Samada: la Colonia del Sur (Samada 4) CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

Compromiso

E n las semanas siguientes, la relación entre las cuatro mujeres se redujo a una mera cohabitación. Compartían el mismo techo por necesidad y no por el pasado que hasta hacía poco las unía. La confianza había desaparecido.

No hubo más discusiones desde esa noche en la que Nut decidió seguir en solitario su plan.

Tampoco reproches. Lo inquietante fue que la distancia era la huésped que se había instalado entre ellas.

Cada una se limitaba a sus rutinas, y, cuando coincidían, hablaban para preguntar lo imprescindible, contestar con monosílabos y evitar las miradas recelosas.

Habían retrocedido a la condición de desconocidas, pero con la incomodidad añadida de saber demasiado las unas de las otras.

Los secretos eran un arma de doble filo.

Nut, por supuesto, se movía con la elegancia que siempre rozaba la impostura, convencida de ocupar un lugar superior al resto, aunque esa idea anidara solo en su cabeza.

Fuera del habitáculo fingía normalidad, sonreía cuando tocaba y, de pronto, empezó a acercarse a los habitantes de la ciudad subterránea, a quienes antes trataba con indiferencia.

No era amabilidad, sino pura premeditación.

De una forma sutil, buscaba adeptos para su propio afán; personas dispuestas a escuchar su discurso sobre que había un destino mejor y que Moisés no era el guía adecuado.

Las otras la observaban discretas, manteniéndose al margen de los corrillos.

Nut poseía una capacidad innata para reinventarse, para mentir sin pestañear y para pisar cabezas sin remordimientos.

Lina la temía, Wade la ignoraba y Sora quería que contase con ella.

Sansón aparecía de vez en cuando y Nut lo recibía con una dulzura velada. Era evidente que no había amor, pero también que a Nut eso no le importaba. Lo suyo no era sentir, sino manipular.

Y así pasaron los días, con esa paz que precede a los cambios importantes. Sabían que algo estaba a punto de estallar o de romperse.

Ni siquiera Sora encontraba el momento ni el modo de hablar con Nut. En cuanto a Wade, solicitó audiencia con Moisés para comunicarle la decisión de anular su compromiso. No podía ni debía demorarla más.

Después del saludo habitual, soltó sin rodeos sus intenciones.

—Moisés, vengo a decirle algo que supongo traerá consecuencias —empezó, a modo de introducción.

Él extendió la mano indicándole que continuara—.

Kai y yo hemos roto nuestra relación. No habrá boda.

Aunque mi destino sea unirme a las samaritanas y renunciar a la tarea que me confió, lo aceptaré. —Al terminar, respiró hondo.

Moisés alzó el mentón. Luego, asintió como si la noticia no le sorprendiese.

—Ya lo sé —dijo al fin.

Wade parpadeó, desconcertada por la ausencia de cualquier reacción.

—¿Cómo… que ya lo sabe? —Entrecerró los ojos, confundida.

Moisés apoyó las palmas de las manos sobre la mesa y se incorporó. Luego caminó hacia ella, con esa serenidad que rezumaba el sosiego adquirido de lidiar con problemas similares.

—Sansón vino ayer. Confesó que había pedido en matrimonio a Kai y que en un mes celebrarían la boda.

Wade no se sorprendió; no del todo.

—Claro —murmuró con una lucidez resignada.

—Desconocía su interés por los hombres —continuó, dando por hecho que Wade sí—.

Entiendo que ahora estés dolida. Recuerda que: «Todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo».

Eclesiastés 3:1. Hay ciclos que se cierran, decisiones que deben aceptarse, y la vida debe seguir su curso —la consoló.

—¿Y la fecha? —preguntó, más por formalidad que por interés.

—El día de San Valentín —respondió Moisés—. Dicen que es una fecha propicia para los comienzos. Nadie recuerda por qué, pero la tradición se mantiene.

Wade ahogó la risa mordaz que le subía por la garganta. No era el lugar o la persona ante la que permitirse semejante gesto.

—Muy apropiada —corroboró.

—En cuanto a ti, por el momento, convivirás con tus compañeras hasta después de la ceremonia.

Wade permaneció de pie, con las manos unidas a la altura del abdomen.

Respiró aliviada por librarse de la mentira que Nut había construido desde el principio y de no ser realojada con las samaritanas.

No se permitió ningún gesto que pudiera parecer de consuelo o ironía.

Ante Moisés, la compostura era imperativa.

Su rostro se mantuvo neutro, atenta a cada palabra del líder, como correspondía a su posición.

Él regresó a su silla y, una vez sentado, fijó su mirada en un libro abierto sobre la mesa.

—Puedes irte.

Wade salió del refugio de Moisés sin prisa, con la confirmación de que actuó de forma correcta.

Había vivido semanas atrapada en una maraña de pensamientos contradictorios.

Sin embargo, Nut, con sus dones, dedicó su tiempo a tejer una red que protegería su caída.

Y ella, por costumbre o por inercia, la había amparado. Hasta ahora.

Caminó los pasos que la separaban de la iglesia. Entró, se acomodó en uno de los bancos mirando la cruz, consciente de que no era su Dios.

« Supongo que esto también forma parte del destino, aunque no sea el mío».

No movió los labios. Era un pensamiento dirigido a nadie y algo al mismo tiempo. A la piedra, al vacío, a esa idea de orden que algunos llamaban fe.

«Esperan que acepte lo que no depende de mí, ¿no? Que siga el camino que me asignaron sin cuestionarlo y que no mire atrás».

Kai apareció en su mente como un destello. Era una herida que no sangraba, pero aún dolía. Su verdadero amor. Su único amor. El único que no había sido una mentira.

«Si ella no está, ¿qué sentido tiene seguir avanzando? ¿Acaso sabes tú lo que me deparará el futuro?».

La cruz permaneció indiferente. Y quizá por eso Wade siguió pensando, sin temor a ser escuchada.

«Nut eligió su destino mucho antes de llegar aquí. Yo también debo elegir el mío. No quiero seguir su sombra y ser cómplice de la ambición que la corroe».

Respiró despacio.

«Si en verdad existes, dame una razón para continuar sin Kai. O dame fuerzas para aceptar que no la habrá».

No esperó una respuesta. No la buscaba.

Wade bajó la mirada, recogió las manos sobre el regazo y dejó que el recogimiento del templo la envolviera. No tenía certezas, pero sí reconoció que no sentía culpa por alejarse de ella; había perdido el respeto por quien una vez amó.

Y aunque no lo supiera aún, ese pensamiento era el primer paso hacia su propio destino.