CAPÍTULO 27
Confesión
A ntes de la entrevista, Nut debía reconciliarse con Sansón si quería tenerlo de su lado.
—Espera, entremos en la iglesia —dijo cogiéndolo de la mano. Una acción demasiado tierna e inusual, que él aceptó con agrado tras el desencuentro de esa misma mañana.
Después de acceder al templo, le pidió que se sentase.
—Sansón, quiero disculparme por no haber contado contigo. Entiendo tu enfado y te doy las gracias por excusarme ante Aviel. Por favor, perdóname. —Unió sus manos a modo de plegaria con teatralidad y fingió un puchero propio de un infante.
—¿Por qué lo haces? —preguntó Sansón.
—¿El qué? —Nut abandonó el gesto inocente, contrariada.
—Jugar conmigo.
Ella le sostuvo la mirada por un instante.
—No estoy jugando contigo —dijo por fin—. Si lo hiciera, no estaría aquí pidiéndote perdón.
Sansón negó con la cabeza.
—Siempre que quieres algo, recurres a la dulzura, a hacerme sentir necesario, hasta que, como anoche, dejé de serlo.
—¿Eso crees?
—A veces siento que solo existo cuando encajo en tus planes.
Nut se sentó a su lado, sabía que Sansón se rendiría a sus pies cuando sintiese su cuerpo cerca. Sin embargo, no lo tocó o lo tomaría como otra de sus tretas.
—Sansón —pronunció su nombre adrede—. Si te utilizase, no estaría aquí y ahora.
—Entonces, dime la verdad. Demuéstramelo. Confía en mí. ¿Por qué quieres hablar con Moisés?
Él era su único aliado, y no quería perderlo. Meditó la respuesta, y solo halló una. No mentirle.
—Sora y yo encontramos la puerta del refugio. La abrimos y conseguimos llegar a él. Es difícil de explicar…
—Inténtalo —la animó.
—Para resumir, sé cómo acceder a la Colonia del Sur sin correr ningún riesgo —omitió el hallazgo, porque le era imposible definir lo que había en aquella sala.
—Un momento, ¿hay un pasadizo oculto en el refugio? —La curiosidad de Sansón se reflejó en su rostro.
—Más o menos. Lo más relevante es que intuyo que Moisés lo sabe y quiero confrontarlo. ¿Por qué crees que tiene prohibido el acceso a los habitantes?
—Porque, si lo descubren, perderá la confianza de sus súbditos.
—Exacto. Les está negando una vida mejor solo por egoísmo, para no perder su liderazgo o la obediencia ciega que le profesan. Por ese motivo, debemos actuar. ¿Cuántos hombres han salido en la expedición?
—¿Eso que tiene que ver…? —la pregunta lo descolocó.
—Respóndeme —pidió sin alzar la voz.
—Unos veinte, incluidos Aviel, Adán y Wade.
—¿Ella? —preguntó mordiéndose el labio inferior—. Mejor, la he notado distante y podría interferir en nuestros planes. ¿Y cuánto tiempo estarán fuera?
—Dos semanas, quizá algo más. Es difícil de saber, depende de la ruta que hayan tomado —aclaró, era lo usual en ese tipo de partidas.
—Bien, justo lo que esperaba.
—¿Lo que esperabas? —preguntó Sansón, ya alerta. Nunca terminaría de comprender la forma de razonar de Kai.
Nut apoyó la mano sobre la suya para tranquilizarlo, demostrándole la confianza que él le reclamaba.
—Ha llegado el momento de hacer las cosas bien. No podemos improvisar, ni fallar.
—Kai, ¿qué estás tramando?
—Quiero que, mientras hablo con Moisés, aguardes junto a la puerta. Te necesitaré. Entonces, sabrás el siguiente paso.
Sansón asintió.
Nut entró sola en el santuario de Moisés.
Él la obedeció sin cuestionarla. Eso sí, inquieto ante una situación que no controlaba. Había visto verdad en las palabras de Kai, y las dudas que albergaba sobre ella se disiparon.
Pasaron unos minutos hasta que la puerta se abrió.
Moisés salió primero, con el rostro pálido y la respiración entrecortada, seguido de Nut, con el cuchillo amenazando el cuello del guía espiritual.
—¿Qué haces? ¿Te has vuelto loca? Si te descubren…
—No lo permitas, hijo —le rogó Moisés.
—Si no abres la boca, no te pasará nada —escupió Nut a la vez que cambiaba el filo del arma del cuello a la espalda—. Sansón, camina delante de nosotros.
—¿A dónde?
—Hacia la puerta negra.
Sansón obedeció sin discutir. Avanzó marcando el paso.
Su cuerpo servía de escudo ante las miradas de los que se cruzaban.
A ojos de cualquiera, no había nada extraño.
Sin Aviel en la ciudad, Sansón era el protector del líder y nadie se interpuso en su camino.
Pero a cada tramo, Nut presionaba el cuchillo contra la espalda de Moisés, lo justo para recordarle que no debía alzar la voz. Y así fue, no gritó.
El descenso fue rápido. La barcaza soportó el peso de los tres y consiguieron llegar a la puerta del refugio.
Como Nut imaginó, Moisés ni siquiera se inmutó con el movimiento del extraño artilugio, no así Sansón, quien sintió un vacío en el estómago.
No era miedo, sino vértigo. Aquello no tenía nada que ver con la fe, pero rezó porque acabase pronto.
Cuando alcanzaron la sala de control, Sansón parpadeó. Nunca había visto nada igual: máquinas con luces, símbolos que no comprendía y cristales con imágenes tan reales que podía hasta tocarlas.
Nut empujó a Moisés al interior sin retirar el cuchillo y Sansón cerró la puerta tras ellos. Luego, lo sentó en una silla con ruedas frente a una de las pantallas.
—Lo sabías, ¿verdad? Dime, ¿qué ves? —Lo agarró de la cabeza acercándolo a la imagen—. ¡Contesta!
—La actividad de la Colonia del Sur desde distintos puntos —acertó a decir—. Sansón, hazla entrar en razón. Esto no es…
—¡Cállate! —gritó, propinándole un empujón que lo desplazó a unos metros.
—Kai, está colaborando, no creo que sea necesario utilizar la fuerza —medió Sansón.
Tardó unos segundos en seguir su consejo, si no lo hacía, él descubriría a la verdadera Nut. Así que suavizó su carácter. Empujó la silla a su lugar. Luego, lo giró para enfrentarlo y guardó el arma.
—De acuerdo, empezaré de nuevo. ¿Desde cuándo conoces la existencia de este refugio?
—«Hay tiempo de callar y tiempo de hablar». Eclesiastés 3:7 —citó sin apartar la mirada.
—No agotes mi paciencia con tus sermones y contesta a mi pregunta.
—Desde que era un infante, nací en esta colonia.
—¿Cómo lo descubriste?
—Fue un accidente —dijo Moisés al fin, con la voz quebrada—.
O eso creí durante años. Cuando era niño, los asistentes nos llevaban a la ladera oriental de la colonia.
Nos enseñaban la flora, la fauna, los nombres de los árboles y las huellas de los animales.
Decían que conocer la tierra era honrar a las fundadoras.
Yo caminaba detrás de ellos, distraído, mirando el suelo y, de pronto, desaparecí.
—¿Qué quieres decir?
—Ni siquiera pude gritar. El suelo cedió bajo mis pies.
Había una trampilla cubierta de vegetación, tan bien camuflada que nadie se había percatado de su existencia.
Caí por un túnel estrecho, rodé entre raíces y piedras hasta quedar atrapado en la oscuridad.
Tardé en comprender que no estaba muerto o que no era un mal sueño.
»Aquel pasadizo me condujo aquí. A esta sala. A las máquinas. A las imágenes del exterior. No entendía nada, pero supe que no era obra del Samada ni de ningún Dios. Era conocimiento. El poder de los hombres que provocó la devastación de la Tierra. Eso me asustó y no dije nada durante años.
—¿Volviste a entrar?
Moisés asintió.
—Cuando crecí, inventé excusas. Decía que iba a recolectar bayas, hierbas aromáticas, cualquier cosa que justificara adentrarme en el bosque.
Cada vez avanzaba un poco más por el túnel.
Marcaba el camino con cortes en la pared metálica, con símbolos que solo yo reconocía.
Aprendí a moverme en la oscuridad y a esperar una respuesta. Después encontré la ciudad subterránea.
»Cuando cumplí la edad, me asignaron el rango de obrero. Mi madre… —tragó saliva entristecido por el recuerdo—, mi madre era una mujer piadosa. Creía en Dios, en nuestro Dios. Suplicó a la patrona que tuviera compasión de mí. Que no me condenara a una vida de trabajo hasta la muerte. No la escuchó.
—Fue cuando decidiste que había llegado el momento de escapar —afirmó Nut.
—Sí, comprendí entonces que mi único destino era huir.
Aquella noche, antes de que me separaran de ella, la convencí para marcharnos junto con mi hermana Mirian.
Fue duro, sin embargo, tomé una decisión.
Yo… —dudó por un instante—, yo no fundé la ciudad de Los Desterrados por ambición.
Lo hice por necesidad. Fui acogiendo a los expulsados, a los rotos, a los que no tenían lugar en las colonias.
Les di normas, fe, estructura. Algo a lo que aferrarse.
—¿Y les negaste la verdad? —masculló Sansón.
Moisés bajó la cabeza.
—Les di lo único que podía mantenerlos unidos. La esperanza.