Samada: la Colonia del Sur (Samada 4) CAPÍTULO 26
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CAPÍTULO 26

Orgullo

E l amanecer sorprendió a Sora y Nut regresando a la ciudad de Los Desterrados.

Aprovecharon el cambio de guardia para subir los distintos niveles.

Así nadie advirtió su aventura nocturna; a excepción de Sansón, quién las interceptó justo antes de entrar en la vivienda.

Estaba en mitad del pasadizo, con los brazos cruzados y el ceño fruncido, incapaz de ocultar su irritación.

—¿De dónde vienes? —se dirigió a Nut.

—Sora, entra. Debo hablar a solas con él.

La custodia acató la orden.

Luego, Sansón la agarró del brazo con fuerza, arrastrándola hacia otra estancia deshabitada. Nut se contuvo para evitar un escándalo; ningún hombre había osado antes a tratarla así. Una vez dentro del habitáculo, le demostró su rabia soltándose del agarre de un tirón.

—¡Jamás!, ¿me oyes?, jamás vuelvas a tratarme como si fuera tu posesión. No tienes ningún derecho, soy la… —rectificó o su orgullo la traicionaría desvelándole su identidad— mujer que te sacará de este agujero.

—¡¿Sí?! Y yo el hombre que ha tenido que disculparse por tu ausencia.

Aviel ha salido antes del amanecer en una expedición y te necesitaba.

Has faltado a tu deber. —Por primera vez, Sansón no era el hombre complaciente y sumiso que ella creía conocer.

Había en su mirada algo distinto, áspero y salvaje—.

Si de verdad quieres continuar con tu plan, será mejor que te ciñas al papel que has interpretado hasta ahora o Moisés no dudará en castigarte —manifestó, templando el tono de voz..

—¿Más de lo que ya lo ha hecho? Él también rompió su promesa, en favor de Wade. No hay castigo más cruel que obligarme a vivir en esta pocilga y casarme —escupió sin medir las consecuencias.

—¿Consideras nuestro matrimonio un castigo?

Nut parpadeó, consciente de su error. Sabía que hablaba desde la desesperación, así que bajó la mirada para recomponerse y suavizó el gesto o su farsa no duraría.

—No… no me refería a ti. Era una forma de hablar. Tú eres lo único que deseo. Sansón, casarme contigo es lo que me mantiene cuerda. —Le pidió perdón a su manera, tan creíble que Sansón no dudó de sus palabras.

—Ahora, ¿me dirás dónde has estado toda la noche? —preguntó, porque aún recordaba cómo se sintió al no encontrarla. No solo era preocupación, sino ese miedo primitivo a perderla y que al fin hubiese decidido emprender el plan de huida sin él.

—Sora y yo hemos encontrado allí abajo la puerta de un refugio —le contó una verdad a medias.

Sansón sintió una punzada en el pecho. ¿Un refugio? ¿Una salida? El peligro que ella había ignorado al aventurarse por aquel lugar lo imaginó multiplicado, aunque sabía que Kai era una guerrera, al igual que Sora.

—¿Por qué no me lo dijiste? Os habría acompañado —dijo con dureza. Le dolió haber sido excluido, y lo percibió como una pequeña traición.

—No quería ponerte en riesgo. Si alguno de los centinelas nos hubiera descubierto, no habrías salido indemne por desobedecer las órdenes de Moisés. Supongo que pensé que con nosotras sería más condescendiente.

Él apretó los labios. Reconoció que le irritaba la certeza de que tenía razón. Aun así, su orgullo masculino se sintió herido. No soportaba que Kai lo tratase como a un hombre frágil, incapaz de asumir las consecuencias de sus actos.

—¿Y ahora qué? —quiso saber, pero en realidad su pregunta era otra: «¿Y quién soy yo para ti?».

—Necesito que me conciertes una audiencia con Moisés.

—¿Con que pretexto? —La miró con atención.

—Confesión. No se negará, estoy segura.

—Si es lo que deseas, hablaré con él. Ahora, refréscate y vete a los establos. Te avisaré.

Sin mediar una palabra más, Sansón abandonó la estancia convencido de que Kai nunca sería completamente suya. Por otro lado, sintió la vanidad por estar al lado de una mujer indomable, y por el otro, el temor de que un día dejara de necesitarlo.

La mañana transcurrió con la monotonía de los quehaceres diarios, pero para Nut aquello era una tortura diseñada para poner a prueba su paciencia. Cada segundo era eterno, lento, insistente e insoportable. El tiempo se burlaba de ella, y lo odiaba como a Moisés por no haberla convocado todavía.

—¿Quién demonios se cree que es ese viejo para hacerme esperar? —preguntó al aire.

La única respuesta que recibió fue el relincho del equino que cepillaba. Movía las manos sobre el animal con delicadeza, mientras por dentro la ansiedad estaba a punto de estallar. Quería entrar en su santuario, estar frente a él y romper su falsa serenidad.

Y mientras el día avanzaba con esa lentitud que parecía una provocación personal, lo más irritante fue descubrir que Sansón también se había colado en su mente.

No por amor o deseo —esa debilidad no la vencería jamás—, sino por sorpresa.

La había sujetado aquella mañana con más fuerza de la que habría permitido a cualquiera de sus súbditos.

El gesto la enfureció, pero también la desconcertó: «¿Qué clase de imbécil osa ponerme una mano encima sin mi permiso?

¿Y por qué no he sentido solo furia? No lo toleraré. No eras nada, Sansón».

Sacudió la cabeza con desprecio hacia sí misma.

Los hombres eran herramientas o lastre, nada más.

Y Sansón, con su lealtad y mirada ardiente, todavía no sabía en qué lugar merecía estar.

Que la desafiara sin querer era irritante, sí, y también útil.

La fascinación que sentía le salía por los poros, y Nut sabía cómo aprovechar esa fijación por ella.

No obstante, lo único que de verdad importaba era Moisés.

Ese encuentro. Ese paso decisivo. La llave que la coronaría de nuevo como la patrona del Sur.

—¡Kai! —escuchó la voz de Sansón a su espalda—. Moisés ha aceptado. Acompáñame.

Nut percibió la tensión de su mandíbula. No supo discernir si seguía enfadado, así que optó por no decir nada. Se limitó a seguirlo por los pasadizos ordenando cada palabra de su ansiado encuentro con Moisés.