Samada: la Colonia del Sur (Samada 4) CAPÍTULO 28
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CAPÍTULO 28

Llamamiento

M oisés, como siempre, estaba erguido frente al altar. Cuando el último habitante adulto y sano entró en la iglesia, les indicó que podían tomar asiento. El talante del líder había cambiado o así lo apreció su hermana Mirian. Lo conocía demasiado para intuir que estaba distinto.

Siempre había sido un hombre que respiraba calma, incluso en los momentos más duros, como cuando llegaron solos a la ciudad subterránea. Ella era aún una niña, pero lo recordaba bien. Recordaba el olor a tierra húmeda, el aire viciado que quemaba los pulmones y la oscuridad cerrándose sobre ellos.

Entonces, Moisés no dudó.

Mientras ellas perdían la esperanza ante los túneles derrumbados, él se arrodilló y comenzó a cavar con sus propias manos.

Con las uñas quebradas y los dedos ensangrentados, siguió apartando piedras sin detenerse.

Mirian, temblando, lo observaba en silencio.

Grabó para siempre aquella imagen: su hermano abriéndose paso palmo a palmo y arrastrándose por las galerías hasta que consiguió alcanzar un nivel donde el aire era respirable.

Allí descubrieron que no habían sido los primeros en llegar.

En una cámara lateral, ocultos tras un derrumbe, encontraron medio enterrados restos humanos y un saco de lino.

Moisés se agachó, apartó con la yema de los dedos el tamo que lo cubría y luego tiró de él despacio.

Dentro había unas hojas quebradizas, escritas con una caligrafía legible y firmadas con el nombre de Luna.

Logró leer algunas palabras que no habían sucumbido al paso del tiempo: agua, aire, pozos, niveles, refugio…

Llegó a la conclusión de que era la primera desterrada que accedió a la ciudad desde una entrada exterior.

No levantó la voz. Solo murmuró: « Aquí podremos vivir».

Ese recuerdo había quedado anclado en su memoria.

Mirian observó atenta a Moisés. Este avanzó unos pasos y comenzó a hablar.

—Durante años hemos esperado. Hemos resistido.

Hemos creído que permanecer ocultos era sinónimo de seguridad.

Pero incluso las Escrituras nos recuerdan que «la Tierra prometida no se alcanza sin caminar hacia ella » .

—Hizo una pausa breve—. «Y os llevaré a una tierra fértil, donde cada uno habitará bajo su techo y nadie le impondrá cadenas» —continuó citando—.

No es una promesa, sino mi responsabilidad.

—Respiró hondo—. He meditado largamente.

He escuchado, observado y he tomado una decisión.

Iniciaremos el éxodo hacia la Colonia del Sur.

El silencio estalló en murmullos. Voces superpuestas, incredulidad, miedo.

—¡Somos cristianos! —gritó alguien desde el fondo—. ¡No respetarán nuestras creencias! ¡Nos convertirán en esclavos!

Moisés no se inmutó, templó las voces con un movimiento de sus manos.

—Lo sé —respondió con serenidad—. Y precisamente por eso hablo con conocimiento.

Sé que la vida en el Sur ha cambiado. Sé que las normas impuestas por las fundadoras han dado paso a una nueva sociedad donde se respeta la libertad de cada individuo, donde nadie es obligado a creer, a servir o a someterse.

Donde la dignidad se antepone a cualquier rango.

—El murmullo se transformó en expectación—.

Allí construiremos un templo —añadió—. No como imposición, sino como nuestro refugio, y para aquellos que deseen unirse a la fe en Jesucristo.

Nadie será excluido por pensar distinto.

—¿Y los recursos? —objetó otra voz—. ¿Habrá suficiente para todos?

—Sí —afirmó Moisés sin dudar—. Y sé también que desde la caída de Nut como patrona del Sur, la paz reina en algunas colonias y están unidas.

La aludida, quien permanecía atenta a cada palabra, sonrió de lado y pensó a la vez: «No por mucho tiempo».

Por otro lado, Mirian sabía que cuando Moisés había comunicado su deseo de abandonar la ciudad, era porque lo había meditado. Y ahora, al verlo allí, tan sereno y a la vez tan distinto, comprendió que debía secundarlo. Se levantó y dio un paso al frente.

—Conozco a mi hermano —dijo—. Y aunque ignoro por qué ha tomado esta decisión, al igual que vosotros —aclaró—, sé que nunca nos conduciría a un destino incierto. Si cree que este camino es seguro, yo lo apoyaré.

Las miradas se volvieron hacia ella.

—¿Y cómo lo haremos? —preguntó alguien más.

—Con prudencia —respondió Moisés—. Para que Irem, la nueva líder del Sur, no piense que actuamos de mala fe, enviaremos primero una avanzadilla. Pediremos asilo. Solo después comenzará el éxodo.

No mencionó el refugio. No habló del pacto. Tal como había acordado con Kai, guardaría el secreto. Así, su integridad quedaría a salvo, todos lo seguirían y la decisión parecería, ante los ojos de la ciudad, libre y voluntaria.