CAPÍTULO 29
Éxodo
E l encuentro con Irem no fue un fracaso ni una victoria.
Fue, simplemente, la confirmación de que no había marcha atrás.
Para ese cometido fueron elegidos Sansón y Mirian.
La presencia de ella no fue casual. Moisés sabía que enviar a una mujer, que además procedía del Sur, era vital para generar confianza.
Irem debía creer que aquella petición de asilo no escondía ninguna amenaza, sino necesidad.
Esa era, en esencia, la clave para cumplir los designios de Nut: que la líder del Sur no sospechase de la buena fe de Los Desterrados.
A su regreso y con la aprobación de Irem, la ciudad subterránea comenzó a prepararse para la partida.
Saldrían lo antes posible por la ruta del desierto.
La existencia del refugio permanecería oculta.
El río subterráneo hacía inviable desplazar a la población.
No había medios de transporte suficientes, y Nut había sido tajante.
Nadie, salvo quienes ya lo conocían, debía saber que existía.
Ese secreto era parte del pacto convenido con Moisés. Un secreto que era crucial para ella.
La organización del éxodo quedó en manos de Sansón y Nut.
Moisés no se opuso. Su actitud era la de un hombre cansado, resignado, consciente de que cada concesión era el precio que pagar por su falta de sinceridad.
En cierto modo, incluso agradeció a Kai soltar la carga que llevaba ocultando.
Tarde o temprano habría sido descubierto.
Así que delegó en ella la disposición de la caravana, aceptó el trayecto a cielo abierto que obligaba a rodear la colonia desde la ciudad subterránea.
Dos días escasos de camino, casi todo a pie.
La mayoría de los carros y los caballos habían sido empleados por la expedición de Aviel para transportar a los veinte hombres, y no quedaban suficientes medios.
Pidió a Kai atrasar un par de semanas la partida, el tiempo necesario para el regreso de Aviel.
Ella se negó.
No le convenía. Su ausencia favorecería la consecución de su plan.
Aun así, lo convenció, con aparente benevolencia, alegando que había solicitado voluntarios que los esperarían a su vuelta y así darles la buena noticia.
Después de ser informados, emprenderían el camino para reunirse en la Colonia del Sur.
Era una solución razonable y falsa. Sabía que Aviel había reclutado a sus mejores hombres para la expedición, incluida Wade, y necesitaba tomar la colonia antes de que unieran sus fuerzas para impedirlo.
Lina fue la primera en presentarse voluntaria.
No lo hizo por congratularse, sino por la promesa hecha a Aviel. Así se lo confesó a Nut, sin rodeos, con la dignidad de quien ya ha decidido su destino. Le dijo que él le había pedido matrimonio y que pensaba cumplir su palabra. Lo esperaría.
—Ja, ja, ja. ¿Matrimonio? ¿Tú? Aviel debe de estar muy desesperado para elegirte. —Nut se rio en su cara, la despreció.
Lina no bajó la mirada.
—Nunca sabrás lo que es el amor —le respondió con calma—. Ni lo que significa elegir a alguien para compartir tu vida.
—No lo deseo —replicó—. El amor es una debilidad, una distracción para los que sabemos lo que es el liderazgo. Tú lo confundes con esperanza. Yo lo llamo ingenuidad.
—Llámalo como quieras —dijo Lina, sin un atisbo de duda—. Yo prefiero vivir con esa ingenuidad antes que estar vacía como tú.
Nut dio un paso hacia ella, ladeando la cabeza.
—No te servirá de nada en la colonia. En cuanto me alce con el poder, los rangos volverán a instaurarse. Cada cual ocupará su lugar, como siempre debió ser. Por su edad, Aviel será un obrero —sentenció.
—Entonces no viviré allí —contestó Lina—. Me quedaré en la ciudad subterránea. No me importa tu plan ni tu ambición. Lo único que deseo es formar una familia y ser feliz. Porque el hogar es donde una es libre y amada.
Nut la observó unos segundos, evaluando algo más que sus palabras.
—Haz lo que quieras —dijo al fin, con un gesto desdeñoso—. Tu destino no me concierne. Pero te advierto que si le cuentas a alguien lo que hemos hablado, interceptaré la expedición de Aviel y acabaré con él antes de que os reunáis.
—El chantaje y las amenazas son lo único que te funciona, ¿verdad?
—Sí, es cierto, no lo niego.
Fue entonces cuando ocurrió lo inevitable.
—Ahora, debo seguir con mi cometido. Acompáñame a la vivienda de las samaritanas —le ordenó Nut.
—¿Por qué? —preguntó consciente del riesgo de que Luan y ella se encontrasen.
—En principio no las necesito, son unas inútiles, pero no puedo dejarlas aquí o el resto de los habitantes podrían perder la confianza en Moisés. Las ayudaremos a recoger sus pertenencias, y tú te encargarás de que no quede ninguna rezagada.
—Puedo hacerlo sola.
—De acuerdo, salimos en una hora.
Lina aceleró el paso. La única forma de evitar que ambas coincidieran era convencer a Luan de que se quedase con ella como voluntaria.
Entró en la vivienda. Allí la encontró. Estaba sentada en su catre, inmóvil, con un bastón apoyado entre las manos.
Las otras mujeres acataron la orden, metieron en un saco de lino lo poco que poseían y dejaron la estancia.
Una vez a solas, Lina se sentó a su lado.
—¿Cómo estás? —le preguntó.
—Como siempre, vieja —bromeó.
—Quiero pedirte un favor. La partida hacia la Colonia del Sur es inminente, pero… —fue incapaz de revelarle los verdaderos motivos del éxodo— yo esperaré hasta que Aviel regrese. ¿Te importaría quedarte conmigo?
—¡¿Qué demonios hacéis ahí sentadas?! —la reprimenda alterada de Nut retumbó en las paredes. Lina se demoraba y volvió sobre sus pasos—. Basta de charla, sabía que no podía confiar en ti, ni siquiera puedes hacer…
—Esa voz… —susurró Luan.
—¿Qué ocurre con mi voz? ¿Acaso te molesta? —Nut comenzó a caminar hacia ellas.
—Kai, por favor, yo me encargo. Tiene problemas de visión, se quedará conmigo. Ella no podrá aguantar el viaje, es débil —intervino para frenar lo inevitable. Se levantó ocultándola con su cuerpo.
—¿Qué pasa aquí? —Nut ignoró su petición, y la apartó de un manotazo. Se acercó hasta Luan, y le levantó la cabeza.
—Tú eres… Conozco tu voz… Eres… la patrona del Sur, eres… —Luan intentó hablar, decir su nombre. Nut no se lo permitió. Sacó el cuchillo con tal rapidez que ni siquiera Lina pudo impedirlo. La hirió de muerte, hundiendo el filo en el abdomen.
—¡¿Por qué lo has hecho?! ¡Solo es una anciana! —gritó, perpleja, y corrió hacia Luan para socorrerla. Le taponó la herida con las dos manos, pero fue inútil, vio la muerte en sus ojos.
—¿Y tú me lo preguntas? —le contestó con frialdad mientras limpiaba el arma con un trapo abandonado—. Tú lo sabias, me lo has ocultado desde que llegamos. Ella podría haberme reconocido en cualquier momento y habrías puesto en riesgo mi identidad.
—¡Estaba aislada! —gritó entre sollozos—. ¡No permitiré que acabes con la vida de nadie más! —la rabia de Lina explotó.
Se abalanzó hacia ella, aunque no poseía la habilidad de Nut.
Se defendió con desesperación, con uñas y dientes.
Alcanzó el bastón de Luan y lo empuñó a modo de una lanza.
Nut la superaba en técnica, en fuerza, en determinación.
Por más que intentó abatirla en cada ataque, la hoja del cuchillo le alcanzó el costado.
Lina cayó al suelo, desangrándose, sin fuerzas para gritar.
Se llevó las manos a la herida abierta. El dolor era desgarrador, le cortaba la respiración.
Nut se inclinó sobre ella.
—Esto es lo que querías, ¿no? Ahora puedes esperar a tu amado Aviel hasta que la muerte os separe.