CAPÍTULO 24
Salida
—¿ E stás preparada? —preguntó Nut a Sora, quien portaba una antorcha frente a la puerta negra y un saco a la espalda.
Unos días antes, la custodia había tomado una determinación.
A Sora le inquietó descubrir que Adán se había convertido en un pensamiento recurrente.
No le gustaba esa vulnerabilidad. Se negaba a aceptar la atracción que sentía.
Quería que él se mantuviera lejos, aunque cuando pasaba un tiempo sin aparecer por la guardería, su mirada se escapaba hacia la puerta.
Luego se reprendía en silencio, consciente de que no podía seguir así.
Necesitaba abandonar la ciudad, y la única opción real era recuperar la confianza de Nut y persuadirla de que la incluyera en su plan.
Y así lo hizo. No le confesó sus verdaderos motivos, solo reconoció que había actuado de forma impulsiva defendiendo a Wade y que estaba pasando por un momento difícil.
Le dijo que necesitaba ver el sol, respirar aire puro y sentir que aún quedaba esperanza fuera.
No pidió compasión, solo quiso demostrarle que podía ser útil.
Nut interpretó esa franqueza como un gesto de confianza y decidió darle otra oportunidad.
Ahora, cuando la ciudad dormía, ambas estaban dispuestas a descubrir si era cierto lo que Nut imaginaba.
—Rocíate el cuerpo. —Le entregó un odre una vez dentro del pasadizo.
—¿Qué es? —preguntó antes de abrirlo.
—Vinagre mezclado con agua.
—¿Para qué lo necesito?
—Obedece, y no preguntes, será mejor que no lo sepas. —Desconocía si las cucarachas le provocaban la misma repugnancia que a ella.
Avanzaron y el repelente natural funcionó. Además, Nut dejaba un reguero de la mezcla a su paso para evitar que los bichos salieran de su escondrijo. A pesar de ello, escuchaban tras la pared sus movimientos rápidos y el sonido, seco y rasposo, del choque de sus cuerpos al desplazarse.
—¿Qué son? —preguntó Sora.
—Cucarachas grandes, muy grandes.
Por instinto, Sora se giró sobre si misma moviendo la antorcha de un lado a otro.
—Tranquila, el olor las mantendrá alejadas.
Continuaron caminando hasta llegar al río subterráneo. Atada a un saliente había una balsa rudimentaria con cabida para dos personas.
—Sube, seguiremos el curso del río hasta que se bifurque.
—¿De dónde ha salido? —inquirió Sora.
—He reciclado algunos catres en desuso de la enfermería. Sansón me ayudó a construirla.
—¿Por qué no nos acompaña?
—El hombre, por naturaleza, cuando está enamorado, siente que debe proteger a la mujer que ama. Si creyera que tras esa puerta hay un peligro, intentaría disuadirme y no me dejaría otra alternativa que deshacerme de él, y por mucho que me pese, aún lo necesito.
—¿Te casarás con Sansón?
—No, si puedo evitarlo. Rema —ordenó, dando por zanjada la conversación.
Después de dejar la balsa, caminaron orilladas por el canal hasta encontrar la cueva.
—Abre el saco, coge la barra de hierro y sígueme.
Sora obedeció sin preguntar. Caminó tras Nut en silencio.
—Aquí está.
—¿Qué significa esa inscripción? —preguntó al leer: «K-190».
—Supongo que el nombre del refugio. El sistema de apertura está oxidado. Haremos palanca.
Trabaron la barra de hierro en la ranura de la rueda.
Ambas se inclinaron a la vez, dejando caer el peso de sus cuerpos sobre el extremo.
Los músculos de sus brazos se tensaron, los hombros temblaron bajo la carga y un gemido sordo escapó de la puerta.
La rueda se resistió un segundo interminable hasta que sintieron, más que oír, un crujido profundo, un pequeño desplazamiento, la señal inequívoca de que cedió por fin.
Nut la tomó con ambas manos y empezó a girarla despacio, milímetro a milímetro, no por temor, sino porque albergaba demasiadas esperanzas.
El metal gruñó con un sonido tétrico. Sora contuvo el aliento.
Cuando la puerta terminó de abrirse, el interior reveló un cubículo metálico sin salida.
Nut tanteó las superficies lisas y frías, el techo también estaba cubierto del mismo material.
—¿Qué demonios es esto? —se preguntó palpando cada rincón.
Entonces, en el centro de una de las paredes, dos pequeños círculos brillantes llamaron su atención.
En uno de ellos había el dibujo de una flecha apuntando hacia abajo, y en el otro hacia arriba.
No existía ninguna indicación de qué podrían ser, pero sabía que tendrían un cometido—. Sora, entra.
—Esto no me gusta, es una trampa, No pienso poner un pie ahí dentro.
—Deja de comportarte como un infante. Coge el saco y entra. —Sora aceptó a regañadientes—. Aléjate de la puerta.
Nut extendió una mano y dudó un segundo en cuál círculo pulsar.
—Si hay una salida es hacia arriba —dijo convencida pulsando la flecha.
De repente, una puerta oculta se deslizó y las dejó encerradas.
Luego, el cubículo se sacudió y comenzó a moverse; el impulso inicial casi les hace perder el equilibrio.
Ambas gritaron aferrándose a las paredes mientras una fuerza desconocida impulsaba el artilugio.
Sintieron la inercia en la boca del estómago y las piernas flaquear.
—¡Creo que voy a vomitar! —gritó Sora aterrada.
Unos segundos después, el movimiento cesó tan abruptamente como había comenzado, y la puerta se abrió del mismo modo, deslizándose e invitándolas a abandonar la máquina endemoniada.
Ambas salieron a trompicones, y una vez fuera, el cubículo se cerró.
Necesitaron respirar y ubicarse antes de echar un vistazo a su alrededor.
Estaban en un lugar diferente; un pasadizo largo y estrecho cubierto de placas metálicas e iluminado por unos tubos de luz blanca en el techo.
—¿Qué magia es esta? ¿Hemos viajado en el tiempo? —preguntó Sora, quien aún no salía de su asombro.
—¿Recuerdas el sistema de poleas que utilizamos para subir a los árboles? Me imagino que debe ser algo parecido, y que los antiguos pobladores de la Tierra utilizaban para desplazarse dentro del refugio. Lo que no entiendo es como todavía funciona la energía.
—¡Mira! ¡Allí! —Sora le señaló un cartel: «Sala de Control».
—Coge la barra de hierro —le ordenó mientras ella sacaba el cuchillo de su bota.
Caminaron con cautela, aunque era evidente que hacía años que nadie transitaba por esos pasillos. Luego, cada una se colocó a un lado de la puerta.
—A la de tres —susurró.
Nut alargó la mano y giró el picaporte. Realizó la cuenta atrás con los dedos.
Luego, la empujó de una patada, y se abrió con un zumbido.
Al entrar, descubrieron una estancia llena de máquinas y unos cristales que parpadeaban con luces de colores.
Al acercarse a una de ellas, lo que Nut descubrió la dejó atónita.