CAPÍTULO 25
Misión
E n los establos, Aviel azuzaba a los hombres con premura.
Moisés les había encomendado una misión: debían partir antes del amanecer para abastecerse de provisiones.
El cereal escaseaba, así como el aceite y la sal; productos básicos para la alimentación de la ciudad.
Si fue cierto lo que las custodias le contaron a su llegada, era muy probable que el intercambio de mercancías entre las Colonias del Oeste y del Sur se hubiera restablecido; un beneficio que no perderían.
Sansón sería el responsable de la seguridad en la ciudad durante la ausencia de Aviel, quien recibió la orden con agrado, aunque echaría de menos a cierta persona, a la que buscó para despedirse.
Encontró a Lina en la enfermería, inclinada sobre la mesa de trabajo.
La luz tenue de un candil se detenía justo en sus manos de dedos largos, que se movían con precisión triturando los ingredientes en un mortero de piedra oscura.
Lo hacía con movimientos lentos, circulares y con cada giro liberaba un aroma dulzón.
Después, con la yema del dedo, probó un grano, lo dejó caer de nuevo en el mortero y sonrió apenas, satisfecha con la textura.
Luego, inclinó el rostro para olerlo, cerrando los ojos un instante, y ese gesto a Aviel lo removió por dentro, imaginándola en su lecho henchida de placer.
Cuando por fin Lina notó su presencia, levantó la vista con una expresión tranquila. Intuía que llevaba un rato observándola.
—¿Qué haces ahí? —preguntó, sin dejar de remover el elixir.
Y Aviel, de pronto, sintió que era el momento.
—Salimos esta mañana, he venido a despedirme —dijo acercándose hacia ella.
Lina dejó el mortero sobre la mesa y se limpió las manos en el mandil.
—Hablemos en el pasillo, hay dos pacientes, y no están sordos. —Lo agarró de la manga, alejándolo de la enfermería.
Desde aquel tropiezo inesperado en el pasillo, cuando Lina estuvo a punto de caer y Aviel la sostuvo con firmeza y sorpresa a la vez, algo comenzó a crecer entre ellos o eso creyeron.
En verdad, a Aviel le conquistó el arrojo de esa mujer en el Oasis de Luna.
Mientras él luchaba contra la bestia, ella salió del chozo lanzándose debajo del carro en busca de las armas y, tras ese momento, la empezó a mirar con otros ojos.
En cuanto a Lina, con la primera sonrisa, que le dedicó el día de su bienvenida a la ciudad, casi la conquistó.
Porque no fue inmediato; más bien, una atracción que ambos intentaron ignorar sin demasiado éxito.
Así que, Aviel aprovechaba cualquier ocasión, dejándole caer indirectas ligeras que nunca traspasaban el límite del respeto.
Lina, debido a su carácter abierto, le contestaba en su línea; con frases divertidas, irónicas, y sonrisas que no sabía o no podía contener, consciente de que cada comentario de Aviel la descolocaba más de lo que quisiera.
Con el transcurrir de los días, sus encuentros dejaron de ser casuales.
Coincidían en la cantina y se sentaban juntos, fingiendo que solo se trataba de suerte.
En los oficios religiosos de los domingos buscaban asiento en el mismo banco, dirigiéndose miradas tontas sin hablar.
Incluso sus turnos en el solárium parecían citas furtivas de enamorados, aunque los demás evidenciaban que no era la amistad lo que los unía.
Incluso Marta lo advirtió. Ante su curiosidad, Lina lo negaba.
Aun así, ninguno dio un paso más allá. Mantuvieron la distancia justa, y siempre respetuosa. Sin un roce o una caricia o el beso que deseaban. La atracción era innegable, pero ninguno de ellos la había confesado.
—Lina, quiero… —comenzó a hablar Aviel, inseguro.
—Solo vas a una expedición, ¿a qué viene esa cara? —dijo para restarle importancia al instante. En cierto modo, a ella también le apenaba su partida. Lo echaría de menos.
—Verás, he pensado… que si tú… ¿Me esperarás? —soltó precipitado.
—Claro, no pienso ir a ningún sitio.
—Me refiero a que si cuando regrese del viaje… —Se rascó la nuca, vacilante—. ¿Te casarás conmigo?
—¿Yo? ¿Contigo? ¿Matrimonio? —Abrió los labios sin darse cuenta, incapaz de ocultar el asombro.
Aviel la tomó de las manos y la miró a los ojos.
—Lina, he pensado que podríamos celebrarlo el mismo día que Kai y Sansón. Sé que es algo precipitado, pero ninguno tenemos veinte años.
Lina retiró ligeramente las manos, no por rechazo, sino para ganar un segundo de aire.
El corazón le latía demasiado rápido, confundido entre el vértigo, la sorpresa y ese calor que Aviel le había despertado sin pretenderlo.
Nunca imaginó que él pudiera dar ese paso.
Una parte de ella sintió miedo, y la otra, una punzada de ilusión que trató de sofocar.
—Aviel… —murmuró, intentando ordenar el torbellino que llevaba dentro—. No sé si es buena idea, apenas nos conocemos.
—De acuerdo, no lo decidas ahora —añadió él—. Solo es una expedición. Cuando regrese, te lo preguntaré de nuevo, y confío en que sea un sí.
Entonces, Lina sopesó la posibilidad de que Aviel no volviera. El desierto era traicionero. Inspiró hondo, segura de no arrepentirse de sus palabras.
—No prometo ser la mujer perfecta —le advirtió—. Tampoco sé si estoy preparada para ello. Pero si realmente lo deseas… —Alzó la mirada, encontrándose con la suya—. Te esperaré.
La expresión de Aviel se suavizó, primero incrédulo, luego emocionado.
No dijo nada, no hizo falta. Dio un paso lento hacia ella, pues no quería asustarla.
Lina no se apartó. Él acarició su mejilla, rozándola con la yema de los dedos.
Ella cerró los ojos y cuando volvió a mirarlo, solo encontró sus labios.
Y así llegó el primer beso, al menos para Lina.
Fue suave y delicado, suficiente para saber lo que significaba ser amada.
Lo que siempre soñó. Sintió que sus piernas desgarbadas levitaban.
Aviel, que por fin la tenía cerca, reprimió sus impulsos de avanzar más o nunca podría separarse de ella.
Y el beso, corto pero perfecto, fue el sello de una promesa.
Al separarse, ninguno habló. No era necesario.
Aviel se alejó en dirección a los establos con una sonrisa dulzona. La misma que Adán reconoció al verlo llegar.
—¿Dónde has estado? ¿Tienes que contarme algo? —le preguntó mientras cargaba un saco en uno de los carros. En esa ocasión casi una veintena de hombres habían sido elegidos para el viaje.
—Nada que te interese. Y tú, ¿te has despedido de tu amiguita?
—¿Qué amiguita? Tengo muchas —le contestó con tonillo burlón.
—Muy bien, pues si ninguno tiene nada que contar, será mejor que nos pongamos en marcha.
Adán desvió la mirada hacia una persona que no esperaba.
—¿Qué hace aquí? —le indicó con un leve movimiento de la cabeza.
—Tu tío así me lo ha pedido. Si supera esta prueba, Wade no tendrá que unirse a las samaritanas.
—¿Te fías de ella?
—Sí, más que de Sora o Kai, quien, por cierto, no ha aparecido para ayudarnos.
—¿Qué te ocurre con Sora? —saltó a la defensiva, obviando la ausencia de Nut.
—Tú sabrás, es tu amiga, no la mía.
—Ella está integrada. Sé que no es muy empática, pero… —dudó unos segundos—. Tú no la conoces.
—Y tú tampoco —afirmó Aviel con tal decisión que Adán no pudo rebatirlo.
—¡Aviel! ¡Te buscan! —gritó uno de los hombres señalando a una mujer.
Al girarse, descubrió a Lina. En ese instante, pensó que volvía a su encuentro porque estaba arrepentida de su decisión. Se dirigió a ella con una inquietud que intentó disimular, aunque su gesto contrariado lo traicionaba.
—¿Qué haces aquí?
—Quiero que me hagas un favor.
—¿Un favor? Claro, lo que necesites —dijo, aliviado.
Lina sacó del bolsillo de su mandil un papel enrollado.
—Léelo cuando alcancéis el cruce de las caravanas, a solas —recalcó—, y luego deshazte de él.
—Un favor fácil, aunque ese lugar es peligroso. Está en la intersección de las cuatro colonias —objetó.
—Lo sé, entenderás el porqué. Parte en paz.
Alargó la mano y, antes de coger el mensaje, le acarició los dedos a modo de despedida.