CAPÍTULO 20
Despertar
F altaba un día para Nochebuena. Luan había sido trasladada con las samaritanas, quienes la acogieron sin cuestionarla o mostrar rechazo ante su discapacidad.
Lina seguía dándole vueltas a la idea de que Nut ingresase en la enfermería con un mal inexistente y Wade, ajena a los planes de la patrona, andaba siempre taciturna.
Hablaba lo justo e intentaba pasar el menor tiempo posible con las demás.
Había perdido la ilusión, ni siquiera le entusiasmaba la idea de recuperar la Colonia del Sur, el que fue su hogar.
Allí, en la ciudad subterránea, pasaba desapercibida o, al menos, es lo que creía porque Moisés sí la observaba y tenía otros planes para ella.
Mientras, Sora seguía con la tarea que le había sido encomendada.
Muy a su pesar, y aunque le costase reconocerlo, comenzó a tomarles cariño a los infantes.
Quienes, con la curiosidad propia de la edad, la bombardeaban a preguntas sobre el exterior.
Al principio, rehuía de contestar, pero, animada por las madres, les describía los paisajes de las colonias: el mar cristalino del Norte, los bosques frondosos del Sur, los campos de lino del Oeste y los olivos de las laderas del Este.
Los niños, embobados, se sentaban a su alrededor y la escuchaban interesados.
En aquellos momentos, olvidaba el rencor, el odio y se dejaba envolver por los recuerdos de cuando era feliz, cuando aún deseaba ser madre.
—¿Cómo es el desierto? —preguntó una niña de unos seis años.
—Aburrido, solo hay arena, no te gustaría —contestó.
—¿No hay animales? —insistió la pequeñaja.
—Sí, alimañas, buitres, lagartijas y serpientes —omitió lo dañinos que eran para no asustarla.
—Tienen nombres feos —dijo arrugando la naricilla.
—Es que son muy feos —sonrió—. Es casi la hora de comer, recoged el material. Vuestras madres pronto vendrán.
—Nooo, cuéntanos más cosas —protestó la niña.
—A recoger —repitió con gesto serio.
Unos minutos más tarde, la guardería se quedó en silencio.
Sora se sentó a revisar las pizarras. Una en especial le llamó la atención porque se reconoció en el dibujo, sobre todo, por sus ojos representados con dos líneas finas oblicuas y el pelo con tres trazos, dos a los lados de la cara y otro sobre la frente.
Lo contempló unos instantes con una sonrisa tierna, maternal.
—¿Qué haces? —preguntó Adán, quien llevaba un rato observándola.
—Nada. —Cogió un paño y borró la pizarra, apresurada.
—Tarde, lo he visto. Para esos niños eres una heroína. ¿Lo sabes?
—¿Qué quieres decir? —Dejó el material sobre la mesa y lo miró achicando aún más los ojos.
—Lo que has oído. Te admiran, como yo —confesó.
—No digas tonterías. Estoy con ellos a diario, supongo que por eso…
—¿Por qué eres así? —La interrumpió.
—¿Cómo?
—Arisca, gruñona, hermética, seca, irritable…
—Para. Me ha quedado claro y me gusta como soy. «¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo?». Mateo 7:3. Me gusta esa cita de La Biblia .
Arrimó un taburete y se sentó a su lado.
—De acuerdo, ¿cuáles son mis defectos?
—Impulsivo, preguntón, entrometido, infantil, pegajoso y… —lo soltó del tirón hasta que no supo qué añadir.
—Acepto cada uno de los adjetivos, pero ¿pegajoso?
—Sí, como una lapa. Cuando menos me lo espero, estás a mi lado haciéndome preguntas o mirándome. Como hoy.
—Me divierte —sonrió.
—A mí no —dijo, enfurruñada.
—Algún día, también lo pasarás bien en mi compañía. Solo es cuestión de tiempo. Ahora, esta lapa tiene que comer. ¿Quieres acompañarme? —Intuyó la respuesta, pero no perdía nada por intentarlo.
—No, gracias. —Desvió la mirada a las pizarras.
—Muy bien, tú te lo pierdes.
Adán no se enfadó, al revés, había conseguido hablar con Sora más que cualquier día.
Para él era un triunfo; para ella, una batalla perdida.
Se preguntaba si era el momento de despertar, de sentir, de alejar el rechazo de estar al lado de un hombre, de un futuro, de ser madre, de ser feliz de nuevo, de amar.
Cabeceó. Si no abandonaba pronto la ciudad, acabaría aceptando una vida que en realidad no envidiaba.
Salió de la guardería hacia el solárium, aunque tenía hambre, no quería encontrarse con el pesado de Adán. A unos pasos, Wade se cruzó con ella.
—¿Adónde vas? —preguntó Sora, al observar que se dirigía en dirección contraria.
—Moisés me ha llamado, quiere hablar conmigo.
—¡Qué honor! —Sora inclinó la cabeza a modo de reverencia.
—Supongo que querrá organizar las guardias de Nochebuena —dijo ignorando la broma.
—Si es así, Nut se alegrará. Está deseando descubrir lo que hay tras esa puerta.
—Lo sé, debo irme. Luego hablamos.
Wade transitó por los pasillos sumida en sus pensamientos.
Por una vez, deseó que Nut desistiera de emprender una nueva cruzada.
La alianza de las colonias era un hecho y desconocía si Hera también había sucumbido a la liberación de los rangos.
No olvidaba a la Comunidad de Asim, que estaría agradecida por la ayuda de Minerva en el asedio.
Con el exiguo ejército de Moisés, sería imposible alcanzar la victoria.
Alzó la mirada y leyó la frase que le daba la bienvenida: « Intrate in pace ». Negó apenas con la cabeza e inspiró hondo. Se ajustó la túnica y el cinturón antes de golpear la puerta con los nudillos.
—Adelante —escuchó.
Entró con decisión y cerró tras de sí. Se colocó de pie frente a Moisés, quien estaba sentado hojeando un libro.
—Ave María Purísima —dijo sin levantar la cabeza de la lectura.
—Sin pecado concebida —contestó Wade, tal y como Mirian le había enseñado.
Moisés se tomó su tiempo, pasaba las páginas con calma.
Solo se escuchaba el susurro del papel entre sus dedos.
A Wade le intrigaba sobremanera su serenidad y la capacidad de concentración, ajeno a su presencia.
Cuando por fin cerró el libro, lo hizo con suavidad, igual que si hubiera salido de un trance más que de una lectura.
Luego, se recostó en el asiento, exhaló y levantó la mirada.
Examinó a Wade, calibrando el momento exacto para hablar.
—Aviel me ha hablado muy bien de ti. Eres metódica, estricta y nuestros hombres están satisfechos con los entrenamientos.
Reconoces sus habilidades y errores con acierto, y sabes cómo corregirlos sin provocar enfado o recelo.
Y todo ello tiene una recompensa. He decidido que serás tú la elegida para las expediciones, en lugar de Kai —dijo pensando que su propuesta la haría feliz.
—Gracias, pero ella está preparada, es tan hábil como yo y creo…
—¿Habéis acordado la fecha para el matrimonio? —preguntó sin dar relevancia a sus objeciones a la vez que peinaba la barba blanca con los dedos.
—No, aún no.
—Es necesario para que puedas salir. No permitiré que una mujer soltera acompañe a mis hombres. Sé que por tu condición no habrá peligro de que caigas en el pecado de la carne, pero el alma es débil. Ellos te respetarán si saben que estás unida a otra persona. Ahí fuera no puedo controlarlos.
—Hablaré con Kai —dijo sin ánimo alguno. Lo que no pasó desapercibido para Moisés.
—Tu fuerza es admirable, sin embargo, tus ojos son sombríos. ¿Qué te preocupa?
Wade dudó si revelarle la verdad. Si confesarle que entre Nut y ella no existía ninguna relación. Mas no lo hizo, no quería traicionarla.
—¿Os han atacado alguna vez? —exteriorizó un temor que la había tenido ocupada los últimos días.
—¿Por qué? —la pregunta de Wade hizo que Moisés irguiera la espalda.
—He recorrido el nivel superior, y el solárium constituye un punto vulnerable para la defensa, así como las chimeneas de respiración, a pesar de estar camufladas con formaciones rocosas.
—El acceso al solárium desde el exterior es inexpugnable y a nadie se le ocurriría entrar por las chimeneas; son angostas y estrechas, incluso para un niño —afirmó seguro, y relajó la postura. Lo que provocó un leve rechinar de la silla.
—Tengo conocimiento de ello, pero si estuviese al mando del enemigo, utilizaría esos puntos débiles no para entrar, sino para haceros salir; taponando los respiraderos y provocando fuego desde el solárium.
El aire de la ciudad subterránea sería irrespirable y mortal. La única forma de evitarlo sería…
—Abandonarla. —Moisés se levantó de la silla y caminó hacia Wade con gesto contrariado—. Supongo que habrás hallado la forma de esquivar esa línea de ataque.
—Cerrando la bóveda del solárium o buscando la Tierra prometida, un lugar donde vivir fuera de la ciudad, fructífero. —Se arrepintió de sus palabras. Otra vez el deseo de Nut la había cegado.
—Imposible —dijo tajante—. El sol es fuente de vida para los moradores de la ciudad, y jamás pondré en peligro a mi pueblo atravesando el desierto —manifestó.
—La Colonia del Sur está a poca distancia, seguro que Irem, su líder, nos acogerá.
—Juré no buscar refugio con los que se han alejado de la Palabra de Dios.
—Entonces, esperemos que a nadie del exterior se le haya ocurrido mi idea.
—Hija, no temas por los peligros que nos rodean. —Posó sus manos sobre los hombros de Wade—. Recuerda lo que está escrito: «Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones». Él proveerá, como siempre ha hecho.
—Así sea.
Moisés regresó a su asiento.
—Aviel ha organizado las guardias, quiero que te reúnas con él para revisarlas, confío en tu buen criterio. Mañana es un día importante para nuestra comunidad, nada puede fallar. Puedes retirarte —la despidió con un gesto de la mano.
Wade abandonó la estancia con la seguridad de que Moisés no cambiaría de opinión y Nut nunca lograría su apoyo.