza.
—Te saludo, Sansón. Bienvenido de nuevo a la Colonia del Sur. ¿Quién es Moisés? —preguntó, echando un vistazo a la comitiva.
—Aquel. —Señaló al carro de la cabecera. Estaba sentado en el pescante.
—Bien, en cuanto lleguemos al poblado, quiero hablar con él.
—Así será.
Sansón regresó sobre sus pasos. Ayudó a los más débiles, sujetó ruedas, calmó animales y buscó a Nut. Quería entrar en la Colonia del Sur junto a ella, pero esta le pidió que siguiera con su cometido y no antepusiera sus deseos personales hasta que todos estuvieran a salvo. La entendió.
Una vez reunidos al otro lado del río, Irem y parte del séquito los guiaron por un camino rodeado de rocas hasta que el bosque comenzó a cerrarse sobre ellos, espeso y frondoso.
El aire era húmedo y cargado de aromas: hojas, musgo, plantas silvestres.
La luz apenas lograba atravesar la copa de los árboles y los rayos que conseguían filtrase desaparecían al tocar el suelo.
Sansón no pudo evitar pensar: «Nut no mintió, es la Tierra prometida».
La Colonia del Sur no se mostró de inmediato.
Durante un trecho, el bosque los envolvió por completo.
Luego, el terreno comenzó a descender suavemente.
Sansón alzó el brazo y ordenó detener la caravana.
Ante ellos, entre los árboles, estaba el poblado.
No era una ciudad fortificada ni ostentosa.
Era orgánica. Integrada en el paisaje, donde las cabañas se mimetizaban con las copas de los árboles.
Había una explanada en la que se distribuían las edificaciones de uso común, como las cocinas, los establos y los baños.
Los Desterrados se quedaron inmóviles, en silencio, perplejos ante lo que tenían ante sus ojos. Los años vividos en la ciudad subterránea ahora se les antojaban lejanos.
—¡Podéis avanzar! —gritó Irem.
Sansón fue el primero en entrar. No tardaron en aparecer los habitantes del Sur. No empuñaban armas. Observaban desde los márgenes, con interés y cierto recelo. Mujeres, hombres, niños. Libres. No hubo gritos ni aplausos a su llegada, solo curiosidad.
Detrás de él, la caravana lo siguió hasta el patio central. Habían llegado a su destino, y Nut había conseguido su primer objetivo: entrar en sus dominios sin utilizar la fuerza.
Solo era cuestión de tiempo que la Colonia del Sur fuera suya de nuevo.