EPÍLOGO
Cruce de las caravanas
L levaban cuatro días de camino cuando avistaron el cruce.
Sin apearse del carro, Aviel oteó el horizonte arrugando el rostro.
No debían permanecer por mucho tiempo en aquel lugar; las rutas desde las distintas colonias convergían en ese punto y nunca asaltaban caravanas en la encrucijada.
Era arriesgado. Solían buscar parajes de dunas, donde las ruedas quedaban atrapadas en la arena o existía un parapeto para ocultarse; bien formaciones rocosas o cambios de rasante.
—Wade, Adán, recorred el perímetro. Aseguraos de que nadie nos sigue.
Ambos, arreando a los caballos, se alejaron. Luego, Aviel bebió del odre de agua, no por sed. Metió la mano en su zurrón de piel y sacó el mensaje que Lina le había entregado. Lo desenrolló impaciente, y leyó:
—«Amado Aviel, espero que tus sentimientos hacia mí sigan intactos.
Supongo que habrán pasado unos días y, quizá, hayas considerado mejor tu proposición.
—Sonrió, así era Lina—. Espero que no. Hay algo que debo decirte, no puedo callarlo más porque la seguridad de la ciudad está en riesgo.
La que se hace llamar Kai, en realidad, es Nut.
Nos obligó a mentir a todas para reconquistar la Colonia del Sur.
Wade puede corroborarlo, porque ahora ya no es de su confianza.
No así Sansón, su cómplice, y a quien ha embaucado con un amor falso.
Sé que sentirás deseos de regresar, sin embargo, te pido que no lo hagas.
Necesitamos ayuda. Dirígete al oeste y házselo saber a Gaia.
Ella es la única que puede salvarnos de Nut.
Muéstrale este mensaje. Te quiero. Lina».
Dejó el papel entre sus manos, desolado por la noticia.
El primer impulso, a pesar de la advertencia de Lina, fue volver.
Sin embargo, templó su ira. Debía confirmar la información antes de decidirse.
Bajó del carro y comenzó a pasear de un lado a otro.
Los hombres que lo acompañaban no entendían su actitud.
Caminaba cabizbajo, con la mirada fija en el suelo.
—¡Maldita mujer! —escupió—. Lo sabía. Ese orgullo, la altivez… —hablaba solo.
Aguardó el regreso de Wade, quien se acercó hasta su posición.
—Todo en orden —indicó.
—Baja del caballo y sígueme.
Lo obedeció. Ató las riendas al carro y fue tras él, hasta que este se detuvo a cierta distancia del resto de los hombres. Aviel le extendió el papel.
—Dime si es verdad. —No le importó que leyese las palabras íntimas que le había dedicado Lina.
—Sí, es cierto —dijo Wade, devolviéndole el escrito sin apartar la vista.
Aviel la observó con dureza, buscando un gesto en la custodia que contradijera su afirmación.
—¿Y eso es lo único que tienes que decirme? —preguntó airado.
—¿Qué necesitas saber?
—No lo sé —replicó él, dando un paso hacia ella—. Tal vez que Nut no os engañó a todas y que estabais de acuerdo con su plan o… —Aviel cabeceó.
—No me interesa proteger a Nut —Wade le sostuvo la mirada.
—Pero lo hiciste —espetó—. Tú… —La señaló con el dedo acusador—. Todas la protegisteis cuando os encontramos, en la ciudad e incluso cuando ya no eras de su confianza. Así que no me pidas que crea, sin más, que ahora estás conmigo.
Wade apretó la mandíbula.
—Te aseguro que no estoy de su lado.
—Ja, ja, ja —soltó una risa falsa—. ¿No? Porque desde mi perspectiva, si no es por la carta de Lina, ignoraría que habéis metido en nuestra ciudad a la patrona del Sur, y la única persona que podía haberme advertido antes eres tú.
—No te confundas conmigo, Aviel —acentuó su nombre—. No te suplicaré que creas en mi palabra. Solo te digo la verdad.
—¿La verdad? —repitió—. ¿Seguro?
—Toda la que ahora importa.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que vas a tener.
Durante unos segundos, ninguno habló. El viento arrastró arena seca entre sus botas. A lo lejos, uno de los caballos relinchó y les llegó el murmullo de los hombres. Los observaban.
Aviel se tomó su tiempo para enrollar el mensaje de Lina y luego volvió a mirar a Wade.
—Dime una cosa —dijo con voz templada—. Cuando Nut entró en la ciudad subterránea, ¿ya tenía decidido recuperar la colonia?
Wade no respondió de inmediato.
—Sí.
—¿Y tú lo sabías?
—Sí.
Aviel giró la cabeza, incrédulo.
—Entonces, explícamelo. ¿Por qué seguisteis a su lado?
Wade tomo aire.
—Porque al principio creímos que la necesitábamos para sobrevivir. Después… —pensó un instante—, era demasiado tarde. Nut siempre consigue que todo gire en torno a ella. Siempre encuentra la forma de que los demás crean que no hay otra salida.
Aviel la estudió en silencio.
—¿Y ahora sí la hay?
Wade alzó el mentón.
—Ahora sí.
Él dio media vuelta, pasó una mano por su barbilla y empezó a caminar en círculos cortos, intentando ordenar lo que pasaba por su cabeza.
—Lina quiere que vayamos al oeste —murmuró—. Que avisemos a Gaia.
—Tiene razón —afirmó Wade.
Aviel se volvió de golpe.
—¿Y Nut? ¿Sabes sus planes?
—Sé que hay la posibilidad de que exista una salida oculta tras la puerta negra. Quizá un acceso subterráneo que comunique la ciudad con la Colonia del Sur.
—Si regresamos a la ciudad, perderemos tiempo. Si seguimos al sur con estos hombres, seremos pocos. Y si Nut se ha movido, necesitamos detenerla antes de que consiga encontrarlo. —Aviel apretó los puños—. Va un paso por delante de nosotros, y eso no me gusta.
—A mí tampoco —dijo Wade—. Pero si quieres vencerla, tendrás que aceptar la ayuda de Gaia.
Aviel soltó el aire por la nariz, molesto.
—¿Y Gaia nos ayudará? —preguntó—. ¿Después de todo lo que ha pasado?
—Si Lina escribió esa carta, es porque cree que sí. Y yo también lo creo. Gaia entenderá lo que está en juego.
Aviel la observó inmóvil. Había dejado de buscar una mentira en su rostro. Ahora parecía meditar otra idea: si aquella mujer tan hermética estaba dispuesta de verdad a enfrentarse a su antigua patrona.
—En caso de lucha, ¿dudarías en acabar con su vida?
—No. —Wade ni pestañeó.
Aviel asintió despacio. La decisión estaba tomada.
—Entonces no regresaremos al sur —sentenció—. Giraremos hacia la Colonia del Oeste.
Wade inclinó apenas la cabeza, aceptando la orden.
Aviel desplegó otra vez el papel de Lina, lo miró una última vez y lo guardó en el bolsillo. Después se dirigió a los hombres, alzó la voz y ordenó reemprender la marcha.
El cruce de las caravanas quedó atrás. El sol descendía sobre las dunas alargando la silueta de los hombres sobre la arena. Y en aquel instante, ninguno de los dos necesitó verbalizar lo que presagiaban; el futuro de Los Desterrados y de la propia colonia no dependería de la fe ni del Samada.
Solo acabar con Nut podría preservar la paz.