CAPÍTULO 19
Tránsito
N inguna imaginó que el período de adaptación a esa nueva sociedad sería un espacio donde reinventarse.
El tránsito no fue un simple cambio, al menos, no para todas.
Cada una de ellas encontró un propósito distinto: sanar, empezar de cero, proteger, revelarse o perseverar.
Aunque sus ritmos no coincidían, compartían la idea de que el pasado y el futuro se desdibujaban.
Lina caminaba distraída por el pasillo hacia la enfermería, dándole vueltas a una idea: cómo engañar a Marta para que Nut pudiera emprender su expedición sin levantar sospechas.
Debido a su falta de atención, un mal paso casi la hace caer de bruces. Gracias al pecho musculado de Aviel, contra el que se topó, mantuvo el equilibrio.
—Lo siento —dijo separándose con brusquedad, avergonzada por su torpeza.
—Debes andar con cuidado o acabarás en la enfermería. —Aviel le guiñó un ojo.
—Soy una patosa y mi altura no ayuda.
—A mí no me lo pareces. Además, me gustan las mujeres de piernas largas.
—En mi caso, creo que Dios podría haberme concedido otros atributos físicos más agraciados. Soy como el asta de tu lanza —bromeó, animada por el comentario.
Aviel ladeó la cabeza. Tenía ese gesto suyo, pícaro, que no dependía de la belleza, porque no era guapo, ni siquiera atractivo. Sus labios, anchos y un poco asimétricos, se curvaron en una sonrisa contenida, de quiero y no puedo, sin asomo de burla.
—Las astas sostienen cosas —dijo al fin—. No es un mal cometido.
Lina frunció el ceño, sin saber si estaba riéndose de ella o no. Le siguió el juego.
—¿Y qué piensas que sostengo yo? —preguntó cruzándose de brazos.
—A ti misma, por ejemplo. —Su mirada, clara y vivaz, se encendió un instante—. Y, a veces, a los demás, aunque no te des cuenta.
Lina sintió un calor inesperado en la nuca. No era habitual que alguien la mirase así, con admiración.
—No digas tonterías —balbuceó, descolocada.
—No digo tonterías —respondió él, encogiéndose de hombros—. Solo observo. Es lo que hago cuando no estoy entrenando o recibiendo empujones de custodias distraídas.
Ella soltó una risa breve, sorprendida por sí misma.
—No te empujé tan fuerte.
—Lo suficiente para que casi hayamos caído los dos —contestó.
Lina parpadeó. Había algo en su forma de decirlo, sin adornos, sin intención de impresionar, que la obligó a mirarlo de nuevo. No era guapo, no. Pero tenía una mirada viva, un poco traviesa, y una boca que parecía estar siempre a punto de decir un disparate que podía hacerla sonreír o enfadarla.
—Bueno… —dijo ella, intentando recomponerse—. Tengo prisa. Marta me espera.
—Claro. —Aviel dio un paso atrás—. Solo… mira por dónde pisas, Lina.
Ella asintió y siguió su camino, aunque antes de entrar en la enfermería se giró para echar un último vistazo. Aviel estaba en el mismo lugar donde lo había dejado, ambos sonrieron.
—Buenos días, Lina —la saludó Marta al verla entrar—. ¿Y esa cara de felicidad? ¿Has encontrado al hombre con el que tener hijos?
—¿Eh? No, yo… —intentó hablar, no encontró ninguna palabra acertada.
—Vaya, vaya. —Dedujo que era cierto al observar las mejillas avergonzadas de Lina—. Tranquila, guardaré el secreto. ¿Quién es el afortunado?
—Nadie. —Se dirigió con premura hacia un perchero donde estaba su mandil. Lo descolgó con energía, tanta que casi desparrama los botes de la mesa de curas. «Aviel, ¿mi marido?», pensó.
—Ya me enteraré, aquí abajo los secretos duran poco —dijo cabeceando a la vez que vaciaba el cubo de los orines en el pozo de desechos.
—¿Cómo ha despertado Luan? —preguntó por cambiar de tema.
—Sin dolores, por fin —susurró—. Ayer la visitó Moisés, habló con ella. Quiere que comience con las catequesis cuanto antes.
—Eso quiere decir que podrá salir de la enfermería.
—Sí, así es. Antes de Nochebuena será ubicada con las samaritanas.
La noticia templó la inquietud de Lina. Por un lado, porque no coincidiría con Nut y, por otro, porque conocía a alguna de ese grupo de mujeres sin arraigo familiar, aunque las había de diversas edades, no solo ancianas.
Su principal función en la comunidad era ayudar a los demás; se asemejaban al rango de servidoras en las colonias.
—Dudo que pueda trabajar porque su visión es limitada —objetó Lina. La vivienda de las samaritanas estaba en el mismo nivel que la suya.
—La cuidarán, no te preocupes. Sé que le has cogido cariño.
—Sí, es una mujer que ha sufrido mucho.
—En las colonias, ejercías como custodia, ¿verdad? —Durante el tiempo que habían compartido, nunca se atrevió a preguntárselo. Lina tampoco le dio la oportunidad para ello.
—Sí, en los últimos años —afirmó sin entusiasmo, sin sentirse orgullosa de su pasado.
—Por lo que ambas, en algún momento, estuvisteis en bandos opuestos. Has actuado como una buena cristiana, tal y como dice la palabra del Señor: «Sed más bien los unos con los otros benignos, compasivos, perdonándoos recíprocamente, como Dios en Cristo os ha perdonado a vosotros». Efesios 4:32.
—Aún no sé si ella me habrá perdonado.
—¿Se lo has preguntado?
Lina negó con la cabeza.
—Vaya, vaya, así nunca lo sabrás. Tengo que hacer una visita a una joven que está en su última semana de gestación y es primeriza, Mirian me espera. Así podrás charlar con Luan a solas. Como ves, no hay más enfermos —dijo colgándose un saco de lino al hombro provisto con el botiquín.
Marta se alejó con su trote habitual.
Lina observó a Luan desde el otro lado de la estancia. Estaba casi en penumbra, tumbada en la cama. Todavía utilizaba las gafas tintadas, aunque su visión había mejorado. Su cabellera blanca, antes corta, le caía sobre los hombros. Caminó despacio hacia ella.
—Te he oído en cuanto cruzaste la puerta —dijo girando la cabeza.
—Entonces, también nos habrás escuchado. —Alcanzó un taburete de madera y se sentó a su lado. Estaría más cómoda, así su espalda no sufriría por la diferencia de altura—. Luan, ¿recuerdas nuestra primera conversación?
—Sí, estoy senil, pero no tanto —bromeó.
—Te mentí. No soy una traidora de la Colonia del Sur, estoy aquí por otro motivo.
Le explicó lo acontecido desde que Luan fue enjuiciada por Minerva junto al resto de mujeres de la Colonia del Este.
El secuestro de Asim, hijo de Amonet, el ataque a la Comunidad de los salvajes, su regreso como prisioneras y la huida junto a otras tres custodias.
Por el momento, omitió que una de ellas era la todopoderosa Nut.
Luan desvió la cabeza, con la mirada fija en el techo, y permaneció en silencio durante unos segundos, que a Lina se le hicieron eternos. Luego, respiró hondo antes de pronunciarse.
—Lo imaginé. Escuché a Marta hablar contigo sobre Wade. Solo hay una Wade, la jefa de las custodias del Sur.
—No sabía si, al sincerarme contigo, rechazarías mi amistad. Tampoco quería herirte, sé que has perdido demasiado.
—Perdí a mis hijos. Perdí mi tierra. Casi pierdo la vista. Créeme, Lina, nada de lo que digas ahora puede herirme más de lo que ya viví.
—Yo… no estuve en el bando correcto. Lo sé ahora.
Entonces solo obedecía. Pensaba que defendía el orden, la estabilidad, pero era miedo.
Miedo a pensar por mí misma. Y cuando supe quién eras y escuché tu historia, sentí vergüenza.
Por eso quiero pedirte perdón. No por lo que hice, nunca nos enfrentamos, sino por haber sostenido un sistema que te destrozó. En realidad, nos ha destrozado a todas.
Luan inclinó la cabeza buscando la dirección exacta de la voz.
—Gracias por sincerarte. Has tenido el valor de mirar atrás sin excusas. Pero escucha algo: ahora no estamos en las colonias. Ese mundo quedó atrás, aunque nos haya marcado la piel y los huesos. Aquí podemos empezar una nueva vida.
—¿De verdad puedes perdonarme?
—No sé si la palabra es «perdonar». Pero sí, te acepto como lo que eres ahora, no como lo que fuiste. Y elijo no seguir viviendo en guerra o perder la oportunidad de una amistad sincera. —La última palabra dolió.
—Gracias, Luan.
—No me des las gracias. Solo quédate conmigo.
—Debo hacerlo, o Marta me regañará. —Ambas rieron—. Por cierto, debo pedirte un favor. Será mejor que Wade, Sora y Kai sigan ignorando tu existencia. No se han adaptado demasiado bien a la ciudad y temo que si te reconocen… —Dudó en cómo hacerla ver que podría estar en peligro.
—Te he entendido, no te preocupes. ¿Qué hay para desayunar?
—Así me gusta, voy a la cantina. No te muevas de aquí.
—Ja, ja, ja, no lo haré.