CAPÍTULO 22
Confrontación
W ade sabía que la decisión de Moisés desataría la cólera de Nut. Esta las había convocado a una reunión en cuanto obtuvo el alta médica, justo la noche siguiente de su expedición.
—¿Encontraste una salida? —preguntó Sora, la más afín a los planes de Nut.
—No, otra puerta. Calculo que está a uno o dos kilómetros desde la primera. El acceso fue complicado y sin ayuda no pude abrirla —explicó Nut.
—¿Y Sansón? ¿Dónde estaba?
—Seguimos el curso de un río subterráneo hasta que se bifurcó en dos. Decidimos separarnos. Estaba sola en ese momento.
—Podríais haber desandado el camino e intentarlo de nuevo —añadió Sora.
—No le conté mi hallazgo, antes quería compartirlo con vosotras.
—¿Cuál es el plan?
—Regresar allí abajo juntas y abrirla. Además, tengo una intuición. —Nut recordó la placa—. Creo que hay un refugio como el que Artis destruyó en la mina. Quizá encontremos material o el mapa con la ubicación exacta de dónde estamos, así como la distancia a la Colonia del Sur.
—¿Y eso de qué nos servirá? —intervino Wade, escéptica—. La única forma de que Moisés acepte emigrar a otras tierras sería que la ciudad fuera inhabitable. Solas nunca lo conseguiremos —omitió las vulnerabilidades que había descubierto.
Nut se levantó del camastro de piedra. Caminó de un lado a otro con pasos cortos y los puños apretados, hasta que frenó en seco.
—¡Lo tengo! Envenenaremos los depósitos dónde se almacena el agua de los pozos —dijo, decidida.
—¡Hay niños! —saltó Sora, quien la contradecía por primera vez.
—Estoy de acuerdo, es peligroso —asentó Lina.
—No lo es, utilizaremos la misma poción que tú me hiciste beber, solo que en grandes cantidades.
—Es imposible, no hay producción suficiente de colmenillas en la cueva para tantos litros de agua.
—Brrr, necesito una idea, solo una, para convencer a Moisés, y vosotras solo me contestáis con objeciones. ¿Os gusta vivir en este reino de oscuridad? Porque a mí no, y os aseguro que si no salgo de aquí pronto, me volveré loca.
Las tres custodias cruzaron sus miradas. Ninguna supo dar una respuesta. Cada una por un motivo; Lina era feliz, no quería arriesgarse a un destino incierto; Wade era una privilegiada y, a los ojos de Moisés, una mujer fiable; Sora, sin embargo, se sintió inútil, por no poder ayudarla.
—Nut —dijo Wade, levantándose—, en la reunión con Moisés, me comunicó que para acompañar a los hombres en las partidas debíamos estar casadas y…
—¿Y qué? —le exigió al advertir la indecisión.
—Que lo había pensado mejor, y que yo era la elegida para esa tarea. Nunca saldrás de aquí. —No se alegraba de ello, ni temía su respuesta y ni siquiera le tembló la voz. La todopoderosa Nut solo era una mujer, una más, invisible para Moisés.
Nut dio un paso al frente tan rápido que Wade retrocedió por puro instinto. La patrona metió la mano en la bota, alcanzó el cuchillo y lo empuñó amenazante. Sus ojos ardían.
—No me tomes por ingenua —escupió Nut, acercándoselo al cuello—. Moisés no te dijo eso. No te lo dijo porque no es cierto. Y tú lo sabes.
—Lo es —contestó, seca.
Las otras dos custodias se tensaron, alineándose sin pensarlo al lado de Wade.
—Si yo no puedo salir de aquí, tú tampoco —continuó Nut, con una calma peligrosa, más que un grito—.
Y escucha bien lo que voy a decirte: no habrá boda, no habrá obediencia, no habrá sumisión.
No pienso dejar que él siga jugando a ser Dios, y mucho menos conmigo.
Tú…, vosotras —se dirigió a ellas señalándolas con el arma—, haced lo que queráis.
Yo seguiré con mi plan, y recordad una cosa: cuando aceptéis que tenía razón, estaréis rogándome que os deje entrar en él.
Sin mí no sois nada, solo tres mujeres destinadas a morir en este agujero.
Lina tragó saliva, incapaz de sostenerle la mirada. Wade ni se inmutó. Sora intentó hablar. Nut negó con la cabeza.
—Así que repite conmigo, Wade —ordenó Nut—: «No nos casaremos». Ni hoy, ni mañana, ni nunca. Comunícaselo a Moisés.
—Si no accedes a unirte en matrimonio, serás reubicada con las samaritanas.
—Ja, ja, ja, y tú también.
—Eso lo veremos.
—Lo mismo digo.
Nut guardó el cuchillo, y con un gesto de desprecio, giró sobre sus pies y se tumbó de lado, dándoles la espalda.
Lina, sobrecogida, aplacó su deseo de salir corriendo y advertir a Luan.
Si era cierto lo que Wade insinuaba, su vida corría peligro y la de ella también por su silencio; por no haberle confesado a Nut que su identidad podría ser descubierta.
Solo un milagro evitaría la confrontación entre Nut y Luan.