Samada: la Colonia del Sur (Samada 4) CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

Evidencia

W ade no trasladó las palabras de Moisés a Nut. Se limitó a convencer a Aviel de que Sansón vigilase los túneles donde se ubicaba la necrópolis, por ende, la puerta negra.

Nut, una vez recuperada, esperó a escuchar los cánticos procedentes de la iglesia. Ese sonido solemne anunciaba que todos estaban reunidos para la celebración del nacimiento de Jesús. Era su única oportunidad.

Se deslizó fuera de la enfermería con la seguridad de haberlo planificado mentalmente durante los últimos días.

Wade le había descrito las rondas con precisión, y avanzó siguiendo ese mapa dibujado solo en su cabeza, pegada a los muros y conteniendo el aliento cuando algún guardia giraba la cabeza en su dirección.

Descendió por los distintos niveles hasta llegar al inferior.

Reconoció la entrada de la necrópolis y allí, junto a la puerta negra, Sansón la esperaba.

Anticipándose a la idea de Nut, forcejeaba con una palanca dejando caer su peso sobre ella.

El metal gemía y la puerta, terca, parecía aferrarse a su secreto, negándose a ser abierta.

Cuando por fin cedió, un chasquido abrió una grieta oscura.

El pasadizo que se reveló no tenía nada que ver con la roca volcánica de la ciudad: era dura y áspera.

En la entrada, descansaba un saco de antorchas. Ambos cruzaron sus miradas, incrédulos por su buena suerte. Sansón encendió dos con la llama de una lámpara de aceite del pasillo. Nut tomó una de ellas.

—Llevaré el saco con otras dos por si se apaga alguna —apuntó Sansón, previsor.

Avanzaron. El olor era distinto al de la ciudad, se intensificó: humedad estancada, moho viejo y algo que recordaba a madera podrida. El aire cambiaba, era denso y se adhería a la garganta.

Las paredes eran irregulares, llenas de aristas. Las telarañas colgaban en velos espesos, y tuvieron que apartarlas con las antorchas, que chisporroteaban al contacto. El suelo, arenoso, levantaba motas de polvo que flotaban en el aire y les obligaban a entrecerrar los ojos.

Entonces lo oyeron.

Un crujido. Luego otro. Un murmullo vivo.

Parecía que la tierra se movía bajo sus pies.

Nut sintió el primer roce en el tobillo, algo duro, húmedo e insistente.

Cuando bajó la antorcha, vio cómo cientos, miles de cucarachas enormes, del tamaño de una cuarta, emergían de las paredes.

El sonido era un chasquido continuo de caparazones que se empujaban entre sí.

Subían por sus botas, por sus piernas, y se aferraban con una fuerza voraz.

Nut sintió un pinchazo en la piel. No sabía si era mordisco o simple presión, pero el dolor fue real.

—¡Maldita sea! ¡Odio estos bichos! —gritó asqueada—. No dejes de avanzar, el fuego las mantendrá alejadas.

Lucharon como pudieron, agitando las antorchas y aplastando los cuerpos que crujían bajo sus suelas. El pasadizo iba estrechándose y los retenía, frenando la huida. Entonces, escucharon un sonido distinto y reconocible; era una corriente de agua.

El túnel desembocaba en un río subterráneo.

Sin pensarlo, se lanzaron. No intuyeron que continuarían su aventura a ciegas.

El agua helada les arrancó un jadeo, pero también arrastró a las criaturas y la luz de las antorchas.

Nadaron hasta un repecho donde el cauce se bifurcaba.

Allí, empapados, temblando y sumidos en la oscuridad, Sansón concluyó que debían regresar.

—Es imposible avanzar sin luz —razonó.

—Dame una antorcha —le ordenó Nut.

Sansón, quien aún llevaba colgado el saco en su espalda, lo abrió y le entregó una de ellas.

—Soy precavida, he traído las piedras mágicas de Wade.

Las secó como pudo, frotándolas con las manos, y, aunque la antorcha estaba húmeda, no cesó de intentarlo hasta que consiguió prenderla.

Luego, la arrimó a la de Sansón. Acordaron separarse.

Tenían una hora para volver y encontrarse en el mismo lugar.

Nut marcó la roca en ese punto con el cuchillo y tomó el camino de la derecha, un corredor estrecho y resbaladizo; un canal siguiendo el curso del río.

Contó pasos, respiraciones, repeticiones mentales para no perder la noción del tiempo.

Impaciente, porque la hora acordada con Sansón llegaba a su fin, continuó.

El río que la había acompañado durante el trayecto acabó engullido por un pozo profundo.

Luego, a unos metros de distancia, se abrió una cavidad sin salida.

Movió la antorcha de un lado a otro hasta que percibió un brillo metálico.

—Ahí estás.

Se dirigió hacia el destello. Había una puerta de las mismas características que la primera.

Con la diferencia de que esta tenía una placa en la que leyó: «K-190», y su apertura consistía en un mecanismo giratorio, una rueda robusta imposible de mover.

Nut lo intentó hasta sentir los dedos entumecidos.

Nada. Una punzada de frustración le atravesó el pecho.

Ya no albergaba dudas, estaba segura de que detrás había una salida, quizá hacia la Colonia del Sur.

Vencida por el fracaso, regresó siguiendo sus marcas. Sansón ya la esperaba.

—El pasadizo de la izquierda no tiene salida —le dijo él en cuanto llegó a su lado.

—Por aquí tampoco —mintió, afligida, señalando el suyo con la antorcha.

—No te preocupes. Cuando Moisés te conceda el privilegio de salir en una de las expediciones, huiremos juntos.

Se aproximó a ella y le robó un beso tierno, un leve roce que Nut aceptó para no quebrar la ilusión que él necesitaba, permitiéndole creer que era correspondido; mientras ella, por dentro, movía las piezas de un plan que él ni sospechaba.

Aquella puerta era la evidencia de que no todo estaba perdido.